PHOENIX
Estoy perdiendo la noción de la realidad. Lo sé. Mi obsesión con Tilly me ha llevado a extremos, pero no puedo renunciar a ella. Es mía, y jamás la dejaré escapar.
Ahora estamos juntos, y he garantizado su protección fingiendo su muerte y cortando todos los lazos con su pasado. Era necesario. Tilly depende de mí para sobrevivir.
Pero hay una parte de mí que está desquiciada.
Lo admito. Mi mente está nublada por la posesividad y una necesidad desesperada de tenerla cerca.
Sé que mis acciones son extremas, pero no puedo detenerme.
He cruzado demasiadas líneas, y ya no hay vuelta atrás.
Tilly es la luz en mi mundo oscuro, y haré lo que sea necesario para no perderla.
Es tan hermosa, incluso cuando duerme. No puedo quitarle los ojos de encima. Mi mente divaga, imaginando todo lo que quiero hacerle. Mi polla se agita en los pantalones, exigiendo atención. Me rindo y la libero de mis vaqueros.
—Eres jodidamente preciosa, Tilly —susurro—. Ni siquiera sabes cuánto te deseo. Cuánto necesito estar dentro de ti una y otra vez.
Me acaricio con los ojos fijos en ella mientras duerme. Sus labios están ligeramente entreabiertos, y su pecho sube y baja con cada respiración. Quiero besar esos labios, saborearlos, devorarla de nuevo.
—Voy a hacerte sentir tan bien, nena —murmuro mientras mi respiración se acelera—. Vas a ser mía para siempre. Te marcaré con mi tacto, te dejaré mi huella.
Me acerco más a la cama con la polla palpitándome en la mano. El corazón me late con fuerza mientras imagino estar dentro de ella. Cuando llego junto a la cama, contemplo su cuerpo desnudo y hermoso. Con unas cuantas caricias más, mi cuerpo se tensa y me corro sobre sus pechos.
Ella se remueve; la sustancia pegajosa sobre su piel la despierta de golpe. Abre los ojos de par en par y me ve inclinado sobre ella, con la polla semierguida en la mano.
—¡Ahh!
Su grito atraviesa el aire. Tiene los bonitos ojos avellana muy abiertos. Intenta alejarse de mí, pero las ataduras la mantienen en su sitio.
—¡¿Qué coño?! ¿Qué estás haciendo?
Ahora está gritando, con los ojos desorbitados de miedo. Debería haber sabido que no debía asustarla así. Pero joder, verla desnuda y atada... me vuelve loco.
—Shh, nena, está bien. Solo necesitaba... no pude contenerme —intento explicar con la voz ronca de deseo—. Estabas durmiendo tan tranquila y no pude controlarme. Estabas tan jodidamente bonita. Quería cubrirte con mi semen.
Se le sonrojan las mejillas y sigue forcejeando contra las ataduras.
—¡Desátame, maldito enfermo! ¿Qué coño te pasa?
Suspiro y me paso una mano por el pelo.
—Lo sé, lo sé. Es mucho que asimilar. Hice lo que pude para asegurarme de que nadie pudiera apartarte de mi lado.
—¿Estás loco? Me secuestraste, me drogaste, ¿y ahora hablas de retenerme?
Respira con dificultad, con los ojos llenos de ira y miedo.
—¡Suéltame ahora mismo!
Mi mirada se endurece.
—No puedo hacer eso. No lo haré. ¿No lo entiendes? Eres mía. Te he reclamado y no pienso soltarte. Jamás.
—Nunca digas nunca —espeta con los ojos centelleantes—. Puede que ahora tengas ventaja, pero alguien me encontrará. Mis amigos vendrán a buscarme.
Me río, aunque sin pizca de humor.
—Nadie va a venir, cariño. Creen que estás muerta, ¿recuerdas? Y aunque vinieran, no tendrían ninguna oportunidad contra mí. Siempre consigo lo que quiero, y ahora mismo te quiero a ti.
—Estás demente —murmura.
Sonrío.
—Quizás lo esté. Pero ¿sabes qué? No me importa. Porque en mi locura te encontré a ti.
Observo cómo el desafío se desvanece de los ojos de Tilly, reemplazado por un vacío que me retuerce las entrañas. Su cuerpo se queda laxo contra las ataduras; la lucha la abandona como un globo que se desinfla. Verla tan rota y derrotada me llena de una extraña inquietud.
—Eso es, nena —murmuro mientras le acaricio la mejilla. Se estremece ante mi tacto; tiene la piel fría bajo mis dedos—. Suéltalo todo. Será más fácil si dejas de luchar contra mí.
Una sola lágrima le recorre el rostro y se me encoge el pecho. Parte de mí quiere abrazarla, susurrarle palabras tranquilizadoras y ahuyentar la tristeza. Pero una parte más oscura se deleita en su quebranto, en cómo finalmente se está rindiendo.
—Te prometo que todo mejorará en cuanto aceptes que eres mía. No más miedo, no más intentos de escapar. Solo tú y yo, juntos, como debe ser.
No responde. Tiene los ojos fijos en el techo, vacíos y huecos. Es como si se hubiera rendido, con el espíritu aplastado bajo el peso de su nueva realidad. Y por mucho que odie verla así, me excita que se esté desmoronando tan fácilmente.
—Mírame, Tilly —exijo mientras le agarro la barbilla y obligo a su mirada a encontrarse con la mía—. Necesito que entiendas que esto es para siempre. Eres mía y jamás te soltaré. Da igual cuánto luches o cuánto supliques y ruegues, siempre me pertenecerás.
Le tiembla el labio inferior y, por un momento, temo que pueda derrumbarse por completo. Pero entonces algo cambia en sus ojos: un destello de resignación que me provoca un escalofrío.
—De acuerdo —susurra—. Lo entiendo.
El alivio me invade y no puedo evitar sonreír.
—Esa es mi chica —murmuro mientras le beso la frente—. Vamos a estar tan bien juntos, ya lo verás.
Me echo hacia atrás y veo que la lucha realmente la ha abandonado. Ha aceptado su destino, ha aceptado que ahora me pertenece. Y aunque parte de mí sufre por el quebranto en sus ojos, la parte más oscura y retorcida está satisfecha.
Es mía, total y absolutamente mía. Y ahora que por fin ha dejado de luchar, podemos comenzar nuestra nueva vida juntos, retorcida y hermosa a su modo.