Capítulo 12
—¿Actividades ilegales? —repito, sintiéndome de repente mareada.
—¿Quiere la verdad o una versión suave?
—La verdad.
—Si lo que descubrimos es cierto, su padre tiene vínculos incluso con el narcotráfico mexicano.
—¿Drogas?
Apoyo ambas manos sobre la mesa, intentando mantenerme firme, porque tengo la sensación de que todo el lugar gira a mi alrededor.
—No vendiendo. Lavando dinero para ellos. Cenk y yo hablamos ayer y llegamos a la conclusión de que no es buena idea que regresen a Estados Unidos. Aquí podremos protegerlos.
—¿Cree que esos hombres… que podrían…?
—No tengo la menor idea. Nunca he negociado con ese tipo de gente, April. Su padre estaría más capacitado para explicárselo, pero sospecho que no lo hará.
—¿Cree que podría visitarlo en la cárcel?
—Podemos encargarnos de eso. Como dije, les daremos apoyo hasta que logren reestructurar sus vidas.
—¿Pero tendremos que quedarnos aquí para siempre?
—¿Le desagrada tanto la idea?
—No es el país, es la cultura. Aunque llevamos casi un año en Estambul, sabemos muy poco de su gente. Somos extranjeros en el sentido más completo de la palabra.
—Tal vez entonces ya sea hora de crecer. De tomar las riendas de su propia vida.
La forma en que dice eso me pone en guardia otra vez. Por un instante, llegué a pensar que había una oferta de amistad de su parte, debido a la promesa que su padrastro le hizo a papá, pero ahora entiendo que estaba equivocada.
Él realmente nos desprecia. No solo a mi padre, ese desprecio también se extiende a mí y a Hayden.
—Va a perder su casa muy pronto. Ahora le pertenece a Berat Demirci.
—Entonces es verdad…
—¿Qué es verdad?
—Hace aproximadamente una semana, el señor Demirci estuvo en mi casa.
Me dijo que debía asistir a una recepción que organizaría, para actuar como anfitriona a su lado, y que después…
—Me detengo y doy un sorbo al agua que el camarero acaba de servir—.
Y que después viajaríamos juntos a Capadocia.
Pensé que estaba loco. Nunca hemos tenido relación alguna y se lo dije.
—¿Y qué más?
—Dijo que nuestra casa le pertenecía y que me arrepentiría si no aceptaba la propuesta. Aunque…
—¿Qué?
—No era una propuesta. Dijo que no tenía elección.
Decido no contarle sobre el dinero que mi hermano perdió en Praga.
En medio del caos en el que estamos, tal vez la familia Aydin sea nuestra última esperanza.
Si llegan a saber lo grave que es nuestra situación, no solo por lo de mi padre, sino ahora también por la deuda de juego, mía y de Hayden, quizás decidan darnos la espalda.
—Voy a encargarme de que se muden lo antes posible —dice, tomando ya su teléfono.
—¿Cómo?
—¿Quiere tener algo con Demirci?
El desdén con el que hace esa pregunta, después de haberme tenido entre sus brazos aquella noche en la fiesta y de haber confesado que me deseaba, resulta casi ofensivo. Deja claro que la atracción que siente por mí no es algo incontrolable.
—Responda, April.
—No, no quiero nada con el señor Demirci.
—Entonces me encargaré de que tengan un lugar donde vivir y también pondré guardaespaldas vigilándolos.
Me gustaría decir que no hace falta, pero después de las amenazas que ese otro turco me hizo, no pienso tentar a la suerte.
—¿Cuándo? —pregunto en cuanto termina la llamada. Aunque no entendí la conversación porque habló demasiado rápido con su interlocutor, sé que se trataba de eso.
—Mañana mismo, si quiere. Solo tiene que decírmelo.
—Quiero. También voy a pagarle. Tengo dinero ahorrado. No es mucho, pero es lo suficiente para asegurarnos un techo. Y si de verdad voy a quedarme en Turquía, pienso conseguir un empleo.
—¿Para trabajar en qué? ¿Ha hecho algo en su vida además de verse bonita para ir a fiestas?
Siento que la garganta se me cierra.
—Cambié de opinión. No quiero cenar, señor Aydin.
No le doy oportunidad de protestar y me levanto de inmediato.
No fue lo que dijo lo que me golpeó como una piedra, sino el hecho de que es verdad. Tengo veinte años y no sé hacer nada más que ser un objeto decorativo.
—Como quiera. Me encargaré de que mi chofer la lleve a casa. En cuanto organice su mudanza y la visita a su padre, se lo haré saber. Mientras tanto, no permita que nadie intente expulsarlos de allí, y si Demirci aparece, puede llamarme —finaliza, sacando una tarjeta de su bolsillo.
—Si nos desprecia tanto, ¿por qué se toma la molestia de ayudarnos?
—Porque, aunque mi padrastro claramente tenía un pésimo gusto para elegir amigos, fue el hombre que nos crió. Merece que honremos su palabra.
—Pero usted es un hombre rico, señor Aydin. Podría haber enviado a algún empleado a buscarme, sin necesidad de esta cena. ¿No habría sido más adecuado una visita a su oficina?
No dice nada, pero noto que su mandíbula está tensa. No tenía intención de provocarlo, pero hay algo en ese hombre que siempre me empuja a enfrentarlo.
—¿Qué está intentando decir, April? No me gustan los juegos.
—Nada en particular, solo algo que se me ocurrió. Me dijo que su padrastro tenía mal gusto para elegir amigos al escoger a mi padre. Yo le digo que, de acuerdo con la antipatía que sentimos el uno por el otro, también tenemos un pésimo gusto para elegir por quién nos sentimos atraídos.
Termino de hablar, le doy la espalda y salgo del restaurante con la cabeza en alto.
Solo cuando llego afuera y veo al chofer esperándome, un pensamiento me atraviesa.
Sí, siento algo más que antipatía por Kahraman, pero, de forma contradictoria, también es la única persona en el mundo, incluso por encima de mi propio hermano, con quien me siento libre de ser yo misma.
Me abrocho el cinturón de seguridad, esta vez en el primer intento, ya que no tengo esos ojos plateados observando cada uno de mis movimientos.
Apoyo la cabeza y cierro los ojos, pensando en la conversación que acabo de tener.
Kahraman.
Su nombre significa héroe en turco, y por más que no me guste el hombre, eso es exactamente lo que será para mí y para Hayden en este momento. Un héroe.
Renuente, lleno de desprecio hacia nosotros, pero aun así, un héroe.