TILLY
Alisándome el ajustado minivestido negro, me echo un último vistazo en el espejo.
—¡Estás buenísima, tía! —chilla Chloe.
Amy asiente.
—Sí, ese vestido es una pasada. Vas a tener a todos los tíos babeando esta noche.
Un escalofrío de emoción me recorre al oír sus palabras, apartando el persistente malestar que he sentido toda la semana. Esta noche voy a soltarme y divertirme con mis mejores amigas.
Cogemos los bolsos y bajamos, parando un taxi para ir a Pulse.
Las brillantes luces de la ciudad se difuminan tras las ventanillas mientras le doy un trago a la botellita de vodka que Amy ha metido a escondidas en su bolso.
El licor me calienta la garganta y me ayuda a olvidar los extraños encuentros en el carnaval y la inquietante sensación de estar siendo observada que he tenido desde entonces.
Llegamos a Pulse y pagamos la tarifa del taxi antes de girarnos hacia la entrada.
—¡Esta noche va a ser súper divertida! —grita Chloe por encima de la música atronadora mientras entregamos nuestros carnés al portero. Le dedico una sonrisa coqueta y nos hace un gesto para que entremos; el ritmo de los bajos me vibra en todo el cuerpo.
Amy me agarra de la mano, tirando de mí hacia la pista de baile.
—¡Vamos a bailar!
Me termino el vodka y dejo que el ritmo se apodere de mí, moviendo las caderas de un lado a otro. Los tíos empiezan a acercarse a nuestro pequeño círculo, intentando captar mi atención y pegarse a mí. Me río y los rechazo, simplemente disfrutando de la música y la atmósfera eléctrica.
Un par de ojos azul hielo captan mi atención desde el otro lado de la multitud.
Parpadeo, preguntándome si me lo habré imaginado.
Y efectivamente, los ojos han desaparecido, perdidos entre la masa de cuerpos moviéndose.
Lo ignoro y agarro la mano de Chloe, saltando arriba y abajo al ritmo de la música.
Esta noche es para ser libre y soltarse.
Un tío alto y atlético con unos ojos verdes hipnotizantes se mueve a mi lado en la pista de baile. Me dedica una sonrisa que quita las bragas y empieza a moverse al ritmo, sus caderas balanceándose peligrosamente cerca de las mías.
Qué demonios, ¿por qué no?
Le devuelvo la sonrisa y dejo que mi cuerpo se mueva con el suyo.
Su mano roza mi cadera y un escalofrío me recorre la espalda.
Vale, este tío sabe lo que hace. Me inclino hacia delante, lista para dejar que este bombón me bese, cuando una figura grande con una máscara de calavera espeluznante se interpone entre nosotros.
El hombre enmascarado se inclina hacia la oreja del tío y le susurra algo. Sus ojos se abren de par en par con lo que solo puedo describir como terror, y se da la vuelta y sale disparado, desapareciendo entre la multitud.
—¿Pero qué coño? —escupo, mirando con rabia al intruso enmascarado.
No responde. En su lugar, empieza a bailar conmigo, imitando mis movimientos. Esos ojos penetrantes... conozco esos ojos.
Es él. El misterioso desconocido del carnaval. El hombre que estaba segura de haber visto hoy en el fondo de mi clase.
Entonces, ¿me ha estado siguiendo? Esto no puede ser una coincidencia. El pánico y la confusión luchan dentro de mí mientras su cuerpo se pega al mío y sus manos me rozan la cintura.
Debería salir corriendo. Esto está muy mal. Está claro que me ha estado acosando, y ahora está aquí con una máscara, espantando a los tíos como un psicópata.
Pero no puedo evitar sentirme intrigada a pesar de las alarmas que suenan en mi cerebro. Busco en sus ojos algún reconocimiento o explicación, pero no revela nada.
Sigo bailando, dejando que los bajos atronadores ahoguen mis pensamientos. Si este desconocido no va a hablar, seguiré el juego por ahora. A ver adónde lleva esto.
Sus manos recorren mi cuerpo, atrayéndome hacia él. Nuestros cuerpos se mueven en perfecta sincronía, como si hubiéramos nacido para este baile. Su aliento cálido me roza el cuello cuando se acerca.
—Vamos a buscar un sitio un poco más privado, cariño —murmura.
Una descarga de electricidad me recorre al oír sus palabras. Esto es muy peligroso. Este desconocido podría ser un completo psicópata, qué sé yo.
Pero Dios, hay algo embriagador en él. Parte de mí ansía la deliciosa sensación de peligro que emana de él en oleadas.
Así que, a pesar de que cada parte racional de mi cerebro me grita que huya, asiento con la cabeza. Me toma de la mano y nos escabullimos de la abarrotada pista de baile.
El hombre me guía por un pasillo poco iluminado hacia las salas traseras del club. Mi corazón da un vuelco cuando empuja una puerta y me hace entrar en un almacén.
En cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros, encerrándonos en este pequeño espacio, me giro para enfrentarle. Necesito respuestas.
—¿Quién eres? —exijo, intentando poner toda la valentía posible en mi voz—. ¿Por qué nos estabas siguiendo a Chloe y a mí en el carnaval? ¿Y por qué espantaste a ese tío?
La figura enmascarada no responde. Me mira fijamente a través de la inquietante máscara de calavera; sus ojos helados recorren mi cuerpo con hambre.
—Ahora no es momento para preguntas —su voz profunda y grave me envía un escalofrío por la espalda.
Entonces está sobre mí y me levanta sobre un banco de trabajo cercano. Jadeo y me agarro al borde mientras me separa las piernas, forzándolas a abrirse cuando intento cerrarlas.
—Voy a demostrarte por qué eres mía —gruñe—. Demostrarte por qué necesitas mantenerte jodidamente alejada de todos los demás hombres.
Se sube la máscara lo suficiente para liberar la boca, y sus labios rozan mi coño cubierto de encaje, provocándome una descarga por todo el cuerpo.
Entonces aparta la tela a un lado y me devora. Su lengua juguetea con mi clítoris de una manera que me hace perder la cabeza. La espalda se me arquea sobre la mesa mientras un gemido escapa de mis labios, fuerte y necesitado.
Él gruñe en respuesta y las vibraciones me llegan directamente al centro. Sus dedos se clavan en mis muslos, manteniéndome abierta mientras se da un festín conmigo hasta dejarme hecha un desastre, jadeando.
No puedo pensar, no puedo respirar. Nunca me han comido así, como si el tío se estuviera muriendo de hambre y yo fuera su jodida última comida. Es como si estuviera marcando territorio en mi cuerpo, haciéndome suya con cada lametón y mordisco.
Mi mente está en blanco y mi cuerpo en llamas.
Soy masilla en sus manos, incapaz de hacer nada más que sentir.
Su lengua se hunde dentro de mí y sus dedos se aprietan en mis muslos mientras me devora con una intensidad que iguala la obsesión en sus ojos.
Estoy perdida, ahogándome en un mar de placer; mi cuerpo traiciona cualquier resistencia que pudiera haber sentido.
En este momento le pertenezco, en cuerpo y alma.
Se me escapa un grito cuando llego al clímax, mis paredes contrayéndose en el vacío mientras él traza círculos en mi clítoris con la punta de la lengua. Gruñe satisfecho, lamiendo hasta la última gota de mi placer.
Poco a poco vuelvo a la tierra. Todavía tiemblo con los últimos espasmos, desplomada sobre la mesa, sin fuerzas y completamente agotada.
Pero él todavía no ha terminado.
Con un movimiento brusco, me levanta de la mesa y me empuja la espalda contra ella mientras me rodea el cuello con los dedos.
—Dímelo, Tilly —su voz es un gruñido bajo y amenazante—. Dilo. Dime a quién perteneces.
Joder. ¿Cómo sabe mi nombre este desconocido? Eso ya de por sí es una señal de alarma.
—¿Qué? No... ¡ni siquiera sé tu nombre! —logro decir mientras sus dedos me aprietan el cuello.
—Todavía no necesitas saberlo —dice—. Pero necesito oírtelo decir. Admite que eres mía y que solo me perteneces a mí.
Hay una amenaza bajo sus palabras, y la excitación que me provoca me hace palpitar entre las piernas. Respiro con dificultad, mi cuerpo ansiando más.
Mi voz surge como un susurro ronco.
—Te pertenezco.
Ante mi rendición, sus labios se estrellan contra los míos. Su lengua se abre paso en mi boca y me permite saborearme a mí misma. Sus manos me agarran las caderas y me atraen hacia él.
Me derrito en él mientras mis manos recorren sus hombros y su espalda. Este intenso desconocido enmascarado me tiene bajo su hechizo; mi cuerpo vibra de deseo.
Pero con la misma rapidez con que empezó el beso, él se aparta y se coloca la máscara, ocultando de nuevo su boca.
—Espera...
Extiendo la mano hacia él.
—Todavía no, cariño —dice—. Pero pronto. Te lo prometo.
Entonces, antes de que pueda protestar, se da la vuelta y se aleja a grandes zancadas, dejándome sola, aturdida y deseando más.