Acosador del carnaval (Serie Carnaval) TILLY
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TILLY

Arrastro los pies junto a Phoenix, como si caminara entre arenas movedizas. El peso de mi derrota tira de mí hacia abajo; cada paso es una lucha.

Phoenix está loco, y caigo en la cuenta de golpe. Nunca me he sentido tan atrapada, tan indefensa. Su amenaza de encerrarme bajo tierra se cierne sobre mí como una nube oscura.

Me imagino enterrada, encerrada en un espacio diminuto sin salida, y el corazón se me acelera. Empiezo a preguntarme si siquiera quiero escapar de él.

Me aprieta el brazo con más fuerza y me atrae hacia él.

Recuerdo cómo acaba de hacerme correrme con su polla en el bosque, la intensidad de mi orgasmo. Las mejillas me arden con el recuerdo, y una parte de mí anhela volver a sentir eso.

Es enfermizo y retorcido, pero no puedo negar que está sacando a la luz sentimientos que no sabía que tenía, y eso me asusta.

Lo miro de reojo y observo su mandíbula marcada, los tatuajes que adornan sus brazos musculosos. Hay algo en él que me atrae, aunque le temo y lo odio.

Intento comprender la compleja mezcla de emociones que se arremolinan dentro de mí: miedo, deseo y confusión. Es como estar en una montaña rusa, el estómago se me encoge al alcanzar la cima antes de precipitarnos hacia abajo.

La mente me va a mil mientras contemplo mi próximo movimiento. ¿Sigo intentando escapar, a sabiendas de que es inútil? ¿O me resigno a mi destino, a ser su cautiva? Pienso en cómo me toca, en las chispas que se encienden en mi cuerpo a pesar de mis esfuerzos por resistir.

Aflojo el paso; los pies me pesan como si fueran de plomo.

—Nunca volveré a huir, Phoenix —mi voz es apenas un susurro—. Pero por favor, no me lleves bajo tierra. Le tengo miedo a la oscuridad.

Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas, dejando al descubierto mi miedo más profundo.

La tensión entre nosotros es palpable. Me preparo para su reacción, para que estalle la tormenta. Pero, en cambio, los ojos de Phoenix se suavizan y escudriñan los míos. Duda, y en ese momento veo el conflicto en su interior: el alma atormentada tras el exterior despiadado.

—De acuerdo, Tills. Nada de celda subterránea para ti —su voz es grave—. Pero eso significa que no puedes intentar escapar de nuevo. Nunca. Tienes que prometérmelo.

Sé el peso que tienen mis palabras incluso antes de pronunciarlas.

—Lo prometo.

Me estoy comprometiendo a un futuro con Phoenix, acepto mi cautiverio.

Phoenix afloja la mano en mi brazo y me atrae hacia él; sus ojos arden clavados en los míos.

—Bien. Asunto zanjado. Ahora volvamos al tráiler. Necesitas descansar.

Asiento, aturdida, mientras me lleva de vuelta a la motocicleta que dejó al lado de la carretera. El aire fresco de la noche me roza la piel, pero no siento la temperatura; la mente me da vueltas.

Me imagino cómo será mi vida de ahora en adelante. ¿Cumplirá Phoenix su palabra? ¿Y mi promesa? ¿Acabo de condenarme a una vida de cautiverio?

Las preguntas se arremolinan en mi mente, pero las aparto y me concentro en el aquí y ahora. Un paso a la vez. Tengo que jugar a este juego si quiero sobrevivir.

Me subo a la parte trasera de la motocicleta con el corazón encogido, me apoyo en la espalda de Phoenix y le rodeo con el brazo.

Todavía no puedo creer que me esté rindiendo ante él, que acepte volver a mi prisión.

Pero ¿qué otra opción tengo? La idea de estar atrapada bajo tierra en la oscuridad me aterroriza más que nada.

—Lo siento, no hay cascos. Tuve que pedirle prestada la moto a un amigo a toda prisa —dice Phoenix mientras arranca con un rugido.

Mientras nos alejamos, el viento me azota el pelo y siento una fugaz sensación de libertad.

Respiro el aire fresco de la noche, consciente de que podría ser la última vez que sienta el viento en la cara en mucho tiempo.

Me debato entre el alivio de no acabar encerrada en una habitación subterránea y el temor de volver a su tráiler.

Carraspeo cuando la moto se detiene en el carnaval y el motor se apaga.

—¿Puedo preguntarte algo?

Phoenix se tensa ligeramente.

—Claro.

—¿Entraste en pánico porque perdiste el control sobre mí o porque te importaba? —le exijo.

Siento su cuerpo tensarse bajo mis manos mientras agarra los manillares con más fuerza. Sé que mi pregunta le ha dado donde duele. Estoy indagando en lo más profundo de su psique, intentando entender al hombre que me secuestró.

—¿Hay alguna diferencia? —pregunta.

El corazón me da un vuelco ante la honestidad descarnada de su respuesta.

—Creo que sí —digo, y me acerco más a él—. Que te importe implica emoción y apego. Perder el control significa que quieres quedarte conmigo como si fuera tu posesión.

Phoenix guarda silencio un momento, como sopesando su respuesta.

—Tal vez sean las dos cosas. Tal vez me importas, y perder el control significa perderte.

Su confesión me sacude.

¿A Phoenix le importo? La idea parece absurda, y sin embargo, en este momento, puedo creerle.

—Vamos —dice, y se baja de la motocicleta para ayudarme a bajar.

De vuelta en el tráiler, Phoenix abre la puerta y me hace pasar. Lo único que quiero es salir corriendo, poner toda la distancia posible entre nosotros, pero las piernas me tiemblan como si fueran de gelatina, y sé que es inútil.

Phoenix rompe el silencio.

—¿Tienes hambre? Puedo preparar algo.

El estómago me gruñe en respuesta, y asiento. Me recorren punzadas de hambre al darme cuenta de que no he comido desde... ni siquiera lo recuerdo.

Desaparece en la pequeña cocina y me hundo en la silla para observarlo moverse por el espacio. Soy muy consciente del silencio y del sonido de mi respiración.

—Entonces... —intento entablar conversación, sin saber qué más hacer—. ¿Cuánto tiempo llevas en el carnaval?

Phoenix corta verduras, de espaldas a mí.

—Doce años. Suelo ir a mi aire.

Frunzo el ceño; debía de ser un crío cuando se unió.

—¿Cuántos años tienes?

Se le tensa la mandíbula.

—Veintiséis. ¿Por qué?

—Así que tenías catorce años cuando te uniste. ¿Cómo acabaste aquí? —pregunto, movida por la curiosidad.

—Tyson me encontró.

Hace una pausa, como si dudara en continuar.

—No tenía adónde ir.

Espero a que continúe, pero guarda silencio, reacio a revelar nada más. Quiero insistir, entender qué los une, pero algo en su actitud me frena.

El chisporroteo de la comida al caer en la sartén y el aroma a ajo y cebolla inundan el tráiler.

El estómago me ruge de hambre; no me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba.

Lo observo moverse con soltura por el pequeño espacio, un hombre en su elemento.

De pronto me viene a la mente cómo se mueve sobre mí con la misma seguridad y gracia.

Se me encienden las mejillas con el recuerdo.

—Aquí tienes.

Phoenix deja un plato de pasta delante de mí y se sienta enfrente.

—Venga, come.

Me lanzo a comer. La pasta es sencilla pero deliciosa, y saboreo cada bocado. Phoenix me observa mientras como, los ojos entornados.

Comemos en silencio; el tintineo de los tenedores contra los platos llena el espacio entre nosotros. Intento concentrarme en la comida, saborear cada bocado, pero mis pensamientos vuelven una y otra vez a mi captor.

—Está delicioso —digo entre bocado y bocado, rompiendo el silencio—. Gracias.

—De nada.

Esboza una leve sonrisa, y en ese momento vislumbro al hombre que hay detrás de la máscara.

El corazón me da un vuelco y bajo la vista al plato de inmediato, sin saber qué hacer con esta versión de Phoenix. Me atrae. Eso está claro. Pero también soy su cautiva, y esa realidad me mantiene en vilo.