PHOENIX
Tengo los ojos clavados en las cámaras de seguridad de la cafetería desde mi móvil, de pie en el callejón lateral.
El cabello de Tilly le cae alrededor del rostro enmarcando su belleza mientras ríe con su amiga.
Observo el movimiento de sus labios, el brillo de sus ojos, cómo su pecho sube y baja con cada respiración.
Mi pulgar flota sobre la pantalla, a punto de escribir otro mensaje obsceno diciéndole exactamente lo que pienso hacerle. Mi polla se contrae en mi mano al imaginarla sonrojándose, su respiración acelerándose mientras lee mis palabras.
Me apoyo contra la pared, sujetándome con la mano libre mientras me acaricio.
Mi respiración se acelera y dejo escapar un gemido quedo, los ojos entrecerrados mientras me entrego a la fantasía de estar por fin dentro de ella.
Pero no voy a acabar aquí fuera como un imbécil desesperado.
Con un gruñido de frustración, me guardo la polla dolorosamente dura en los pantalones y me dirijo hacia la entrada de la cafetería.
No puedo aguantarlo más, joder.
Empujo la puerta y la campanilla tintinea anunciando mi llegada.
El aroma del café me inunda las fosas nasales, pero solo puedo concentrarme en ella.
Tilly levanta la vista y nuestras miradas se cruzan.
Por un momento, quedamos suspendidos en el tiempo.
Luego, con una ligera sonrisa, paso junto a su mesa hacia el baño del fondo, esperando que me siga.
Siento sus ojos sobre mí mientras paso junto a ella, y efectivamente, segundos después, la puerta cruje al abrirse. No me doy la vuelta, pero sé que es Tilly. Percibo que está ahí parada, sin saber qué hacer ni qué decir.
—¿Por qué me sigues? —Su voz tiembla.
Me doy la vuelta y la contemplo: esos grandes ojos color avellana, el rubor en sus mejillas. Parece una cierva deslumbrada por los faros, sin saber si huir o quedarse.
—Ponte de rodillas. —No respondo a su pregunta, sino que le doy una orden—. Ahora. —Me acerco un paso más, invadiendo su espacio personal.
Tilly parpadea, sorprendida. Pero hay algo más en su expresión, una chispa de deseo. Quiero ver si se somete a mí por voluntad propia.
—Yo... —Se muerde el labio, y sé que está luchando consigo misma. Veo la batalla que se libra en sus bonitos ojos color avellana.
—Hazlo —gruño, agarrándola por la nuca y atrayéndola hacia mí—. A menos que quieras que te incline sobre el lavabo y tome lo que es mío aquí mismo.
Se le entrecorta la respiración y deja escapar un suave gemido. Luego, lentamente, se arrodilla sin apartar la mirada de mí.
El poder que siento es embriagador. Tilly es mía, jodidamente mía, y lo sabe. Podría tomarla ahora mismo, inclinarla sobre este lavabo y follármela hasta que grite mi nombre para que la oiga toda la puta cafetería. Pero quiero saborear esto, prolongar la tensión. Me inclino y susurro:
—Buena chica. Ahora veamos lo bien que sigues instrucciones.
Lentamente, me desabrocho el cinturón; el chasquido metálico resuena en la pequeña habitación. Con un movimiento rápido, libero mi polla, y la presión de los pantalones cede por fin a la dulce libertad.
Se le agrandan los ojos al contemplar mi tamaño, y se humedece los labios con la lengua. Sin previo aviso, me acerco más, le agarro el pelo y le echo la cabeza hacia atrás. Arrastro mi polla sobre sus labios, untándolos con mi líquido preseminal, marcándola. No se resiste y abre la boca.
Dejo escapar un gemido grave y le ladeo más la cabeza, guiándola por el pelo. Se le dilatan los ojos, y casi puedo ver el momento en que su excitación se dispara y el deseo vence cualquier vacilación.
—Chúpala —ordeno.
No tengo que decírselo dos veces. Con un gemido desesperado, me mete en su boca. Le aprieto el pelo con más fuerza, guiándole los movimientos.
Joder. Maldita sea.
Llevo imaginando esto desde que la vi por primera vez.
Chupa con avidez, su lengua girando alrededor de la cabeza. Empujo las caderas al sentir que relaja la garganta para tragarme entero.
Dios, qué buena es.
La dejo trabajar mientras una ráfaga de maldiciones escapa de mis labios. Mueve la cabeza, metiéndosela más a fondo cada vez. Se me ponen los ojos en blanco, la sensación es abrumadora cuando hunde las mejillas y chupa con fuerza.
Pero quiero más. Quiero sentir su garganta contrayéndose alrededor de mi polla.
—Respira por la nariz, nena —exijo.
Luego, con un gruñido, empiezo a embestirle la garganta. No puedo evitar rugir al mirarla y ver la mezcla de sorpresa y placer en sus ojos mientras me aguanta.
Sus ojos buscan los míos, una súplica silenciosa en sus profundidades, pero gruño y le aprieto más el pelo.
Empujo más fuerte, mis caderas golpeando contra su cara.
Hace un ruido extraño y amortiguado, y me doy cuenta de que intenta gemir, vocalizar.
Pero no la dejaré; quiero poseer cada sonido que escape de esa boca preciosa.
Sus manos suben a mis muslos, las uñas clavándoseme en la piel mientras lucha por seguir mi ritmo implacable.
Luego, su mano derecha se desliza entre sus muslos, y veo que sus dedos desaparecen bajo la falda para tocarse.
Esa es mi buena chica, joder; se está tocando mientras me la chupa.
Mi polla se hincha aún más al verla, y siento que se me tensan los huevos.
Me echo hacia atrás y saco mi polla de su boca con un chasquido húmedo. Gime, los labios rojos e hinchados, y un hilo de saliva conecta su boca con mi polla. Retrocedo con el pecho agitado mientras la contemplo de rodillas, sus dedos aún frotándole el clítoris.
Sus ojos brillan con vergüenza y deseo cuando cruza la mirada conmigo.
—Así es, nena —la animo—. Córrete para mí. Déjame verte deshacerte. —Doy un paso adelante, mi polla palpitando de anticipación—. Pero recuerda, tu coño es mío. Cada puto orgasmo a partir de ahora me pertenece.
Con esas palabras, le ofrezco mi polla de nuevo. Abre los labios y me acoge una vez más, hambrienta de mi semen.
La estrechez de su garganta me arrastra hacia el abismo, y empujo más fuerte. Sus arcadas me excitan aún más, y le agarro el pelo, sujetándola en el sitio mientras le follo la cara.
Con la mano libre, tira de mi cinturón intentando acercarme, queriéndome más adentro, joder. Es increíble. Siento cómo su garganta se relaja a mi alrededor. Gruño. Esta chica preciosa está de rodillas para mí, aceptando todo lo que le doy y más.
—Eso es, trágala —gruño, y ella gime en respuesta, su garganta vibrando alrededor de mi miembro. Sé que está a punto.
Entonces, de repente, se tensa y su cuerpo tiembla mientras alcanza el orgasmo con mi polla hundida en su garganta. Es demasiado para mí, y con un rugido, exploto; mi corrida le inunda la boca. Sigo embistiendo, con las caderas moviéndose a sacudidas mientras me vacío en su garganta.
—Trágatelo —exijo con voz ronca—. Cada. Puta. Gota.
Le agarro el pelo con fuerza, obligándola a mantener la boca cerrada alrededor de mi polla.
—Buena chica —la alabo cuando obedece, mientras mi semen le baja por la garganta.
Mientras nuestra respiración se calma, permanecemos conectados, con su boca aún envolviendo mi polla. Le paso los dedos suavemente por el pelo castaño, en contraste con mi brusquedad de antes. Quiero saborear esta conexión nacida de una lujuria cruda e intensa.
—Joder —jadeo, separándome de sus labios con un sonido húmedo. Me inclino y le doy un beso suave—. Eso ha sido...
Las palabras me fallan mientras intento procesar lo jodidamente bueno que ha sido. Ha superado todas mis putas fantasías.
Tiene los ojos vidriosos de deseo y de algo más. Es casi asombro, pero no logro descifrarlo del todo. Me examina el rostro, buscando respuestas o quizás tratando de entender todo esto.
Aquí de pie con ella, siento una conexión, algo que va más allá de la necesidad física y cruda que acaba de estallar entre nosotros.
Es desconcertante, sobre todo teniendo en cuenta lo distante que suelo ser.
Pero antes de que pueda analizarlo más, me sorprende con una sonrisa suave y un atisbo de timidez en la mirada.
El momento se alarga entre nosotros, tenso de silencio. Quiero dar un paso atrás, refugiarme en las sombras familiares de mi caravana, donde puedo observar y analizar desde una distancia segura. Pero, en cambio, me descubro alargando la mano para apartarle un mechón de pelo de la mejilla.
Se estremece al sentir mi contacto y el hechizo se rompe. La realidad cae de golpe mientras se pone de pie, con los ojos recorriendo nerviosos el baño como si acabara de darse cuenta de dónde está.
—Debería irme —murmura, mordiéndose el labio. Me pregunto si dirá algo más, pero se da la vuelta y sale a toda prisa del baño, dejándome a solas con este torbellino de emociones.
Puedes huir, pero no tienes dónde esconderte, cariño.