Acosador del carnaval (Serie Carnaval) PHOENIX
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PHOENIX

La rabia hierve en mi interior mientras escucho a Tilly y a su amiga hacer planes para la noche. ¿Una noche de fiesta? ¿En un club? ¿Con otros hombres? Solo pensarlo enciende un infierno abrasador dentro de mí, que consume todo rastro de racionalidad.

¿Cómo se atreve? ¿Acaso no entiende que ahora me pertenece? La he observado, estudiado y reclamado como mía en lo más profundo de mi mente. Es mía.

Mezclarme entre las sombras en este campus abarrotado es una tortura. El mar de cuerpos se aprieta contra mí, y su cháchara insustancial me crispa los nervios. Por eso prefiero la soledad de mi remolque, rodeado únicamente por el suave zumbido de la tecnología.

Pero ella me ha atraído hasta aquí como la llama irresistible atrae a la polilla. No puedo alejarme cuando solo pensar en ella en brazos de otro hombre me hace hervir la sangre.

El auricular crepita con su risa, ese sonido dulce y melodioso que tengo grabado en la memoria. Escucharlo ahora, filtrado a través de cables y circuitos, es una pobre imitación. Anhelo oírlo en persona, que me mire con esos ojos brillantes.

—Deberíamos ir a ese nuevo club del centro, Pulse, esta noche —dice su amiga; las palabras se clavan como una daga que se retuerce en mis entrañas—. Quizás por fin conozcas a un chico que valga la pena.

Cierro los puños. ¿Un chico? No necesita a nadie más que a mí. Pronto se lo haré ver.

Con los datos de rastreo de su teléfono, la sigo a distancia, con cuidado de no llamar la atención. No puede saber que estoy aquí... todavía no. Pero estaré observando. Siempre observando. Esperando el momento de atacar y reclamar lo que es legítimamente mío.

Me deslizo en la cafetería sin que nadie se dé cuenta, con la cabeza gacha, y encuentro una mesa apartada en la esquina. Desde aquí tengo la posición perfecta para vigilar a mi obsesión.

Tilly se acomoda en un lado del mullido reservado, con esas piernas interminables recogidas bajo ella, y se inclina sobre la mesa hacia su amiga. Se me corta la respiración cuando se echa el pelo sobre un hombro; los mechones sedosos brillan como bronce líquido bajo la tenue iluminación.

—No te vas a creer lo que pasó en el carnaval la otra noche —comienza.

Los ojos de Amy brillan con curiosidad.

—Cuéntame, chica. ¡No me dejes con la intriga!

Un rubor encantador tiñe las mejillas de Tilly mientras relata los acontecimientos de aquella noche fatídica.

—Un tipo empezó a ligar conmigo de la nada. O sea, en serio, era asqueroso y persistente.

—Se estremece.

—Pero entonces, de la nada, apareció un tío que estaba buenísimo y lo dejó fuera de combate.

Sus ojos brillan mientras me describe —sí, ¡a mí!— con esas dos deliciosas palabras: que estaba buenísimo.

Reprimo una sonrisa satisfecha y grabo cada detalle de su relato en mi memoria. La forma en que sus labios forman esas sílabas, el leve temblor de su respiración... es embriagador.

—Desapareció antes de que pudiera siquiera darle las gracias —añade con un suspiro decepcionado—. Pero juro que lo vi en mi clase de programación antes. Un segundo estaba allí, y al siguiente...

Se interrumpe y niega con la cabeza, confundida.

Chica lista, siempre tan observadora. Un escalofrío de emoción me recorre la espalda al saber que está pensando en mí, que me busca en cada multitud. Pronto nunca más tendrá que preguntarse dónde estoy.

Sonrío mientras los ojos de Amy se abren de par en par, claramente alarmada porque Tilly ha admitido haberme visto merodeando por el campus.

—¿Estás segura, Tills? Podría haber sido solo una coincidencia.

¿Coincidencia? No, mi brillante chica es muy perceptiva, una cualidad que tanto disfruto como temo en lo que respecta a mi presencia constante en su vida.

Frunce el ceño de esa forma adorable, con los labios carnosos apretados mientras reflexiona sobre las palabras de Amy.

—Sé cómo suena, pero juro que no me lo estoy inventando. Estaba allí, tan claro como la luz del día, y luego simplemente... puf. Se esfumó.

Pronto su obsesión inconsciente la consumirá por completo, un reflejo del deseo abrasador que arde en mis venas.

Pero no estoy listo para que me conozca, no del todo. Todavía no. Permitirle que me desenmascare, que descorra el velo y contemple la verdad de quién soy... es un riesgo que no puedo correr. Al menos, no hasta que la tenga completamente en mi poder.

Solo pensar en ella en un club, rodeada de hordas de hombres desesperados por follársela, me hace hervir la sangre.

Un coto de caza para el tipo de degenerados babosos que se atreverían a poner sus manos sobre mi obsesión.

Es demasiado ingenua, demasiado tentadoramente pura para defenderse de sus avances.

No, necesito estar allí. Vigilándola, protegiéndola de las garras de cualquier otro hombre.

Sin embargo, como Tilly ya sospecha, será difícil pasar desapercibido.

A menos que...

Una sonrisa se dibuja en mis labios mientras un plan toma forma en mi mente. Una de las máscaras del almacén del carnaval, algo lo suficientemente inocuo como para permitirme moverme libremente entre la multitud.

Sí, eso es. Me escabulliré del carnaval, me pondré el disfraz y me convertiré en su centinela silencioso.

Nadie me echará de menos, porque paso la mayor parte del tiempo en mi remolque.

Protegeré a mi belleza de cualquier pedazo de mierda que se atreva a ponerle las manos encima.

Puede que aún no se dé cuenta, pero Tilly me pertenece.

Y pronto, no tendrá más remedio que aceptar esa realidad.