TILLY
Tres días después. Sigo atada a esta cama en el tráiler de Phoenix, aparcado en un lugar desconocido. Necesito salir de aquí. Sé que está loco, que es un maldito psicópata, pero tengo que fingir que me gusta si quiero seguir viva y encontrar la manera de salir de este lío.
Desvío la mirada hacia las pantallas de su ordenador, intentando ignorar el calor que me sube a las mejillas al verlo.
Siento sus ojos clavados en mí, estudiando cada uno de mis movimientos.
Cambio de posición, probando las ataduras con la esperanza de que se aflojen, pero aguantan firmes.
Cada momento es una batalla entre mi deseo de libertad y esta confusa conexión con él.
—Estás mirando, preciosa.
Su voz profunda rompe el silencio, y no sé qué responder.
Sus dedos vuelven a teclear, y sé que ha regresado a su mundo.
Suelto el aire, observando cómo sus dedos bailan sobre las teclas.
Su concentración es intensa, los ojos fijos en la pantalla.
Murmura para sí mismo, farfullando algo sobre algoritmos y puertas traseras.
Bajo la vista hacia las ataduras, sabiendo que soy su prisionera, pero el corazón me late más rápido cuando nuestras miradas se cruzan.
—¿Quieres algo, Tilly?
Trago saliva, maldiciéndome por el calor que me sube por el cuello. Sabe el efecto que tiene en mí. No pienso darle la satisfacción de responder, así que me quedo callada y aparto la mirada.
—Háblame, nena. Sé que te mueres por hacerlo.
Su voz es casi un susurro ahora, y se recuesta en la silla, estirando las piernas.
—Dime en qué estás pensando.
Mi mente se acelera, la oscuridad de mis pensamientos me asusta hasta a mí. Quiero gritarle a este hombre, decirle el monstruo que es, pero no puedo negar el placer retorcido que surge cada vez que me toca. Es enfermizo. Él es enfermizo. Pero no puedo dejar de pensar en ello, en él.
El silencio se extiende, cargado de palabras no dichas. Sé que debería odiar a Phoenix, pero en cambio me descubro deseando más, incluso aquí tumbada, atada e indefensa.
¿Qué me ha hecho?
Respiro hondo, intentando calmarme.
—Phoenix, estaba a punto de terminar la carrera de informática este año. Todo ese trabajo, todas esas noches programando y estudiando... tenían que servir para algo.
Se inclina hacia delante.
—No necesitas un papel para demostrar lo que vales, Tilly. Puedo enseñarte todo lo que necesitas saber y más.
Me revuelvo contra las ataduras.
—Pero no se trata solo del conocimiento. Se trata del logro, de la sensación de haberlo conseguido.
Niego con la cabeza.
—No lo entenderías.
Phoenix se levanta y se acerca a la cama. Se sienta a mi lado y sus dedos trazan patrones sobre mi piel desnuda.
—Entiendo más de lo que crees. Esa carrera, ese camino que seguías... todo te llevaba hacia una existencia mundana, trabajando para alguna corporación sin alma.
Su contacto me provoca escalofríos, y odio cómo reacciona mi cuerpo ante él.
—Eso no es verdad. Quería crear videojuegos, llevar alegría y evasión a la gente.
Se inclina más, y sus labios me rozan la oreja.
—Y aún puedes hacerlo, pero sin las restricciones del sistema. Conmigo tendrás libertad para explorar tu creatividad.
Intento apartarme, pero su agarre se tensa.
—Me has quitado la libertad, Phoenix. ¿Cómo puedes decir que me la ofreces a la vez?
Sus ojos se clavan en los míos, una mezcla de deseo y determinación.
—Lo verás cuando aceptes tu nueva realidad y sueltes el pasado. No soy tu captor, Tilly. Soy tu guía hacia un mundo que supera tus sueños más salvajes.
—Tienes razón, Phoenix. Tengo que soltar mi vida anterior y aceptar la nueva.
Necesito seguirle el juego y decirle lo que quiere oír.
—Es que es difícil, ¿sabes?
Mientras hablo, aprieto los muslos, un movimiento sutil que capta su atención. Sus ojos se oscurecen al observar mi piel enrojecida y mi respiración agitada.
Dios, ¿por qué mi cuerpo me traiciona así?
—¿Estás excitada, Tilly?
Su voz suena ronca.
Me humedezco los labios, incapaz de sostenerle la mirada.
—No. Yo...
Extiende la mano y sus dedos trazan suavemente el contorno de mis bragas; la tela húmeda se me pega a la piel.
—Estás empapada, nena.
Se me corta la respiración mientras juguetea con los bordes de encaje de mi ropa interior.
—Es que... no puedo evitar excitarme cuando te tengo tan cerca.
Me retuerzo un poco, luchando contra las ataduras. Sé perfectamente el efecto que tiene en él.
Gime y se sube a la cama, separándome los muslos. Sin apartar los ojos de los míos, baja la cabeza entre mis piernas.
—Hueles tan jodidamente dulce, Tilly.
Su nariz roza mi piel sensible y me recorren chispas de placer por todo el cuerpo. Siento el calor de su aliento, el cosquilleo de su barba incipiente, y no puedo contener el suave gemido que se me escapa.
—Por favor, Phoenix...
No sé ni qué le estoy pidiendo. ¿Quiero que pare? ¿O le estoy suplicando que siga?
Suelta una risa oscura y las vibraciones me recorren el cuerpo en forma de escalofríos.
—No te preocupes, nena, pienso ocuparme de este coñito tan bonito.
Cierro los ojos mientras me arranca las bragas; su aliento me quema contra el centro. Su boca se cierne tan cerca, pero me provoca, prolongando la anticipación. Muevo las caderas porque necesito más, ansío su contacto.
Y entonces me recorre con la lengua, rodeándome el clítoris. Me estremezco ante la sensación y gimo sin pudor.
—Tan jodidamente dulce —murmura con voz áspera de deseo.
Luego se aparta y me deja jadeando y deseosa. Abro los ojos y lo encuentro observándome con una mirada feroz.
—Me encanta lo receptiva que eres. Es como si tu cuerpo supiera que me perteneces aunque tu mente aún no lo haya aceptado.
El corazón me da un vuelco ante su declaración. Sigue el juego y pensará que te ha conquistado. —Sí, Phoenix —susurro—. Te pertenezco.
Sus ojos azul hielo se oscurecen y se inclina hacia mí, con los labios a un suspiro de los míos. —Así es, nena. Eres mía.
Asiento con el cuerpo vibrando de deseo. —Por favor, Phoenix. Te necesito.
Con un gruñido, captura mi boca en un beso hambriento y su lengua me saquea sin piedad. Mientras respondo a su beso, sé que me estoy hundiendo cada vez más en su red, pero no consigo que me importe. Solo sé que lo necesito ahora más que nunca, al mismo tiempo que lo odio.
Phoenix se echa hacia atrás, con los ojos devorándome, mientras desliza lentamente la boca de nuevo entre mis muslos. Su lengua traza círculos sobre mi clítoris.
—Phoenix —jadeo mientras el cuerpo se me arquea hacia él. Las ataduras me impiden tocarlo, pasar los dedos por su pelo, así que solo puedo quedarme aquí tumbada y dejar que haga conmigo lo que quiera.
Se ríe, y la vibración contra mi carne sensible me hace mover las caderas. —Sabes aún mejor de lo que aparentas, nena.
Su lengua revolotea contra mi clítoris y me envía chispas de placer por todo el cuerpo. No puedo evitar gemir; mi cuerpo se mueve por voluntad propia mientras me provoca con caricias expertas. Sus manos me sujetan las caderas para que no pueda escapar mientras se deleita conmigo.
Estoy perdida en un torbellino de sensaciones, con la respiración entrecortada. —¡Oh, Phoenix! —grito mientras el cuerpo se me tensa y me precipito hacia el clímax.
Gime en respuesta y las vibraciones me empujan al límite. El clímax me envuelve con una fuerza arrolladora y el cuerpo me tiembla por su intensidad.
Phoenix se retira lentamente, con una sonrisa satisfecha en los labios.
Va subiendo por mi cuerpo a base de besos, se detiene para mordisquearme el cuello y luego me reclama la boca en un beso apasionado.
Puedo saborearme en sus labios. Cuando por fin se aparta, estoy sin aliento y hambrienta de más.
El cuerpo me palpita de deseo insatisfecho.
—Eso ha sido increíble —me sale la voz en un susurro ronco. Todavía estoy procesando lo jodidamente increíble que es este hombre con la lengua.
Se pone de pie, con los ojos clavados en los míos como brasas, y se ajusta los pantalones. —Recuerda quién te ha dado ese placer, preciosa. Sabes que quieres ser mía.
Una oleada de calor me recorre ante sus palabras. Soy suya. Poseída. Mi mente se rebela ante ese pensamiento, aunque mi cuerpo responde a su tono dominante.
—Tienes mucho que procesar, Tilly. Pero entiende esto: cuidaré de ti. Te daré todo lo que necesites —se pasa los dedos por el pelo y un destello de vulnerabilidad le cruza el rostro—. Te mantendré a salvo.
Quiero pedirle que siga tocándome, que borre la oscuridad que aún persiste en mi mente. Pero las palabras mueren en la garganta cuando recuerdo la realidad de mi situación. Soy su prisionera, a merced de su voluntad.
—Lo sé, Phoenix —mantengo el tono suave, sin querer provocarlo—. Y te lo agradezco.
Asiente y se le forma una arruga entre las cejas. Entonces, con una última mirada intensa, se da la vuelta y regresa al ordenador, dejándome atada a la cama.
A solas con mis pensamientos, todo el peso de mi situación me cae encima.
Estoy atada en algún lugar desconocido, cautiva de un hombre al que apenas conozco, un hombre que dice querer protegerme.
¿Y qué pasa con todo lo que ya ha hecho?
¿Las mentiras, la manipulación, el acoso?
La cabeza me da vueltas mientras intento reconciliar al hombre que acaba de llevarme a un clímax explosivo con el que me secuestró, fingió mi muerte y me separó de mis seres queridos.
Me remuevo en la cama y pruebo las ataduras una vez más, aunque sé que no cederán. Soy tan prisionera de mis deseos como de los caprichos de Phoenix. Su beso prendió fuego a mi alma aunque mi mente me gritaba que huyera.
¿Cómo puedo sentir emociones tan contradictorias? ¿Cómo puedo anhelar que me toque y temerle al mismo tiempo?
Phoenix me llama la atención. Está completamente absorto en su trabajo, en su elemento, con los dedos volando sobre el teclado. A pesar de todo, no puedo negar su talento ni su dominio de la tecnología.
Odio desearlo. Odio que mi cuerpo traicione a mi mente. Pero en estos momentos, atada a esta cama, con solo Phoenix haciéndome compañía, las líneas entre captor y cautiva se difuminan.
—Sigues mirando —su voz me sobresalta y me acaloro al darme cuenta de que me ha pillado observándolo otra vez—. Sabes, la mayoría de las chicas estarían volviéndose locas en tu situación. Pero tú no. Te lo estás tomando con calma.
Abro la boca para responder, pero no me sale nada. La verdad es que estoy volviéndome loca. Estoy aterrorizada. Pero me niego a darle la satisfacción de verme derrumbar.
Se ríe y niega con la cabeza. —No te preocupes, nena. Pronto serás verdaderamente mía.
Un escalofrío me recorre la columna. ¿De verdad cree que alguna vez aceptaré esta vida por voluntad propia? La idea alimenta mi determinación de escapar, pero por ahora debo esperar el momento oportuno e interpretar el papel que ha escrito para mí.