44 EPÍLOGO
Un año después y estoy de vuelta en el laberinto.
Esta vez, todo es diferente.
La sala de orgías pulsa con sonidos de carne contra carne, gemidos que se superponen a jadeos desesperados, el deslizamiento húmedo de cuerpos que encuentran su ritmo. Me recuesto contra el pecho de Vane mientras está sentado en uno de los sofás bajos, con su polla enterrada en lo más profundo de mí mientras observamos cómo se desata el caos.
—Joder, esto es mejor que el año pasado —gime Knox desde algún lugar a nuestra izquierda, donde Bianca lo cabalga desenfrenadamente.
No se equivoca. Xavier abrió la Cacería de este año a la gente del carnaval después de meses de cenas que inevitablemente terminaban con la mitad de nosotros desnudos en el salón de alguien. Resulta que somos todos unos voyeristas a los que nos pone que nos miren y follar en la misma habitación.
Al otro lado de la sala, Lars tiene a Alice inclinada sobre un banco, con sus hermosas curvas a la vista mientras la penetra desde atrás. Ella observa a Cade y Lily: Lily está suspendida en una especie de artilugio de cuerdas, y Cade la devora con concentración absoluta.
—Dios —murmura Vane, apretando el agarre en mis caderas mientras me balanceo contra él—. Míralos.
Sigo su mirada hacia donde Flora está emparedada entre Colt y Nash, ambos hombres en perfecta sincronización. Sus gritos atraviesan el ruido ambiental, desgarrados y viscerales.
El calor se intensifica en mi vientre.
Las manos de Vane se deslizan por mi cuerpo y me abarcan los pechos mientras sigo balanceándome en su regazo. Sus dientes me rozan el hombro y me provocan escalofríos por toda la espalda.
—Mira qué hermosos son todos, flor silvestre —me susurra al oído—. Todos encuentran exactamente lo que necesitan.
Mi mirada vaga entre la neblina de cuerpos. En el centro de la sala, Tyson tiene a Sofia inclinada sobre una mesa ornamentada. El maestro de ceremonias del carnaval le agarra las caderas con manos posesivas y le susurra algo que la hace gemir y empujarse contra él con más fuerza.
—Llevan juntos cuatro años —murmura Vane—. Dos niños en casa con una niñera, y todavía follan como si no se saciaran nunca.
Cerca de ellos, Eden está arrodillada entre las piernas de Remy, con los ojos fijos en los de él mientras se lo mete en la boca. Él le agarra el pelo con el puño y le controla los movimientos.
Phoenix tiene a Tilly apretada contra una de las paredes de espejo, con las piernas de ella envueltas alrededor de su cintura mientras la penetra. Sus movimientos tienen la familiaridad cómplice de amantes veteranos que saben exactamente cómo complacerse.
Al otro lado de la sala, Keira se retuerce entre los gemelos Dexter: Ace le ata las muñecas meticulosamente mientras Cyrus la besa con intensidad.
Xavier tiene a Mira en su regazo en una silla que parece un trono, con la espalda arqueada mientras lo cabalga lentamente. Junto a ellos, Landon tiene a Sadie inclinada sobre un banco ornamentado, con las manos enredadas en su pelo.
Elliot y Julian ocupan uno de los sofás aterciopelados, unidos en un abrazo apasionado que parece casi tierno en medio del caos carnal.
En la esquina del fondo, rodeada de cortinas de seda negra, Cora se deleita con la atención de tres hombres: Dominic dirige la escena mientras Liam y Ryder la complacen.
—Todos obtienen exactamente lo que necesitan —repito mientras siento a Vane endurecerse aún más dentro de mí.
—Fuera. Ahora.
La orden de Vane atraviesa la neblina de placer. Sus manos me agarran la cintura y me levantan de su polla pese a mis protestas.
—Túmbate. Boca arriba.
Parpadeo, desorientada por el cambio repentino.
—Vane...
—Quiero tus ojos en mí, flor silvestre. Solo en mí —dice. Su mirada arde con un hambre posesiva mientras me guía sobre los cojines aterciopelados—. No los mires a ellos. Solo a mí.
Me abre los muslos de par en par y se acomoda entre ellos con gracia depredadora. La pulsera de cuerda esmeralda que me hizo todavía rodea mi muñeca: su marca, su derecho sobre mí.
—Eres mía —gruñe mientras se coloca en mi entrada—. Dilo.
—Soy tuya.
Se hunde en mí con la fuerza suficiente para robarme el aliento, con las manos sujetándome las muñecas por encima de la cabeza. La intensidad de sus ojos hace que todo lo demás se desvanezca: los gemidos que nos rodean, el golpeteo de carne, los sonidos húmedos de placer.
—Cada centímetro de ti me pertenece —dice, retirándose casi por completo antes de embestir de nuevo—. Este coño. Este cuerpo.
—Sí —digo mientras mi espalda se arquea sobre los cojines.
Su ritmo se vuelve brutal, posesivo; cada embestida, un recordatorio de que soy suya. Le rodeo la cintura con las piernas y lo atraigo más adentro.
—Mírame —dice, apretándome las muñecas con los dedos cuando mis ojos amenazan con cerrarse—. No te atrevas a apartar la mirada.
El secreto me pesa en el pecho: tres semanas sabiéndolo, tres semanas de terror y asombro. La prueba positiva está escondida en el cajón de mi mesita de noche. Pedí cita con el médico sin decírselo.
Pero al mirarlo ahora, al ver la devoción cruda mezclada con oscuridad en su mirada, algo cambia dentro de mí.
A nuestro alrededor, la gente del carnaval continúa con sus exhibiciones apasionadas. Tyson y Sofia, todavía insaciables después de cuatro años y dos niños. Phoenix y Tilly, con su vínculo inquebrantable. Eden y Remy, oscuros y retorcidos pero completamente devotos.
Los niños no cambiaron lo que son juntos.
—Vane... —Su nombre se me atraganta mientras el placer se acumula.
—Eso es, flor silvestre. Dámelo todo.
Su polla golpea ese punto perfecto y me eleva más alto. Mis uñas se clavan en sus hombros, ahora que me ha liberado las muñecas, porque necesito aferrarme a algo mientras el mundo se reduce a solo nosotros.
—Te quiero —digo, y las palabras se me desgarran de la garganta.
—Lo sé —dice, y me atrapa la boca en un beso brutal—. Eres mía para siempre.
El ritmo de Vane se vuelve castigador; cada embestida me acerca más al clímax. El sudor resbala entre nuestros cuerpos mientras me sujeta con más fuerza contra los cojines.
—Tómalo —gruñe contra mi garganta—. Toma cada maldito centímetro.
—Sí, Dios, sí…
Sus dientes se clavan en mi hombro con la fuerza suficiente para dejar marca. El dolor agudo estalla en placer y se mezcla con la presión implacable de su polla, que me llena por completo.
—Córrete para mí, flor silvestre. Que todos oigan a quién perteneces.
Sus palabras destrozan mi control. El orgasmo me arrasa con una intensidad brutal; grito su nombre mientras mi cuerpo se convulsiona a su alrededor.
—Joder… Lia… —Vane embiste una última vez, enterrándose hasta el fondo mientras se corre y me inunda de calor.
Nos derrumbamos juntos, con la respiración entrecortada y los corazones latiendo al unísono. Se queda dentro de mí; su peso me presiona contra los cojines, pero me hace sentir segura, no atrapada.
—Te quiero —murmura contra mi pelo—. Joder, te quiero tanto.
Las palabras están ahí, en la punta de la lengua. Tres semanas guardando este secreto, y de repente no puedo contenerlo más.
—Vane —mi voz tiembla—. Estoy embarazada.
Se queda completamente inmóvil.
Luego se aparta lo justo para verme la cara, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—¿Estás…?
—Embarazada. De unas seis semanas.
La sonrisa que le cruza la cara es pura satisfacción masculina. Sale de mí, se sienta sobre los talones y suelta un grito de triunfo.
—¡Joder, sí! ¡Soy el primer hermano Blackwood en dejar preñada a su chica! —Recorre la habitación con la mirada hasta dar con Xavier—. ¿Oyes eso, X? Soy el más viril…
—Y una mierda —grita Xavier desde el otro lado de la habitación, con Mira todavía en su regazo—. Mira ya está embarazada.
Varias cabezas se vuelven hacia ellos.
Mira se pone roja como un tomate mientras fulmina a Xavier con la mirada.
—Shhh, aún no se lo íbamos a decir a nadie —hace una pausa y añade en voz baja—: Yo también estoy de seis semanas.
Xavier deja que Mira se levante de su regazo, y siento que los brazos de Vane se aflojan a mi alrededor mientras las dos nos ponemos de pie. Nos encontramos en el centro de la habitación, sorteando extremidades enredadas y cuerpos acoplados que siguen perdidos en su placer.
Mira tiene los ojos brillantes cuando llega hasta mí, la sonrisa temblorosa de emoción.
—¿Seis semanas?
—Sí —me río, aunque la risa se me queda atrapada en la garganta—. Dios, esto es una locura.
Nos abrazamos y algo cálido se instala en mi pecho. Después de todo —la Cacería, descubrir su mundo, aceptar la oscuridad que conlleva amar a estos hombres—, tener a alguien que pasa por lo mismo es un regalo.
—Nuestros bebés van a tener la misma edad —susurra Mira contra mi hombro.
—Crecerán juntos —el pensamiento me llena de una alegría inesperada.
Cuando nos separamos, Bianca aparece a nuestro lado con expresión cómplice.
—Vosotras dos ya parecéis estar planeando la habitación del bebé.
Mira se seca los ojos entre risas.
—Puede que sí.
—Bueno, si creéis que son posesivos ahora… —Bianca señala hacia los hermanos, que nos observan con distintos grados de suficiencia y asombro—, que Dios nos ayude a todas cuando estéis embarazadas de su prole. Ya son insoportables con eso de protegernos.
A nuestro alrededor, la orgía continúa con su ritmo implacable. Los gemidos profundos de Tyson se mezclan con los gritos de Sofia. Los sonidos húmedos de los cuerpos al unirse llenan el aire junto con gemidos desesperados y el golpeteo de carne contra carne.
Pero en este pequeño rincón, las tres creamos un momento de quietud.
—Van a ser insoportables —dice Mira, mirando a Xavier.
—Ya lo son —coincido, captando la mirada ardiente de Vane.
Bianca sonríe con suficiencia.
—Buena suerte con eso.
Nos echamos a reír, y el sonido resulta extraño en esta guarida de placer carnal: ligero y genuino, ajeno a la oscuridad que nos rodea.
Keira se une a nosotras, con Sadie pisándole los talones. Pronto formamos un círculo de mujeres que reciben felicitaciones y comparten miradas cómplices por los hombres que nos reclamaron.