Acosada (Hermanos Blackwood) 20 VANE
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Necesito una puta copa.

Después de pasar otra hora observando a Lia con sus amigos, cojo mi chaqueta y bajo a la planta principal de Purgatory. Los graves retumban por las paredes antes de que llegue a la sala principal, vibrando bajo mi piel como un segundo latido. Quizás el ruido y el alcohol consigan ahogar los pensamientos que tengo sobre ella durante unas horas. Solo hasta la medianoche de mañana, cuando comience la Cacería. Cuando por fin sea mía.

El club está abarrotado esta noche: cuerpos que se retuercen en la pista de baile, bebidas que corren en la barra y las salas privadas completamente reservadas. Saludo con la cabeza al guardia de seguridad, que se aparta para dejarme pasar la cuerda de terciopelo hacia la zona VIP.

Mis hermanos ya están allí, desparramados en los sofás de cuero negro. Xavier le da sorbos a un whisky, con el rostro impasible como siempre. Landon está mirando el móvil. Y Knox está sorprendentemente solo.

—¿Ninguna stripper esta noche? —me dejo caer en el asiento frente a Knox y le hago una señal a la camarera para que me traiga lo de siempre—. ¿Te encuentras bien, hermanito?

Knox me hace una peineta sin levantar la vista de su bebida.

—Que te jodan. Quizás esté guardando energías para mañana.

—Eso sí que es nuevo —comenta Xavier con sequedad—. Normalmente ya la estarías quemando con al menos dos tías a estas alturas.

La camarera me trae el bourbon y me bebo la mitad de un trago, agradeciendo el ardor.

—Hablando de mañana, ¿estáis todos listos?

Landon por fin deja el móvil.

—Por décima vez hoy, sí. Pero hay algo diferente este año —sus ojos nos recorren uno a uno—. Los tres parecéis... obsesionados. No como siempre.

—¿Y eso qué coño significa? —gruño.

—Significa —continúa Landon, sin inmutarse por mi tono— que Knox no ha tocado a una mujer en toda la semana, Xavier ha estado más taciturno de lo habitual, si es que eso es posible, y tú llevas semanas obsesionado con Lia Morgan.

Knox se ríe.

—¿Semanas? Más bien quince putos años.

—Lo que sea —vacío mi vaso, irritado por la precisión con la que Landon ha leído la situación—. Es solo una Cacería. Como cualquier otro año.

Mentira. Los ojos de mis hermanos se clavan en mí, calándome por completo. Vacío el resto de mi copa y pido otra con un gesto, porque necesito algo que me ocupe las manos antes de estampar el puño contra la pared.

Claro que es diferente, joder.

Cada Cacería antes de esta ha sido un juego: entretenido, claro, a veces incluso satisfactorio durante unos meses. ¿Pero esto? Esto es la jugada definitiva. La culminación de años de espera, de observación, de planificación. La Cacería es solo una formalidad, un ritual para oficializar lo que sé desde primero. Lia Morgan es mía.

El contrato dice un año. Un puto año. Como si fuera a dejarla escapar después de volver a tenerla entre mis manos.

Clavo la mirada en mi bourbon, y veo su rostro reflejado en el líquido ámbar. Huyendo de mí después del baile de graduación. Desapareciendo en aquel autobús. Pasando años en Nueva York, dejando que otros hombres tocaran lo que es mío.

No. Cuando la atrape mañana —y la atraparé— no será por un año. Será para siempre.

Tendría que clavarme un cuchillo en el corazón para volver a alejarse de mí. Tendría que matarme. Y aun así, encontraría la manera de perseguirla desde la tumba.

—Vane —la voz de Xavier interrumpe mis pensamientos—. ¿Estás bien?

Levanto la vista y me encuentro a los tres observándome con distintos grados de preocupación. Debo de tener la misma pinta que lo que siento: la de un depredador hambriento de su presa.

—Nunca mejor —digo, obligándome a aflojar el agarre del vaso antes de que se haga añicos en mi mano—. Solo pensando en mañana.

Xavier se inclina hacia delante y baja la voz.

—Tenemos que hablar de Ilya Orlov.

La mención del nombre del ruso me arranca de mis pensamientos sobre Lia. Negocios. Claro. Me enderezo en el asiento.

—¿Qué hay de nuevo? —pregunto, dejando el bourbon.

—Nada todavía —la mandíbula de Xavier se tensa—. Se supone que el primer envío llegará una semana después de que termine la Cacería. Pero nuestros contactos en Moscú han sido... irregulares con la información.

Knox pone los ojos en blanco.

—O sea, que el cabrón planea jodernos.

—Eso no lo sabemos —interviene Landon, siempre el diplomático—. Pero he puesto vigilancia extra sobre sus asociados conocidos aquí en Ravenwood. Hasta ahora, nada sospechoso.

Recorro el borde del vaso con el dedo mientras pienso. Ilya Orlov representa nuestra mayor oportunidad de expansión en años: la posibilidad de ampliar nuestra cadena de suministro y duplicar nuestro territorio. Pero los rusos son famosos por poner a prueba a los nuevos socios.

—¿Y sus movimientos financieros? —pregunto.

Xavier asiente.

—Landon los ha estado rastreando. Tampoco hay nada irregular.

—No me fío de él —digo rotundamente—. Algo en su forma de negociar me olió mal. Demasiado ansioso por aceptar nuestras condiciones.

—Porque estamos ofreciendo buen dinero —señala Knox.

Niego con la cabeza.

—No. Es otra cosa.

—Tengo vigilado su hotel —dice Landon—. Y le he pinchado el teléfono. Ha hecho tres llamadas a Moscú en los últimos dos días, pero hablan en clave. Mi contacto ruso está trabajando en ello.

—Duplica la vigilancia —sugiero—. Después de la Cacería, quiero saber cada respiración que dé ese hijo de puta hasta que llegue nuestro envío.

Xavier me lanza una mirada calculada.

—Ya está hecho. Pero hay que ir con cuidado. Si sospecha que no nos fiamos de él...

—Se sentirá insultado —termino—. Lo sé. Pero mejor insultado que traicionados. Tenemos más que perder si nos la está jugando.

Xavier levanta la mano y la mesa se calla. Es un gesto sutil, pero uno que todos hemos aprendido a respetar desde la infancia. Una palma levantada de nuestro hermano mayor, y la discusión termina.

—Aumentaremos la vigilancia, pero con discreción —decide Xavier, en un tono que no admite réplica—. Y seguimos con el plan original a menos que yo diga lo contrario.

Asiento, tragándome el impulso de exigir medidas más agresivas. Así funciona la dinámica de nuestra familia: todos tenemos nuestros roles, nuestras fortalezas, pero a la hora de la verdad, la palabra de Xavier es ley. Siempre lo ha sido, siempre lo será.

—Entendido —murmuro, sin quedar del todo satisfecho.

Landon me cruza la mirada y me lanza una que dice: «déjalo estar». Siempre ha sido el pacificador entre la frialdad calculadora de Xavier y mi agresividad.

—La Cacería tiene prioridad por ahora —continúa Xavier, dejando el vaso vacío con gesto definitivo—. Los negocios con Orlov se reanudan después. Vane, necesito que estés centrado, no con la cabeza dividida entre Lia y nuestro problema ruso.

—Estoy exactamente donde tengo que estar —replico, picándome un poco por que me señale a mí.

Los ojos gris acero de Xavier se clavan en los míos.

—¿De verdad? Porque tu obsesión con Lia Morgan lleva quince años siendo una distracción. Si pensara que va a comprometer nuestra operación...

—No lo hará —lo interrumpo, y enseguida me arrepiento de mi tono—. No será un problema.

Su expresión se relaja levemente.

—Bien. Porque aunque he permitido este arreglo de la Cacería y tu... persecución, si en algún momento considero que pone en peligro lo que hemos construido...

—Lo sé —bajo la mirada primero, la señal universal de deferencia en nuestra hermandad—. Tú decides. Siempre ha sido así.

Xavier asiente, satisfecho de que reconozca su autoridad. La tensión alrededor de la mesa se disipa un poco cuando Knox pide otra ronda.

Así ha sido siempre entre nosotros: Xavier lidera, nosotros seguimos. Ni siquiera en mis momentos más salvajes he desafiado realmente esa verdad fundamental. El imperio Blackwood existe porque Xavier lo construyó de la nada, y ninguno de nosotros —ni yo, ni Landon, ni Knox— lo olvidaría jamás.