25 LIA
Mi cuerpo todavía tiembla mientras Vane me baja con cuidado del arnés de cuerdas. Sus dedos se afanan en deshacer los intrincados nudos que me habían atado. Cada roce de su piel contra la mía envía réplicas por mis nervios hipersensibles.
—Ya está —murmura, sosteniendo mi peso mientras cae la última cuerda. Las marcas en mi piel forman un hermoso patrón: su huella en mí.
Espero que me atraiga hacia él, que vuelva a reclamarme, pero en lugar de eso, da un paso atrás. Sus ojos brillan mientras me estudia.
—Quiero que vuelvas a correr —dice con voz baja y peligrosa—. Veamos adónde nos lleva la persecución.
Lo miro fijamente; la confusión se mezcla con el placer persistente que nubla mi mente.
—¿Qué?
—Te gusta correr, ¿no? —sus palabras tienen un filo ahora—. Corriste bastante lejos hace quince años. Hasta Nueva York sin siquiera despedirte.
He estado esperando esta granada en particular desde que nuestros caminos volvieron a cruzarse, pero la detonación aún me roba el aliento. La verdad en sus palabras es innegable.
—No podía enfrentarte —admito, recuperando la voz—. No podía enfrentarme a lo que pasó entre nosotros.
—Me evitaste durante tres semanas después del baile de graduación, Lia. Luego desapareciste.
—Tenía dieciocho años y estaba aterrorizada por lo que sentía —replico, enderezando la espalda a pesar de mi desnudez—. Pero ya no voy a correr más, Vane.
Su boca se curva en esa sonrisa familiar.
—Correr hace que la Cacería sea más divertida. Además, ya te he atrapado una vez —da otro paso atrás y me deja espacio—. ¿No quieres ver si esta vez logras escapar de mí?
La dinámica entre nosotros cambia como placas tectónicas: sutil pero fundamental. Lo que era puro depredador y presa hace momentos ahora lleva matices de desafío mutuo, de persecución consensuada en lugar de mera captura.
—Bien —digo, sorprendiéndome a mí misma con una sonrisa—. Correré.
La verdad se asienta en mi pecho: siempre lo he deseado. Incluso cuando huí a Columbia mientras él se quedaba atrás a pesar de las becas que había ganado, sacrificando su futuro por unos hermanos que lo necesitaban. No podía reconciliar al chico brillante y peligroso con los sentimientos que me despertaba entonces.
—Diez minutos de ventaja —dice Vane, sin apartar los ojos de los míos—. Aprovéchalos, flor silvestre.
Siento una oleada de audacia recorrerme, de pie desnuda ante él con sus marcas todavía frescas en mi piel. La dinámica de poder entre nosotros cambia constantemente: un baile que llevamos bailando desde la clase de química del instituto.
—Más te vale que sea bueno cuando me atrapes de nuevo —digo, arqueando una ceja. Mi voz sale más ronca de lo previsto y traiciona mi excitación a pesar de mi intento de parecer indiferente.
Los ojos de Vane se oscurecen. Un sonido bajo y primitivo retumba en su pecho: mitad gruñido, mitad risa. Da un paso adelante de repente y cierra la distancia entre nosotros hasta que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo.
—El hecho de que estés aquí de pie con mi semen todavía goteando por tus muslos y ya quieras más me dice todo lo que necesito saber —su mano se mueve como un rayo para agarrarme la barbilla e inclinar mi rostro hacia el suyo—. Ya fue bueno, flor silvestre.
Se me corta la respiración. No puedo negarlo: la evidencia de nuestro encuentro todavía está caliente entre mis piernas, mi cuerpo placenteramente dolorido por su posesión. Mis mejillas arden, pero me niego a apartar los ojos de su intensa mirada.
—Quizás solo quiero ver si puedes hacerlo mejor —lo reto, aunque me inclino inconscientemente hacia su contacto.
Su pulgar traza mi labio inferior, un gesto a la vez tierno y posesivo.
—Te quedan ocho minutos de ventaja. Te sugiero que los uses sabiamente.
Le guiño un ojo a Vane antes de darme la vuelta; mi cuerpo desnudo todavía hormiguea por nuestro encuentro. No me apresuro: hay algo poderoso en alejarme de él a mi propio ritmo, en dejar que me observe marcharme.
—Tic tac, flor silvestre —me llama.
El aire fresco del pasillo me eriza la piel mientras me adentro más en el laberinto. Giro a la izquierda, luego a la derecha, y pongo distancia entre nosotros. Mis dedos trazan las marcas que las cuerdas dejaron en mi piel: recordatorios de cuán completamente me rendí a él.
Solo cuando llego a una intersección de tres pasillos diferentes empiezo a correr. No frenéticamente, no desesperadamente, sino con propósito. Mis pies descalzos avanzan en silencio por el suelo mientras navego por los pasajes sinuosos.
No se trata de escapar de él. No realmente. Se trata de hacer que la captura inevitable valga la pena.
Paso de nuevo por la sala llena de equipo de privación sensorial: antifaces, auriculares con cancelación de ruido, tanques de aislamiento. Otro giro me lleva a la sala de juegos con fuego, con aceites calientes y cubos de hielo cuidadosamente dispuestos.
Mi respiración se acelera, pero no por el esfuerzo. Durante mis años en The Red Room, exploré muchas facetas de la sumisión. Ahora, mientras corro por este laberinto con Vane cazándome, siento un escalofrío de anticipación por las líneas que podríamos cruzar juntos.
¿Qué no me ha mostrado todavía? ¿A qué oscuridad quiere introducirme?
Me detengo en otra intersección y me esfuerzo por identificar los sonidos que resuenan por los pasillos de hormigón. El grito ahogado de placer de una mujer reverbera en las superficies duras: otra presa atrapada por su cazador. El tintineo metálico de una puerta que se cierra en algún lugar a lo lejos me recuerda que no estamos solos en este elaborado juego.
El suave tintineo de lo que podría ser una hebilla de cinturón suena detrás de mí, y me quedo inmóvil. ¿Es Vane? ¿O ha captado mi rastro otro depredador? El pensamiento debería aterrorizarme, pero en cambio, la adrenalina me inunda con una anticipación eléctrica porque nadie más puede reclamarme ahora.
Aquí, perseguida por el terreno de caza artificial de Purgatorio por un hombre que me ha acechado durante años, me siento atraída por algo mucho menos civilizado. La distinción entre miedo y excitación se difumina con cada esquina en sombras que doblo.
Elijo el camino de la derecha y avanzo; mis pasos ya no son los de quien escapa, sino los de quien invita. La Cacería me ha transformado de presa en colaboradora.
Cuando giro la siguiente esquina, me quedo paralizada. El pasillo se abre a una cámara diferente a cualquiera que haya visto hasta ahora: las paredes revestidas de azulejos negros brillantes que reflejan la tenue iluminación roja. Pero lo que me corta la respiración son las púas metálicas que emergen de cada superficie. Docenas, tal vez cientos de espinas afiladas que se extienden desde el suelo, las paredes, incluso desde el techo.
El corazón me late contra las costillas. Las púas forman un laberinto dentro de esta sala y crean estrechos caminos entre sus puntas amenazantes. Doy un paso tentativo hacia adelante, atraída por una fascinación morbosa.
—Cuidado —susurro para mí, aunque no hay nadie cerca que pueda oírme.
El aire huele a metal mezclado con incienso. Conforme me adentro, noto que los pinchos no están diseñados para perforar: están colocados lo bastante cerca para crear la ilusión de peligro sin causar daño real. El efecto psicológico es mucho más potente que cualquier amenaza física.
En el centro de la habitación se alza una plataforma elevada rodeada por un círculo de pinchos. De su superficie cuelgan gruesas correas de cuero, y sobre ella penden varios instrumentos afilados que brillan bajo la luz roja.
En ese momento olvido que estoy huyendo, que Vane me persigue. Mis dedos se extienden y trazan el aire justo por encima de la punta de un pincho. La combinación de miedo y excitación me oprime el pecho y me dificulta la respiración.
Me acerco a la plataforma central, hipnotizada por la disposición artística de los cuchillos que cuelgan sobre ella. Cada hoja capta la luz de manera diferente y crea una constelación de reflejos sobre las baldosas negras.
—Para alguien que lleva quince años huyendo, no se te da muy bien.
Me giro bruscamente y el corazón me salta a la garganta. Vane está en la entrada, con la máscara aún puesta, los anchos hombros bloqueando la única salida visible. No lo había oído acercarse; ni siquiera se me había ocurrido escuchar sus pasos.
Vane se mueve entre el bosque de pinchos metálicos con gracia natural, sin mirar hacia abajo ni una sola vez. Sus ojos permanecen fijos en mí, depredadores e intensos. La luz roja proyecta sombras sobre su máscara y lo hace parecer más amenazante que antes.
—Has encontrado mi habitación favorita —dice con voz grave y profunda.
Me mantengo firme en la plataforma, aunque todos mis instintos me gritan que retroceda. De todos modos no hay adónde ir: él está entre la única salida y yo.
—¿Esto es lo que tenías en mente cuando mencionaste el juego con sangre? —pregunto, señalando las hojas.
Alcanza la plataforma y sube a mi lado, tan cerca que siento el calor que irradia. Con lentitud deliberada, levanta la mano y pasa un dedo por uno de los cuchillos.
—¿Has jugado con cuchillos antes, Lia? —Su pregunta suena casual, pero sus ojos son intensos detrás de la máscara mientras estudia mi reacción—. Dijiste que no habías experimentado el juego con sangre, pero el de cuchillos no siempre hace sangrar.
Trago saliva y niego con la cabeza.
—No. Nunca.
—¿Ni siquiera en tu preciosa Red Room? —Hay un deje de celos en su voz.
—No —susurro—. Siempre me pareció demasiado... extremo. Demasiado sádico. Demasiado degradante.
Vane extiende la mano y traza la línea de mi clavícula con el mismo dedo que acaba de tocar el cuchillo. Se me eriza la piel a pesar del calor de la habitación.
—¿Y ahora? —pregunta.
Alzo la vista hacia las hojas relucientes y luego vuelvo a mirarlo. Algo en su intensidad, en su concentración absoluta en mí, me hace querer entregarme a experiencias que siempre había considerado más allá de mis límites.
—Ahora —digo, mi voz más firme de lo que esperaba—, contigo... quiero intentarlo.