Acosada (Hermanos Blackwood) 25 LIA #2
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25 LIA #2

Sus ojos se oscurecen y veo cómo su pecho se eleva con una inspiración brusca.

—Túmbate —ordena Vane, señalando la plataforma.

Dudo solo un momento antes de obedecer. La plataforma está sorprendentemente cálida contra mi espalda; las correas de cuero me rozan la piel mientras me acomodo. El corazón me late con fuerza, no por miedo, sino por anticipación.

Vane se cierne sobre mí, el rostro enmascarado medio oculto entre las sombras.

—Tu palabra de seguridad es «rojo» para parar, «amarillo» para ir más despacio, «verde» para continuar —recita con voz profunda y metódica—. Las usarás para comunicar tus límites. Si no puedes hablar, chasquea los dedos tres veces. ¿Entendido?

Parpadeo y lo miro, sorprendida.

—Sí, señor.

—Buena chica —murmura mientras se mueve para sujetarme las correas alrededor de las muñecas primero y luego de los tobillos.

Mi mente se acelera. La forma en que se mueve, la seguridad de sus instrucciones, la atención al detalle: Vane sabe lo que hace. Esto no es cosa de aficionados; es un hombre que ha estudiado el estilo de vida.

Sus dedos sujetan las correas de cuero alrededor de mis muñecas con facilidad experta y las aseguran a la perfección: lo bastante apretadas para inmovilizar, pero sin cortar la circulación.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —pregunto, incapaz de contener mi curiosidad.

Una sonrisa le asoma a los labios.

—El tiempo suficiente para saber lo que hago.

—¿Aprendiste por mí? —La pregunta se me escapa antes de poder detenerla.

Vane se detiene y sus manos se quedan quietas sobre mi piel. Por un momento, veo algo brillar en sus ojos: vulnerabilidad, quizás.

—Aprendí porque quería estar preparado —dice finalmente—. Para cuando volvieras.

La confesión me inunda como una ola cálida. Mientras yo exploraba mi sumisión en el club BDSM de élite de Nueva York, Vane también aprendía: se preparaba, estudiaba, dominaba técnicas. No para cualquiera, sino específicamente para mí. Llevaba años planeando este reencuentro, transformándose en el dominante que creía que yo necesitaba.

Vane se vuelve hacia las hojas relucientes. Sus dedos sobrevuelan varias antes de seleccionar un cuchillo de aspecto particularmente siniestro, con punta curva y mango envuelto en cuero oscuro. La hoja capta la luz roja y proyecta reflejos carmesí que danzan sobre su máscara.

—¿Estás lista? —pregunta, y su voz desciende a ese timbre hipnótico que me retuerce las entrañas.

Asiento, pero la incertidumbre me atraviesa.

—¿Dejará...? —Trago saliva y encuentro la voz—. ¿Dejará cicatrices permanentes?

Los ojos de Vane se suavizan. Gira el cuchillo lentamente en la mano para que pueda verlo desde todos los ángulos.

—No —dice con suavidad—. A menos que quieras.

Lo considero un momento; las correas de cuero me presionan las muñecas cuando me muevo ligeramente.

—No creo que quiera eso —digo al fin—. Nada de marcas permanentes.

—Entonces no las habrá —promete, y la certeza de su voz me envuelve como una manta—. Esto va de sensaciones, no de daño permanente.

Vane se agacha a mi lado en la plataforma donde estoy tumbada. El cuchillo brilla mientras lo sostiene sobre mí, sin apartar los ojos de los míos. Mi respiración se acelera mientras lo observo; la anticipación vuelve hipersensible cada terminación nerviosa.

—Voy a hacerte sentir cosas que jamás has sentido —murmura.

El primer contacto del metal contra mi piel me hace jadear. Está frío, tan frío que casi quema mientras él traza la parte plana de la hoja por mi clavícula. Se mueve con lentitud deliberada, dejándome sentir el peso y la temperatura del acero.

—Respira —me ordena Vane, observando cómo sube y baja mi pecho—. Siéntelo todo.

El cuchillo desciende entre mis pechos; la hoja no rompe la piel, pero amenaza con hacerlo a cada pequeño movimiento. Mi cuerpo se tensa instintivamente, pero las ataduras me mantienen perfectamente en mi sitio.

Cuando rodea mi pezón con la parte plana de la hoja, gimo. El contraste entre el metal frío y mi piel acalorada crea una sensación única. Repite el movimiento en mi otro pecho, haciendo que ambos pezones se endurezcan dolorosamente.

—Mira cómo responde tu cuerpo —dice con voz ronca de deseo—. Naciste para esto.

El cuchillo desciende más, recorriendo mi vientre, trazando patrones. Mis músculos se contraen bajo el beso del metal; mis caderas se alzan ligeramente de la plataforma.

—Por favor —susurro.

Vane sonríe tras su máscara, con los ojos brillantes de oscura satisfacción.

—Paciencia, flor silvestre.

Cuando la parte plana de la hoja se desliza entre mis muslos, grito. Me provoca sin piedad, deslizando el metal frío por mi carne más sensible, rodeando mi entrada, presionando con suavidad contra mi clítoris. Todo sin dejar que el filo rompa la piel.

—¿Confías en mí? —pregunta, con el cuchillo apoyado en la cara interna de mi muslo.

—Sí.

La palabra brota de mis labios con absoluta certeza.

La parte plana del cuchillo se desliza por la cara interna de mi muslo, dejando piel de gallina a su paso.

—Buena chica —murmura.

El metal frío asciende por mi muslo y luego juguetea sobre mi sexo, provocando que mis caderas se sacudan.

—Quédate quieta.

Su orden es suave pero inflexible.

Obligo a mi cuerpo a obedecer, aunque cada músculo me tiembla por el esfuerzo. La parte plana de la hoja presiona contra mi clítoris; el acero se calienta con mi calor. Cuando la retira, gimo ante la pérdida.

—Mira lo mojada que estás —dice Vane, mostrándome la hoja reluciente, ahora cubierta de mi humedad.

Devuelve el cuchillo a mi coño, rodea mi entrada, aplica la presión justa para hacerme jadear pero nunca la suficiente para satisfacerme. Mis muslos se tensan contra ataduras invisibles: no estoy físicamente inmovilizada ahí, pero su orden de quedarme quieta es como si fuera una cuerda.

—Por favor —susurro, sin saber del todo qué estoy suplicando.

—¿Por favor qué, flor silvestre?

La hoja vuelve a deslizarse contra mis pliegues; mi humedad hace que el metal resbale sin esfuerzo.

—Necesito...

Mis palabras se disuelven en un gemido cuando presiona la parte plana con firmeza contra mi clítoris.

Cuando por fin retira el cuchillo de entre mis piernas, jadeo, desesperada por correrme. Lo lleva hasta mi cadera, justo debajo de donde el hueso sobresale bajo mi piel.

—Mira —ordena.

Levanto la cabeza, con los ojos fijos en la hoja reluciente. Con lentitud deliberada, gira el filo del cuchillo contra mi piel y traza una línea fina, apenas más que un rasguño.

El escozor florece agudo e inmediato, en contraste con el placer palpitante entre mis piernas. Jadeo cuando ambas sensaciones chocan en mi sistema nervioso. No es ni puro dolor ni puro placer, sino algo trascendente. Esta síntesis perfecta hace que se me nuble la visión.

—Oh, Dios —exhalo mientras arqueo la espalda, despegándola de la plataforma.

El corte superficial hormiguea, una línea de fuego que, en lugar de apagarlo, intensifica el ardor de la excitación.

Un fino reguero de sangre brota del corte superficial y traza un camino carmesí por mi cadera. Verla —mi sangre en su hoja— me envía una descarga de lucidez a través de la neblina de excitación.

Este es Vane Blackwood. El chico del que huí hace quince años. El hombre que me ha estado cazando desde entonces.

Cuando se baja la máscara y su lengua recorre la herida, lamiendo mi sangre, la verdad se cristaliza con claridad pasmosa. Este laberinto no está hecho de muros de hormigón, sino de años: quince, cada uno una piedra cuidadosamente colocada en la arquitectura de su obsesión.

—Sabes a rendición —murmura contra mi piel, y algo dentro de mí se fractura.

He pasado quince años levantando muros. Creando la vida perfecta. La educación prestigiosa, la carrera de éxito, la independencia cuidadosamente preservada. Todo construido pieza a pieza, con meticulosidad, después de huir de Ravenwood. Después de huir de él.

Pero Vane Blackwood nunca iba a dejarme escapar. Ha sido paciente, calculador, esperando el momento perfecto para arrastrarme de nuevo a su órbita. Y caí de lleno en ella, no por ignorancia, sino rindiéndome a la verdad que llevo negando desde que me fui: que la distancia jamás apagó lo que arde entre nosotros.

—Mírame —ordena, y obedezco sin vacilar.

Sus ojos brillan triunfantes y posesivos. Sabe lo que acabo de comprender: que mi vida, tan cuidadosamente construida, no es más que un castillo de naipes que él lleva esperando derribar.

La galería. Mi reputación. Mi independencia. Todo se desmoronará ante esta obsesión que nos consume. Volví a Ravenwood creyendo que tenía el control, pero él me ha llevado tres pasos de ventaja todo este tiempo.

—Vas a destruirme —susurro; las palabras se me desgarran en la garganta.

Su sonrisa es tierna y despiadada a la vez.

—No, flor silvestre. Voy a rehacerte.

Y que Dios me ayude, mientras sus dedos trazan otro camino para su hoja, no estoy segura de querer detenerlo.