Acosador del carnaval (Serie Carnaval) PHOENIX
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PHOENIX

Tyson necesita que lo acompañe en un trato. Eso significa dejar a Tilly sola. Detesto la idea. ¿Y si escapa?

—Eres demasiado paranoico —murmuro mientras mezclo a toda prisa un sedante en una bebida. No necesita mucho, solo lo suficiente para que no cause problemas mientras estoy fuera.

Al entrar en la habitación, encuentro a Tilly sentada en la cama, con los ojos yendo con cautela de mí a la puerta. Percibe mi reticencia a irme.

—Te preparé una bebida —le ofrezco el vaso, esperando que no note el residuo polvoriento en el borde—. Has estado tensa últimamente. Pensé que podría ayudarte a relajarte.

Mira fijamente el vaso y luego lo toma lentamente.

—¿Qué lleva?

—Solo algo para quitarte la tensión —respondo—. Te ayudará a dormir. Han sido un par de días difíciles.

Estudia brevemente la bebida, se encoge de hombros y da un sorbo. El líquido se desliza por su garganta y lleva la droga a su organismo. Otro sorbo y se relaja un poco; su cuerpo se hunde ligeramente en el colchón.

—Eso es —la animo—. Bébetelo todo. Pronto te sentirás mejor.

Obediente, termina la bebida y sus párpados se vuelven pesados. La observo con atención, calibrando el efecto de la droga, mientras mi propio corazón late con fuerza en el pecho.

—Tengo que irme —digo—. Pero volveré pronto. Descansa, ¿de acuerdo?

Logra asentir ligeramente mientras se le cierran los ojos.

—Duerme, preciosa —susurro, inclinándome para besarle la frente.

Mientras salgo, tengo el estómago hecho un nudo. No puedo quitarme de encima el miedo a que algo salga mal mientras estoy fuera. Ty es persistente y exige mi presencia en este trato, pero no quiero dejarla.

Camino con paso pesado hacia su Mustang, sabiendo que hay que contar el dinero y que mis habilidades son esenciales. Aunque sé que ahora está fuera de combate, la duda se cuela: una necesidad obsesiva de dar la vuelta y asegurarme de que sigue ahí, a salvo, esperándome.

—Ya era hora, Phoenix. Pensé que me ibas a dejar tirado —la voz de Ty interrumpe mis pensamientos.

Se me tensa la mandíbula ante sus palabras.

—Tenía cosas que atender —espeto—. Habría llegado antes si...

—¿Si qué? ¿Ese proyectito tuyo es más importante que nuestras operaciones? —Ty levanta una ceja.

Lo fulmino con la mirada mientras la ira me bulle por dentro.

—Está bajo control.

—Todo excepto tu actitud —replica, con una sonrisa burlona en las comisuras de la boca—. Menudo rayo de sol estás hecho hoy. ¿Te has levantado con el pie izquierdo?

Aprieto los puños a los costados, luchando contra el impulso de golpear algo... o a alguien.

—No empieces conmigo, Ty. No estoy de humor.

Se ríe, sin dejarse intimidar por mi advertencia.

—La verdad es que tu humor es una mierda. ¿Piensas venir conmigo así?

—Mi humor no es asunto tuyo —gruño—. Acabemos con esto de una vez.

Me deslizo en el asiento del copiloto y tiro del cinturón de seguridad con más fuerza de la necesaria. Ty me observa mientras arranca el motor y sacude la cabeza.

—Estás más tenso que una cuerda de guitarra. Este proyecto personal, ¿qué es exactamente?

—No es asunto tuyo —suelto.

Resopla.

—Todo es asunto mío cuando estás tan metido en tu propio culo. Necesitas relajarte de una puta vez.

Sus palabras resuenan en mi cabeza mientras aceleramos. Sé que tiene razón: la vida de los Carnie va de encajar los golpes y abrazar el caos. Pero esta vez es diferente. Tilly es diferente.

La voz de Ty flota sobre mí mientras los kilómetros se difuminan: una mezcla de instrucciones para el trato y bromas amistosas para aligerar mi humor.

Me concentro en la tarea y dejo a un lado mis preocupaciones sobre Tilly.

Pero su rostro me persigue, y sus palabras, el miedo y la confusión en sus ojos, se niegan a desvanecerse.

Estoy atrapado en una tormenta de incertidumbre, luchando contra mis obsesiones.

Tyson reduce la velocidad del Mustang mientras nos acercamos al lugar acordado, un sitio aislado a unos kilómetros de la ciudad. El motor retumba cuando apaga las luces y el coche se desliza hasta detenerse en la oscuridad.

Escaneo el área y diviso las figuras familiares de Lars, Nash y Colt. Tranquilo y sereno como siempre, Lars se apoya en su moto, con el cuerpo recortado contra la luz de la luna. Nash y Colt llegan en la furgoneta, con los rostros iluminados al pasar bajo una farola solitaria.

Nuestro equipo es un grupo extraño, cada uno con habilidades y peculiaridades únicas. Pero juntos lo hacemos funcionar, como una máquina bien engrasada. Mientras los observo, todos unidos en nuestra empresa no tan legal, siento una punzada de algo parecido a la familia.

Lars se acerca al Mustang; sus botas crujen sobre la grava. Se quita el casco y su mirada intensa se posa en mí.

—¿Todo listo, Phoenix?

Asiento y alcanzo la bolsa que tengo a los pies.

—Listo para empezar. Solo tengo que coger la mercancía.

—Pongamos esto en marcha —gruñe Ty mientras abre la puerta.

Salgo y me uno a Lars mientras caminamos hacia la furgoneta. Nash nos sale al encuentro a mitad de camino, con una sonrisa despreocupada.

—No hay moros en la costa. Podemos empezar —informa Nash.

Colt emerge de la furgoneta; sus anchos hombros llenan el marco de la puerta.

—Todo está cargado y listo. Solo tienes que dar la orden.

Caemos en nuestra rutina habitual; cada uno desempeña su rol asignado con eficiencia practicada. Lars y Nash montan guardia y vigilan el área circundante en busca de cualquier señal de problemas. Colt y yo descargamos la furgoneta.

Trabajamos en silencio, cada cual concentrado en su tarea. Los únicos sonidos son algún crujido del embalaje y el golpe sordo de las cajas al posarlas en el suelo.

Cuando terminamos de descargar, el cliente llega puntual. Reconozco el vehículo, un elegante SUV negro, y quien baja coincide con la descripción que nos dieron.

Ty toma la iniciativa y se acerca al cliente con paso seguro. Yo me quedo cerca, con las manos en los bolsillos como si nada.

Me pasan el dinero y me pongo a contarlo rápidamente. Ty y el cliente repasan los detalles del trato. Lars y Nash trasladan las cajas al SUV con movimientos calculados y precisos.

Colt se queda cerca, con la mirada barriendo la zona en busca de cualquier indicio de problemas. Cuando termino de contar y confirmo que está todo, me mantengo al margen observando el intercambio mientras mi mente repasa los entresijos de la operación.

Ty está totalmente centrado, con los ojos entrecerrados por la concentración. Este intercambio de mercancía y dinero es una maniobra arriesgada que hemos ejecutado innumerables veces.

En cuestión de minutos, la transacción ha terminado. Las cajas ya están en el SUV y, con un breve gesto de cabeza, el cliente se marcha.

Nos quedamos un momento para asegurarnos de que no hay moros en la costa. Luego recogemos.

—Otro trato cerrado —declara Ty con un deje de orgullo en la voz—. Esta noche, celebramos.

—La celebración puede esperar —digo mientras vuelvo al Mustang—. Tengo que estar en otro sitio.

Y mientras subo al coche, mis pensamientos vuelven de inmediato a Tilly. Estoy deseando volver con ella, ver su cara cuando cruce esa puerta.