Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Prólogo
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Adhara, restos de azahar (Adhara 2)

Adhara, restos de azahar (Adhara 2)

Por Nieves Linares

© inepub.com

Prólogo

El gruñido se le escapó sin poder evitarlo.

Las rodillas crujieron al levantarse del sillón y un latigazo en la zona lumbar le recordó que el tiempo no perdona a nadie.

Apagó el televisor, cansado de las mismas noticias; sin embargo, hubo una que lo inquietaba: el asesino del pañuelo seguía en paradero desconocido.

Cayó en la cuenta.

El pelo y la piel iguales a los de la víctima.

Hacía días que no veía a la nueva inquilina de abajo.

La primera vez que se cruzaron, la juventud y la frescura de aquella muchacha devolvieron a Mauricio cuarenta años atrás, a cuando se dedicaba a algo más que mantener limpios los apartamentos del edificio, a una época en la que la rutina todavía no era una cadena interminable.

La jubilación le había pillado sin advertirlo, pero no le había apagado los ojos que recorrieron, atentos y sin prisa, cada curva de su silueta.

La chica le había contado por qué se alojaba allí; él no escuchaba. Toda su atención se había posado en el movimiento de sus labios al hablar.

Quería volver a verla. Otro chute de juventud.

Tomó las bolsas de basura, que olían a podredumbre, y se apresuró a bajar las escaleras.

Sus pasos eran torpes y respiraba entrecortado, el ejercicio físico nunca había sido su fuerte.

Con las manos ya libres y frente a la puerta, se ajustó el cuello de la camisa y se alisó el jersey de lana, con alguna que otra bola a causa de los lavados y de los años.

La vergüenza le escaló desde los pies hasta la nuca. Ya imaginaba el ridículo que estaba a punto de cometer.

Llamó y aguardó unos segundos.

«Otra vez la luz encendida y sin abrirme».

Golpeó de nuevo. Esta ocasión más fuerte.

—¡Señorita! —Su mandíbula temblaba, cargada de anticipación—. ¿Está bien?

Nada.

Silencio absoluto. Ni siquiera el aleteo de una mosca.

Pasados unos minutos, la incertidumbre lo empujó a sacar el manojo de llaves de su bolsillo.

Avanzó por el pasillo y el olor le golpeó.

Un aroma pesado, dulzón y agrio, que se le pegó a la garganta.

Cuanto más se acercaba, más intenso se volvía.

Como un animal, siguió el rastro rancio hasta llegar al dormitorio principal.

Allí, sobre la cama, yacía el cuerpo inmóvil. La vitalidad que derrochaba había desaparecido. En su lugar, la quietud y el silencio se habían apoderado de la habitación.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Las imágenes del noticiario pasaron en cadena por su memoria.

Frunció el ceño.

«Será que…», se llevó la mano a la boca. «¿Dónde está el pañuelo?».