Acosada (Hermanos Blackwood) 24 VANE #2
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24 VANE #2

Agarro el nudo central del arnés con ambas manos, y mi control se escurre como arena entre los dedos. El Dom cuidadoso y metódico ha desaparecido. En su lugar está el animal salvaje y posesivo que he mantenido enjaulado durante quince jodidos años.

—Mía —gruño, tirando de las cuerdas hacia atrás para clavar su cuerpo suspendido sobre mi polla. El impacto le arranca un grito de sorpresa; su cuerpo me recibe entero en una sola embestida brutal.

El sonido rompe algo dentro de mí. Tiro de ella hacia delante con las cuerdas, casi saliendo del todo antes de estrellarla de nuevo contra mí. Cada embestida va acompañada de sus jadeos, del sonido húmedo de su coño apretándome, del crujido de la cuerda bajo tensión.

—Quince años —gruño mientras establezco un ritmo castigador, usando el sistema de suspensión para balancear su cuerpo indefenso adelante y atrás sobre mi polla—. Quince años huyendo de esto.

Su cabeza cae hacia delante mientras controlo su cuerpo como a una marioneta; las cuerdas se convierten en extensiones de mis manos. El arnés cruje con cada embestida violenta, sus pechos rebotando en su prisión de cuerda.

—Míranos —exijo.

En el espejo, mis ojos están salvajes, los músculos tensos por el esfuerzo mientras uso las cuerdas para estrellarla contra mí una y otra vez. El cáñamo verde se le clava en la carne con cada impacto, dejando marcas que le recordarán quién es su amo durante días.

Giro el nudo central para cambiar el ángulo, haciéndola rotar ligeramente y penetrándola más hondo. La nueva posición la hace gritar; sus paredes internas me aprietan como un tornillo de banco.

—Eso es, flor silvestre. Tómalo todo —gruño, usando mi agarre en las cuerdas para aumentar la fuerza de cada embestida—. Cada. Jodido. Centímetro.

El sistema de suspensión cruje bajo nuestros movimientos violentos; su cuerpo se balancea como un péndulo al ritmo que marco. Cada vez que tiro de ella hacia atrás, siento su coño apretarme más fuerte, su cuerpo delatando cuánto ama esta salvajada.

Noto que se acerca. Sus paredes aletean alrededor de mi polla, su respiración se vuelve irregular y sus ojos empiezan a ponerse en blanco. Intenta escapar hacia el placer, cerrarse a la intensidad.

Ni de coña.

—Ojos en el espejo —gruño, tirando del arnés de cuerda para forzar su atención hacia delante—. Mírate mientras te desmoronas para mí.

Su mirada vuelve a nuestro reflejo, vidriosa con esa hermosa expresión sumisa. Con la mano libre rodeo su cuerpo atado, encuentro su clítoris y lo acaricio en círculos sin piedad.

—Eso es, flor silvestre. Mira lo que te hago. Lo que siempre te he hecho.

Giro ligeramente el nudo central, ajustando el ángulo para que no pueda apartar la mirada del espejo aunque quiera. Las cuerdas se le clavan más hondo en la carne, marcando patrones que durarán días.

—Quince años —jadeo contra su oído, sin aflojar el ritmo castigador—. Quince años he esperado para verte deshacerte de nuevo.

Su reflejo lo muestra todo: el rubor que se extiende por su pecho, sus labios entreabiertos, la tensión que se acumula en sus muslos temblorosos. Está luchando contra ello, intentando mantener algún vestigio de control incluso ahora.

—Déjate ir —ordeno, presionando más fuerte contra su clítoris—. Dámelo. Dame todo.

La presa se rompe. Su cuerpo tiembla violentamente en el arnés de cuerda, la espalda arqueándose de forma imposible mientras el orgasmo la atraviesa. Su coño se cierra sobre mi polla con fuerza brutal, ondulando y apretándome como si quisiera drenarme hasta la última gota.

Su grito rebota en las paredes mientras se retuerce contra las ataduras, la cuerda crujiendo bajo la tensión de su cuerpo convulso. La sujeto con firmeza en todo momento, obligándola a contemplar cómo se deshace en el espejo.

—Mírate —gruño mientras mi propio control se deshace y sus paredes internas ordeñan mi polla—. Jodidamente hermosa.

La presión se acumula en la base de mi columna mientras sus paredes siguen pulsando a mi alrededor. Agarro las cuerdas con más fuerza y las uso para embestirla contra mí una última vez.

—Joder —gruño, enterrándome hasta el fondo en ella. Mi liberación me atraviesa como un rayo, la polla palpitando mientras me vacío en lo más profundo de su coño.

La sostengo allí, suspendida y empalada mientras la lleno; cada latido envía otra descarga caliente a sus profundidades. La sensación es tan intensa que se me nubla la vista, quince años de fantasías cristalizados en este momento perfecto de posesión.

Cuando la última réplica se desvanece, me retiro lentamente sin dejar de mantenerla suspendida en el arnés. Mi semen empieza a gotear de inmediato de su coño hinchado y se desliza por la cara interna de sus muslos en gruesos regueros blancos.

—Mira eso —murmuro mientras ajusto las cuerdas para verla mejor. Paso un dedo por el desastre, recojo algo de mi semilla y me lo llevo a sus labios—. Jodidamente hermoso, flor silvestre. Tu coñito precioso chorreando mi semen.

Me lame el dedo sin dudarlo.

—Más —gime con voz ronca—. Necesito más, Vane.

Una sonrisa burlona se dibuja en mi rostro mientras rodeo su cuerpo suspendido. Por supuesto que quiere más. Siempre ha querido esto, siempre me ha querido a mí, incluso cuando huyó.

—Lo sé —susurro mientras deslizo los dedos por las marcas que las cuerdas han dejado en su piel—. Siempre has necesitado esto, ¿verdad? Siempre me has necesitado a mí.

Le agarro un puñado de pelo y le echo la cabeza hacia atrás para que me mire.

—Esta vez, flor silvestre, voy a grabar mi esencia en lo más profundo de tus células, una firma tan honda que tu cuerpo rechazará cualquier otra caricia por falsa.

No es solo una promesa, sino una certeza biológica que pienso hacer realidad. Lia Morgan existe en perfecta simetría conmigo, y durante esta Cacería me aseguraré de que ese equilibrio sea permanente.