39 LIA #2
—¿Cómo me encontraste siquiera? —pregunto, mientras una súbita revelación se abre paso entre mi miedo.
No le había dicho a nadie adónde iba. Ni siquiera yo lo sabía hasta que tomé la autopista.
La expresión de Vane cambia; un destello de culpa le cruza el rostro antes de que vuelva a endurecer la mandíbula.
—Tengo tu teléfono rastreado —admite sin un ápice de remordimiento—. Perdió señal hace como una hora cuando se te acabó la batería, pero estaba claro que te dirigías a Florida.
Sin apartar los ojos de los míos, añade:
—Y luego recibí una alerta cuando usaste tu tarjeta de crédito aquí.
Cierro los ojos mientras el peso de todo me aplasta. Por supuesto que me rastrea. Desde que regresé sé que su obsesión va más allá de lo normal. El apartamento con vistas al mío, el trabajo que orquestó, la forma en que siempre sabe dónde estoy: lo acepté todo como parte de amar a Vane Blackwood.
Pero verlo torturar a ese hombre, oír la satisfacción en su voz mientras planeaba un sufrimiento prolongado... eso es algo completamente distinto.
—Sabía que me vigilabas —susurro, abrazándome a mí misma—. Incluso lo encontraba romántico de alguna manera retorcida. Pero matar gente, Vane. ¿Disfrutar de su dolor?
Mi voz se quiebra.
—Para eso no estaba preparada.
—Porque compartimentas —dice, acercándose un paso más—. Quieres la obsesión sin la violencia, la protección sin saber lo que cuesta. No iba a dejarte elegir qué partes de mí aceptas.
La vulnerabilidad que siento en el pecho se expande y me dificulta respirar.
—No sé cómo amar a alguien que hace lo que tú haces. No sé cómo reconciliar al hombre que me sostiene como si fuera algo precioso con el que corta dedos.
—Vamos a volver a casa —dice Vane, con la voz algo más suave—. Podemos resolver esto juntos.
—No.
Planto los pies con firmeza en la fina alfombra del motel.
—Necesito tiempo para pensar. Lejos de ti.
Sus ojos se entrecierran peligrosamente.
—No tienes elección, flor silvestre. Con contrato o sin él, vienes conmigo.
Sacudo la cabeza con vehemencia mientras el corazón me golpea contra las costillas.
—No voy a dejar mi coche aquí. Vine conduciendo yo sola; volveré conduciendo yo sola, si es que decido volver.
—Mis chicos lo recogerán mañana.
Vane mete la mano en el bolsillo, saca las llaves y las balancea. El llavero verde de la Kawasaki atrapa la tenue luz.
—Vienes detrás, en mi moto.
La naturalidad con que dicta mis movimientos, como si fuera una posesión más que gestionar, enciende algo primitivo en mí. Antes de poder pensarlo, me lanzo hacia la puerta y lo empujo con todas mis fuerzas.
Oigo su maldición detrás de mí mientras salgo disparada al aire nocturno, con los pies golpeando el asfalto agrietado del aparcamiento. El bosque detrás del motel me llama: oscuro, denso, un lugar para desaparecer. Corro a ciegas, impulsada por la rabia y el miedo, respirando en jadeos agudos.
Apenas he alcanzado la línea de árboles cuando unos brazos fuertes me rodean la cintura y me levantan del suelo. Pateo hacia atrás y le doy en la espinilla, pero Vane no afloja su agarre.
—¡Suéltame! —grito mientras me retuerzo en sus brazos.
Me hace girar y me acorrala contra un árbol en el linde del bosque. Su cuerpo se aprieta contra el mío, inmovilizándome, y su respiración se acompasa con la mía, igual de entrecortada.
—Me encanta cuando huyes de mí —gruñe, con la voz bajando a ese registro peligroso que me hace estremecer por dentro a pesar de todo—. Me pone duro saber que siempre te atraparé.
Mi cuerpo me traiciona al instante: el calor se acumula entre mis muslos aunque mi mente se revuelva de asco. Odio esta respuesta visceral que me provoca, esta reacción pavloviana que persiste incluso ahora, aun sabiendo lo que es, lo que ha hecho.
—Te odio —susurro, odiándome más a mí misma por la humedad que noto empapándome la ropa interior. Y porque lo contrario es cierto: da igual lo que este hombre sea y haya hecho, lo amo, siempre lo he amado, joder.
Su boca se estrella contra la mía, dura y exigente. A pesar de todo —el horror que presencié, el rastreo, las mentiras— mi cuerpo responde al instante. Mis labios se separan y acogen su invasión. Sus manos me agarran la cintura y me atraen hacia él mientras un gemido escapa de mi garganta.
Cuando rompe el beso, ambos respiramos con dificultad; el corazón me martillea en las costillas. Sus ojos brillan a la luz de la luna, con esa peligrosa intensidad esmeralda a la que nunca he podido resistirme.
—¿Quieres huir, flor silvestre? —susurra Vane contra mis labios—. Es lo que se te da bien, ¿no? ¿Huir de mí? —Me recorre el labio inferior con el pulgar, un toque eléctrico—. Así que corre. Y yo te perseguiré.
Debería estar aterrorizada. Debería estar asqueada. Pero el hambre depredadora en sus ojos me hace flaquear las rodillas y enciende algo primitivo dentro de mí. Este juego oscuro entre nosotros, este tira y afloja, siempre ha sido nuestro baile, desde que teníamos diecisiete años.
Mi mente lucha con mi cuerpo. El recuerdo del almacén destella brevemente, pero entonces la mano de Vane baja hasta agarrarme la cadera, con los dedos clavándose posesivos, y el pensamiento racional se desvanece.
—Esta vez no me atraparás —susurro, sorprendiéndome a mí misma del tono juguetón de desafío en mi voz.
Una sonrisa lenta y lobuna se extiende por su rostro.
—Diez segundos, flor silvestre —me suelta y retrocede un paso—. Diez segundos antes de que te cace.
No espero a que empiece a contar. Me lanzo entre los árboles; los pies me llevan a través de la maleza mientras las ramas me azotan la cara. Detrás de mí, oigo su voz profunda:
—Uno... dos... tres...
En este momento, no pienso en tortura ni en asesinato ni en mentiras. Solo somos nosotros: Vane y Lia, jugando al mismo juego de siempre. Yo huyendo. Él persiguiendo. La inevitabilidad de ser atrapada.
—¡Diez! —Su voz resuena entre los árboles.
El corazón me da un vuelco de emoción vertiginosa mientras acelero el paso, sabiendo que viene a por mí.