TILLY
El carnaval se ha trasladado a la siguiente ciudad, y Phoenix por fin me está dando algo de libertad después de todo lo que ha pasado. Es como si me hubieran quitado un peso enorme de encima. Aun así, no logro sacudirme la inquietud de estar en esta situación tan impredecible con él.
Aunque ahora estoy aquí por decisión propia, no puedo evitar llorar la pérdida de mi familia.
Esta noche estoy ayudando en uno de los puestos de comida junto a Aurora, una chica simpática que también viaja con el equipo del carnaval.
Nos hemos hecho amigas enseguida esta última semana, unidas por nuestro amor a la comida basura y los juegos de palabras malísimos.
Mientras nos lanzamos bromas, damos la vuelta a las hamburguesas y esquivamos las salpicaduras de grasa, no puedo evitar sentir que cierta normalidad vuelve a mi vida.
—Entonces, ¿vas a contarme cómo acabaste con ese hacker taciturno tan buenorro? —bromea Aurora mientras arquea las cejas de forma sugerente—. Todo el carnaval se muere por conocer los detalles jugosos.
Me pongo tensa y la sonrisa se me congela. Por mucho que haya llegado a confiar en Aurora, la verdad de mi relación con Phoenix sigue siendo demasiado cruda, demasiado retorcida para soltarla así como así.
Así que desvío el tema con una risa forzada.
—Créeme, no quieres saberlo. Ese hombre está loco de remate.
Aurora parece captar mi incomodidad y deja el tema, y se lanza a contarme una historia muy animada sobre aquella vez que prendió fuego sin querer a una máquina de algodón de azúcar. Agradezco la distracción y dejo que su relato exagerado me envuelva mientras seguimos trabajando.
Cuando cerramos por la noche, me duelen las mejillas de tanto reír y casi he conseguido apartar mis pensamientos más oscuros. Aurora me abraza. Su cariño espontáneo contrasta de forma marcada con la intensidad posesiva del abrazo de Phoenix.
—Nos vemos mañana, Tills —dice guiñándome un ojo—. Procura que ese chico malo no te tenga despierta hasta muy tarde, si sabes a qué me refiero.
Niego con la cabeza y me sonrojo a pesar de mí misma mientras nos separamos.
Las insinuaciones juguetonas de Aurora son inofensivas, pero me recuerdan lo complicada que es mi situación: cómo mis sentimientos por Phoenix desdibujan los límites entre el deseo, el miedo y algo más profundo que no logro identificar del todo.
Mientras vuelvo al tráiler que comparto con él, me pregunto qué me deparará el futuro.
Al entrar en el tráiler, la visión de Phoenix sentado allí me arranca de mis reflexiones de golpe: lleva una máscara que conozco demasiado bien, la misma que llevaba aquella noche en el club cuando me comió el coño, la que alimentó mis fantasías de hombres enmascarados.
El corazón se me acelera con el recuerdo y no puedo evitar preguntarme si pretende repetir aquella escena.
—¿Por qué llevas eso? —pregunto, y la voz se me entrecorta un poco mientras intento mantener un tono ligero. Noto cómo se me sonrojan las mejillas, porque sé exactamente por qué ha elegido ponerse la máscara esta noche—. ¿Echabas de menos la sensación del plástico contra la piel?
Su única respuesta es una risa grave que me recorre la espalda en forma de escalofrío. Me acerco más y alargo la mano para ajustarle la máscara; mis dedos flotan sobre su superficie lisa.
—Viste mi historial de navegación, ¿verdad? —susurro mientras mis ojos buscan los suyos, de un azul brillante—. Por eso llevas esto.
Inclina la cabeza ligeramente y el corazón me martillea en el pecho. Siento sus ojos clavados en mí, abrasándome a través de la máscara como si quisiera obligarme a aceptar lo que ambos sabemos.
—No te hagas la inocente —murmura con voz grave y ronca—. Pues claro que he visto tu historial de navegación, guarrilla.
Se me corta la respiración, con una mezcla de excitación y nervios revoloteándome en el pecho.
—Quizá solo tenía curiosidad —respondo en tono desafiante, aunque mi cuerpo me traiciona con un arrebato de humedad entre las piernas—. Quizá quería entender por qué ciertas cosas me ponen.
—¿Y lo has descubierto? —pregunta mientras se inclina hacia mí—. ¿Sabes por qué la idea de que te fuerce un hombre enmascarado, de consentir la no-consensualidad, te pone tan mojada?
Trago saliva con dificultad y bajo la mirada mientras las mejillas me arden.
—No estoy segura —admito en apenas un susurro—. Quizá sea la emoción, la pérdida de control. Quizá tenga que ver con cómo me tomaste por la fuerza al principio.
Vuelve a reírse, y el sonido reverbera dentro de mí.
—Exploremos eso juntos, ¿te parece?
Las mejillas me arden aún más y no puedo evitar fijarme en el bulto de sus pantalones, que se tensa contra la tela. Ver su excitación tan descarada me provoca un escalofrío de emoción, y me muerdo el labio, dudando solo un instante antes de expresar mi deseo.
—¿Y si recreamos aquella noche en el bosque? —sugiero en apenas un susurro—. Podrías perseguirme y podríamos fingir que todo vuelve a pasar. Una escena de CNC en condiciones, con palabra de seguridad.
Observo cómo su nuez sube y baja en la garganta y sus ojos se oscurecen. Luego, lentamente, asiente.
—Una palabra de seguridad es esencial.
Se inclina más hacia mí y su aliento cálido me hace cosquillas en la oreja mientras susurra:
—La palabra de seguridad es «piedad». Si la usas, pararé de inmediato.
Me estremezco ante sus palabras; el pulso me palpita en las venas.
—De acuerdo —exhalo—. Hagámoslo.
Sin decir nada más, echa la silla hacia atrás y se levanta, retrocediendo un paso deliberado.
—Corre —ordena, y no pierdo ni un segundo en obedecer.
Salgo disparada del tráiler y el aire fresco de la noche me azota la piel. El suelo es blando bajo mis pies y el aroma a pino me llena los pulmones mientras me adentro en el bosque.
La risa me brota de dentro, una mezcla de nervios y pura euforia. Es como aquella noche otra vez, solo que esta vez estoy consintiendo que me persigan, y el miedo ha dado paso a otro tipo de emoción.
El crujido de sus pasos detrás de mí me impulsa a seguir. Giro a la izquierda y me agacho para pasar bajo una rama baja; el corazón me martillea de adrenalina. Sé que me atrapará, pero no puedo evitar querer alargar la persecución un poco más.
Al rodear la curva del sendero, veo un tronco caído y cambio de rumbo, saltando sobre troncos podridos y marañas de maleza. Los pulmones me arden, pero la oleada de adrenalina que me corre por las venas me mantiene en movimiento. Noto que se acerca más, sus pasos retumbando implacables tras de mí.
Solo un poco más, me digo. Quiero alargar esta deliciosa tensión todo lo posible.
Pero entonces sus fuertes brazos me rodean la cintura y me hace girar, atrayéndome contra su pecho. Suelto un gritito, fingiendo sorpresa, y luego me relajo contra él, sintiendo su dureza apretada contra la parte baja de mi espalda.
—¿Pensabas que podrías escapar? —me susurra al oído, con una mano abierta posesivamente sobre mi vientre—. No tienes dónde esconderte, cariño.
Forcejeo con él, pero es demasiado fuerte, y en secreto me alegro. Quiero que me abrume, que tome el control como aquella noche en que estaba verdaderamente asustada. Esta vez sé lo que viene, y eso hace la anticipación más dulce. El corazón me late con fuerza y mi cuerpo ya empieza a anhelarlo.
—¡Por favor, no! —grito, aunque mi espalda se arquea sensualmente contra su pecho. Mi voz suena aguda y suplicante, mi actuación convincente hasta para mí misma—. No hagas esto. No lo quiero.
Me hace girar para mirarlo. Sus ojos están oscuros, velados, y la máscara oculta su verdadera expresión.
—Oh, pero sé que sí —gruñe.
—No sé de qué hablas —susurro—. Suéltame. Por favor, por favor, ¡déjame ir!
Sus ojos se encienden de lujuria y algo más: un destello de locura que he llegado a anhelar. Se inclina hacia mí, me agarra del pelo y me echa la cabeza hacia atrás para dejar expuesta mi garganta, lo que me arranca un suave gemido.
—Te gusta duro, ¿verdad? —murmura con los labios rozándome la oreja—. Te gusta que tome lo que quiero.
Gimo mientras me mordisquea el lóbulo de la oreja.
—N-no —tartamudeo, aunque mis caderas se mueven involuntariamente hacia él—. No me... no me gusta.
Su risa es baja y ronca, y me hace estremecer.
—Mentirosa —me aprieta el pelo con los dedos—. Tu cuerpo delata tus mentiras. Tu dulce coñito ya está chorreando para mí.
Jadeo cuando tira de mi pelo, me echa la cabeza aún más hacia atrás y deja expuesta la piel sensible de mi cuello. Sus labios se posan sobre mí, chupan con fuerza, me marcan.
—Eres mía —gruñe contra mi piel mientras me clava los dedos en las caderas con gesto posesivo—. No lo olvides nunca.
—Por favor —susurro con la voz entrecortada mientras mi resistencia se desvanece—. Para, Phoenix...
—Dilo —ordena con voz áspera—. Di que quieres que te folle. Di que quieres mi polla dentro de ti, clavándote contra el suelo.
Se baja la cremallera y libera su enorme erección.
—No... —mi negación es débil, apenas un suspiro, mientras sus dedos se me clavan en las caderas con fuerza. Ojalá dejara de provocarme y pasara a la acción. Quiero que me tome aquí, que me reclame como hizo cuando no era un juego.
—¡Dilo! —exige. Sus dientes me rozan la piel sensible del cuello y un escalofrío me recorre la espalda.
—No, para, por favor...
Mi voz suena patética, hasta para mí.
Con un gruñido, me da la vuelta para que lo mire.
—Quieres esto, Tilly. No me mientas.
—Yo... yo no... —jadeo cuando me atrae hacia él y su dureza se aprieta contra mi vientre—. Por favor, déjame en paz. No lo quiero.
Me levanta y me apoya contra el tronco de un árbol grueso.
—Tu coño dice lo contrario —gruñe mientras me agarra del pelo. Lo siento presionar contra mi entrada, la punta de su polla provocándome sin darme lo que anhelo.
—Estás tan mojada para mí —murmura mientras su mano libre se desliza entre mis piernas para acariciarme los pliegues resbaladizos—. Vuelve a decirme que no quieres esto.
—Yo... oh, Dios... —mis palabras se disuelven en un gemido mientras me provoca el clítoris, rodeándomelo despacio con el pulgar—. Te odio... —susurro. Mi cuerpo vibra de deseo, mi respiración se acelera—. Déjame en paz...
Su risa vibra a través de mí y me envía chispas de placer por toda la piel.
—Eso es —jadea mientras me hunde los dientes en el hombro y sus dedos encuentran mi entrada, penetrándome—. Dime más.
—Oh, Dios... —me muerdo el labio con fuerza, moviéndome contra sus dedos mientras él los mete y saca, abriéndome, provocando mi carne ansiosa—. Te odio tanto —gimo con la voz ronca de excitación—. Te odio muchísimo.
Su risa me hace estremecer, y retira los dedos solo para recolocarse, apretando la punta de su polla contra mi entrada.
—Dímelo otra vez —exige con voz ronca—. Dime otra vez lo mucho que me odias.
Abro la boca para responder, pero me silencia con un beso brutal, su lengua invadiendo mi boca mientras embiste hacia arriba y me llena de un solo golpe.
—¡Joder! —grito. Mi cuerpo se estira para acoger toda su longitud.
Se queda quieto un momento, enterrado hasta el fondo dentro de mí, y siento su aliento caliente en el cuello mientras lucha por controlarse.
—Dios, Tilly —gime con voz ronca—. Qué jodidamente bien se siente estar dentro de ti.
Mis dedos se clavan en sus hombros mientras empieza a moverse, embistiéndome con golpes urgentes de cadera que me envían chispas de placer por todo el cuerpo.
—Por favor, no más —jadeo con los ojos entrecerrados mientras ola tras ola de placer me inunda—. No puedo más.
—Sí que puedes —gruñe clavándome los dedos en las caderas mientras me penetra con fuerza implacable—. Puedes aguantar todo lo que te doy y más.
—Por favor...
Mi voz es apenas un gemido, mi cuerpo al borde, a punto de caer en el abismo.
—Ruégame que pare si de verdad quieres que lo haga —se burla mientras su polla me embiste una y otra vez, implacable, despiadada—. Usa tu palabra de seguridad, cariño.
Pero no quiero que pare. Nunca quise que parara.
—Por favor... —susurro mientras arqueo el cuerpo contra el suyo, saliendo al encuentro de sus embestidas salvajes—. Por favor, no pares...
—Eso es —gruñe, con los dedos clavados en mis caderas mientras encuentra un ritmo rápido e implacable—. Tómalo. Tómame entero.
Y lo hago. Mi cuerpo se estremece y convulsiona a su alrededor mientras olas de placer se estrellan sobre mí y me arrastran hacia un mar de sensaciones. Grito, y mi voz se mezcla con sus gemidos roncos mientras me llena, marcándome como suya.
Después de un momento, me lleva hasta un tocón cercano, aún con él dentro de mí.
Tiemblo en sus brazos, con el cuerpo todavía vibrando por las réplicas de nuestro intenso encuentro.
A pesar de la rudeza con que hemos hecho el amor, hay una ternura en la forma en que me sostiene ahora, acunándome suavemente contra su pecho.
Lentamente, levanta una mano para acariciarme la mejilla, y su pulgar calloso traza la curva de mi mandíbula.
—Tilly —murmura con voz baja y suave—. No tienes ni idea de lo mucho que significas para mí.
Me inclino y poso los labios sobre los suyos en un beso suave y prolongado.
Phoenix responde de inmediato. Su mano se desliza entre mi cabello mientras profundiza el beso, y su lengua acaricia la mía en una danza sensual. Es muy diferente del beso posesivo y arrebatador que me había robado antes, y me deja mareada y sin aliento.
Cuando por fin nos separamos, puedo ver la emoción desnuda que brilla en sus ojos, y sé que en este momento me ha abierto su corazón de par en par.
—Te quiero, Tilly —susurra con la voz cargada de emoción—. Nunca había sentido esto por nadie.
El corazón se me hincha con una mezcla agridulce de alegría y aprensión. Quiero corresponderle, hacerle saber que siento lo mismo, pero las cicatrices de mi pasado aún persisten y me impiden abrirme del todo.
En lugar de eso, lo atraigo hacia mí y hundo el rostro en el hueco de su cuello.
—Yo... aún no estoy lista para decirlo —murmuro mientras mis dedos trazan dibujos en su espalda—. Pero me estoy enamorando de ti, Phoenix. No puedo negarlo.
Él asiente y sus brazos se estrechan a mi alrededor. Sé que lo entiende. No hacen falta declaraciones apresuradas ni promesas vacías. Existimos juntos ahora, dos almas que encuentran consuelo en el abrazo mutuo.