41 LIA
El Ravenwood Inn luce exactamente como lo recuerdo de mi infancia: fachada de ladrillo rojo, hiedra trepando hacia el tercer piso, herrajes de latón que relucen incluso en la penumbra del amanecer. El recepcionista nocturno apenas levanta la vista cuando pido una habitación, deslizando una llave sobre el escritorio de roble pulido con indiferencia ensayada.
Habitación 304.
Tercer piso. Bastante lejos del suelo para que Vane no pueda simplemente trepar por una ventana, aunque no me engaño pensando que las puertas cerradas lo detendrán si decide que ya me ha dado suficiente espacio.
Dejo caer mi bolsa de viaje sobre la colcha floreada e inmediatamente me arrepiento de no haber traído más ropa. Todo aquí es demasiado alegre: papel pintado de rosas, cortinas color crema, una pintura de girasoles sobre la cama. Resulta inapropiado después de lo que presencié esta noche.
El espejo del baño me muestra exactamente en qué me he convertido: rímel corrido bajo los ojos, tierra en la mejilla, el cabello hecho un desastre de nudos por los dedos de Vane y el suelo del bosque. Me desvisto mecánicamente y abro la ducha al máximo.
Pero ni siquiera el agua abrasadora puede borrar la imagen grabada a fuego en mi mente.
Las manos de Vane, cubiertas con la sangre de otro hombre. Los alicates brillando bajo la luz cuando fue a por otro dedo. Su sonrisa, no exactamente cruel, sino satisfecha. Como si estuviera justo donde debía estar.
Me froto con más fuerza, viendo el agua rojiza arremolinarse por el desagüe. Mi agua. Su agua. El agua de ese hombre.
Se me revuelve el estómago y apenas llego al váter antes de que me vengan las arcadas, sin nada dentro que expulsar salvo la verdad de la que no puedo escapar.
Amo a un monstruo.
Peor aún: siempre he sabido lo que era. Una parte de mí lo reconoció aquel primer día en Química Avanzada, cuando me miró como a una presa que pensaba cazar. Simplemente elegí no verlo con claridad hasta esta noche, cuando la fantasía chocó con la realidad empapada de sangre.
Me enjuago la boca y me obligo a recuperar algo de normalidad. Cepillarme los dientes. Hidratarme el rostro. Trenzarme el pelo húmedo. Cada acción mundana es un pequeño acto de control en una vida que se ha descontrolado mucho más allá de mis planes cuidadosamente trazados.
La cama es demasiado blanda después del colchón firme de Vane. La habitación está demasiado silenciosa sin su respiración a mi lado. Mi cuerpo ya lo echa de menos: el peso de su brazo sobre mi cintura, la manera posesiva en que me atrae hacia él incluso dormido.
El móvil vibra en la mesita de noche. Por un instante se me para el corazón, pensando que es Vane, exigiendo que vuelva, invocando el contrato que me ata a él durante los próximos trescientos treinta y nueve días.
Pero es Keira.
—Por favor, dime que no estás en algún lugar haciendo alguna estupidez —dice sin preámbulos.
Me río, un sonido quebradizo hasta para mis propios oídos.
—Define estupidez.
—Huir. Esconderte. Pensar que puedes escapar del lío en el que te has metido —hace una pausa—. Supongo que esto tiene que ver con Vane, ¿no?
—Vi algo esta noche —se me quiebra la voz—. Algo que no puedo quitarme de la cabeza.
—¿Violencia?
La naturalidad con que lo dice me hace incorporarme contra el cabecero.
—¿Lo sabías? ¿Sabías lo que hacen?
—Ace y Cyrus hacen trabajos para los Blackwood —el tono de Keira se suaviza—. Sabía en lo que me metía. O al menos, eso creía. La realidad pega más fuerte que la teoría, ¿verdad?
—Vomité —la confesión se me escapa—. Después. No podía dejar de ver...
—¿Dónde estás?
—En el Ravenwood Inn.
—Bien. Sigues en la ciudad —el alivio tiñe sus palabras—. ¿Quedamos mañana? ¿Un café en Bean & Brew? ¿A las once?
Echo un vistazo al reloj digital: 4:47 de la madrugada.
—Eso es en seis horas.
—Pues más te vale intentar dormir —su voz se suaviza—. ¿Lia? Huir no arregla nada. Hazme caso.
Cuando colgamos, me quedo mirando el techo, viendo las sombras moverse sobre el yeso. El móvil vibra de nuevo.
Esta vez sí es Vane.
Duerme bien.
Se me cierra la garganta de forma inesperada. Las lágrimas que llevo conteniendo desde que me pilló se desbordan, calientes y rápidas, por las mejillas. Me tapo la boca con la mano para amortiguar los sollozos.
Esto es peor, en cierto modo. Esta contención, esta prueba de que bajo la obsesión y la violencia, Vane entiende exactamente lo que necesito ahora mismo. Espacio. Capacidad de elegir. La ilusión de libertad aun llevando cadenas invisibles.
Está aprendiendo a conocerme. Adaptándose y convirtiéndose en el hombre que me hará quedarme.
Y que Dios me ayude, está funcionando.
Escribo tres respuestas diferentes antes de borrarlas todas. Al final, me decido por algo simple.
Tú también.
El cursor parpadea como acusándome. Demasiado frío. Demasiado distante. No es lo que necesitamos ninguno de los dos ahora mismo.
Lo borro y lo intento de nuevo.
Estoy bien.
Le doy a enviar antes de pensarlo demasiado.
Su respuesta llega al instante, como si hubiera estado pendiente del móvil.
Lo sé.
Dejo el móvil en la mesita de noche y me subo las mantas hasta la barbilla, rogando que venga el sueño aunque mi mente no para. La habitación está demasiado caliente a pesar del aire acondicionado que traquetea bajo la ventana. Me quito el edredón, luego la sábana, hasta quedarme solo con la camiseta de tirantes y las bragas, mirando las sombras.
Sobre las cinco y media, me rindo del todo. Voy hasta la ventana y aparto la cortina de gasa, esperando encontrar calles vacías y oscuridad de madrugada.
Se me corta la respiración.
La Kawasaki de Vane está aparcada justo enfrente del hotel, reluciendo en verde incluso bajo la tenue luz de la farola. Y ahí, apoyado contra ella con los brazos cruzados sobre el pecho, está Vane. Todavía con los mismos vaqueros oscuros y la camisa negra.
Observando.
No se mueve cuando aparezco en la ventana. No saluda ni hace ningún gesto, ninguna señal más allá de la ligera inclinación de cabeza que me indica que ha reparado en mi presencia.
Mi mano queda suspendida sobre la cortina. Con un tirón rápido, podría cerrarla y dejarle claro que no quiero que me vigile.
Pero no lo hago.
En lugar de eso, suelto la tela y dejo la ventana al descubierto. A mí, expuesta.
Es una tontería. No significa nada.
Solo que ambos sabemos que sí.
Vuelvo a la cama y cierro los ojos, muy consciente de su presencia tres pisos más abajo. Vigilando. Dándome espacio y, al mismo tiempo, negándose a soltarme.
Esa contradicción debería aterrarme.
No lo hace.