05HELENA DA PAZ #2
Sentía el tipo de cansancio que venía de la suma de pequeñas decisiones que tenía que tomar todos los días solo para mantener la cabeza fuera del agua.
—Buenas noches —me sobresaltó una voz masculina.
El guardia de seguridad se había acercado sin hacer ruido.
Era joven, menor de treinta, cuerpo firme bajo el uniforme oscuro.
La piel bronceada de alguien que veía el sol más que pasillos cerrados.
El cabello oscuro estaba bien cortado. Pero fueron los ojos castaños los que me retuvieron un segundo más.
Eran tranquilos, de quien tenía la vida bajo control y no necesitaba fingir, como yo venía fingiendo.
—Buenas noches —respondí.
—Soy Leandro —dijo, en un tono educado—. ¿Te estás yendo ahora?
Asentí.
—¿Vas a pedir un auto por aplicación?
—¡Para nada! —Negué con la cabeza, riéndome medio exasperada.
Un viaje hasta mi casa costaba más de lo que yo recibía por un día de trabajo. Saliendo de la Zona Oeste hacia la zona norte de Río de Janeiro.
Él observó la calle por encima de mi hombro, evaluando la hora, el movimiento. Si fuera fin de semana, las calles estarían más llenas y probablemente en la cuadra de la playa todavía habría mucha gente, pero yo iba hacia el lado opuesto.
—Ya es bastante tarde —comentó—. El hotel tiene servicio de transporte para huéspedes. Cuando vuelven de fiestas o cosas de trabajo, nos aseguramos de que lleguen aquí con seguridad.
—No soy huésped. —Lo miré, confundida.
—Pero estás saliendo del trabajo —rebatió, con una sonrisa amable—. Es justo que también llegues a casa con seguridad.
Dudé. La propuesta era demasiado buena para rechazarla. Aun así, algo en mí se resistía. Tal vez la falta de costumbre de aceptar ayuda. Tal vez el miedo a parecer incapaz.
—Ah, estoy acostumbrada.
Él sonrió de lado y finalmente sus ojos serpentearon por mi cuerpo, por la forma en que yo doblaba los talones para disminuir el dolor en mis pies cansados y sostenía el bolso frente al pecho, hábito que adquirí viviendo en el Río de verdad, no ese de mentira, para turistas, donde trabajaba.
—No lo dudo. Pero no cuesta nada facilitar un poco las cosas, ¿no?
Sentí el interés allí. No descarado al punto de incomodarme. Aquello me movió más de lo que esperaba, pero no lo suficiente para desestabilizarme. Era simple, fácil, un tipo interesado sin ser depredador.
Pensé en el hombre que ocupaba el último piso del edificio. En la grosería incluso cuando estaba en silencio, en los correos fríos que habían sido la única forma de comunicación durante esos días.
Leandro estaba aquí, hablando conmigo, mirándome a los ojos, ofreciendo algo sin cobrar nada a cambio. Nada evidente, por lo menos.
—Va a ser rapidito —insistió—. Registramos la salida y listo.
Respiré hondo.
—Está bien. Gracias.
Mostró una sonrisa más abierta esta vez. Y finalmente me permití reconocer que Leandro era guapo, muy guapo, para decir la verdad.
—Por aquí. —Hizo un gesto con la cabeza, llamándome de vuelta hacia dentro del hotel.
Mientras caminábamos hasta el área reservada para los vehículos, noté que incluso con tacones él seguía siendo más alto que yo. No tanto como Pedro, que me superaba por unos buenos diez centímetros, aun con tacones.
Me permití mirar a Leandro de reojo y lo descubrí haciendo lo mismo. No era deseo, pero había interés allí. Aun así, mi pensamiento insistía en volver hacia el único que no me había ofrecido absolutamente nada: Guerra.
Leandro se rio y saludó a los choferes de autos lujosos que esperaban carreras.
Oí por encima las conversaciones masculinas sobre el partido informal de futevóley en la playa, que habían jugado la semana anterior, antes del horario.
Pero mi pensamiento volvió a divagar hacia Pedro, que había salido de su oficina recién bañado y con un traje impecable, para ir a un evento de la élite hotelera de Brasil.
—Aquí... perdón, ni siquiera te pregunté tu nombre. —Leandro sonrió y apoyó apenas las puntas de los dedos en mi espalda, guiándome hacia un auto negro lujoso, del que yo no tenía ni idea de cuál era la marca ni el modelo.
—Es Helena... Leandro, ¿estás seguro de que no va a haber problema?
—Hoy es día de semana, el movimiento está flojo. ¡Todos estos tipos están sin hacer nada! —habló más alto, provocando a sus compañeros de trabajo. Y se volvió hacia mí, todavía riendo—. De verdad, no cuesta nada. —Había comprendido que mi duda era porque yo no tenía cómo pagar el viaje.
—Gracias, te quedo debiendo una.
—Te la voy a cobrar. —Guiñó un ojo, malicioso, y abrió la puerta trasera para mí.
Entré en el auto, mientras el chofer decía algo a Leandro, riéndose alto, pero yo todavía estaba mirando al tipo que había decidido ser amable sin que yo se lo pidiera. Podía haberlo hecho porque me encontró bonita, pero aun así, hacía tiempo que nadie hacía algo por mí.
—Buenas noches, señorita. —El chofer entró en el auto y lo encendió; el pagode bajito no era incómodo, solo no era mi tipo de música preferida—. ¿A dónde?
—Solo Helena —lo corregí, avergonzada por recibir trato VIP siendo una empleada como él—. Gracias por llevarme. Voy a Maracanã.
Cuando dije mi dirección, se rio por lo bajo, colocándola en la aplicación de GPS, y lo oí murmurar que iba a costar más que una cerveza. Abrí los ojos, entendiendo que Leandro estaba pagando mi viaje, de una forma u otra.
Pero enseguida el chofer empezó a hablar de su esposa, de su bebecita. Y mi cerebro cansado tuvo que acostumbrarse a la idea de que todavía no tendríamos silencio.
Cuando finalmente llegué a casa, estaba riéndome con el chofer, Ronaldo, y él ya me había invitado al cumplemés de su hija, el próximo domingo. Dijo que Leandro pensaba que éramos amigos, por haberle pedido que me llevara, y yo no supe cómo rechazar la invitación, pero inventaría alguna excusa.
Hasta recibir mi primer salario, estaba viviendo solo con dinero para el pasaje.
—Buenas noches, Ronaldo, muchas gracias por traerme. —Sostuve la puerta del auto abierta, mirándolo girado hacia atrás.
—De nada, chica. Tú eres mineira, ¿no? Lo reconocí por el acento. Mi mujer también lo es. Le va a gustar conocerte el domingo.
Asentí, sin encontrar la forma de decirle que no iría porque no tenía dinero para llevarle nada a su bebecita.
Ronaldo recibió un mensaje avisándole que volviera al hotel y yo me despedí, subiendo las escaleras antes de que él se fuera con el auto.
No hice amigos en la universidad, porque quedó evidente para aquel montón de esnobs que yo no venía de la misma cuna que ellos.
Pero, aparentemente, había hecho dos compañeros de trabajo.
Apenas entré en casa, vi la notificación de que tenía un nuevo seguidor en mi perfil. Así como un mensaje en el DM, de cinco minutos antes:
Leandro Alves: Solo comprobando si llegaste bien. Ronaldo no se calla nunca, pero es buena gente. Si no me encuentras, puedes buscarlo a él, que te lleva.
Helena da Paz: Sí, llegué bien, gracias. No te preocupes, yo le pago la cerveza a Ronaldo cuando caiga el salario.
Leandro Alves: Olvídate de eso.
Leandro Alves: O mejor, tal vez te cobre la cerveza para mí. Duerme bien.
Dejé el bolso sobre la mesa, me quité los tacones y fui a poner agua al fuego para hacer mis fideos instantáneos, pero no solté el celular.
En lugar de ir a stalkear el perfil de Leandro, como debería haber hecho, puse el nombre de Pedro Guerra en la barra de búsqueda.
Encontré de inmediato las fotos en las que el evento lo había etiquetado, mientras posaba al lado de un hombre negro, con el cabello rapado muy al ras y una sonrisa perfecta.
Lo que más me sorprendió fue el pie de foto:
«Pedro Guerra, de Guerra Turismo, y el abogado Tarcísio Lobo, dos de los solteros cariocas más codiciados, llegaron...».
Dejé de leer cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo. Yo no sabía nada sobre Pedro más allá de su personalidad horrible. Ahora sabía que estaba soltero y que, aparentemente, yo estaba medio obsesionada.
¡Madre santísima, estaba jodida!