Acosador del carnaval (Serie Carnaval) PHOENIX
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PHOENIX

Se ha establecido una rutina: la rutina de Tilly. Por eso, cuando no regresa a las siete, el corazón se me para. Algo va mal. Lo presiento en los huesos.

Intento distraerme y me sumerjo en las profundidades de la web oscura en busca de información sobre las pistas recientes que ha dejado Veronica. Pero mi mente no para de divagar, y los ojos se me desvían hacia el reloj.

Y entonces sucede. Mis pantallas parpadean con una dirección IP desconocida. Una transmisión en vivo. Me quedo paralizado al reconocer a Tilly, atada e indefensa, con dos hombres que la rodean como buitres. La rabia me consume y me nubla la visión. Sé que esto tiene que ser obra de Veronica.

Intento mantener la respiración constante mientras analizo el vídeo. Cada detalle importa. Tilly tiene los ojos muy abiertos, con el miedo arremolinándose en sus profundidades. Los hombres van vestidos de negro, con los rostros cubiertos por pasamontañas.

Uno de los hombres emite un sonido que me hiela la sangre. Creen que esto es un juego, pero no tienen ni idea de con quién se las están viendo ni de lo que soy capaz.

No puedo perderla. No ahora. No después de todo.

Mis dedos vuelan sobre el teclado mientras rastro la señal del nano-rastreador que le implanté bajo la piel a Tilly. Aunque pensaba que lo necesitaría para posibles intentos de fuga, nunca esperé que la secuestraran. Pero menos mal que se lo puse, joder, porque sé dónde encontrarla.

Está en un almacén a unos ochenta kilómetros del carnaval. Debería salir ya. Pero hay un problema. La única forma de llegar rápido es pedir prestado el vehículo de uno de los chicos. Y eso significa pedírselo a Ty.

Solo pensarlo me llena de pavor. Tyson es mi compañero en el crimen, pero también es impredecible y volátil. Explicarle mi situación con Tilly y admitir que necesito su ayuda para salvarla es como pisar un campo de minas, pero no tengo otra opción.

Agarro la chaqueta y las llaves, y salgo. El aire nocturno es fresco mientras camino hacia la caravana de Tyson. El corazón me martillea en el pecho. Me estoy arriesgando, pero no puedo perder a Tilly. No ahora. Nunca.

Llamo a su puerta con brusquedad, con las palmas sudorosas. Al cabo de un momento, abre y frunce el ceño, porque nunca vengo a llamar a su puerta.

—¿Phoenix? ¿Qué pasa?

Dudo y elijo las palabras con cuidado.

—Necesito tu ayuda.

Arquea las cejas.

—¿Qué? ¿Con qué?

—Hay alguien que me importa. La han secuestrado. Necesito que me prestes tu coche para ir a buscarla.

Tyson entrecierra los ojos.

—¿Qué coño, Phoenix? ¿Por qué te quedas ahí parado? Suéltalo. ¿Quién es?

Doy un paso adelante y hablo en voz baja y urgente. Tyson cree que acabo de conocer a Tilly aquí. No tiene ni idea del secuestro ni de que fingí su muerte.

—Es Tilly, Ty. La han secuestrado. Tengo que irme ya.

Su expresión se ensombrece y se hace a un lado con un gesto para que entre.

—Cuéntamelo todo. La recuperaremos.

Respiro hondo y me preparo para la verdad que está a punto de salir a borbotones.

—Tilly... no es solo alguien que me importa —empiezo con voz ronca—. La secuestré de Oakridge después de verla aquella primera noche en el carnaval.

Abre los ojos de par en par, pero permanece en silencio y me deja continuar.

—No pude evitarlo —confieso, y las palabras me salen a borbotones—. Consumía cada uno de mis pensamientos, cada uno de mis deseos. Tenía que tenerla, hacerla mía. Así que me la llevé, fingí su muerte y la traje aquí, al carnaval, para mantenerla a salvo.

Hago una pausa para calibrar la reacción de Tyson. Su expresión es indescifrable, pero un destello en sus ojos me dice que está escuchando.

—Pero ahora, alguien de mi pasado lo ha descubierto. Alguien a quien conocía, alguien que me conoce mejor que nadie. Mi madre de acogida, Veronica. Es ella quien la ha secuestrado.

A Tyson le brillan los ojos de ira, la misma rabia que he visto cuando alguien amenaza nuestra operación.

Cierra las manos en puños, y en ese momento, veo un destello protector en su mirada.

Una década mayor que yo, Tyson es como una mezcla de figura paterna y hermano mayor.

Conoce mi pasado y el abuso que sufrí a manos de Veronica antes de huir y encontrar el carnaval.

—¡Esa maldita zorra! —gruñe y da un paso amenazador hacia delante—. Te hizo daño cuando eras un crío, ¿y ahora se atreve a ir a por ti otra vez? La cazaremos, Phoenix. La destriparemos por lo que ha hecho.

Asiento mientras una ola de vergüenza me invade.

—No puedo dejar que se salga con la suya. Por su culpa huí y acabé aquí. Arruinó mi vida entonces, y no dejaré que la arruine ahora.

La rabia crece dentro de mí, un monstruo familiar que despierta. Pienso en Tilly, tan inocente y llena de vida, ahora en manos de ese monstruo. Un escalofrío de inquietud me recorre al recordar la forma retorcida en que Veronica me destrozó.

—La haré pagar —digo—. Pero primero, tenemos que centrarnos en Tilly. Es mi prioridad. No dejaré que Veronica le haga daño.

La expresión de Ty se suaviza.

—De acuerdo, recuperaremos a Tilly, y luego nos encargaremos de esa psicópata. Te lo prometo. Veronica va a caer, pero tenemos que ir con cuidado.

Asiento, agradecido por el apoyo de Tyson. Salimos con determinación. La noche es fría, pero la sangre me hierve. Encontraremos a Tilly, la rescataremos de las garras de Veronica, y entonces... entonces haremos que esa mujer se arrepienta del puto día en que me conoció.

Tyson se desliza en el asiento del conductor de su Mustang mientras yo salto al del pasajero, con la mente acelerada. Salimos disparados en la noche, con la misión clara: nuestro destino en el rastreador, a ochenta kilómetros.

Nunca me he jugado tanto, pero me niego a dejar que Tilly se me escape de entre los dedos, no después de todo lo que he hecho para hacerla mía.