39 LIA
La carretera se extiende ante mí, una cinta interminable de asfalto que me aleja de Ravenwood, que me aleja de él. Los nudillos se me han puesto blancos de aferrarme al volante; llevo horas conduciendo hacia el sur, hacia Florida. Hacia la casa de mis padres. Un refugio al que ni siquiera les he avisado que voy.
No he llamado a nadie. El móvil no ha dejado de vibrar en el asiento del copiloto, con el nombre de Vane en la pantalla una y otra vez, hasta que al final lo he silenciado. ¿Qué les diría?
Estoy enamorada de un asesino.
Me prometí a mí misma que esta vez no huiría. Juré que afrontaría los secretos que Vane estuviera ocultando, costara lo que costara. Pero presenciar cómo torturaba a ese hombre, ver la satisfacción en sus ojos mientras empuñaba esos alicates, destrozó cada muro que había construido alrededor de mis sentimientos por él. Mi cuerpo actuó sin que yo lo decidiera, huyendo antes de que mi mente pudiera reaccionar y recordarme que huir nunca ha resuelto nada.
Viejos hábitos. Viejos miedos. La misma cobardía que me llevó a aquella estación de autobuses hace quince años.
La imagen del rostro ensangrentado de Orlov no me sale de la cabeza. La frialdad calculadora en los ojos de Vane mientras cortaba carne humana. Su voz tan calmada, casi complacida, mientras infligía un dolor inimaginable. Perturbador.
El estómago me da otro vuelco y me detengo en el arcén. Abro la puerta justo a tiempo para vomitar sobre la grava. Es la tercera vez desde que huí del almacén.
—¿Cómo pudiste? —susurro mientras me limpio la boca con el dorso de la mano—. ¿Cómo pudiste convertirte en esto?
Recuerdo a Vane con dieciocho años, inclinado sobre nuestra mesa del laboratorio de Química Avanzada, explicando enlaces moleculares con tanta claridad que hasta nuestro profesor quedaba impresionado. El chico de ingenio rápido y mente aún más rápida. El chico cuya inteligencia me intimidaba a la vez que me atraía.
Ese chico tenía potencial. Ese chico podría haber sido cualquier cosa.
Pero ese chico ya no existe, sustituido por un monstruo que tortura a gente en almacenes. ¿Que corta orejas con las mismas manos que esta mañana me sostenían el rostro con tanta ternura?
Y aun así lo amo.
Esa es la peor parte, la que no logro reconciliar. Incluso después de presenciar el horror en que se ha convertido, algo en mí sigue anhelándolo. Es como una enfermedad, este amor, que se enrosca en mi corazón como un parásito.
Vuelvo a la carretera y me seco las lágrimas que ni siquiera había notado. Florida aún queda a horas de distancia.
Los kilómetros se difuminan mientras piso el acelerador con más fuerza. Mi mente no deja de repetir lo que vi: la mano firme de Vane agarrando esos alicates, los gritos de Orlov, la sangre. Tanta sangre.
Siempre supe que los Blackwood se movían en zonas grises. No te conviertes en la familia más poderosa de Ravenwood siguiendo todas las reglas. Me había imaginado evasión fiscal, quizá sobornos, tal vez incluso chantaje. El tipo de delitos de cuello blanco que engrasan los engranajes del poder en los pueblos pequeños.
¿Pero tortura? ¿Asesinato?
El estómago me da vueltas otra vez, pero ya no queda nada que expulsar. Solo ácido que me abrasa la garganta, igual que la amarga verdad abrasa mis ilusiones.
—¿Qué te creías, Lia? —me susurro con voz hueca en el coche vacío—. ¿Que dirigía un imperio a base de apretones de manos y miradas severas?
Cambio de carril mecánicamente, sin apenas fijarme en las señales. ¿Cómo pude ser tan ciega? O peor: ¿había elegido deliberadamente mantenerme ciega? ¿Había decidido no preguntarme de dónde venía su dinero? ¿Había ignorado a propósito las conversaciones que se convertían en susurros cuando yo entraba?
El Vane que creía conocer, el hombre posesivo y obsesivo que orquestó mi regreso a Ravenwood, ya era bastante inquietante. Pero este Vane, con sangre bajo las uñas y muerte en su conversación casual, es alguien a quien nunca me preparé para amar.
No puedo volver. No puedo ser la mujer que comparte su cama sabiendo lo que esas manos han hecho. No puedo ser cómplice de una vida construida sobre el sufrimiento ajeno, por mucho que proteste mi traicionero corazón.
Se me cierran los párpados mientras paso por otro pueblo pequeño que ni me molesto en identificar. Las líneas blancas de la carretera empiezan a difuminarse, y ya dos veces me he pillado desviándome al carril de al lado. La adrenalina que alimentó mi huida se agotó hace rato, dejándome un cansancio que me cala hasta los huesos.
—No puedo seguir conduciendo así —murmuro mientras me froto los ojos.
Cuando veo un letrero de neón parpadeante que anuncia el «Motel Sunset» con habitaciones libres, pongo el intermitente y tomo la salida. Es un sitio típico de carretera: una sola planta, habitaciones que dan al aparcamiento, pintura descascarillada en los bordes. Pero ahora mismo me parece el paraíso.
Paro frente a la recepción, cojo el bolso y busco el móvil, pero la pantalla está negra, muerta. Momento perfecto. Iba tan concentrada en la carretera que ni me había dado cuenta.
El recepcionista del turno de noche apenas levanta la vista de su revista cuando entro. Un televisor pequeño detrás de él emite la reposición de alguna comedia, con las risas enlatadas resonando en la recepción vacía.
—Necesito una habitación —digo con la voz ronca de tanto llorar y de no usarla.
—¿Individual? —no espera confirmación antes de deslizar una ficha de registro por el mostrador—. Sesenta y cinco más impuestos.
Relleno el formulario mecánicamente y le doy la tarjeta de crédito. La pasa por la máquina y el recibo sale con un chirrido que me taladra la cabeza.
—Habitación 14. Al fondo —me entrega una llave con una etiqueta de plástico—. La salida es a las once.
La habitación huele a detergente barato y a tabaco, a pesar del cartel de No Fumar en la puerta. Dejo caer el bolso en la cama, cierro con llave y echo la cadena de seguridad. Mi reflejo en el espejo del baño me sobresalta: piel pálida, ojos enrojecidos, pelo enmarañado. Me echo agua fría en la cara, intentando borrar los recuerdos de lo que presencié.
Debería llamar a alguien —a mis padres, quizá— para avisarles de que voy. Pero el móvil está muerto y estoy demasiado agotada para que me importe. Mañana. Mañana lo resolveré todo.
Me desplomo en la cama vestida, sin molestarme en taparme. El sueño llega al instante; mi cuerpo se rinde al agotamiento.
Me despierto sobresaltada por unos golpes atronadores, con el corazón desbocado mientras intento orientarme en la habitación desconocida. El reloj digital marca las diez y cuarenta y cinco de la noche. He dormido menos de una hora.
Los golpes continúan, implacables.
—¡Lia! ¡Abre la maldita puerta!
Vane. Se me encoge el estómago. ¿Cómo me ha encontrado?
Me levanto de la cama a trompicones, desorientada. Quizá si me quedo callada piense que no estoy. Pero los golpes se vuelven aún más insistentes.
—Sé que estás ahí dentro. Abre o echo la puerta abajo.
Aunque sé que no debería, me acerco a la puerta con la mano temblando mientras quito la cadena de seguridad. La abro apenas lo suficiente para confirmar mis temores.
Vane está ahí, con el rostro convertido en una tormenta de furia y preocupación. Tiene el pelo revuelto, los ojos inyectados en sangre. No se parece en nada al hombre controlado y calculador que vi empuñando esos alicates hace unas horas.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —exige.
Intento cerrar la puerta de golpe, pero su bota se interpone en la abertura. Retrocedo mientras él se abre paso a la fuerza en la habitación.
—Vete a la mierda, Vane. Déjame en paz.
Mi voz se quiebra y delata el terror y el dolor que se agitan dentro de mí.
Extiende la mano hacia mí, pero me aparto violentamente. Esas manos, las mismas que sostuvieron mi rostro con ternura esta mañana, habían torturado metódicamente a un hombre, habían cortado carne con precisión experta. Casi puedo ver la sangre todavía bajo sus uñas.
—No me toques —susurro, abrazándome a mí misma—. Vi lo que haces con esas manos.
Su expresión cambia.
—¿Por qué estabas en el almacén?
—Lo vi todo —digo, con la voz más firme ahora a pesar del temblor en mis extremidades—. Vi de lo que eres capaz. La violencia. El... disfrute.
Me estremezco al recordarlo.
—¿Cómo pudiste?
El rostro de Vane se endurece.
—No entiendes lo que viste.
—Entiendo lo suficiente. Torturaste a ese hombre. Ibas a matarlo.
Vane se pasa una mano por el pelo revuelto, sin apartar los ojos de los míos.
—¿Quieres la verdad, Lia? Bien. Hay oscuridad dentro de mí. La violencia es parte de quien soy, de quien siempre he sido.
Su voz se vuelve más grave.
—Así es como sobreviví. Como mis hermanos y yo construimos todo lo que tenemos.
Mi espalda se pega a la pared mientras él se acerca un paso más.
—Pero eso no cambia nada entre nosotros.
Me río, una risa áspera y quebradiza en la barata habitación de motel.
—¿No cambia nada? Te vi torturar a alguien, Vane. Te oí hablar de matarlo como si fuera simplemente tachar algo de tu lista de tareas.
—Los negocios son los negocios —dice con voz inexpresiva—. Y mi vida personal va aparte.
—Para mí no. Ya no.
Me abrazo con más fuerza.
—No puedo fingir que no vi lo que vi.
Se le tensa la mandíbula.
—Firmaste un contrato, Lia. Eres mía durante un año. No puedes huir de eso.
Se me corta la respiración. El contrato de la Cacería. En mi pánico por escapar, me había olvidado del documento que me ata legalmente.
—Entonces, ¿qué me estás diciendo?
Mi voz tiembla a pesar de mi esfuerzo por mantenerla firme.
—¿Que me obligarás a volver contigo? ¿Que no tengo elección?
Algo cruza fugaz por su rostro: duda, quizás, o arrepentimiento. Por un momento, Vane parece desgarrado, como si librara una batalla consigo mismo. La confianza depredadora que suele irradiar vacila, sustituida por algo casi vulnerable.
Pero tan rápido como apareció, desaparece.
—Sí.
Su voz es serena pero firme.
—Te dije que no te dejaría huir de nuevo, y lo decía en serio. Quince años fueron suficientes, Lia.