TILLY
En cuanto se va, paso a la acción. Tiro frenéticamente de las ataduras aflojadas y corro al baño. El corazón me late con fuerza mientras me meto los dedos en la garganta, obligándome a vomitar para expulsar las drogas que me ha hecho tragar. No quiero ese veneno en mi cuerpo ni un segundo más.
La náusea me invade y me inclino sobre el inodoro; el cuerpo me tiembla en convulsiones mientras me obligo a purgar las toxinas.
Siento una oleada de alivio cuando el efecto de la droga empieza a ceder.
La mente se me despeja y sé que tengo que actuar rápido.
Necesito escapar de este tráiler y de este loco.
Mi mirada se posa en mi vestido y me apresuro a cogerlo y ponérmelo.
Es la primera vez que me visto desde que este hombre me secuestró.
Entonces veo una sudadera negra y gruesa de Phoenix.
Las ganas de cubrirme y entrar en calor pueden más que la repulsión de ponerme algo suyo.
La cojo, me la paso por la cabeza y me estremezco cuando su olor me envuelve.
Echo un vistazo a su ordenador. Sé que podría contener respuestas, pero la seguridad será imposible de sortear.
No tengo ni las habilidades ni el tiempo para intentar hackearlo.
Me entran ganas de destrozarlo para que le cueste más rastrearme, pero decido no hacerlo.
Podría haber información crucial sobre cómo fingió mi muerte, y no quiero destruir posibles pruebas.
Respiro hondo, preparándome para lo que viene. Es hora de salir de aquí. Y tengo que hacerlo con cabeza.
Recorro el tráiler con la mirada, compruebo cada ventana y cada puerta, pero todas están cerradas con llave, como era de esperar. Phoenix no se arriesga a que pueda escapar. Pero entonces mis ojos se posan en la claraboya y una chispa de esperanza se enciende en mi interior.
En silencio, arrastro una silla y me subo para probar la claraboya.
Sorprendentemente, tras mi primer intento de fuga, no arregló la cerradura, que sigue rota.
Estaba demasiado seguro de que nunca volvería a dejarme escapar.
No pierdo tiempo y me izo por la estrecha abertura.
El aire fresco de la noche me acaricia el rostro mientras trepo al techo del tráiler, y tengo que contener un grito de alegría.
¡Estoy fuera! ¡Por fin he salido de esa prisión infernal!
Con cuidado, avanzo hacia el borde del techo y me asomo para ver el suelo. Hay una buena caída, pero he tenido peores haciendo escalada. Respiro hondo, me descuelgo por el borde y me dejo caer, flexionando las rodillas para absorber el impacto.
Tropiezo, ¡pero soy libre! ¡Lo he conseguido!
Se me escapa una sonrisa mientras me incorporo y observo lo que me rodea. El carnaval está en calma, silencioso, con las luces de neón apagadas por la noche. Pero no tengo tiempo que perder. Necesito averiguar dónde estoy y cómo llegar a casa.
Decidida, echo a andar pegada a las sombras por si Phoenix anda cerca. Voy a salir de esta pesadilla y después encontraré la manera de desenmascarar a Phoenix, de mostrar al mundo el monstruo que es.
El corazón me late con fuerza mientras atravieso el carnaval. Busco a alguien que pueda ayudarme. Una vez fuera del recinto, me acerco a un grupo de hombres jóvenes, con los rostros iluminados por el brillo de sus móviles, apiñados, riendo y disfrutando de la noche.
—Disculpad —digo, y mi propia voz me suena extraña—. ¿Sabéis dónde estamos? ¿Qué pueblo es este?
Me miran como si me hubiera salido una segunda cabeza, y me doy cuenta de la pinta que debo de tener.
—Estás en Greenvale —responde por fin uno de ellos, con los ojos entrecerrados y gesto de sospecha—. ¿Por qué? ¿Estás perdida o qué?
Me invade una oleada de alivio. Greenvale. Está a unas horas de Oakridge, pero conozco la zona. Desde aquí puedo encontrar el camino a casa.
—Gracias —murmuro—. ¿Me dejáis un momento el móvil?
El más alto de los cuatro da un paso hacia mí.
—¿Por qué estás perdida? —repite.
Un brillo depredador se enciende en sus ojos y al instante sé que estos tipos no van a ayudarme. En lugar de responder, me doy la vuelta y echo a andar en dirección contraria.
—¡¿Adónde vas?! —me grita.
Echo a correr, demasiado asustada por todo lo que me ha pasado como para quedarme. Mis pies me llevan en la dirección que sé que conduce a la carretera principal. Necesito alejarme del carnaval y de Phoenix.
Mientras camino, la mente me va a mil. Necesito encontrar un teléfono para llamar a la policía, a mis padres, a alguien.
Hacerles saber que estoy viva, que Phoenix es peligroso y que fingió mi muerte.
No puedo ni imaginar el dolor y el sufrimiento que ha causado a mis seres queridos con su retorcido plan.
El peso de lo que debo hacer me cae sobre los hombros y camino con renovada determinación. Tengo que llegar a un teléfono sin llamar la atención, o salir de aquí primero y luego buscar uno, lo que surja antes. Phoenix me buscará en cuanto se dé cuenta de que me he ido.
Acelero el paso, espoleada por la urgencia. Necesito conseguir ayuda, y tiene que ser ahora.