Acosador del carnaval (Serie Carnaval) PHOENIX
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PHOENIX

Tyson da los nombres al proveedor por teléfono. Esos idiotas no tienen ni idea del marrón que se les viene encima por meterse con nosotros. Una parte retorcida de mí quiere hacerlos sufrir.

—Déjame encargarme de esto —digo en cuanto cuelga.

Levanta una ceja. Normalmente, mantengo mis impulsos más oscuros ocultos bajo una máscara de calma.

Pero esta vez, quiero que esos imbéciles sepan que sus vidas ahora me pertenecen, algo que los sacudirá hasta la médula.

—¿Quieres hacerles una visita personal? —pregunta Tyson, estudiándome. Sabe que no debe subestimar hasta dónde llega mi depravación.

—Oh, tengo algo mucho más delicioso en mente —afirmo, recostándome en mi silla gamer—. ¿Por qué conformarse con una muerte rápida cuando podemos alargarlo y hacer que los cobardes supliquen piedad antes del dulce alivio de la muerte?

Abre los ojos de par en par, sorprendido por lo mucho que disfruto esto. Pero pronto una sonrisa perversa y lenta se dibuja en su rostro, igual que la mía, mientras asiente.

—De acuerdo, hijo de puta retorcido —se ríe—. Muéstrame qué planes deliciosamente enfermizos estás tramando en esa mente trastornada tuya.

Me acerco más a Ty.

—Planeo hacer que deseen no haberse metido nunca con nosotros. Primero, averiguamos todo lo que hay que saber sobre ellos. Sus miedos más profundos, sus debilidades, y luego usamos esa información a nuestro favor.

—¿Un tormento a medida, eh? Nos estamos poniendo creativos, ¿no?

—Oh, sí —murmuro—. Será una obra maestra de tortura psicológica.

Sonríe.

—Continúa. Me has picado la curiosidad.

—Sugiero que primero los aislemos y hagamos que cuestionen su cordura. Plantamos cámaras ocultas en cada rincón de sus casas para captar sus momentos más privados. Es increíble lo que hace la gente cuando cree que nadie la está mirando.

Tyson se ríe.

—Y luego lo usamos en su contra para exponer sus secretos y despojarlos de su privacidad capa por capa.

—Exactamente —ronroneo—. Los dejamos vulnerables y expuestos. Luego, cuando estén en su momento más frágil, atacamos.

Una sonrisa traviesa le parte la cara en dos.

—Así que les jodemos la cabeza y luego les jodemos la vida. Cuenta conmigo.

—Déjamelo a mí —digo, con la adrenalina corriéndome por las venas—. Les voy a joder tanto la cabeza que no sabrán distinguir arriba de abajo. Podemos considerar matarlos una vez que los hayamos exprimido bien. Que paguen por meterse con nosotros.

Tyson se ríe.

—Solo asegúrate de mantenerme al tanto de los detalles. Yo también quiero disfrutar del espectáculo.

Hace una pausa, con una sonrisa diabólica en los labios.

—Y si necesitas un par de manos extra o cualquier otra cosa para tu pequeño proyecto, no dudes en pedirlo.

—Lo haré —respondo, ya inmerso en los planes de mi venganza.

Cuando Ty se va, mi mente vuelve a Tilly. Desde que puse los ojos en ella, algo dentro de mí se rompió. Es como si se hubiera activado un interruptor, y mi mundo antes ordenado se ha vuelto caótico. No puedo concentrarme ni pensar con claridad, y mi calma habitual ha desaparecido.

Mi obsesión con ella solo se ha intensificado desde que la reclamé en Pulse, probando su dulce y jodido coño. El recuerdo de sus suaves gemidos y la sensación de su cuerpo entregándose al mío me hace ansiar poseerla por completo.

Camino de un lado a otro del tráiler, pasándome una mano por el pelo.

Necesito algo que me distraiga de este deseo enloquecedor.

Esta fijación amenaza mi naturaleza habitualmente controlada, y no puedo permitirme bajar la guardia, no cuando hay trabajo por hacer, trabajo que requiere toda mi atención y una mente aguda.

Necesito una válvula de escape, algo en lo que canalizar esta energía inquieta. Normalmente, la perspectiva de hackear la vida de alguien me emociona. Me da poder y control: espiar los secretos de la gente y manipularlos como marionetas. Pero ni siquiera eso me atrae ahora.

En lo único que puedo concentrarme es en este maldito anhelo por Tilly. Es como una jodida droga que me está consumiendo. Mi hambre por ella se está volviendo insaciable, y temo que mi control se me escape a cada minuto que pasa.

Abro el archivo de Tilly y suspiro al ver todas las imágenes de ella que he recopilado. Es extenso, pero no puedo resistirme a añadir más cada día mientras rastro las redes sociales. Ayuda a aliviar temporalmente el ansia implacable.

Mientras paso las fotos, el corazón me late con una mezcla peligrosa de lujuria y posesión.

—Eres mía, Tilly Jane Lawson —susurro—. Lo sepas ya o no.

Obligándome a volver a centrarme en la tarea, me crujo los nudillos y comienzo el hackeo. En cuestión de segundos, me he infiltrado en los dispositivos de los imbéciles que se metieron con nosotros.

Sus vidas son ahora un libro abierto, expuesto ante mí.

Con pulsaciones de teclas hábiles, secuestro cada cámara y dispositivo de grabación en sus casas: portátiles, teléfonos, tabletas, incluso esos ridículos aparatos de domótica. Uno por uno, las transmisiones cobran vida en mis pantallas y me dan acceso a sus momentos más íntimos.

Una sensación retorcida de poder me recorre mientras soy testigo de sus existencias mundanas, ajenos a la violación de su privacidad.

Activo los micrófonos de sus teléfonos móviles, lo que me permite espiar sus conversaciones vayan donde vayan. Cada secreto susurrado, cada confesión en voz baja: todo es mío para explotar.

Cuando la última transmisión de cámara se activa, me recuesto en mi silla, saboreando la victoria. Ahora son marionetas cuyos hilos manejo yo.

A pesar de la descarga de adrenalina, mis pensamientos vuelven de inmediato a Tilly. Su sonrisa radiante y su risa contagiosa me persiguen. Vuelvo a su archivo y paso las imágenes en mi ordenador, devorando cada momento capturado de su vida como un hombre famélico.

Me queda una semana en este pueblo antes de que nos mudemos.

La idea de perderla es insoportable. La necesito, la ansío, de una manera que roza la pura y jodida locura. Una obsesión que amenaza con destruirme por completo.

Mientras paso las imágenes, un plan comienza a tomar forma: un esquema deliciosamente retorcido para asegurarme de que Tilly sea verdadera, irrevocablemente mía. Una sonrisa se dibuja en mis labios mientras mi mente ya da vueltas a los intrincados detalles.

De un modo u otro, la reclamaré. Me pertenecerá en mente, cuerpo y alma, aunque tenga que destrozar su mundo para conseguirlo. Tilly Jane Lawson será el premio definitivo en mi retorcido juego de control.

Y quienes se atrevan a interponerse en mi camino pronto aprenderán una lección grabada en sangre: un destino peor que la muerte misma.