Acosador del carnaval (Serie Carnaval) PHOENIX
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PHOENIX

—Tilly Jane Lawson —murmuro.

El nombre rueda en mi lengua. Con unas pocas pulsaciones de tecla, toda su vida se despliega ante mí: cada detalle meticulosamente catalogado, cada fragmento de su existencia al alcance de mis dedos.

Nació en Oakridge, hija de padres que se divorciaron cuando era solo una niña.

Casi puedo imaginar el dolor grabado en su joven rostro, la inocencia destrozada por las duras realidades de un hogar roto.

Pero perseveró, con el espíritu intacto, impulsada por una pasión por la programación y el desarrollo de videojuegos.

Mis ojos recorren las líneas de código en la pantalla, cada una como una miga de pan que me adentra más en su mundo.

Está tomando clases en la universidad local, perfeccionando sus habilidades, soñando con el día en que sus creaciones cautivarán a audiencias de todo el mundo.

Una pequeña sonrisa satisfecha se dibuja en las comisuras de mi boca.

Una aspirante a desarrolladora de videojuegos: qué deliciosamente apropiado para alguien que ya me ha atrapado en su propio juego del gato y el ratón.

La obsesión está echando raíces, zarcillos de deseo que se enroscan alrededor de mi corazón y aprietan cada vez más fuerte.

Es perfecta: una mente brillante en un cuerpo deslumbrante, una gema rara en un mundo de guijarros sin brillo.

Mis dedos se mueven por el teclado, descubriendo cada faceta de su vida, grabando cada detalle en mi memoria.

Su presencia en línea es sorprendentemente escasa para alguien tan cautivadora.

Supongo que no es de las que se dejan llevar por la vanidad o la naturaleza adictiva de las redes sociales.

Pero entonces, justo cuando estoy a punto de cerrar el portátil, me topo con una joya oculta: un álbum de fotos privado, protegido con contraseña.

Mis dedos vuelan sobre las teclas, descifro fácilmente el candado y las imágenes aparecen ante mí.

Está bañada en luz solar, su piel reluciente con una ligera capa de sudor.

Está en una playa, el océano de un turquesa vibrante detrás de ella.

Pero mis ojos se van directos a su diminuto bikini, cada triángulo de tela apenas conteniendo sus curvas.

Se me corta la respiración mientras mi mirada recorre ávidamente su cuerpo.

Me revuelvo en el asiento, de pronto consciente del bulto creciente en los pantalones. Con un movimiento rápido, me desabrocho los vaqueros y meto la mano, sacando mi polla dura. El aire fresco del tráiler me provoca escalofríos, pero la visión de Tilly me mantiene ardiendo de deseo.

Me desplazo por las fotos, devorando cada centímetro de ella: la suave curva de sus pechos, la de sus caderas, la manera en que la parte inferior del bikini abraza su culo. Mi mano se mueve más rápido, alimentada por la visión de ella retorciéndose debajo de mí, sus suaves gemidos llenando el aire.

—Eres mía —susurro, con los ojos fijos en una foto particularmente seductora.

En ella, está reclinada sobre una toalla de playa, con una pierna doblada a la altura de la rodilla. Puedo imaginarme separándole esas piernas y hundiéndome profundamente en ella. Mi pulgar roza la punta de mi polla, resbaladiza de excitación, mientras imagino que es ella quien me toca.

El recuerdo de ese bastardo asqueroso con sus manos encima de ella me envía una oleada de rabia por las venas. Recuerdo la mirada engreída en su cara y cómo invadió su espacio, creyendo que podía tomar lo que quisiera. Mi Tilly.

Debería haberle cortado las manos. Cercenárselas a la altura de las muñecas y ver cómo la sangre se derramaba, tiñendo el suelo de rojo. Eso le habría enseñado una lección. En cambio, lo seguí más tarde y le rajé el cuello antes de enterrarlo en el bosque, donde nadie lo encontrará jamás.

Su sangre seca todavía está en mis manos mientras me acaricio la polla. Nadie toca lo que es mío. Aprieto el agarre en la verga; la imagen de su cuerpo sin vida solo me pone más duro. Debería haberlo hecho sufrir lenta y dolorosamente por atreverse a tocarla, pero no tuve tiempo.

El rostro de Tilly me persigue, el miedo en sus ojos cuando se apartaba de su contacto. Pude ver la vulnerabilidad en su expresión, el pánico bullendo bajo la superficie. Me necesitaba. A cualquiera que la amenace lo destrozaría con mis propias manos.

La idea de las manos de ese tipo sobre su cuerpo perfecto, su boca saboreando su dulce piel... Me hierve la sangre. Quería despedazarlo miembro a miembro y luego follarme a Tilly sobre su cadáver solo para marcar mi territorio, para demostrarle al puto mundo entero que es mía y solo mía.

Pero sé que, sin controlar estos impulsos violentos, habría acabado encerrado hace mucho tiempo.

Acelero el ritmo, con los ojos pegados a su foto en la pantalla. Mi polla palpita de necesidad, exigiendo liberación. Quiero marcarla como mía, dejar mi huella para que cada vez que se mire, se acuerde de mí.

Pienso en sus dulces gemidos, en cómo se retorcería y se contorsionaría debajo de mí, suplicando más. Le daría más, una y otra vez, hasta que estuviera gritando mi nombre. Hasta que no quedara duda en su mente ni en la de nadie de que es mía.

Estoy perdido en una neblina de obsesión y lujuria mientras me masturbo. Mis ojos se clavan en sus tetas perfectas y gimo al disparar mi semen caliente por toda la pantalla. Aterriza en su pecho y su cara, un desastre blanco y pegajoso, y sonrío.

—Joder —murmuro, jadeante.

Miro fijamente la imagen, cubierta por mi semilla.

—Esto es solo el comienzo, nena. Espera a que te cubra todo el cuerpo con mi semen. A que te marque como mía.

Me la imagino atada a mi cama, con las muñecas y los tobillos sujetos, esperándome con anticipación en la mirada.

Saborearía cada centímetro de su suave piel, trazando un mapa de su cuerpo con mi boca y mis manos, aprendiendo cada curva y hendidura.

La provocaría, volviéndola loca de deseo, hasta que me suplicara que la llenara, que la marcara como mía.

Y entonces le daría lo que anhela. Me hundiría en ella, duro y profundo, reclamándola como mi territorio.

Haría que lo sintiera también, la profundidad de mi obsesión, la intensidad de mi necesidad.

Me la follaría hasta que no pudiera caminar, hasta que su cuerpo fuera solo mío.

Hasta que cada parte de ella gritara que es mía.

Cojo un paño y limpio lentamente la pantalla mientras memorizo la imagen, grabándola en mi cerebro.

Me recuesto y una sensación de satisfacción me invade, incluso mientras mi obsesión crece. Cierro los ojos y el rostro de Tilly me persigue en la mente. Su risa resuena en la oscuridad y me provoca escalofríos. Es como una droga; su esencia misma me vuelve más adicto con cada respiración.

Sé que debería levantarme y pasar a la siguiente tarea, pero no consigo abandonar la comodidad de mi tráiler.

El mundo exterior puede esperar. Por ahora, quiero entregarme a este deseo que todo lo consume y que ha echado raíces en mi alma.

El solitario santuario del tráiler me protege del caos de la realidad, y anhelo la seguridad de sus confines.

El débil zumbido del ventilador del ordenador llena el silencio, un acompañamiento relajante para mis pensamientos acelerados. Mi mano roza la pantalla como si quisiera tocarla a ella.

Anhelo trazar los contornos de su rostro, sentir la suavidad de su piel y respirar el aroma de su cabello. La necesidad de estar cerca de ella es abrumadora. Estoy atado a ella de una manera que no puedo explicar.

—Pronto —susurro—. Pronto encontraré la manera de estar cerca de ti.