Acosador del carnaval (Serie Carnaval) TILLY
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TILLY

Desorientada, me despierto con la mente en blanco. Poco a poco, como jirones de niebla, los recuerdos empiezan a aflorar.

El carnaval. Phoenix. Su caravana.

La pasión intensa y la rudeza de sus caricias. El placer que me dio no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Pero entonces llega el resto.

Me drogó. Me ató. Levanto las manos de golpe y tiro frenéticamente de las ataduras.

Y entonces, como si eso no fuera bastante aterrador, lo peor me golpea de lleno. ¡Phoenix me dijo que había cortado todos los lazos con mis seres queridos y había fingido mi puta muerte!

¿Cómo es eso siquiera posible?

Echo un vistazo a la caravana y enseguida queda claro que estoy sola.

Phoenix se ha ido. Estoy atada, inmovilizada, prisionera.

El corazón se me acelera mientras la cabeza me da vueltas con todo lo que ha hecho: las drogas, las mentiras, la muerte fingida.

No puedo dejar que me controle. Tengo que salir de aquí.

Tiro de las ataduras con determinación y las articulaciones me crujen mientras contorsiono el cuerpo. Logro liberar un brazo: una pequeña victoria. Me concentro en la otra atadura, más apretada y más difícil. Giro y retuerzo la muñeca, forcejeando con todas mis fuerzas.

Los minutos parecen horas.

¿Y si Phoenix vuelve y me pilla intentando escapar?

Poco a poco, centímetro a centímetro, voy liberándome de la atadura. Por fin, con un tirón brusco, la mano se me suelta. Me froto las muñecas donde la cuerda me rozó la piel. Pero ahora estoy libre.

Me pongo de pie y casi me desplomo de nuevo sobre la cama cuando la cabeza me da vueltas.

Dios sabe cuánto tiempo me ha tenido sedada aquí, pero es como si hubiera olvidado cómo usar las piernas.

Con el corazón desbocado, me levanto de la cama con más cuidado y me quedo de pie un momento, intentando estabilizarme.

Cuando estoy segura de que estoy bien, me dirijo a la puerta e intento abrirla.

Cerrada con llave, por supuesto.

Lo sabía, pero tenía que intentarlo. Recorro la habitación con la mirada buscando otra salida. Las ventanas: quizá sean mi vía de escape. Me muevo rápidamente hacia la zona principal, luego a la cocina.

Cerradas. ¡Mierda!

Hay una ventana pequeña en el baño y corro hacia allí; se me cae el alma a los pies al ver que también está cerrada. Tiene que haber una salida.

Y entonces lo veo: una claraboya en el techo. Es mi única esperanza. Busco en la cocina algo donde subirme y encuentro unos escalones. Con cuidado, subo, con todos los músculos en tensión. Alcanzo la claraboya y empujo, y siento una oleada de alivio cuando cede. No es grande, pero basta.

Abro la claraboya a la fuerza y siento una ráfaga de aire fresco y frío: libertad. Trepo por la abertura sin dudarlo, saco la cabeza y ya me imagino de vuelta en casa, denunciando al psicópata que me secuestró y fingió mi muerte. Volveré a donde debo estar, lejos de esta pesadilla.

Oigo abrirse la puerta de la caravana abajo, como si el universo conspirara contra mí. Se me congela cada músculo del cuerpo. Y rezo para que no sea Phoenix.

—¿Qué coño crees que estás haciendo? —la voz de Phoenix es un gruñido grave.

El pánico se apodera de mí y forcejeo para escapar, intentando sacar el cuerpo por el agujero, pero él es demasiado rápido.

Sube detrás de mí y me agarra la pierna con fuerza de hierro. Pateo y me retuerzo, desesperada por liberarme, pero es inútil. Es demasiado fuerte y, con un movimiento rápido, me arrastra de vuelta a la caravana y me tira sobre la cama.

—¡Para! ¡Suéltame! —grito, intentando zafarme, pero es como luchar contra una presa de acero.

—¡Basta ya! —espeta—. No vas a ir a ninguna parte. Esto es por tu bien. Tienes que entenderlo.

Sus palabras me golpean como una bofetada.

—¿Por mi bien? ¿Estás loco? ¡Me drogaste, me ataste, fingiste mi muerte y ahora no me dejas marchar! ¿Cómo va a ser esto por mi bien?

El miedo y la rabia se mezclan, nublándome el juicio. Las lágrimas me brotan de los ojos al darme cuenta de lo desquiciado que está este hombre.

—No lo entiendes —dice, y su voz se suaviza—. Hice lo que tenía que hacer. Tu vida anterior tenía que acabar. Pero te prometo que ahora te mantendré a salvo.

—¿A salvo? ¿Me estás tomando el pelo? ¡Nunca en mi vida he tenido tanto miedo! ¡Eres un desconocido y me lo has quitado todo!

Mis palabras quedan flotando en el aire, cargadas de emoción. Los ojos de Phoenix buscan los míos y, por un instante, veo un destello de duda.

—No lo entiendes. El mundo ahí fuera es peligroso. Soy el único que puede protegerte ahora.

Abro la boca para protestar, para suplicar, pero me interrumpe con una intensidad feroz en la mirada.

—Así tiene que ser. Con el tiempo, lo entenderás.

—¡Estás loco! —grito, con el pecho agitado—. ¡No puedes retenerme aquí, atarme y esperar que lo entienda!

—Tilly, por favor. Descansa. Pronto todo tendrá sentido, te lo prometo.

Antes de que pueda protestar, vuelve a asegurar las ataduras. Estoy atrapada, sin poder moverme, y los pensamientos se me disparan mientras recorro la habitación con la mirada buscando desesperadamente alguna señal de esperanza.

—Relájate, ¿vale? Estaré aquí mismo —dice Phoenix mientras me acaricia el pelo.

Quiero gritar. Quiero luchar. Pero el agotamiento me invade como una ola.

El terror y la adrenalina me pasan factura, además de las drogas que aún tengo en el cuerpo.

A pesar del miedo y la confusión, siento que el cuerpo se me rinde.

Los párpados me pesan, lucho por mantener los ojos abiertos, por permanecer alerta, pero es inútil.

Mientras mi consciencia se desvanece, mi mente lucha por comprender lo que está pasando.

Lo último que recuerdo es a Phoenix observándome fijamente. ¿Veo preocupación en su expresión? ¿O algo más siniestro? Mientras el sueño me vence, mi mente se esfuerza por mantenerse alerta, pero la oscuridad me consume. Por ahora, soy su cautiva, y mi destino está en sus manos.