42 LIA
La campanilla de la puerta de la galería suena a las diez y cuarto en punto, rompiendo el silencio que me he empeñado en mantener desde que abrí.
Levanto la vista de la factura que llevo fingiendo revisar, la misma que llevo veinte minutos mirando sin enterarme de nada. Entra un hombre con un traje gris a medida que grita dinero a los cuatro vientos. Ronda los cincuenta y tantos, distinguido, con canas salpicando el pelo oscuro y un reloj caro que destella bajo los focos.
—Bienvenido a Chambers Gallery —dejo el bolígrafo y activo el piloto automático profesional—. ¿Busca algo en particular?
—¿Señorita Morgan, verdad? —el acento lo delata al instante: ruso—. Esperaba que pudiera enseñarme la colección Volkov.
Se me tensan los hombros, aunque mantengo la sonrisa amable bien puesta.
—Por supuesto. Por aquí, si es tan amable.
Lo guío hacia la galería del fondo, donde cuelgan tres piezas de Volkov: obras abstractas que combinan violencia y belleza de un modo que me revolvió el estómago cuando las desembalé. Ahora, después de ver a Vane con unos alicates y un cuchillo, entiendo su atractivo en las entrañas. Ojalá no fuera así.
—Magníficas, ¿verdad? —el hombre se detiene ante el lienzo más grande y ladea la cabeza—. Cómo captura el sufrimiento a través del color en lugar de imágenes explícitas. Genial, sin duda.
—Desde luego son provocativas —mantengo las distancias, y mis tacones repiquetean contra el parqué mientras retrocedo—. ¿Es usted coleccionista, señor...?
—Orlov —se gira, y su sonrisa no le alcanza los ojos—. Y sí, colecciono muchas cosas. Cosas hermosas, sobre todo.
La forma en que lo dice me pone la piel de gallina. No es la mirada descarada de un hombre tirándote los tejos, sino algo más frío. Más calculador.
Como si estuviera tasando mercancía.
—Los Volkov no están a la venta por separado —me oigo decir, con voz firme a pesar de la adrenalina que me recorre de golpe—. El señor Chambers los adquirió para venderlos como colección completa.
—Todo está a la venta, señorita Morgan —se acerca más, con la naturalidad justa para que no pueda justificar un paso atrás sin parecer maleducada—. Es solo cuestión de encontrar el precio adecuado.
Su mirada me recorre con el mismo escrutinio calculador que dedicó a las pinturas.
Me obligo a respirar con normalidad.
—El señor Chambers fija los precios personalmente. Puedo concertarle una cita si le interesa de verdad la adquisición.
—Qué servicial —se acerca a otra pintura—. Debe de gustarle trabajar para él. Mucho mejor que trabajar para alguien como los Blackwood, me imagino.
El nombre cae entre nosotros como una piedra en aguas mansas.
—No sabría decirle —respondo con cautela—. No trabajo para ellos.
Su sonrisa se tensa.
—Pero los conoce bastante bien, ¿verdad? Sobre todo a Vane Blackwood.
Un escalofrío me recorre la espalda. Esto no es casual. Nada de esta conversación es casual.
—Ravenwood es un pueblo pequeño —esquivo la pregunta—. Aquí todo el mundo se conoce.
—Algunos más íntimamente que otros —sus ojos se endurecen—. Dígame, señorita Morgan, ¿los Blackwood hablan de sus negocios con sus... compañeras? ¿O prefieren que sus mujeres no sepan nada de ciertas actividades?
Orlov. El nombre encaja con una claridad espantosa.
El hombre del almacén. Al que Vane torturó. Al que le arrancaron los dedos mientras gritaba. También se apellidaba Orlov.
—Me temo que no le sigo —digo, con la boca seca de repente—. Si le interesan los Blackwood, quizá debería hablar directamente con ellos.
—Oh, hemos hablado —baja la voz—. Mi sobrino y yo tuvimos una conversación bastante... intensa con ellos hace poco. Por desgracia, Mikhail está indispuesto. La obligación familiar me lleva a ocuparme de sus asuntos.
Toca el borde de la pintura y recorre con el dedo el violento remolino rojo del centro.
—Las cosas hermosas son tan frágiles, ¿verdad? Tan fáciles de estropear.
El corazón me retumba en los oídos, pero mantengo la expresión neutra. Me está amenazando. Me está amenazando aquí plantado, en mi galería, a plena luz del día.
—Creo que debería irse —me dirijo al teléfono de la galería, el que está en la pared junto al escritorio, con movimientos pausados—. Ahora.
—Por supuesto —se ajusta la chaqueta sin prisa—. He visto lo que vine a ver.
La campanilla vuelve a sonar cuando sale, y echo la llave en cuanto se cierra la puerta tras él; me tiemblan las manos al girar el pestillo.
Mierda. Mierda.
Me apoyo contra la puerta y pego la frente al cristal frío. Mi aliento empaña el escaparate a medida que el pánico me trepa por la garganta. Sabe lo de Vane y yo. Sabe dónde trabajo. Me ha buscado expresamente para... ¿qué? ¿Amenazarme? ¿Usarme contra Vane?
El móvil me vibra en el bolsillo. El nombre de Vane ilumina la pantalla, pero no puedo contestar. No puedo oír su voz ahora mismo sin venirme abajo del todo o gritarle por haberme arrastrado a esta pesadilla.
Vuelvo a guardarme el móvil en el bolsillo y agarro el bolso con manos temblorosas. Las facturas pueden esperar. Los Volkov pueden quedarse colgados aquí hasta el día del juicio. Necesito volver a la posada, encerrarme en la habitación y averiguar qué demonios hacer.
La calle está bastante concurrida: la hora del almuerzo trae el trajín peatonal de siempre. Veo mi coche dos manzanas más abajo, donde lo aparqué esta mañana, y echo a andar; los tacones repiquetean contra el pavimento.
Un reflejo en un escaparate me llama la atención.
Traje gris. El mismo paso medido que el mío.
Orlov.
Se me dispara el pulso. Doblo la esquina hacia el aparcamiento en lugar de seguir hacia mi coche, con la esperanza de que el cambio de dirección sea solo paranoia. Pero cuando miro atrás, sigue ahí, guardando la misma distancia calculada.
No es paranoia.
Acelero el paso. Mis tacones no están hechos para correr, pero caminar deprisa, casi al trote, es posible. El aparcamiento se yergue delante: hormigón, sombras y demasiados rincones donde acorralar a alguien.
No. Mala idea.
Me desvío hacia Main Street, donde hay cafeterías y boutiques a ambos lados. Más gente. Más testigos.
Pero Orlov acorta la distancia.
—Señorita Morgan —su voz atraviesa el espacio entre nosotros—. Espere.
No espero. Me escabullo entre dos edificios hacia un callejón que debería dar a la siguiente calle.
El callejón es más estrecho de lo que recordaba. Hay contenedores de basura alineados a un lado, y el sol de la tarde apenas alcanza el pavimento. Respiro de forma entrecortada mientras me apresuro hacia el otro extremo.
Unos pasos resuenan detrás de mí.
—Deberíamos hablar —grita Orlov, más cerca ahora.
Estoy a mitad de camino cuando una figura aparece en el callejón delante de mí, bloqueándome el paso. El grito se me atora en la garganta—
Pero no es otra amenaza. Es un hombre que no reconozco, alto y de hombros anchos, con vaqueros oscuros y una chaqueta de cuero. Se coloca entre Orlov y yo con soltura.
—Lárguese —le dice el desconocido a Orlov, con voz plana y peligrosa.
—Esto no le concierne —responde Orlov.
—Sí me concierne —la mano del desconocido se mueve hacia su costado, donde distingo el contorno de una pistola bajo la chaqueta—. Ella está protegida. Si la toca, muere.
Orlov mira fijamente al desconocido durante un largo momento antes de levantar las manos en falsa rendición.
—Mi error.
Retrocede lentamente, y esa sonrisa calculada vuelve a su rostro mientras su mirada encuentra la mía una última vez.
—Dele mis saludos a Vane, señorita Morgan.
El desconocido no se mueve hasta que Orlov desaparece a la vuelta de la esquina. Solo entonces se gira hacia mí, y veo su rostro con claridad: rasgos angulares. Sus ojos oscuros recorren el callejón con precisión metódica.
—Está bien —dice. No es una pregunta. Es una afirmación.
—¿Quién demonios eres? —me tiembla la voz por mucho que intento evitarlo.
—Lark —señala hacia la salida del fondo del callejón—. El coche está por aquí. La llevaré de vuelta a la posada.
—No pedí que... —me detengo al caer en la cuenta—. Vane te envió.
—Ha tenido a alguien vigilándola desde que se mudó a Ravenwood —Lark echa a andar, esperando claramente que lo siga—. Reforzó la vigilancia después de que presenciara el interrogatorio.
Después de que presenciara cómo torturaba a alguien. Mis piernas se mueven solas, siguiéndolo hacia un todoterreno negro aparcado al final del callejón.
—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndome?
—Desde que salió de su apartamento esta mañana —abre la puerta del copiloto—. Suba.
Me subo porque ¿qué otra cosa voy a hacer? Las manos no dejan de temblarme mientras Lark rodea el coche hasta el asiento del conductor.
Arranca el motor y se incorpora suavemente al tráfico.
—La galería ha estado vigilada desde que la abrió.
La magnitud de todo me golpea como un puñetazo. Cada paso que he dado desde que volví a Ravenwood ha sido vigilado, controlado y protegido por personas que nunca vi. Mi libertad ha sido una ilusión, cuidadosamente mantenida por la red invisible de Vane.
—Sabía que alguien vendría a por mí —susurro.
Lark aprieta la mandíbula.
—Están desesperados porque su tío, Ilya Orlov, ha desaparecido y quieren algo con lo que presionar.
No es un juego. No es una exhibición teatral de dominación o posesión.
Peligro real. Consecuencias reales.
Apoyo la cabeza contra la ventanilla, viendo pasar Ravenwood. El pueblo que creía conocer, lleno de amenazas que nunca imaginé. Y Vane, moviendo hilos que no podía ver, protegiéndome de peligros que él mismo ayudó a crear.