22 VANE
Me echo hacia atrás en la silla, con los ojos clavados en la batería de monitores que muestran cada ángulo del laberinto. Cada pantalla muestra a una mujer diferente, pero solo una me interesa.
Lia.
Mientras las demás se dispersan como conejos asustados por los corredores, ella se mueve con determinación, con una confianza de la hostia. Se me tensan los dedos en el reposabrazos mientras la veo pasar la mano por la cruz de San Andrés, y la inspecciona como si estuviera pensando en comprar la maldita cosa.
—Joder —murmuro, y me inclino hacia la pantalla.
Ni siquiera intenta esconderse. Ni huir. Las demás están acurrucadas en rincones o corren a ciegas por los pasillos, pero ¿Lia? Se pasea por el lugar como si fuera una jornada de puertas abiertas.
La observo mientras entra en la sala de juegos con fuego y examina los utensilios con interés crítico. Se le nota el aprecio en la mirada cuando toca un recipiente de cera especial. La polla se me endurece dolorosamente contra la cremallera. La Cacería fue diseñada para crear miedo, para dar a los cazadores la emoción de la persecución, pero ella la ha convertido en algo completamente diferente.
Cuando llega a la sala de cuerdas, sonríe de verdad. Sus dedos se demoran en un rollo de cáñamo verde, el que seleccioné personalmente mientras imaginaba cómo quedaría contra su piel. Por supuesto que se fijaría en ese.
—¿Se lo está tomando en serio siquiera? —pregunta Knox, que aparece detrás de mí.
No aparto los ojos de la pantalla.
—Vaya que sí. Solo que no como esperaba.
Los demás cazadores ya están todos en la sala de control, con las máscaras puestas. Están ansiosos por la persecución. Pero yo sé que esto no será ninguna persecución.
No con Lia.
Se detiene en la sala de privación sensorial y pasa los dedos sobre un antifaz de seda negra. La mirada hambrienta de sus ojos me corta la respiración. Esta noche no es una presa: es una maldita depredadora, a la caza de sensaciones, de las experiencias que ama.
El reloj digital de la pared parpadea en rojo: sesenta segundos.
A mi alrededor, los cazadores se ajustan las máscaras y revisan el equipo. Los gemelos Dexter merodean cerca de la puerta, prácticamente babeando mientras miran el monitor de Sadie. Landon permanece rígido; su máscara blanca no revela nada, pero reconozco la tensión en sus hombros.
Giro el cuello para aflojar músculos que no necesitan aflojarse. A diferencia de estos otros cabrones, no estoy ansioso. Sé exactamente adónde voy.
—Caballeros —llama Xavier, y todas las miradas se vuelven hacia él—. La Cacería ha comenzado oficialmente. Vuestra presa os espera en el laberinto. Tenéis setenta y dos horas. Que los mejores cazadores reclamen su premio.
Las puertas se abren hacia el laberinto, y para mi sorpresa, Landon no duda: sale disparado por la entrada antes de que nadie más se mueva. Los gemelos Dexter lo siguen de inmediato y se empujan el uno al otro en su prisa.
No me apresuro. Observo cómo los demás se dispersan como sabuesos desesperados tras conejos.
Me giro los hombros y atravieso la puerta a mi propio ritmo. Los labios se me curvan en una sonrisa detrás de la máscara. He esperado quince años, ¿qué son unos minutos más? Además, llevo semanas vigilando a Lia con cámaras.
Que estos otros cabrones se agoten corriendo. Avanzo por el corredor central; mis botas resuenan contra el suelo. Cada paso es medido, controlado.
Lia no corre. No se esconde. Explora. Espera.
A mí.
Acecho por los corredores del laberinto con el pulso firme a pesar de la anticipación que me recorre las venas. A diferencia de los otros cazadores, que corren frenéticamente en todas direcciones, me muevo con determinación.
Sigo el mismo camino que vi tomar a Lia en los monitores durante su ventaja. Tengo su ruta grabada en la mente mientras me dirijo a la sala de cuerdas.
Cuando Lia mencionó sus experiencias en The Red Room durante la entrevista, sentí una envidia sanguinaria como nunca en mi vida. La idea de que otros hombres la tocaran, la ataran, reclamaran lo que es legítimamente mío... me ha estado royendo desde entonces. Los celos arden como ácido, pero los canalizo en determinación.
Esta noche borraré cada recuerdo que tenga de esos dominantes.
El corredor desemboca en una gran cámara llena de puntos de suspensión, ganchos incrustados en el techo y estantes de cuerdas cuidadosamente organizados. Cáñamo, yute, seda, algodón: todo dispuesto por material, grosor y color. Paso los dedos por un tramo de cáñamo verde esmeralda, el que vi que tocaba antes en los monitores.
—Perfecto —murmuro.
Agarro varios tramos de la cuerda verde y me los echo sobre los hombros mientras oigo pasos suaves que se acercan. Vuelve por aquí.
Me coloco contra la pared del fondo, parcialmente oculto por una cruz de San Andrés. Desde aquí la veré antes de que ella me vea a mí. La cuerda pesa contra mi cuerpo, un peso reconfortante que me recuerda lo que está por venir.
Su independencia era solo una ilusión que le permití mantener, un respiro temporal. Mientras tanto, reconstruí cada vía para asegurarme de que todas llevaran de vuelta a mí. Ahora camina por el único camino que queda.
Permanezco inmóvil mientras entra en la sala de cuerdas, con los músculos en tensión por la anticipación.
En el momento en que Lia cruza el umbral, sus ojos recorren el espacio y catalogan cada detalle hasta que se encuentran con los míos. En lugar de miedo, un destello de reconocimiento le cruza el rostro, seguido de inmediato por desafío.
—Vete a la mierda, Vane —escupe mientras retrocede. Aunque la máscara me cubre media cara, me reconoce al instante.
Antes de que pueda responder, gira y sale disparada de la habitación. El movimiento repentino me pilla desprevenido: esperaba que me desafiara, no que huyera.
—Ya no puedes huir de mí, flor silvestre —gruño. Me aparto de la pared y me lanzo tras ella. Las cuerdas se me deslizan de los hombros y las dejo caer. Ya la ataré con otra cosa.
Sus pasos resuenan por el corredor, rápidos y ligeros. Los míos truenan detrás, más pesados, determinados. El sonido crea un ritmo primitivo que despierta un hambre oscura en mi interior. La Cacería que no esperaba ya está en marcha, y mi sangre canta con ella.
Es rápida y esquiva las esquinas con la confianza de quien ha memorizado el diseño. Chica lista. Pero yo ayudé a diseñar este maldito laberinto.
—Puedes correr todo lo que quieras —grito, y mi voz rebota en las paredes—. Solo hará que reclamarte sea mucho más dulce.
Cada paso que da lejos de mí solo tensa más el cordón invisible que nos conecta. El juego estratégico que he estado jugando se desintegra ante la realidad visceral de la persecución. Mi sangre ruge con una única verdad que anula todo lo demás: ella existe en perfecta simetría conmigo, el contrapeso que me faltaba y que trae equilibrio a mi caos.
Me detengo en la intersección de dos pasillos, atento a cualquier sonido que pueda delatar dónde está Lia. Mis hermanos llevan relojes inteligentes que muestran puntitos parpadeantes con la posición de cada mujer en el laberinto. Patético de cojones.
—¿Necesitas una pista, hermano? —me suelta Landon al pasar a mi lado, dando golpecitos en su reloj.
Niego con la cabeza.
—Eso no es cazar. Es seguir puntitos en una pantalla, nada más.
Se encoge de hombros y sigue por el pasillo, con la vista ya puesta en su muñeca. La tecnología lo hace demasiado fácil, elimina el elemento primitivo que hace que la Cacería merezca la pena.
Cierro los ojos e inspiro hondo. El laberinto tiene su propio olor: cuero, desinfectante, el toque amaderado de las vigas, pero bajo todo eso capto algo más. Las notas sutiles del perfume de Lia, el mismo que llevaba en la entrevista de Purgatory. Jazmín y algo más profundo. Ha pasado por aquí hace poco.
Abro los ojos de golpe. No necesito un puto rastreador electrónico para encontrar lo que es mío.
Avanzo en silencio por el pasillo este, dejando que el instinto me guíe. Quince años de obsesión han afinado mis sentidos en todo lo que respecta a Lia Morgan. Noto una mancha en la pared donde alguien apoyó la mano al girar la esquina. La sutil alteración del polvo en el suelo. Estas son las verdaderas migajas de la Cacería.
No saber exactamente dónde está me excita. Esta incertidumbre es lo que hace que la sangre me lata con más fuerza en las venas. Cada esquina que doblo podría revelarla, o ser solo otro pasillo vacío que se adentra en el laberinto.
Un sonido tenue me llama la atención: tela rozando la pared, una inspiración apenas perceptible. Intenta no hacer ruido, pero percibo su presencia como el cambio en la presión del aire antes de una tormenta.
Que mis hermanos persigan lucecitas parpadeantes en sus muñecas. Yo rastreo a Lia como debe hacerlo un depredador: con todos mis sentidos, centrado en ella y solo en ella.