27 LIA
Yazgo junto a Vane en la plataforma, nuestros cuerpos resbaladizos por el sudor. Mis músculos duelen de esa forma deliciosa que solo se siente tras haber quedado plenamente satisfecha. A pesar de lo agotada que estoy, el deseo aún arde entre nosotros, una llama que ni el tiempo pudo extinguir.
Los dedos de Vane recorren el corte superficial de mi cadera. —¿Vas a huir de mí otra vez, flor silvestre?
Me giro para mirarlo, estudiando las líneas duras de su rostro, suavizadas ahora tras el placer. —No —susurro—. Se acabó el huir.
Sus ojos se oscurecen. —¿Por qué huiste hace tantos años? ¿Por qué no me enfrentaste?
La pregunta me atraviesa, trayendo recuerdos que he intentado enterrar. El miedo, la confusión, la intensidad abrumadora de todo lo que sentí aquella noche.
—No estoy lista para hablar de eso —digo, con una voz más firme de lo que siento—. Todavía no.
Algo parecido a la decepción cruza su rostro, pero no insiste. En cambio, sus labios se curvan en esa sonrisa peligrosa que recuerdo del instituto.
—¿Quieres ser la primera en llegar a la sala de orgías?
—¿La qué? —Me apoyo en un codo, mirándolo fijamente.
—La sala de orgías —dice Vane, tan tranquilo como si hablara del tiempo—. Es el centro del laberinto. La siguiente parte de la Cacería tiene lugar allí. Todos los cazadores y sus presas se reúnen en ese punto. —Sus dedos continúan su exploración perezosa de mi piel—. La campana aún no ha sonado, así que probablemente seríamos los primeros en llegar. Puedes coger una botella de agua cuando lleguemos, para mantenerte hidratada. Quizás una barrita de proteínas también. Quiero que estés lo bastante fuerte para seguir follando durante toda la Cacería.
—¿Y qué pasa en esa sala de orgías aparte de reponer fuerzas?
—Exactamente lo que parece. —Sus ojos no se apartan de los míos—. Los cazadores que no atraparon a nadie suelen poder participar.
Una oleada de ansiedad me invade el pecho. —¿Piensas compartirme?
La expresión de Vane se vuelve salvaje, posesiva. —Sobre mi cadáver.
El alivio me invade ante sus palabras, y me sorprende su intensidad.
Sobre mi cadáver.
Cuatro simples palabras que no deberían afectarme así, pero lo hacen.
Nunca he sido posesiva ni exclusiva durante mi tiempo en The Red Room. Disfruté la libertad, las múltiples parejas, el compartir; era liberador después de años de controlar rígidamente cada aspecto de mi vida. En Nueva York, me deleité en el anonimato, en pasar de unas manos a otras.
¿Pero con Vane? La idea de que permita que otro hombre me toque me revuelve el estómago.
Aprieto los labios para contener una sonrisa. No le daré la satisfacción de saber cuánto me complace su posesividad. Cuánto lo deseo a él, solo a él, después de quince años fingiendo que no.
—Así que eres de los celosos —digo en cambio, intentando sonar casual, como si mi corazón no se desbocara ante la mirada feroz de sus ojos.
Sus dedos se deslizan hacia el corte de mi cadera, presionando lo justo para recordarme que está ahí. —No son celos cuando algo ya te pertenece.
Debería decirle que no pertenezco a nadie. Eso es lo que diría la mujer independiente y exitosa que me he construido. Pero las palabras no salen.
Porque aquí, bajo sus caricias, no soy la directora de galería ni la sofisticada neoyorquina. Solo soy Lia, la misma chica que se lo dio todo la noche del baile de graduación y luego huyó asustada.
—He compartido todo en mi vida —continúa Vane, con voz baja y peligrosa—. Mi hogar, mi comida, incluso mi ropa con mis hermanos. Pero a ti no. —Su agarre se aprieta—. Nunca a ti.
Asiento, sin fiarme de mi voz, y odio lo mucho que me encanta oír esas palabras.
Vane me ayuda a ponerme de pie, su mano cálida en la parte baja de mi espalda. Mis piernas tiemblan ligeramente tras nuestro encuentro, y soy plenamente consciente de mi desnudez. Mi vestido se ha quedado atrás en la sala de cuerdas, junto con cualquier pretensión de que tengo el control de esta situación.
—¿Lista? —pregunta con voz ronca.
—Estoy desnuda —señalo, aunque obviamente no es ninguna novedad para él.
Sus labios se curvan en esa sonrisa exasperante. —Sí, lo estás. Y vas a seguir así.
No discuto. Hay algo extrañamente liberador en caminar por estos corredores sin nada tras lo que esconderme. Sin ropa de diseñador, solo mi piel, las marcas de cuerda y los cortes superficiales de mi cuerpo que me marcan como suya.
Vane me guía a través del laberinto, sin dudar en ninguna intersección. Está claro que conoce el trazado a la perfección.
—Ya casi llegamos —murmura, con la mano aferrada posesivamente a mi cintura mientras giramos por un amplio corredor con alfombra roja.
Los sonidos nos alcanzan antes de ver nada: gruñidos profundos y movimientos rítmicos. Cuando atravesamos el arco ornamentado hacia la sala de orgías, la escena se despliega ante nosotros.
Tres hombres ocupan el centro del espacio, sus cuerpos musculosos entrelazados sobre una gran cama con plataforma. Uno está a cuatro patas, de espaldas a nosotros, mientras lo penetran por detrás y él complace al tercero con la boca. Se mueven juntos con una belleza hipnótica, perdidos en su placer compartido.
Siento a Vane tensarse a mi lado, quizás esperando que esté sorprendida o incómoda. Pero no lo estoy.
—Supongo que no somos los primeros, después de todo —digo con voz firme.
Estudio a los tres hombres, hipnotizada por la pasión cruda que exhiben. Sus cuerpos relucen de sudor bajo la tenue iluminación, los músculos tensándose con cada embestida y tirón. Hay algo primitivo y hermoso en verlos perderse en el placer.
El brazo de Vane se aprieta en torno a mi cintura, y siento sus ojos clavados en mí en lugar de en la escena que tenemos delante.
—¿Esto te molesta? —pregunta en voz baja junto a mi oído.
Niego con la cabeza, sin dejar de mirar. —En absoluto.
Uno de los hombres echa la cabeza hacia atrás y un gemido profundo escapa de su garganta mientras alcanza el clímax. El sonido me provoca un escalofrío.
—Te gusta ver a hombres juntos. —Por cómo lo dice Vane, no es una pregunta, pero respondo igualmente.
—Sí —admito, volviéndome hacia él—. Creo que los hombres que asumen plenamente su sexualidad tienen un poder enorme. Hay algo tremendamente masculino en eso: tener la confianza suficiente para disfrutar del placer de esa manera.
Los ojos de Vane se oscurecen mientras me estudia. —Eso no es lo que diría la mayoría de las mujeres.
—No soy como la mayoría de las mujeres —le sostengo la mirada con firmeza—. Pasé años en The Red Room. He visto y participado en prácticamente todo lo que puedas imaginar.
Se le tensa ligeramente la mandíbula al recordarle mi pasado, pero no aparta la mirada.
—Creo que todo el sexo es hermoso —continúo con voz más suave—. Cuando es consensuado, cuando las personas conectan de verdad y experimentan placer juntas... ¿qué puede haber más natural? ¿Más honesto?
La expresión de Vane cambia; algo indescifrable le cruza el rostro. Me atrae hacia él y apoya la mano abierta, posesiva, sobre mi cadera desnuda.
—No dejas de sorprenderme —murmura.
La atención de Vane se aparta de mí y se dirige al techo de la sala de orgías. Alzo la vista siguiendo su mirada, hacia donde varios juegos de pesadas cadenas cuelgan de puntos de anclaje reforzados.
—¿Qué te parecen? —señala las cadenas con la cabeza.
Se me corta la respiración.
—¿Para mí?
—Para ti —su voz se vuelve más grave—. Quiero atarte las muñecas y suspenderte lo justo para que quedes de puntillas.
El calor me recorre la piel a pesar de mi desnudez en la habitación fresca. Miro alrededor y reparo en la impresionante variedad de utensilios dispuestos en elegantes estantes negros a lo largo de una pared. Fustas de diversos materiales —cuero, ante, goma— cuelgan en tamaños graduados. Junto a ellas, instrumentos más suaves: plumas, pañuelos de seda y manoplas de piel para el juego sensorial.
Lo que más me llama la atención es la estación de juego con fuego, con sus pequeñas antorchas, mechas especiales y botellas de alcohol. Lo había experimentado exactamente una vez en The Red Room, y el recuerdo de aquel delicioso calor bailando sobre mi piel me acelera el pulso.
—Veo lo que te ha llamado la atención —murmura Vane, siguiendo mi mirada hacia los utensilios de fuego—. ¿Alguna vez alguien te ha recorrido el cuerpo con llamas mientras estabas completamente indefensa?
Niego con la cabeza.
—No estando atada. Solo una vez, sobre una mesa.
—La sensación es completamente diferente cuando no puedes apartarte. Cuando no te queda más remedio que aceptar lo que yo decida darte.
Las palabras de Vane me provocan un escalofrío de anticipación. La idea de estar completamente a su merced mientras me recorre la piel con fuego me acelera el corazón. Miro las cadenas que cuelgan del techo e imagino que estoy suspendida allí, incapaz de escapar del calor.
—Lo quiero —susurro.
Sus ojos se oscurecen de deseo mientras me guía hacia las cadenas.
—Me lo dirás si es demasiado.
No es una pregunta, pero asiento igualmente.
—Lo haré.
Coge un par de esposas de cuero acolchadas de un estante cercano y me las ajusta en las muñecas con facilidad practicada. El cuero es suave como la mantequilla contra mi piel; el acolchado garantiza que no quedarán marcas cuando me las quite.
—¿Cuántas veces lo has hecho antes? —pregunto.
—He practicado —admite en voz baja—. Para ti.
La distinción no se me escapa. Mientras yo exploraba mis deseos con innumerables parejas en Nueva York, Vane se preparaba para mí.
Ajusta las cadenas hasta que quedo en equilibrio de puntillas, con los brazos estirados por encima de la cabeza, completamente expuesta. La vulnerabilidad resulta embriagadora: estar desnuda y atada mientras él permanece completamente vestido, con su máscara verde otra vez puesta.
—Perfecta —murmura.
Lo observo seleccionar sus herramientas de la estación de fuego: una pequeña antorcha, alcohol y mechas especializadas. Sus movimientos son metódicos, precisos. Esto no es deseo impulsivo; es pasión calculada.
—¿Sabes por qué elegí el verde como mi color? —pregunta mientras prepara las mechas.
Niego con la cabeza, incapaz de apartar la mirada de sus manos.
—Envidia —dice simplemente—. Siempre me ha consumido. Ver cómo otros tenían lo que yo quería. Lo que merecía. —Eso explica el tatuaje de su mano.
Todos estos años, su obsesión no era solo deseo: era posesión, propiedad, sentido de pertenencia.
—¿Y ahora? —pregunto.
Vane se acerca con una mecha encendida.
—Ahora tengo exactamente lo que quiero.
El primer contacto del fuego contra mi piel me recorre el cuerpo entero como una descarga eléctrica. Jadeo; las cadenas tintinean sobre mí cuando intento apartarme instintivamente del calor, pero no puedo. La sensación danza a lo largo de mi clavícula, un ardor delicioso que nunca llega a convertirse en dolor.
—Respira —ordena Vane con voz ronca tras la máscara.
Obedezco e inspiro hondo mientras la llama traza un camino descendente entre mis pechos. El alcohol sobre mi piel crea el más breve instante de calor antes de enfriarse, y mis terminaciones nerviosas vibran.
—Estás tan hermosa así —murmura mientras me rodea con pasos deliberados—. Suspendida. Indefensa. Mía.
No puedo ver dónde me tocará a continuación, y la anticipación es en sí misma una tortura exquisita. Cuando la llama besa la curva de mi cadera, justo encima de donde me cortó antes, grito.
—Eso es —me anima—. Déjame oírte.
La llama desciende por la parte exterior de mi muslo y mi cuerpo responde con un estremecimiento violento. Apenas rozo el suelo con la punta de los pies, lo que me obliga a depender por completo de las cadenas para sostenerme mientras los músculos se me vuelven de gelatina.
Vane se mueve detrás de mí; el calor de su cuerpo se mezcla con el fuego controlado en su mano. Siento sus labios contra mi omóplato, un contraste sorprendente con la llama que ahora me recorre la columna vertebral. Cada vértebra recibe atención: primero su lengua, luego el fuego, un patrón que me vuelve loca.
—Por favor —suplico.
Su mano libre rodea mi cuerpo y se posa ahuecada sobre mi pecho; el pulgar me roza el pezón endurecido.
—Por favor, ¿qué, flor silvestre?
El fuego desciende más, recorre la curva de mi trasero, y gimo. Mi cuerpo es un manojo de nervios a flor de piel, cada terminación desesperada por más. Estoy suspendida entre la agonía y el éxtasis, completamente a su merced, y disfruto de cada segundo.
—Más —jadeo—. Necesito más.
Su risa suena oscura y prometedora junto a mi oído.
—Oh, apenas estoy empezando.
Vane se aleja y tiro de las cadenas, desesperada por que vuelva a tocarme. Regresa con un elegante vibrador negro en la mano; sus ojos brillan detrás de la máscara verde.
—Veamos cuánto puedes aguantar —murmura mientras lo enciende.
El primer contacto del vibrador con mi clítoris me recorre como una descarga eléctrica. Me sacudo en las cadenas y un grito se me escapa de la garganta. Justo cuando la sensación se vuelve casi insoportable, lo retira.
En su lugar aparece la llama, que danza peligrosamente cerca de mi clítoris. El calor irradia justo encima de mi coño, sin llegar a tocarlo, pero lo bastante cerca como para que sienta la piel tensarse. Mis caderas se mueven solas, buscando más.
—Quédate quieta —ordena Vane—. O pararé.
Me obligo a obedecer, aunque el cuerpo me tiembla del esfuerzo. Me recompensa volviendo a presionar el vibrador contra mi clítoris, más fuerte esta vez. El contraste entre la intensa vibración y el calor provocador de la llama, mientras alterna entre ambos, me lleva al borde de la locura.
—Joder, Vane —jadeo. Las piernas me tiemblan tanto que apenas puedo mantenerme de puntillas.
—Eso es —gruñe mientras presiona el vibrador directamente contra mi clítoris hinchado y la llama danza cada vez más cerca de mi coño—. Córrete para mí. Déjame ver lo jodidamente mojada que puedes ponerte.
La doble sensación me empuja violentamente más allá del límite. Todo mi cuerpo se convulsiona cuando el orgasmo me atraviesa. Siento un chorro de humedad entre las piernas al correrme así, algo que rara vez me ha pasado.
—Joder —gime Vane, observándome con un hambre que no disimula—. Estás empapada. Mírate, corriéndote por todas partes como la perfecta putita que eres.
Sus palabras sucias solo intensifican mi placer mientras cuelgo lánguida de las cadenas, con las réplicas aún recorriéndome el cuerpo.
De repente, una fuerte bocina resuena por la habitación y su eco rebota en las paredes.
—Justo a tiempo —dice Vane con la voz ronca de excitación—. Es la señal. Pronto se unirán todos a nosotros.
Se inclina hacia mí y sus labios me rozan el oído.
—Voy a provocarte hasta hacerte llorar antes de follarte delante de todos ellos.
Deja los utensilios de fuego y el vibrador, y vuelve con una suave pluma blanca que parece engañosamente inocente. Mientras la desliza suavemente sobre mis pezones hipersensibles, gimo, consciente de que esto es solo el comienzo de una tortura pura y exquisita.