Acosador del carnaval (Serie Carnaval) TILLY
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TILLY

Estoy en el carnaval con Chloe, ¡y nos lo estamos pasando genial! Necesitaba esto antes de meternos de lleno en otro semestre en la universidad. El ambiente está cargado de energía, con luces vibrantes y el aroma de golosinas azucaradas flotando en el aire.

—¿No es esto lo más genial? —exclama Chloe, con los ojos verdes brillantes de emoción.

Me agarra del brazo y prácticamente me arrastra hacia la atracción de las tazas giratorias.

Me río y dejo que su entusiasmo contagioso me arrastre.

—¡Vale, vale, me has convencido!

Una oleada de alegría infantil me invade mientras nos sentamos en las tazas gigantes. Chloe y yo somos mejores amigas desde que éramos niñas, y momentos como estos me recuerdan por qué nuestro vínculo es tan fuerte: sabemos disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.

La atracción arranca y enseguida estamos dando vueltas, riendo sin parar mientras el mundo se difumina en un caleidoscopio de colores.

—¡Yujuu! —grita Chloe, con su melena pelirroja ondeando al viento.

Cuando la atracción por fin se detiene, nos bajamos tambaleándonos, mareadas pero con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Qué pasada! —exclamo, apoyándome en su hombro para mantener el equilibrio.

Chloe asiente, con las mejillas sonrojadas de emoción.

—¡Ha merecido la pena la cola! Y ahora, ¿qué toca? Ooh, me parece que la noria nos está llamando.

Nos abrimos paso entre la multitud bulliciosa y me tomo un momento para empaparme de todo lo que me rodea. El carnaval es un lugar verdaderamente mágico, lleno de magia y posibilidades.

Chloe y yo hacemos cola para la imponente noria, charlando emocionadas sobre qué atracción probar después. Entonces noto una presencia a mi lado: un tipo de aspecto sórdido con el pelo grasiento y una sonrisa lasciva.

—Hola, preciosa —dice, acercándose demasiado—. Una belleza como tú no debería ir sola. ¿Qué tal si dejas a tu amiga y te vienes conmigo?

Arrugo la nariz porque apesta a alcohol.

—Lo siento, no me interesa.

Intento darme la vuelta, pero me agarra del brazo con una mano húmeda.

—Venga, no seas borde, nena. Te prometo que lo pasarás bien conmigo.

Antes de que pueda reaccionar, Chloe se interpone entre nosotros, con los ojos verdes echando chispas de furia.

—¡Quítale las putas manos de encima, cerdo!

Lo empuja con fuerza en el pecho.

—Ha dicho que no le interesa, ¡así que lárgate!

El tipo se tambalea hacia atrás, pero enseguida recupera el equilibrio y levanta el puño.

—Te vas a arrepentir de eso, niñata⁠—

De repente aparece una figura alta, como si se materializara de las sombras.

Se me seca la boca: es guapísimo, con rasgos cincelados, ojos azul hielo y tatuajes intrincados que le serpentean por los brazos musculosos.

Sin decir una palabra, agarra el puño en alto del asqueroso y, en un movimiento fluido, le suelta un puñetazo en toda la mandíbula.

El tipo se desploma en el suelo, inconsciente.

Miro al misterioso desconocido con asombro, con el corazón latiéndome a mil. Se gira para mirarme, con una sonrisa burlona en los labios, antes de darse la vuelta y fundirse de nuevo con la multitud.

—¡Oye, espera! —lo llamo, apartando a Chloe para intentar seguirlo—. ¿Quién eres? ¿Por qué has hecho eso?

Pero ya se ha ido, tragado por el mar de gente. Recorro la multitud con la mirada desesperadamente, pero no hay rastro del enigmático desconocido tatuado.

—¿Tilly? —Chloe me alcanza y me agarra del brazo—. ¿Estás bien? ¡Ha sido una locura!

Sacudo la cabeza lentamente, todavía aturdida.

—Sí, estoy bien. Es solo que... ¿quién era ese tío?

Chloe sacude la cabeza, con el ceño fruncido.

—Ni idea. Pero nos ha salvado el culo de ese asqueroso.

Vuelvo a recorrer la multitud con la mirada, pero el desconocido tatuado no aparece por ningún lado. Es como si se hubiera esfumado. Un escalofrío me recorre la espalda al recordar esos ojos azules penetrantes y la facilidad con la que tumbó a ese imbécil de un solo puñetazo.

—¡Tierra llamando a Tilly!

Chloe agita una mano delante de mí y me saca de mi aturdimiento.

—¿Sigues conmigo, tía?

—S-Sí, perdona —balbuceo, apartando la mirada—. Es que estaba... da igual. Vámonos de aquí.

Chloe asiente.

—Buena idea. La verdad es que me vendría bien un descanso de tanto caos. ¿Compramos algo de comer para el camino?

Mi estómago gruñe con solo oír hablar de comida, y me doy cuenta de que no hemos parado desde que llegamos.

—¡Me has leído el pensamiento! ¡Me muero de hambre!

Chloe enlaza su brazo con el mío y nos guía lejos de la noria, hacia el tentador aroma de buñuelos y perritos calientes.

—Esto es justo lo que necesitamos después de ese encuentro tan loco.

Mientras pedimos en uno de los puestos, echo un vistazo por encima del hombro, medio esperando volver a ver ese rostro llamativo entre la multitud. Pero el carnaval bulle a nuestro alrededor, un caleidoscopio de sonido y color, sin dar ninguna pista del misterioso desconocido.

Encontramos una mesa de picnic vacía donde devorar nuestra comida. Cuando terminamos, salimos del carnaval y damos la noche por terminada.

Agarro el brazo de Chloe con fuerza mientras nos abrimos camino por la calle a oscuras, con el corazón acelerado. Cada crujido de hojas o sombra que se mueve me hace dar un respingo. Todavía tengo los nervios de punta por culpa de ese asqueroso del carnaval.

—¿Estás bien, Tills? —pregunta Chloe, dándome un apretón tranquilizador en el brazo—. Pareces muy nerviosa.

Fuerzo una risa temblorosa.

—Sí, estoy bien. Es solo que... ese tío me ha asustado, ¿sabes?

Chloe asiente comprensiva.

—No te culpo. Era un cerdo asqueroso.

Me lanza una sonrisa pícara.

—Menos mal que ese bombón misterioso apareció para salvarnos, ¿eh?

Se me encienden las mejillas al recordar esos ojos azules penetrantes y esa mandíbula cincelada.

—S-Sí, supongo.

Trago saliva, intentando quitarme de encima la sensación de que me están observando.

—Aun así, fue muy raro cómo simplemente... apareció de la nada.

Cruje una ramita detrás de nosotras y me doy la vuelta de golpe, con el corazón en la garganta. La calle está vacía, salvo por un gato callejero que cruza a toda prisa.

—¿Tilly? —Chloe frunce el ceño, preocupada—. ¿Qué pasa?

—N-nada —tartamudeo, obligándome a seguir caminando—. Me pareció oír... da igual. Son paranoias mías.

Chloe me observa un momento antes de pasarme un brazo por los hombros.

—Oye, ¿qué te parece esto? Mis padres están de viaje este finde. ¿Por qué no te quedas a dormir en mi casa?

Siento un alivio enorme al oír la invitación.

—¿Segura? No quiero molestar...

—¿Estás de broma? —Chloe resopla—. Tía, después de la noche que hemos tenido, me viene bien la compañía. Además, me da una pereza ir sola a casa...

Consigo esbozar una sonrisa y me apoyo en ella, agradecida.

—Vale, me has convencido. Una pijamada es justo lo que necesito.

No puedo quitarme de encima la sensación de que nos observan mientras nos acercamos a casa de Chloe. No paro de mirar por encima del hombro, con la piel de gallina. Pero la calle sigue en silencio, sin rastro de nadie.

Son paranoias mías, me digo mientras Chloe abre la puerta. Ese tipo de antes me ha dejado los nervios de punta.

Aun así, incluso ya dentro y con la puerta cerrada con llave, no consigo relajarme del todo. Mi mente vuelve una y otra vez a esos intensos ojos azules y a la forma tan natural, casi despiadada, en que aquel desconocido tumbó al asqueroso como si nada.

¿Quién era? ¿Y por qué nos ayudó?

Las preguntas me siguen rondando la cabeza mientras Chloe y yo nos instalamos para pasar la noche, acurrucadas en el sofá viendo una comedia romántica boba y poniéndonos moradas de chuches.

Pero por mucho que intente perderme en la trama cursi, no consigo quitarme de encima la sensación de que se me escapa algo, alguna pieza crucial del rompecabezas que rodea a ese enigmático desconocido tatuado.