26 VANE
—Más... por favor, Vane, más —gime, y el sonido resuena por la habitación.
La presiono con firmeza contra la plataforma elevada mientras saboreo cómo se arquea su espalda. Su sumisión es embriagadora, más potente que cualquier droga que hayamos pasado por nuestros almacenes.
—Más profundo. No pares —suplica, y deja caer la cabeza hacia atrás en éxtasis.
No hay miedo en su voz, solo un hambre cruda y desesperada que iguala la mía. He imaginado este momento innumerables veces durante nuestros años separados, pero la realidad es infinitamente más dulce. Se ha rendido completamente a mí, a este juego, y tiembla de excitación mientras muevo la hoja más abajo y dejo delicados cortes en su pecho.
Me inclino y mi lengua recoge la esencia metálica de su sangre. Su sabor —cobre y sal y algo únicamente Lia— me invade con una oleada de posesividad. Grita de placer, con las manos tensas contra las ataduras que la mantienen exactamente donde la quiero.
Esto es lo que he estado esperando desde el momento en que huyó de Ravenwood. Cada movimiento calculado que he hecho con ella tenía un único propósito: traerla de vuelta a mí. A este momento de rendición perfecta.
—Por favor —jadea, con la desesperación patente en su voz—, necesito...
—Sé lo que necesitas —la interrumpo con voz baja y peligrosa mientras posiciono la hoja contra la cara interna de su muslo.
El filo del cuchillo baila a lo largo de su piel y deja un rastro rojo mientras creo mi obra maestra en su cuerpo. Admiro cómo tiembla pero no se aparta, con los ojos fijos en los míos, mirándome con miedo y excitación a partes iguales.
Muevo la hoja más abajo y trazo el pliegue donde el muslo se une a la cadera. Cuando presiono un poco más fuerte y creo un corte superficial a escasos centímetros de su coño, Lia jadea. Su cuerpo se sacude contra las ataduras.
—Tranquila, flor silvestre —murmuro mientras dejo el cuchillo a un lado—. Apenas he empezado contigo.
Bajo la cabeza y mi lengua sigue la línea carmesí que he creado. El sabor metálico de su sangre se mezcla con la sal de su sudor y crea un sabor que es únicamente suyo. Lamo el corte superficial y lo sello con mi lengua.
Lia gime sobre mí y sus caderas se alzan hacia mi boca en una súplica silenciosa.
—¿Ya desesperada? —me burlo con el aliento caliente contra su carne más sensible—. Sigues siendo tan receptiva a mí después de todo este tiempo.
Sin previo aviso, me sumerjo más abajo y mi lengua separa sus pliegues en una caricia larga y deliberada. Lia grita, con todo el cuerpo en tensión mientras me doy un festín con ella. Ya está empapada, su excitación cubre mi lengua mientras exploro cada centímetro de ella.
—Vane —jadea, con la voz quebrada mientras succiono su clítoris entre mis labios—. Oh, Dios...
Agarro sus muslos con más fuerza y la abro más mientras la devoro. Cada movimiento de mi lengua arranca otro sonido desesperado de su garganta, cada gemido alimenta mi determinación de hacerla desmoronarse por completo.
Sus muslos comienzan a temblar contra mis hombros y su respiración se vuelve irregular. Noto que se acerca, su cuerpo se tensa de esa manera familiar que nunca he olvidado, ni siquiera después de todos estos años.
Me retiro de repente y la dejo al borde, con el pecho agitado y los ojos salvajes de necesidad.
—Por favor —suplica mientras se tensa contra el cuero—. No pares.
Vuelvo a hundir el rostro entre sus muslos, decidido a llevarla más allá del límite. Mi lengua rodea su clítoris antes de aplanarse contra él y aplicar la presión perfecta que la hace retorcerse contra mi boca. Su sabor es jodidamente adictivo: dulce y ácido e innegablemente Lia.
—Vas a correrte para mí —gruño contra su coño, y las vibraciones la hacen jadear—. Quince años he esperado para saborearte así de nuevo.
Sus muslos se cierran alrededor de mi cabeza mientras succiono su clítoris entre mis labios, y siento el momento preciso en que se hace añicos. Su espalda se arquea separándose de la plataforma, y un grito estrangulado se arranca de su garganta mientras pulsa contra mi lengua.
No me detengo, bebo cada gota de su liberación hasta que queda temblando, hipersensible y sin aliento.
—Mírate —murmuro mientras me elevo para cernirme sobre su cuerpo sonrojado—. Jodidamente exquisita cuando te desmoronas para mí. Nadie más puede verte así: desesperada, marcada y mía.
Me muevo por su cuerpo y capturo un pezón entre mis labios. La forma en que se retuerce debajo de mí, todavía sensible por el orgasmo, hace que mi polla palpite dolorosamente contra mis pantalones de cuero.
—Tu cuerpo no me guarda secretos —observo mientras sigo el camino que he marcado sobre su terreno—. Ni siquiera océanos y años pudieron reescribir lo que está grabado entre nosotros.
Alterno entre sus pechos: succiono lo suficientemente fuerte como para dejar marcas y luego calmo el escozor con movimientos suaves de mi lengua. Lamo patrones sobre su vientre, me sumerjo en su ombligo y saboreo la sal de su piel.
—Vane —suplica con la voz destrozada por la necesidad—. Por favor, fóllame. Te necesito dentro de mí ahora.
Le acaricio la mejilla y el pulgar le roza el labio inferior.
—¿Quieres volar para mí otra vez, flor silvestre? —pregunto mientras asiento hacia el arnés de suspensión—. ¿Quieres que te folle otra vez donde no puedas escapar de mí?
Sus ojos se oscurecen de deseo, con las pupilas dilatadas.
—Sí —respira—. Fóllame otra vez.
Bajo la mirada hacia Lia: sonrojada, marcada y mía. Sus ojos están vidriosos de deseo, con las pupilas dilatadas mientras observa cada uno de mis movimientos. El poder que tengo sobre ella en este momento es jodidamente embriagador.
—Mírame —ordeno con voz áspera de necesidad mientras me desabrocho los pantalones de cuero.
Libero mi polla y la agarro con el puño. Está dura como una roca, con las venas prominentes a lo largo del grueso tronco mientras me masturbo lentamente. El líquido preseminal se acumula en la punta mientras me acaricio, sin apartar la mirada de su rostro.
—¿Ves lo que me haces? Quince jodidos años y todavía estoy así de duro por ti.
Sus labios se separan y la lengua sale para humedecerlos mientras mira mi polla con hambre. Tira de las ataduras, con ganas evidentes de tocarme pero incapaz de liberarse.
—Por favor —susurra, con la voz adquiriendo esa cualidad soñadora que me dice que se ha sumergido completamente en el subespacio—. Te necesito... dentro de mí... en todas partes.
Me acerco más, rozando la punta de mi polla contra su coño. —Quieres que te penetre todos los agujeros, ¿verdad, flor silvestre? ¿Que te llene por completo?
Asiente frenéticamente.
—Dilo —exijo, echándome atrás lo justo para negárselo—. Dime quién es tu dueño.
—Tú —exhala sin dudarlo, demasiado perdida en su sumisión para seguir resistiéndose—. Soy tuya, Vane. Siempre he sido tuya.
Me coloco entre sus muslos abiertos.
—Así es —gruño, alineando mi polla con su entrada—. Y no volverás a huir de mí.
Le agarro las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas.
—Cada noche —gruño, hundiéndome en ella de una sola embestida brutal— soñaba con marcarte así.
Lia arquea la espalda sobre la plataforma y su coño se aprieta a mi alrededor al instante. Ya se está corriendo, sus paredes aferradas a mi polla en pulsaciones violentas mientras me hundo hasta el fondo.
—Eso es —gruño al sentir cómo convulsiona a mi alrededor—. Apriétame la polla con ese coño ávido. Demuéstrame cuánto me has echado de menos.
No le doy tiempo a recuperarse e impongo un ritmo castigador. Las marcas de cuerda que le cruzan la piel parecen un mapa de posesión, mi posesión.
—Quince años —jadeo, inclinándome para morderle la curva entre el cuello y el hombro—. Quince putos años sabiendo que otros hombres tocaban lo que es mío.
Succiono con fuerza suficiente para dejarle una marca que durará días; me abruma una necesidad primitiva de marcarla. Mis dientes le rompen la piel y el sabor metálico de su sangre alimenta algo salvaje en mi interior.
—Tu sangre sabe a pecado —murmuro contra su piel mientras le lamo la herida—. Como fruta prohibida que por fin ha madurado para la cosecha.
Me muevo hacia sus pechos, le atrapo un pezón entre los dientes y tiro hasta que grita. El sonido me impulsa más profundo, más fuerte; mis caderas golpean contra las suyas con fuerza suficiente para sacudir toda la plataforma.
—¿Crees que alguno de esos dominantes de Nueva York podría reclamarte así? —le devoro el otro pecho, dejándole marcas de chupetones en la carne suave—. Son unos putos aficionados. Llevo planeando este momento desde que huiste.
Se le ponen los ojos en blanco cuando otro orgasmo la desgarra mientras la penetro sin piedad. Estoy desquiciado, soy un depredador que por fin devora a su presa tras una caza demasiado larga.
—Voy a arruinarte para cualquier otro —prometo con voz sombría, apenas humana—. Cuando termine esta Cacería, estarás chorreando mi semilla, cubierta de mis marcas, suplicándome que te ponga el collar.
—Más... Por favor, Vane, más —gime Lia. Su cuerpo se retuerce bajo el mío tanto como las ataduras se lo permiten, desesperada y necesitada.
Algo se rompe dentro de mí al oír sus súplicas. Le agarro la mandíbula con brusquedad y la obligo a mirarme a los ojos mientras empujo más profundo, más fuerte. —Te encanta esto, ¿verdad? Mi pequeña zorra sucia, tan hambrienta de mi polla, la polla que te desvirgó.
Tiene las pupilas dilatadas, los labios entreabiertos mientras jadea con cada embestida brutal. La visión de ella —atada, sangrando por mis marcas, rindiéndose por completo— reescribe mi comprensión de la posesión. Esto no es mera victoria ni conquista: es plenitud, la pieza final que encaja en el mecanismo de mi existencia y transforma la obsesión en algo casi sagrado.
—¿Es esto lo que perseguías en Nueva York? —gruño con voz apenas reconocible—. Todos esos dominantes elegantes no pudieron llenar el vacío que dejé, ¿verdad? No pudieron marcarte como yo.
Le arrastro las uñas por los costados y veo cómo se levantan ronchas en su piel perfecta. Mía. Siempre ha sido jodidamente mía.
—Has sido mía desde el primer día que te conocí —gruño; mi ritmo se vuelve errático mientras la rabia y la posesión me consumen—. Mi jodida alma gemela, que intentaba negar lo que estaba escrito en nuestra sangre.
Sus paredes se aprietan a mi alrededor; su cuerpo la traiciona y revela cuánto ama esto, cuánto me ama, a pesar de todo.
—Cada hombre que te tocó fue solo un sustituto patético —continúo mientras mis dientes encuentran su hombro y muerdo—. Debería grabarte mi nombre en la piel para que no olvides nunca a quién perteneces.
Llevo la mano entre nosotros y mi pulgar encuentra su clítoris mientras empujo más profundo. —Dilo. Dime que eres mi jodida zorra. Dime que siempre has sido mía.
La ira que me ha alimentado durante quince años se transforma en algo más peligroso, más devorador. No se trata solo de follármela: se trata de reclamar lo que me robaron en el momento en que subió a ese autobús sin despedirse.
—Soy tuya —susurra con voz entrecortada, llena de una rendición tal que atraviesa la cortina oscura de mi obsesión. El cuerpo de Lia tiembla bajo mi tacto, y saber que la he llevado a este espacio —donde la única verdad que conoce es que me pertenece— enciende una llama en lo más profundo de mis entrañas.
Me echo hacia atrás lo suficiente para mirarla; tiene los ojos cargados de deseo y sumisión. —Dilo otra vez, Lia. —Mi orden es firme, y el hambre de oír esas palabras de nuevo es innegable.
—Soy tuya... completamente —exhala. Su pecho sube y baja erráticamente mientras se entrega al momento, a las palabras, irrevocables en su poder.
Satisfecho, me inclino para sellar mi derecho sobre ella con otro beso mientras le controlo la respiración con la mano: un placer intensificado mezclado con un toque de peligro que la hace retorcerse aún más. En esta mezcla aguda de placer y control, su cuerpo la traiciona cuando otro clímax la destroza. Dejo escapar un rugido gutural de triunfo y la reclamo una vez más mientras la lleno; mi semen la marca como mía.
—Joder —jadeo mientras aflojo la mano de su cuello y me deleito en las secuelas de su sumisión—. Me alegro de que hayan impuesto la regla del anticonceptivo para los participantes de la Cacería... —Mis palabras salen pesadas, espesas de una posesividad tangible en el aire—. Quiero que estés jodidamente empapada de mí cuando termine la Cacería.
Me retiro y observo cómo mi semen se filtra de ella; la visión visceral me recorre con una ola de posesión. Es mía. —Y aun después de la Cacería, después de nuestro período de espera obligatorio de veinticuatro horas —murmuro con voz suave y autoritaria a la vez—, me correré dentro de ti una y otra vez para recordarte que eres mía, para llenarte hasta que no conozcas nada en tu existencia excepto a mí.
Aquí y ahora, en el eco de mis palabras y la realidad del vínculo que hemos forjado, ya no quedan líneas que cruzar.