Acosador del carnaval (Serie Carnaval) TILLY
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TILLY

La culpa me está consumiendo viva.

Me siento a la pequeña mesa, observando a Phoenix preparar nuestra cena. El aleteo nervioso en mi pecho me sorprende. No quiero admitirlo, pero empiezo a sentirme cómoda aquí, y eso me aterroriza.

Me mira, esos ojos penetrantes que parecen ver a través de mí.

—¿En qué piensas, cariño?

Se acerca, se seca las manos con una toalla y me atrae hacia sus brazos.

Han pasado dos semanas desde que escapé aquella noche. Sentí el vértigo de la libertad mientras corría entre las sombras, tan cerca de lograrlo. Pero de alguna manera, él me encontró. Otra vez.

Cuando me toca, mi cuerpo me traiciona. Cada beso, cada caricia, cada invasión de mi cuerpo... es como una droga de la que nunca tengo bastante. Me corro más fuerte que nunca, gritando su nombre. Una parte de mí se odia por ello, pero no consigo parar.

Mis pensamientos vuelan hacia mis amigos y mi familia.

¿Estarán de luto por mí? ¿Pensarán que estoy muerta?

Una náusea me invade. Mientras ellos sufren, yo estoy aquí, montando la polla de este loco, dejando que me llene con su semen a diario, varias veces al día, que me domine hasta que grito su nombre.

Aparto esos pensamientos. No puedo pensar en eso ahora. Cuando lo hago, la culpa me abruma. Quiero ahogarme en Phoenix y en cómo me hace sentir.

Sus manos recorren mis brazos, un gesto reconfortante.

—¿Te apetece ayudarme con algo de programación esta noche? —pregunta.

—Sabes que me encantan nuestras lecciones —respondo, intentando sonar casual a pesar de mi corazón acelerado. Es verdad. He aprendido más de Phoenix en dos semanas que en todas mis clases de la universidad.

Sonríe con suficiencia, muy consciente del efecto que tiene en mí.

—Buena chica. Ve preparándote mientras termino de organizar la mudanza de mañana.

Mientras enciendo el impresionante equipo que ha montado, no puedo evitar sentir una punzada de tristeza. Pronto dejaremos este pueblo, alejándome aún más de mi hogar en Oakridge. Una parte de mí todavía añora esa vida, la familiaridad y la comodidad de mis amigos y mi familia.

Pero entonces Phoenix regresa, y su presencia acapara toda mi atención.

Se inclina sobre mí, su cuerpo irradiando calor mientras me guía por los siguientes ejercicios de programación.

Su aroma, esa mezcla embriagadora de sándalo y algo únicamente suyo, me envuelve.

Mi atención se concentra en las líneas de código frente a mí y en el murmullo de su voz en mi oído.

Mientras trabajamos, nuestros cuerpos se rozan y chispas de electricidad me recorren. Lucho contra el impulso de girarme y atrapar sus labios con los míos, perderme en el deseo abrasador que él enciende.

Porque por aterradora que sea esta situación, por mucho que una parte de mí todavía se rebele contra ella, no puedo negar la conexión que tengo con este hombre brillante y peligroso. Ha despertado algo primitivo en mí, un anhelo que no consigo saciar por muchas veces que me reclame.

En estos momentos tranquilos, solos los dos, perdidos en el mundo del código, casi puedo olvidar la culpa y el miedo que me corroen constantemente.

—¡Joder! —gruñe Phoenix.

Me quedo helada, las líneas de código se difuminan ante mis ojos.

—¿Qué pasa? —pregunto vacilante.

No me mira, con la mandíbula apretada.

—Nos han descubierto.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—¿Quién? ¿Qué quieres decir?

Por fin, Phoenix me mira a los ojos, con la mirada ardiendo de furia y algo más... ¿miedo?

—Las autoridades. Han descubierto pruebas de que tu muerte fue fingida.

La habitación da vueltas mientras asimilo el peso de sus palabras. Mi muerte... fingida. Por supuesto, ya lo sabía, pero escucharlo en voz alta otra vez es como un puñetazo en el estómago.

Phoenix sigue hablando, las palabras brotando atropelladamente.

—No sé cómo lo han descubierto, pero han emitido una orden de búsqueda. Un caso de persona desaparecida.

Persona desaparecida. Mis amigos, mi familia... ¿pensarán que me han secuestrado? La culpa y el dolor me retuercen las entrañas.

—Tilly.

La voz de Phoenix atraviesa la neblina, y me doy cuenta de que se ha acercado más, con las manos aferrándose a mis hombros.

—Oye, mírame. Saldremos de esta, ¿vale? No voy a dejar que nadie te aparte de mi lado.

Parte de mí quiere apartarse de su contacto, del brillo obsesivo en sus ojos. Todo esto es culpa suya, al fin y al cabo. Él es quien me secuestró, quien fingió mi muerte y me separó de todos los que amo.

Aunque me cueste admitirlo, estoy aterrada ante lo que pueda pasar si me encuentran. ¿Y si intentan alejarme de Phoenix?

Mi cabeza da vueltas, una guerra se libra dentro de mí mientras emociones contradictorias me golpean desde todos lados: alivio porque mis seres queridos no me han dado por perdida.

Miedo de lo que Phoenix podría hacer para retenerme.

Vergüenza por cómo mi cuerpo todavía ansía su contacto, su dominación.

Debería estar desesperada por escapar, por alejarme lo más posible de este loco. Pero cuando Phoenix me atrae hacia sus brazos, me aferro a él, hundo el rostro en el hueco de su cuello mientras me acaricia el pelo.

—Todo va a salir bien, cariño —murmura—. Nadie va a apartarte de mi lado.

Un escalofrío me recorre ante la oscura promesa en su voz. Debería estar luchando, gritando, intentando escapar.

En cambio, le rodeo el cuello con los brazos y lo estrecho contra mí, reconfortada y aterrorizada a partes iguales por su abrazo.

Porque por mucho que desee mi libertad, una parte de mí no quiere soltarlo.

Miro a Phoenix, el corazón latiéndome con fuerza mientras se inclina hacia mí. Sus labios capturan los míos en un beso que me electriza las venas.

Cuando por fin nos separamos, sin aliento, Phoenix apoya la frente contra la mía. Sus penetrantes ojos azules escudriñan mi rostro, con un destello de vulnerabilidad en sus profundidades.

—Tilly —murmura, con la voz ronca de emoción—. ¿Te preocupa que nos separen?

La pregunta me pilla desprevenida y siento una opresión repentina en el pecho. La idea de separarme de Phoenix, de perder esta conexión tan intensa que hemos forjado, me llena de pavor.

Trago saliva con dificultad mientras mis dedos se aferran a la tela de su camisa.

—Yo... no me gusta la idea de que nos separen —admito en voz baja, sorprendida por mi propia franqueza.

Los brazos de Phoenix se tensan a mi alrededor y me atrae contra su cuerpo duro.

—No dejaré que eso pase —promete con fiereza, clavando su mirada ardiente en la mía—. Haré lo que sea para tenerte conmigo.

—Phoenix —susurro con la voz temblorosa por la fuerza de mis emociones—. Yo... no quiero perderte.

Las palabras me saben a traición, como un cuchillo que se retuerce en mis entrañas mientras pienso en mi familia y mis amigos. Pero envuelta en los brazos de Phoenix, no puedo negar que son ciertas.

Me atrapa los labios en otro beso abrasador, volcando toda su pasión y obsesión en el contacto. Me aferro a él, perdiéndome en el calor de su boca, en la presión de su cuerpo contra el mío.

Cuando se aparta, sus ojos brillan oscuros, cargados de promesas.

—No me perderás, cariño. Me encargaré de ello.

Y aunque una parte de mí sabe que debería estar luchando contra esto, luchando contra él, me sorprendo creyéndole. Porque ahora mismo, la idea de que me arranquen de Phoenix es aterradora.