Acosador del carnaval (Serie Carnaval) PHOENIX
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PHOENIX

Irrumpo en la caravana y me detengo, confundido. ¿Dónde está? Recorro frenéticamente cada rincón con la mirada en busca de alguna señal de Tilly. Entonces reparo en la puerta del baño entreabierta, y el olor agrio del vómito me golpea.

El corazón me da un vuelco. Vomitó los sedantes. Caigo en la cuenta de golpe y trago el pánico que me sube por la garganta. Debería haber sabido que lucharía. Tilly es más fuerte de lo que parece, y ahora se ha ido. La cabeza me va a mil por la preocupación: ¿está perdida, herida o algo peor?

No pensé que sería capaz de escapar, pero me preparé para esta posibilidad.

Le inyecté un rastreador bajo la piel por si acaso.

Saco el móvil, abro la aplicación de rastreo y, efectivamente, está a solo un kilómetro y medio del carnaval.

Maldigo entre dientes, imaginando todas las cosas terribles que podrían pasarle ahí fuera sola de noche.

Sin pensarlo dos veces, salgo disparado de la caravana y voy directo a la moto de Nash.

Sé que guarda una llave de repuesto debajo del asiento, y le doy las gracias mentalmente por ser un jodido idiota mientras arranco el motor.

Un millón de pensamientos me bombardean la cabeza mientras me lanzo a toda velocidad en la noche.

Tengo que encontrar a Tilly, y rápido. Es peligroso aquí fuera, y está sola. El pulso se me acelera mientras imagino todas las amenazas que podrían acecharla en las sombras. Pero tengo que mantener la calma. Está cerca, y llegaré a ella antes de que pase nada.

Corro por la carretera con la mirada fija en los alrededores, buscando cualquier movimiento. Después de lo que parece una eternidad, diviso un coche parado más adelante.

Compruebo el rastreador: parece que está intentando hacer autostop o alguien se está metiendo con ella.

La ira me golpea como un rayo cuando paro. Ahí está, mi Tilly, suplicándole a un desgraciado en una furgoneta que la lleve.

—Por favor —suplica—. Haré lo que sea. Solo sácame de aquí.

Aprieto la mandíbula, la sangre hirviéndome ante la idea de lo que este tipo podría hacerle. Me aclaro la garganta, salgo de las sombras y digo:

—Lárgate, amigo. Está conmigo.

El tipo de la furgoneta me mira de arriba abajo, calibrando mi envergadura. Decide que es mejor no discutir y se larga con el ceño fruncido; las ruedas escupen grava.

Me vuelvo hacia Tilly, esperando ver alivio en su rostro, pero en cambio me mira con los ojos muy abiertos, asustados. Antes de que pueda decir una palabra, se da la vuelta y echa a correr hacia el bosque. Se me cae el alma a los pies al darme cuenta de que todavía me tiene miedo.

Echo a correr tras ella y grito:

—¡Tilly, espera!

Pero no se detiene. La luna ilumina su silueta presa del pánico mientras zigzaguea entre los árboles, y yo le sigo el ritmo sin esfuerzo.

—¡Tilly, por favor! Quiero hablar. Te prometo que no te haré daño. Tienes que entenderlo: hice esto por ti.

Anhelo que se dé la vuelta, que me dé la oportunidad de explicarme. Pero solo corre más rápido, y las ramas crujen bajo sus pies. Se me hace un nudo en la garganta al pensar que está aquí fuera sola, exhausta y asustada. Nunca quise que se sintiera así.

Tengo que detenerla. Esto es ridículo: está huyendo de su alma gemela. Mis pisadas retumban en el suelo del bosque mientras la alcanzo rápidamente. Está aterrorizada, y eso es culpa mía, pero debo mantenerla a salvo.

Soy más rápido y pronto la alcanzo. Le rodeo la cintura con los brazos y la levanto del suelo. Patea y se retuerce entre mis brazos, así que la hago girar y le presiono la espalda contra el tronco de un árbol. Tiene los ojos desorbitados y el pecho le sube y baja mientras lucha por respirar.

—Shh, Tilly, soy yo. Deja de luchar —le suplico, pero grita, un sonido agudo que perfora la noche.

En un intento desesperado por silenciarla, le tapo la boca con la mano. Gruño con voz áspera:

—No me obligues a amordazarte. Tus gritos me están poniendo cachondo. Sigue así y te follaré aquí mismo, te haré gritar por otra razón.

Se le abren los ojos de par en par ante mis palabras y se queda paralizada en mis brazos. Le aparto la mano de la boca y respira entrecortadamente. Por un momento, nos quedamos ahí, atrapados en un enfrentamiento silencioso.

Entonces, en voz tan baja que apenas la oigo, susurra:

—¿Por qué haces esto?

Un sonido grave se me escapa de la garganta al oír sus palabras.

Me aparto del árbol y retrocedo para mirarla. Recorro con la mirada su rostro, sus labios hinchados, su pelo revuelto. En ese momento, lo único que quiero es que entienda.

—Eres mía, Tilly. Lo eres desde el momento en que te vi —digo con voz ronca—. Te necesito. Eres todo mi mundo.

Veo el miedo, la confusión y el deseo librando una guerra en su interior. Doy un paso adelante, le tomo el rostro entre las manos y le limpio las lágrimas de las mejillas con los pulgares.

—No tengas miedo —susurro con la voz quebrada mientras la beso con suavidad—. Nunca te haría daño.

Su cuerpo se relaja contra el mío mientras la beso, y me devuelve el beso, vacilante al principio, luego con un hambre creciente. Sus manos se aferran a mi camisa y tira de mí para acercarme. Gimo; todo pensamiento racional desaparece en el calor del momento.

—Dios, te necesito —jadeo contra sus labios mientras mis manos recorren su cuerpo con desesperación.

Gime, y siento cómo sus manos tiran de mi cinturón: ella también me necesita. Acallo la voz en mi cabeza que me dice que me estoy aprovechando de su vulnerabilidad.

En cambio, dejo que mi obsesión tome el control y la levanto contra el árbol, apretándole la espalda contra la corteza áspera. Me rodea la cintura con las piernas y me hundo en ella, reclamándola como mía.

Echa la cabeza hacia atrás y deja al descubierto la larga línea de su garganta. Le marco la piel con un chupetón y gruño satisfecho:

—Eres mía, y todos lo sabrán.

Tilly gime con las manos clavadas en mis hombros, su cuerpo moviéndose al ritmo del mío. El momento es eléctrico, nuestra conexión ardiente y arrolladora. Mi obsesión arde mientras puntúo cada embestida con un mordisco en su piel.

Muevo las caderas cada vez más rápido, con las manos aferradas a su cintura.

Respiro en jadeos cortos y el corazón me late desbocado.

La corteza del árbol se le clava en la espalda con cada embestida, pero no lo nota.

Tiene los ojos cerrados con fuerza, y en su rostro se dibuja una mezcla de placer y dolor.

—¿Te gusta eso, nena? ¿Te gusta fuerte?

Tilly asiente frenéticamente, con la respiración entrecortada.

—Sí, por favor, no pares.

Se me dibuja una sonrisa en el rostro.

—Nunca, nena. Nunca pararé. Eres mía y jamás te dejaré escapar.

Me inclino, con los labios rozándole la oreja mientras sigo moviendo las caderas.

—Mataría por ti, Tilly. A cualquier hombre que siquiera te mire, lo mataré. Le arrancaré el corazón con mis propias manos.

Tilly gime ante mis palabras y su cuerpo tiembla contra el mío. Sé que no debería amar este lado oscuro de mí, pero lo hace. Lo anhela, lo necesita tanto como yo la necesito a ella.

—Ese tipo de la furgoneta, quería despedazarlo miembro a miembro solo por hablarte —confieso con la voz ronca y áspera—. Pero me contuve por ti.

Sus manos se deslizan hacia mi rostro, con un toque suave, incluso mientras domino su cuerpo.

—Es una locura, pero te deseo.

Sus palabras alimentan mi obsesión y gimo mientras mis caderas se mueven sin control.

—Soy tuyo, nena. Siempre y para siempre. Pero tú también eres mía, y nadie te apartará de mi lado.

La beso entonces, con ferocidad, con desesperación, reclamando sus labios con el mismo fervor con el que reclamo su cuerpo.

Tilly iguala mi pasión; sus besos alimentan el fuego que arde dentro de mí.

Nuestros cuerpos se mueven juntos en perfecta sincronía, con los corazones latiendo como uno solo. El aire nocturno está cargado de electricidad y los árboles parecen danzar con la intensidad de nuestro deseo.

Siento cómo la espiral en mi abdomen se tensa, y mi agarre en la cintura de Tilly se vuelve brutal mientras la mantengo en su sitio, sin querer que este momento termine.

—Voy a preñarte, nena. A marcarte como mía para siempre.

La fuerza de nuestros movimientos hace que las ramas de arriba se balanceen. La luz de la luna se filtra entre las hojas y salpica la piel de Tilly con destellos plateados.

Mi parte favorita de follármela es cuando está salvaje e indefensa, consumida por el mismo fuego que arde dentro de mí. Quiero consumirla, marcarla con mis caricias tan profundamente que nadie pueda arrebatármela.

—Te gusta la idea, ¿verdad, nena? Mi polla llenándote, marcándote como mía —gruño con los labios pegados a su oreja.

—Sí —jadea ella, clavándome las uñas en los hombros—. Me gusta.

Ella responde a mis embestidas con movimientos desesperados, con una necesidad febril en la mirada. Saber que alguien podría encontrarnos así, aquí en el bosque, solo añade más morbo.

La espiral en mi abdomen se tensa aún más; un pulso eléctrico me recorre con cada embestida. Estoy cerca y quiero que Tilly explote conmigo.

—Córrete para mí, nena —ordeno mientras bajo una mano para acariciarle el clítoris en círculos—. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mi polla.

Tilly gime y su cuerpo tiembla mientras se tambalea al borde. Embisto con más fuerza, necesito sentirla desmoronarse a mi alrededor.

—Eso es, nena, déjate llevar —susurro con los labios rozando los suyos.

Como si fuera una señal, su cuerpo se estremece y un grito escapa de sus labios mientras alcanza el clímax. Las vibraciones se propagan a través de mí y me empujan al límite.

—Joder —gimo mientras mis caderas se sacuden y me vacío dentro de ella—. Oh, Dios... Tan jodidamente perfecta...

Entierro el rostro en su cuello, con los dientes raspándole la piel mientras lucho por mantener el control. Finalmente, me rindo al placer y mi cuerpo se estremece con la fuerza de mi liberación.

Por un momento, nos quedamos allí, sin aliento, con los corazones latiendo al unísono. Aprieto el abrazo en torno a Tilly, sin querer soltarla, incluso cuando mi cuerpo empieza a bajar de su éxtasis.

—Eso es, nena —murmuro, besándole el cuello—. Toda mía.

El pecho de Tilly sube y baja rápidamente, con los ojos cerrados mientras se deleita en las réplicas. Siento una oleada de posesividad al darme cuenta de que acaba de dármelo todo: su placer, su liberación, su confianza.

Le acaricio la espalda arriba y abajo, calmándola mientras desciende de su éxtasis. La realidad de lo que acaba de suceder empieza a calar, y siento una oleada de instinto protector.

—Sé que no debería haberte tomado así, aquí al aire libre —admito—. Pero te necesitaba y no podía esperar.

Ella gira el rostro hacia mí, con los ojos brillando a la luz de la luna.

Tilly empieza a temblar tras nuestra pasión, como si solo ahora se diera cuenta de lo que ha sucedido.

Intenta escabullirse de mis brazos, con los ojos moviéndose de un lado a otro como los de un animal atrapado.

Su miedo repentino me crispa los nervios, y aprieto los labios hasta formar una línea fina.

—¿Qué demonios haces? ¡Suéltame!

Me golpea los brazos, clavándome las uñas en la piel.

Aprieto el agarre mientras la irritación me recorre.

—Cálmate, Tilly. No hace falta ponerse así.

—¿Que no hace falta? ¡Me ataste, me drogaste, fingiste mi muerte, y ahora me estás manoseando en medio del puto bosque! ¡Pues claro que hace falta!

Forcejea conmigo, pataleando.

Mi paciencia, ya de por sí escasa, se agota. La giro y la inmovilizo contra mi pecho, atrapándole las muñecas con una sola mano.

—Escucha, mocosa —gruño con los labios pegados a su oreja—. Intentaste huir. ¿Sabes lo peligroso que es eso? Podría haberte pasado cualquier cosa aquí fuera.

Intenta liberarse, pero la mantengo firmemente sujeta.

—Necesitas un castigo por esto —murmuro mientras le planto besos suaves a lo largo de la mandíbula, con la esperanza de calmarla incluso mientras la amenazo—. Tienes que aprender que huir de mí no es una opción.

Tilly se queda paralizada, y la siento tensarse contra mí.

—¿Castigada? ¿Cómo? —murmura.

—Voy a tener que reforzar la seguridad si vas a seguir intentando escapar.

Le subo las muñecas más arriba, estirando su cuerpo contra el mío para enfatizar mi fuerza y su vulnerabilidad.

—Y tendremos que trasladarte a un lugar más seguro.

Emite un sonido asustado, y sé que está imaginándose una habitación oscura y sin ventanas. Sonrío ante la imagen. Quizá la meta en una habitación así para darle una lección.

—¡No, por favor! —Intenta zafarse de mi agarre y gira la cabeza para mirarme por encima del hombro, con los ojos desorbitados de miedo—. No puedes tenerme encerrada. Me volveré loca.

Me río entre dientes, y mi pecho vibra contra su espalda.

—Bueno, eso no puede ser, ¿verdad? Así que quizá deberías empezar a portarte bien y ahorrarnos problemas a los dos.

Se desploma contra mí, derrotada.

—¿Qué quieres decir con «más seguro»? —susurra.

Deslizo los labios por su cuello, disfrutando de cómo se estremece ante mi contacto.

—Tengo un lugar. Subterráneo. Sin ventanas, sin salida fácil.

—¡No! —Se retuerce en mis brazos, con el pánico renovado en la mirada—. No puedes hacer eso. Por favor, Phoenix, no puedes...

La interrumpo tirándole bruscamente de las muñecas.

—No me dejas otra opción, Tilly —gruño—. ¿Lo entiendes? Es por tu bien.

Se queda callada un momento, con la respiración entrecortada. Finalmente, susurra:

—¿Por qué me quieres? No lo entiendo. No tengo nada de especial.

Hundo el rostro en su pelo e inhalo su dulce aroma.

—¿Nada especial? Claro que lo eres. Lo eres todo para mí. Pero tienes que aprender que huir no es una opción. Eres mía y no te vas a ir a ninguna parte.

—De acuerdo —dice con la voz temblorosa—. Por favor, no me lleves a ese lugar. Seré buena. No volveré a intentar escapar.

Sonrío contra su pelo, con la victoria cantándome en las venas.

—Tal vez —murmuro—. Ya veremos.

Gime y su cuerpo se relaja contra el mío. Sé que ha aceptado su destino, al menos por ahora. Le acaricio los brazos de arriba abajo para calmarla mientras planeo los detalles de su cautiverio.

La estrecho con más fuerza, aspiro el aroma de su pelo y me deleito con la sensación de su cuerpo suave apretado contra el mío.

Su pequeño intento de fuga ha sido un contratiempo menor, pero nada que no pueda manejar.

Tilly es mía; algún día aceptará ese hecho por voluntad propia.

Hasta entonces, tendré que mantenerla cerca y a salvo de los peligros del mundo y de sí misma.