Acosador del carnaval (Serie Carnaval) TILLY
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TILLY

Aliso la tela a rayas rojas y blancas que cubre el puesto del carnaval y noto el material áspero bajo mis dedos. Todavía está un poco arrugada, pero tendrá que servir. Alice venderá peluches en este puesto.

—¡Uf, estas cajas pesan mucho! —resopla Alice, y deja caer un montón de juguetes de peluche sobre el mostrador con un golpe seco. Su cabello oscuro le cae sobre la cara y lo aparta de un soplido con impaciencia—. ¿Por qué tenemos que cargar con toda esta basura?

—¿Basura? ¡Son tesoros invaluables! —bromeo mientras agarro un osito de peluche esponjoso y lo aprieto con gesto dramático—. No dejes que Duke te oiga hablar así de sus bebés.

Alice pone sus ojos verdes en blanco mirándome, pero no puede ocultar su sonrisa. Lily se ríe suavemente a su lado, siempre la más tranquila. Pasa los dedos sobre un elefante de peluche, con una pequeña sonrisa bailándole en los labios.

—Creo que son lindos —dice simplemente. Sus grandes ojos marrones son cálidos y amables, como siempre.

Aurora se coloca detrás de nosotras, con un aire inocente y peligroso a la vez en sus ajustados shorts negros y camiseta sin mangas. Sus labios carnosos se curvan en las comisuras.

—Era de esperar de ti, Lily —bromea con ligereza. Aunque hay un toque de algo más oscuro bajo la superficie.

Un pequeño escalofrío me recorre el cuerpo, como si hubiera capas en Aurora que aún no he comenzado a descubrir. Solo nos conocimos hace una semana, cuando Phoenix decidió que podía salir del tráiler, pero me intriga.

—Oh, no me mires así —protesta Lily entre risas, y le da un empujón juguetón en el brazo a Aurora—. Sé que tú también tienes debilidad por los lindos y peludos.

Aurora arquea una ceja perfectamente perfilada, pero no lo niega. Las dos se sonríen.

—Muy bien, terminemos de montar el resto de esto antes de que llegue la multitud —interrumpe Alice, toda profesional de nuevo mientras levanta otra caja. Me hace un gesto con la cabeza—. Tilly, agarra esa caja de pelotas saltarinas y pongámonos en marcha.

Me apresuro a seguir sus instrucciones y agarro la caja que indicó. Cuando me enderezo, nuestros ojos se encuentran por un segundo y me guiña un ojo.

Con una sonrisa, vuelvo a la tarea. Me siento afortunada de haber hecho amigas tan increíbles aquí en tan poco tiempo.

Después de otra hora, se está haciendo tarde y sé que Phoenix se preguntará dónde estoy. Noto a Lars merodeando cerca. Le doy un codazo a Alice en las costillas y carraspeo.

—Parece que tu hombre te reclama —bromeo, señalando con la cabeza hacia Lars, que parece estar buscando la atención de Alice.

Mientras ella se aleja, me dirijo de vuelta al tráiler para buscar a Phoenix. Solo pensar en verlo me provoca un aleteo en el pecho. Nuestra conexión todavía es nueva, pero hay un magnetismo innegable entre nosotros que no logro explicar del todo.

Me abro paso entre la animada multitud, esquivando familias y grupos de amigos, cuando de repente una figura alta se interpone directamente en mi camino. Casi choco con él y levanto la vista, sobresaltada.

—Disculpe, ¿podría moverse, por favor? —pregunto, intentando esquivarlo.

Pero el hombre no se mueve. En cambio, me mira con una sonrisa burlona y mirada evaluadora.

—Sé quién eres —dice.

Un escalofrío me recorre la columna y el corazón se me acelera.

—Yo... no sé de qué está hablando —tartamudeo, y de repente me doy cuenta de lo aislados que estamos en este rincón.

El hombre da un paso hacia mí y yo retrocedo instintivamente.

—No te hagas la tonta, Tilly Jane Lawson. Sé todo sobre ti y tu pequeña situación.

Se me hiela la sangre al escuchar mi nombre completo. ¿Cómo sabe este extraño quién soy? ¿Y qué quiere decir con mi «situación»?

Intento alejarme del amenazante extraño, pero me agarra el brazo con una fuerza de hierro. Un olor enfermizamente dulce invade mis fosas nasales cuando presiona un paño húmedo sobre mi boca y nariz. El pánico me invade al darme cuenta de que me está drogando.

Mi visión comienza a nublarse y siento las extremidades pesadas, como si las lastraran con plomo. Intento gritar, pero solo escapa un gemido ahogado. El hombre sonríe con crueldad mientras me desplomo contra él y toda la fuerza abandona mi cuerpo.

—Eso es, tranquilita —murmura mientras me levanta sin esfuerzo.

Soy vagamente consciente de que me están cargando, mientras los sonidos del carnaval se desvanecen en la distancia. Se me cierran los párpados, pero los fuerzo a abrirse, desesperada por captar cualquier detalle que pueda ayudarme a escapar de esta pesadilla.

Llegamos a una furgoneta oscura y el hombre me cambia de posición en sus brazos para abrir las puertas traseras.

—¡La tengo! —grita con voz ronca.

Un par de botas aparece en mi campo de visión cuando otra figura se acerca. Aunque no puedo distinguir ningún rasgo, el pavor que se enrosca en mi estómago me dice que esto no es un encuentro casual.

Con sorprendente cuidado, el hombre me recuesta en el suelo de la furgoneta. Se me cae la cabeza hacia un lado y vislumbro las luces del carnaval que parpadean en la distancia antes de que las puertas se cierren de golpe y me sumerjan en la oscuridad.

Escucho voces amortiguadas desde la parte delantera de la furgoneta, pero por más que me esfuerzo, no logro distinguir lo que dicen. Es como intentar descifrar una conversación bajo el agua, con las palabras distorsionadas e indistintas.

El miedo me corre por las venas al darme cuenta de la verdadera magnitud de mi situación.

Todo mi cuerpo está rígido, completamente inmovilizado por la droga.

Intento mover los dedos, mover las piernas, hacer cualquier cosa para demostrar que todavía tengo el control, pero es inútil.

Soy una prisionera en mi propia piel, atrapada e indefensa.

A pesar de la parálisis, mi mente es dolorosamente consciente de todo lo que sucede a mi alrededor.

Puedo sentir las vibraciones del motor de la furgoneta, el suelo de metal duro que me presiona la espalda y la oscuridad sofocante que me envuelve.

Es como estar enterrada viva, consciente pero incapaz de gritar o arañar para salir.

Las lágrimas me escuecen en el rabillo de los ojos, pero incluso ellas se niegan a caer.

Quiero gritar, suplicar ayuda, pero mis labios permanecen obstinadamente sellados.

El único sonido es el estruendo de los latidos de mi corazón en los oídos, un recordatorio burlón de que todavía estoy muy viva y consciente de esta pesadilla en vigilia.

Las preguntas se arremolinan en mi mente, cada una más aterradora que la anterior.

¿Quiénes son estos hombres? ¿Y por qué me escogieron a mí precisamente?

Pienso en las palabras del extraño, en cómo sabía mi nombre e insinuó mi «situación».

¿Tendrá esto algo que ver con que Phoenix fingió mi muerte y con los informes con los que se topó?

La furgoneta gira bruscamente y mi cuerpo rueda inerte con el movimiento. Intento sujetarme, pero estoy completamente a merced del vehículo, paralizada por las drogas que llevo en el cuerpo. Las voces de delante suben de volumen por un momento y capto un fragmento de su conversación.

—...el jefe la quiere viva...

—...vamos a divertirnos un poco...

Un pavor gélido se me cuela hasta los huesos al entender lo que implican sus palabras. Sea lo que sea que tengan planeado para mí, está claro que es siniestro. Estoy atrapada, física y mentalmente, sin posibilidad de escapar ni siquiera de pedir ayuda.

Mientras la furgoneta se adentra a toda velocidad hacia lo desconocido, cierro los ojos y rezo en silencio pidiendo un milagro.

Que Phoenix me encuentre de alguna manera, que todo esto sea un terrible malentendido, cualquier cosa que pueda salvarme del horror que me espera.

Pero en el fondo sé que ahora estoy sola y que solo me queda intentar sobrevivir a lo que venga.