Acosador del carnaval (Serie Carnaval) TILLY
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TILLY

El campus bulle de actividad mientras camino hacia mi clase de programación con el portátil bien sujeto contra el pecho. A pesar de la emoción de comenzar un nuevo semestre, no consigo quitarme de encima esta sensación inquietante que me persigue desde la noche del carnaval.

Es una tontería, lo sé. ¿Quién iba a estar vigilándome? Se me eriza el vello de la nuca cada vez que salgo, como si unos ojos invisibles me siguieran.

Al entrar en el aula, mi mirada recorre el mar de rostros desconocidos hasta posarse en uno que me deja paralizada. Sentado en la última fila está el desconocido del carnaval, el que apareció de la nada para protegernos a Chloe y a mí.

Se me acelera el pulso cuando nuestros ojos se encuentran y algo pasa entre nosotros, una chispa de reconocimiento. El hombre me observa con intensidad, su mirada penetrante me tiene cautiva. Todo lo demás desaparece y solo quedamos nosotros, conectados por un lazo inexplicable.

Salgo de mi trance, aparto la mirada y me dirijo a un asiento vacío. ¿Qué probabilidades hay de que esté aquí, en esta misma clase? Seguro que es solo una coincidencia. Y sin embargo, una voz insistente en el fondo de mi mente susurra que no lo es.

Mientras el profesor empieza a explicar el programa del curso, me resulta imposible concentrarme.

¿Quién es? ¿Y por qué no consigo quitarme de encima la sensación de que me ha estado siguiendo?

La voz del profesor sigue sonando, pero las palabras no me llegan mientras mi mente vuelve a esos ojos azules penetrantes. No paro de mirar hacia la figura en sombras de la última fila, en busca de cualquier indicio de que mi imaginación no me está jugando una mala pasada.

Permanece inmóvil con la mirada penetrante fija en mí. Nuestros ojos se encuentran de nuevo y su mirada parece taladrarme el alma. En ese momento, vuelvo al caos del carnaval, las luces intermitentes, el momento en que tumbó a ese imbécil de un solo golpe.

Sacudo la cabeza y devuelvo la atención a la clase. Garabateo apuntes sin mucho entusiasmo, pero por mucho que lo intente, esa sensación de inquietud se niega a desaparecer.

Cuando termina la clase, exhalo un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Meto el portátil en la mochila y echo un vistazo hacia la última fila, pero el asiento está vacío. Se me encoge el corazón mientras recorro con la mirada la multitud que se dispersa, pero no hay rastro del desconocido.

«¿Me estoy volviendo loca?», me pregunto al salir del aula.

Quizás el estrés de empezar un nuevo semestre me está pasando factura. O tal vez, solo tal vez, no me estoy imaginando nada de esto y algún hombre ridículamente atractivo me está acosando como un psicópata.

Al salir al aire fresco del otoño, un escalofrío me recorre el cuerpo. Acelero el paso, desesperada por escapar del peso sofocante de mi paranoia.

—¡Eh, Tilly, espera!

Me giro y veo a Amy con su sonrisa amistosa, tan reconfortante.

—Amy, ¡hola! ¿Qué pasa? —intento aparentar indiferencia, pero la voz me tiembla ligeramente.

—Iba a comer algo —dice—. Parece que te vendría bien un descanso. ¿Me acompañas?

Agradezco la invitación. —¿Sabes qué? Me parece perfecto —respondo con una sonrisa genuina—. Tú guías.

Caminamos juntas y el silencio cómodo entre nosotras me da un respiro muy necesario del torbellino de preguntas que tengo en la cabeza.

—Bueno, ¿quieres contarme qué te tiene tan asustada? —pregunta Amy con tono amable pero curioso.

Dudo, sin saber cómo expresar los pensamientos que me rondan desde el carnaval, hace tres noches. Me encojo de hombros y hago un gesto con la mano. —No es nada. Estoy un poco agotada por la primera semana de vuelta. Ya sabes cómo es.

La mentira me sale con sorprendente facilidad, pero una punzada de culpa me invade.

Amy ha sido mi amiga más cercana en la universidad desde el primer año, siempre dispuesta a escucharme o a ofrecerme un hombro en el que apoyarme.

Y sin embargo, aquí estoy, manteniéndola a distancia, sin dejarla entrar en el malestar que lleva días arremolinándose dentro de mí.

Pero ¿qué otra opción tengo? ¿Cómo voy a expresar el miedo que me carcome desde ese extraño encuentro en el carnaval? La sensación inexplicable de que alguien observa cada uno de mis movimientos, al acecho en las sombras, esperando el momento perfecto para atacar.

Es mejor guardarme estos pensamientos inquietantes. Expresarlos en voz alta solo confirmaría que estoy perdiendo el control de la realidad, hundiéndome en un pozo de paranoia alimentada por una imaginación hiperactiva.

Amy frunce ligeramente el ceño. —Este semestre ya está resultando complicado. Quizás deberíamos organizar una noche de chicas pronto, para desahogarnos un poco.

Sonrío ante la perspectiva de un respiro muy necesario de la avalancha de clases y tareas. —Eso suena genial. Cuenta conmigo.

Nos sumimos en un silencio cómodo mientras cruzamos el campus, y la paranoia se alivia con la promesa de pasar tiempo de calidad con mi mejor amiga.

Amy tiene una habilidad asombrosa para mantenerme con los pies en la tierra, para ser mi ancla en medio del caos que tan a menudo amenaza con engullirme.

Aun así, mientras nos acercamos a la bulliciosa cafetería, no puedo evitar echar vistazos rápidos por encima del hombro, recorriendo el mar de rostros en busca del misterioso desconocido del carnaval.

Un escalofrío me baja por la espalda cuando mi mirada se posa en una figura que acecha en las sombras.

¿Es él? ¿O simplemente estoy proyectando mi ansiedad en alguien al azar?

Aparto la mirada.

«Contrólate, Tilly. Nadie te está siguiendo. Y que el tipo del carnaval esté en tu clase fue solo una coincidencia».

Seguro que hay una explicación perfectamente lógica para todo. Y sin embargo, mientras Amy y yo nos acomodamos en nuestro reservado de siempre, la persistente sensación de inquietud no desaparece.