Acuerdo con El Magnate Turco Posesivo (Multimillonarios Turcos nº 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Ni siquiera sé por qué estoy tan irritado. No tiene el menor sentido que me moleste el descarado coqueteo de Atticus con April. Lo conozco desde hace muchos años y sé que lo hace con la misma facilidad con la que respira.

Además, si voy a estar con ella durante un mes, tengo que aprender a lidiar con las miradas de otros hombres. April es deslumbrante; en el poco tiempo de viaje y luego, con nuestra llegada a Grecia, ya he notado cabezas girándose a su paso.

Debe de estar más que acostumbrada a despertar el interés masculino y el hecho de que sea virgen a los veinte años solo significa que yo tenía razón desde el principio: su padre tenía la intención de usarla como moneda de cambio para quien ofreciera la mejor oferta.

No creo que él esperara, sin embargo, que sería yo quien lo haría, pienso con cinismo.

April finge concentrarse en el menú mientras la observo. Su cabello negro como el ébano actúa como una cortina que esconde su rostro de mí.

A pesar de lo que dijo, sé que está molesta. Es joven y no sabe cómo funciona una relación como la que tendremos.

Dormir a su lado solo haría que todo fuera aún más confuso para ella.

—¿Alguna bebida, señor Aydin? —pregunta la camarera en un inglés marcado y con una sonrisa que parece ofrecer algo más que bebidas.

Ignoro la insinuación disfrazada.

Aunque es una mujer atractiva, no tengo ojos para nadie más que para la enigmática mujer que tengo frente a mí.

—¿Bebes alcohol, April?

Finalmente vuelve a prestarme atención.

—No mucho. ¿Tú bebes?

Me encojo de hombros.

—Soy ateo, pero incluso los religiosos en mi país beben raki.

—Ah, yo también lo he probado, pero hoy creo que solo tomaré agua con gas y una rodaja de limón.

—Dos aguas con gas —le digo a la camarera—. ¿Ya decidiste qué quieres comer?

—¿Qué me sugieres?

—¿Confías en mí para elegir tu plato?

—Confié en ti para traerme a una isla griega de la que ni siquiera sé exactamente dónde está, Kahraman. Elegir la cena no parece tan peligroso.

—En ese caso, te sugiero el menú del chef, con degustación de varios platos. Podemos compartir.

—Hum, no lo sé. No soy muy buena con eso de compartir y tengo mucha hambre.

La miro, sorprendido por su repentino buen humor.

Me desconcierta su actitud despreocupada. Cualquier otra mujer con la que haya estado, si yo hubiera sido tan directo como lo fui con ella, dejando claras las reglas de nuestra relación, se habría molestado.

—Entonces pediremos el menú del chef.

La mujer se aleja y April mira a su alrededor, ahora enfocada en la ciudad debajo de nosotros.

—¿En qué piensas? —Por fin dejo de intentar adivinar o de fingir indiferencia.

Sería una estupidez de mi parte descuidar a alguien como ella solo porque tuviera celos de la atención que Atticus le prestaba.

April es el paquete completo. Hermosa, sexy y con clase. Su lengua afilada es un bono irresistible. Algo que en otras amantes me irritaría, en ella me resulta atractivo. Nuestros pequeños enfrentamientos funcionan como una especie de preliminares.

Ella sonríe, provocadora.

—¿No estás acostumbrado al silencio en tus mujeres?

—¿Por qué tengo la sensación de que estás intentando sacar a relucir mi pasado para encontrar un motivo de pelea?

—Fue una pregunta simple.

—No para mí, y, para ser sincero, no sabría cómo responderte. Una vez que paso la página en una relación, dejo de pensar en la mujer en cuestión.

No parece inmutarse ante mis palabras frías pero sinceras.

—¿Sabes algo que he notado, Kahraman? Estos treinta días juntos serán un gran aprendizaje para mis futuras relaciones.

No debería importarme escuchar eso. April tiene veinte años y recién está empezando a vivir. Evidentemente, conocerá a muchos hombres más. Sin embargo, siento como si un ácido estuviera corroyendo la boca de mi estómago.

—Dijiste que quieres un trabajo. ¿Ya tienes planes sobre lo que quieres hacer? —Cambio de tema.

—Pensé en convertirme en adorno de vitrina. Al fin y al cabo, según lo que tú piensas de mí, eso es lo que soy.

—Si estás molesta por algo, dilo. No me gustan los juegos.

Vuelve a mirar el mar y tarda un poco antes de responder:

—Sí, estoy molesta, pero no sé por qué. Sin embargo, lo que dije sobre aprender de ti es en serio. Me siento poco preparada para la vida. Si convivimos, tal vez pueda aprender una o dos cosas sobre cómo posicionarme frente al mundo.

—¿Convirtiéndote en una empresaria implacable?

Me dedica otra sonrisa pícara, la viva imagen de la provocación.

—No. Convirtiéndome en fría y cínica, señor Aydin.

—Ah, April, lo que daría por no desearte.

—¿Por qué?

—Eres todo lo que no quiero en una mujer.

—¿Porque no soy dócil?

—También. Además, eres imprudente y tienes una lengua muy afilada.

—En nuestro acuerdo no estaba estipulado que yo fuera un cordero. Aceptaste la oferta sin dudarlo, Kahraman. No actúes como si hubieras sido engañado.

Sonrío.

—No, no fui engañado. Solo quería entender por qué tenías que ser tú.

—¿Por qué tenía que ser yo qué?

Antes de que diga más de lo que deseo, la camarera llega con pequeñas entradas típicas de la cocina griega: hummus, tirokafteri y skordalia, además de una generosa porción de pan de pita.

Durante varios minutos, comemos en silencio. A pesar de tener hambre, me distraigo más observándola que prestando atención a la comida.

Nunca la había visto comer. En las cenas a las que asistimos, nunca me quedé el tiempo suficiente para eso.

No estaba mintiendo cuando dijo que tenía hambre. Unta generosas porciones de las pastas en el pan y, cuando algún trozo se le escapa, se lame los dedos.

Creo que nunca he presenciado algo tan erótico en mi vida.

April no parece preocuparse por engordar. Disfruta cada plato que le sirven y no puedo evitar hacer una comparación al imaginar si será igual de entusiasta en la cama.

Levanta la mirada y deja de comer cuando se da cuenta de que la estoy observando. Sonríe, aunque parece un poco avergonzada.

—¿Estoy siendo muy glotona?

—Sigue así. Verte comer me está volviendo loco.

—Ya no voy a poder, después de lo que dijiste.

—¿Por qué no?

—Porque no voy a dejar de pensar que estás… hum…

—¿Excitado?

Asiente con la cabeza.

—¿Y eso te quita el apetito?

—No. Me da aún más hambre.