43 VANE
Las paredes acolchadas de cuero de la sección BDSM de Purgatory absorben los sonidos del placer: gemidos, jadeos, el chasquido rítmico de los látigos contra carne entregada. Los cuerpos se retuercen en suspensiones artísticas, atados con intrincados patrones de cuerdas que cualquier otra noche habrían captado mi atención.
Esta noche, no logro sentir ni un atisbo de interés.
Me apoyo en la barandilla VIP con vistas a la escena, dándole vueltas a un whisky que ya se ha calentado en mi vaso. Abajo, una sumisa rubia se arrodilla ante su Amo, aceptando la fusta con gracia practicada. Hermosa. Hábil. Completamente irrelevante.
—Estás matando el ambiente —dice Knox, dejándose caer en el asiento junto a mí, con Bianca acurrucada contra su costado.
Ella está sonrojada por lo que sea que hayan estado haciendo en una de las salas privadas, el cabello revuelto y los ojos brillantes.
—El gran Vane Blackwood, haciendo pucheros como un cachorro apaleado mientras el mejor espectáculo de Ravenwood se despliega a sus pies.
—Vete a la mierda.
—Elocuente como siempre —hace una señal para pedir bebidas sin apartar la mano del muslo de Bianca—. ¿Cuánto tiempo piensas seguir lamentándote? Dos semanas roza lo patético, incluso para ti.
Dos semanas desde que Lia se mudó al Ravenwood Inn. Una semana desde que Jakub Orlov la acorraló en la galería.
—No me estoy lamentando.
—Pues lo imitas muy bien —Xavier se une a nosotros, con Mira pegada a su costado.
A diferencia del rubor de Bianca tras la escena, Mira parece serena, aunque la curva satisfecha de sus labios sugiere que también han estado ocupados.
—La coordinadora del evento preguntó si estás descontento con la programación.
Bebo en lugar de responder. Abajo, la escena cambia: una nueva pareja ocupa el centro del escenario para un juego con fuego. Las llamas danzan sobre la piel de la sumisa, y cada pasada arranca suaves gemidos de sus labios.
Lia apreciaría la técnica. El control necesario para provocar sensación sin causar daño.
—Está aquí.
La mirada de Xavier se agudiza y sigue la mía hacia la planta principal.
—Así es.
Lia se mueve entre la multitud como el agua que busca su cauce: sin prisa, elegante, segura. La máscara dorada cubre la mitad superior de su rostro, pero la reconocería en cualquier parte. Por cómo sus dedos se deslizan a lo largo de la cuerda de terciopelo que separa el área de observación del espacio de juego. Por cómo inclina la cabeza cuando examina el intrincado trabajo de nudos de una escena de suspensión. Por el sutil movimiento de sus hombros cuando procesa algo complejo.
Cada célula de mi cuerpo me grita que vaya hacia ella.
—No te mueves —observa Knox.
—Tampoco me muero.
—Pues lo disimulas fatal. Parece que te estuvieran torturando.
No se equivoca. Mis dedos se aprietan alrededor del vaso y los bordes de cristal tallado se me clavan en la palma. Lia se detiene cerca de la sección de bondage, atraída por una demostración de técnicas de shibari. El Amo es hábil: preciso, metódico, y va creando un arnés tan hermoso como funcional.
Observa con la intensidad concentrada que recuerdo de la clase de química. De La Cacería. De cada momento en que me ha prestado toda su atención.
Dos semanas de contención. De respetar el espacio que exigió. De dejar que venga a mí en lugar de cazarla como me pide cada instinto.
—Si rompes ese vaso, Mira te hará limpiarlo —el tono de Xavier rezuma diversión.
Dejo el whisky antes de hacer exactamente eso.
Lia se mueve y su mirada recorre la multitud. El movimiento tiene un propósito: está buscando. ¿A mí? ¿O sopesa sus opciones en un club lleno de Amos hábiles que no han pasado las últimas dos semanas vigilando la ventana de su habitación de hotel como un puto acosador?
El pensamiento me quema las venas como ácido.
—Podrías ir hacia ella —sugiere Bianca en voz baja—. Ha venido aquí. Eso significa algo.
Lo significa todo.
Pero durante quince años, perseguí. Orquesté. Manipulé las circunstancias para traerla de vuelta a mí. Y en el momento en que vio la verdad de quién soy, de lo que soy capaz, huyó.
Esta vez, es ella quien camina hacia mí.
Así que me obligo a quedarme exactamente donde estoy, aunque cada músculo de mi cuerpo se tensa con la necesidad de reclamar lo que es mío.
Lia atraviesa la planta principal del club con pasos deliberados, serpenteando entre escenas que se desarrollan en plataformas elevadas y alcobas privadas. Un látigo chasquea contra piel desnuda a su izquierda: ni siquiera mira. A su derecha, una sumisa se retuerce en intrincada suspensión de cuerdas: sus ojos pasan de largo sin detenerse.
Está buscando.
Entonces su mirada se cruza con la mía a través del espacio abarrotado.
Ninguno de los dos se mueve. El caos de Purgatory se desvanece: los gemidos, la música, el ritmo constante del juego de impacto, hasta que solo quedan sus ojos clavados en los míos. Avellana con motas doradas, firmes y seguros.
Se quita la máscara.
Luego camina hacia la sección VIP.
La mano de Knox se aprieta en el muslo de Bianca. Xavier se queda inmóvil a mi lado. Ninguno habla.
Lia llega a la cuerda de terciopelo. El guardia de seguridad, Marcus, leal a la familia desde hace años, mira más allá de ella hacia mí. Su expresión formula la pregunta sin palabras.
Asiento una vez.
Marcus desengancha la cuerda y le permite entrar en mi santuario. Sube los tres escalones hasta la sección elevada, sus tacones repiquetean contra el mármol. Se detiene justo frente a mi silla.
—Estás aquí —logro decir.
—Quería ver si todavía podía elegir esto —su voz no vacila—. Elegirte a ti, sabiéndolo todo.
Me pongo de pie con un movimiento fluido a pesar de la tensión que me atenaza cada músculo.
—Llevemos esto a un lugar privado.
—Eso es lo que dijo ella —Knox no puede resistirse, y la sonrisa se le extiende por el rostro como si tuviera doce años en lugar de veinticuatro.
Le lanzo una mirada que ha hecho que hombres hechos y derechos reconsideren sus decisiones vitales.
—Cállate de una puta vez.
Levanta las manos en falsa rendición, pero la sonrisa no se borra. Xavier no se molesta en disimular su diversión.
Los labios de Lia se curvan: apenas, pero lo capto.
La guío a través de la sección VIP hacia las suites privadas reservadas para miembros que prefieren la discreción al exhibicionismo. El pasillo amortigua los sonidos de la planta principal; la moqueta gruesa y las paredes insonorizadas crean un capullo de silencio.
La Suite Siete está vacía. Tecleo mi código y le sujeto la puerta.
Entra sin vacilar. Examina el espacio: los muebles de cuero, el discreto armario que guarda juguetes y accesorios para quienes decidan usarlos, los espejos del suelo al techo. Vuelve a mirarme.
—No voy a disculparme por lo que soy —digo.
Las palabras me salen más bruscas de lo que pretendía.
—La violencia, lo que viste... eso forma parte de mí. Siempre ha sido así.
—Lo sé.
—Pero debí ser honesto contigo desde el principio —acorto la distancia entre nosotros y me detengo cuando estoy a un paso de tocarla.
No lo hago.
—Sobre lo que hago. Sobre lo que mis hermanos y yo somos capaces de hacer. El imperio que hemos construido y lo que cuesta mantenerlo.
Lia me observa con esos ojos que ven demasiado.
—¿Por qué no lo fuiste?
—Porque quería mantenerte al margen —la confesión me desgarra la garganta—. Lejos de la sangre y la oscuridad. Pasé quince años construyendo esta vida: poder, control, todo lo que creía necesitar. Y entonces te recuperé, y de pronto había algo en mi mundo que no estaba contaminado por todo eso.
Se le corta la respiración.
—Quería proteger eso. Mantenerte a salvo de las partes de mí que son...
Busco la palabra. No encuentro ninguna que encaje.
—Eras lo único limpio en mi existencia inmunda, flor silvestre.
—Nunca lo entenderé —alza la mano hasta mi pecho, la palma plana sobre mi corazón—. Cómo la violencia habita en ti igual que el aire que respiras. Cómo puedes despedazar a alguien y después tocarme con esas mismas manos.
Aprieto la mandíbula.
—Pero no necesito entenderlo —sus dedos se aferran a mi camisa—. Solo necesito saber que cuando estés cubierto de sangre y oscuridad, seguirás volviendo a mí. Que no dejarás que consuma todo lo que somos.
—Lia...
—Pasé quince años huyendo porque creía que el amor debía ser simple. Limpio. Algo que encajara en la vida que me había construido: centrada en mi carrera, organizada, controlada —se pone de puntillas y acerca su boca a la mía—. Pero nosotros nunca íbamos a ser simples. Eres caos envuelto en humo esmeralda, y yo soy la chica que no puede dejar de respirarte.
Sus palabras resquebrajan algo dentro de mi pecho.
—Te quiero —su voz se reduce a un susurro—. No a pesar de la oscuridad. No separada de ella. Quiero al hombre que orquestó mi regreso y al que me persiguió por un bosque. Al chico que me besó a los dieciocho y al hombre que tortura a sus enemigos. Todo. A ti entero.
Devoro su boca con la mía.
Se abre para mí de inmediato; su cuerpo se amolda al mío como si hubiera sido diseñada para encajar así. Mis manos se hunden en su cabello y le inclino la cabeza para profundizar el beso.
—No puedo volver —se aparta apenas lo justo para hablar, sus labios rozan los míos con cada palabra—. A Nueva York. A una vida sin ti. Lo intenté, y casi me destruye.
—Se acabó huir —la hago retroceder hasta que su espalda choca contra el espejo—. De mí. De esto.
—Se acabó huir —acepta.
La giro y le presiono las palmas contra el cristal. Me observa en el reflejo, con las pupilas dilatadas de deseo. Mis manos se deslizan bajo su vestido y le recogen la tela en la cintura.
—Mira —me coloco detrás de ella, mi polla dura contra la curva de su trasero—. Mira lo bien que encajamos.
Su aliento empaña el espejo mientras le aparto la ropa interior y me hundo en ella de una sola embestida. Jadea y arquea la espalda.
—Perfecta —gruño junto a su oído mientras me retiro solo para hundirme más hondo.
Su cuerpo se cierra a mi alrededor, un calor húmedo que me atrae más adentro mientras establezco un ritmo brutal. El espejo lo magnifica todo: el rubor que se extiende por su cuello, cómo sus pechos se balancean con cada embestida, cómo se le abre la boca cuando doy con el ángulo perfecto.
—Mírate —le enrollo el pelo en el puño y le obligo a mirarse en el reflejo—. Tomando mi polla como si hubieras nacido para esto. Como si tu cuerpo recordara exactamente quién es su dueño.
—Vane... —mi nombre se quiebra en sus labios.
—Dime qué ves, flor silvestre.
Nuestras miradas se cruzan en el cristal, la suya nublada de placer.
—Nos veo. Juntos.
—¿Qué más? —le rodeo la garganta con la mano, sin apretar, solo sujetando.
Un recordatorio de quién manda aquí.
—Veo cómo me miras —su respiración se entrecorta mientras presiono contra ese punto dentro de ella—. Como si fuera tu mundo.
Mis caderas embisten con más fuerza, persiguiendo la presión que crece en la base de mi columna.
—Porque lo eres. Quince años sin ti, Lia. Quince putos años asfixiándome mientras tú estabas a un estado de distancia.
Empuja las caderas hacia mí, saliendo al encuentro de cada embestida con necesidad desesperada.
—Nunca más. Estoy aquí mismo.
—Mía —le suelto la garganta para agarrarle la cadera y cambiarle el ángulo, hundiéndome aún más hondo—. Mi flor silvestre. Mi puto todo.
—Tuya —su palma golpea el espejo mientras los temblores le recorren los muslos—. Toda yo. Cada... oh, Dios... cada pedazo.
Sus paredes se contraen a mi alrededor, la señal inequívoca de que está cerca. Deslizo la mano entre sus piernas, encuentro ese manojo hinchado de nervios y lo rodeo con precisión despiadada.
—Córrete para mí —la orden retumba desde algún lugar primitivo—. Déjame sentir cómo te deshaces.
Grita mi nombre mientras el orgasmo la desgarra y todo su cuerpo convulsiona. Verla deshecha en el espejo —cabello salvaje, piel ruborizada, completamente perdida en el placer— rompe mi control. La sigo al abismo, enterrándome hasta el fondo mientras la liberación me arrasa en olas devastadoras.
Seguimos unidos mientras las réplicas se desvanecen, los dos temblando. La giro entre mis brazos porque necesito ver su rostro. Sus ojos reales, no el reflejo.
—Te amo —me resulta más fácil decirlo esta vez—. Más que a la cordura. Más que al imperio que construí. Eres lo único que importa.
Las lágrimas brillan en sus pestañas.
—Yo también te amo. Tanto que me aterroriza.
La beso con suavidad, volcando en el roce de los labios todo lo que no puedo articular. Se derrite contra mí mientras sus dedos se enredan en mi cabello.
—No más secretos —susurra contra mi boca.
—No más huidas —replico.
Se aparta lo justo para mirarme a los ojos.
—Trato hecho.