19 LIA
—¡Dios mío, chicos! —me río mientras James termina de contar su desastrosa primera cita con Dani después de la graduación—. No me puedo creer que te casaras con él después de eso.
Dani pone los ojos en blanco, pero le aprieta la mano a James.
—¿Qué quieres que te diga? El corazón quiere lo que quiere.
Los cinco estamos desparramados por mi salón, con las copas de vino en la mano. Ha pasado más de una hora desde que aparecieron en mi puerta sin avisar, y a pesar de la sorpresa inicial, me alegro de que estén aquí.
—Todavía no me puedo creer que no nos llamaras cuando volviste —dice Megan, encogiendo las piernas en mi sofá—. Nos tuvimos que enterar por Elliot.
Doy un sorbo de vino para disimular la mueca.
—Lo siento. Ha sido un caos con los preparativos de la galería. Pensaba llamaros en cuanto las cosas se calmaran.
—Bueno, ya estamos aquí —declara Zoe mientras se rellena la copa—. Así que desembucha. ¿Qué tal Nueva York? ¿Conociste a alguien especial que debamos conocer?
Mi mente vuela hacia Vane y La cacería de mañana. Se me encoge el estómago con una mezcla de ansiedad y expectación.
—Nadie serio —respondo—. El trabajo me tenía muy ocupada.
—Siempre tan aplicada —bromea James—. ¿Os acordáis de cuando hizo guías de estudio con códigos de colores para toda la clase antes de los exámenes finales?
Le lanzo un cojín.
—Esos códigos de colores nos ayudaron a todos a aprobar Biología avanzada, así que de nada.
La conversación fluye con facilidad, como si no hubieran pasado quince años. Recordamos la noche del baile de graduación, aunque evito con cuidado mencionar lo que pasó después. Hablamos de la vez que Zoe nos metió a todos en un castigo por colarnos en la piscina del instituto, y de los infames exámenes sorpresa de historia del señor Peterson.
Con cada historia, el nudo de tensión en mi pecho se va aflojando. Durante unas horas, no soy Lia Morgan, futura presa en un juego peligroso. Solo soy Lia, que pasa el rato con viejos amigos y se ríe de los recuerdos del instituto.
—Deberíamos repetir esto —dice Megan, mirando el reloj—. ¿Quizá el próximo fin de semana? Avisando antes, esta vez.
Sonrío y asiento.
—Me encantaría.
No menciono que para el próximo fin de semana todo podría haber cambiado.
—Entonces, ¿qué te hizo volver? —pregunta Dani, inclinándose hacia delante—. O sea, tú siempre fuiste la del plan de escape. «Ravenwood me queda pequeño», solías decir.
Me río, pero suena más forzado de lo que pretendía.
—Sí que lo decía mucho, ¿verdad?
—Solo todos los días del último curso —interviene James—. Teníamos una apuesta sobre si alguna vez volverías por más tiempo que las vacaciones de Navidad.
—¡Oye! Volví para vuestra boda —protesto, señalándolos a él y a Dani con la copa de vino.
—Exactamente cuarenta y ocho horas —replica Megan—. Llegaste en avión la mañana de la boda y te fuiste al día siguiente.
Noto que me sube el rubor por el cuello. No se equivocan. Siempre fui la que tenía un pie fuera.
—Mantuve el contacto —me defiendo.
—Mensajes de cumpleaños y videollamadas de vez en cuando, cuando te acordabas —dice Zoe, pero su sonrisa suaviza el golpe—. Lo entendemos. Estabas construyendo tu vida. Nueva York es la primera división.
—No era nada personal —digo—. Solo... necesitaba demostrarme que podía triunfar por mi cuenta.
—Esa es nuestra Lia —dice James, levantando la copa—. La reina del plan quinquenal. Con códigos de colores y plastificado.
—¡Nunca plastifiqué mis planes! —me río y le lanzo otro cojín.
—No, pero tenías esa agenda ridícula con las pestañas de colores —señala Megan.
—Ser organizada no es ningún crimen —protesto. La agenda todavía existe, ahora en formato digital: mi vida cuidadosamente compartimentada en categorías y prioridades.
—Mientras tanto, los demás nos conformamos con nuestras aburridas vidas en Ravenwood —suspira Zoe con dramatismo.
—No tiene nada de aburrido lo que habéis construido —digo con sinceridad—. Tenéis carreras, relaciones, hogares. Yo simplemente... tomé otro camino.
—El camino que te ha traído de vuelta aquí —señala Dani, arqueando las cejas—. Qué curioso, ¿no?
No menciono lo que me hizo volver. Vane.
En el fondo, me convencí de que era por el salario y la oportunidad de dirigir una galería por mi cuenta, pero la posibilidad de volver al pueblo donde vive Vane influyó en mi decisión.
Cuando se van, cierro la puerta con llave y me apoyo en ella mientras exhalo. El apartamento parece más vacío ahora, y el silencio amplifica mis pensamientos sobre mañana.
Voy a mi dormitorio y saco del cajón de la mesita de noche la copia que hice del contrato. Repaso el documento de nuevo y me centro en un párrafo cerca del final que ya había visto antes.
No se me escapó la letra pequeña sobre la opción de que los cazadores reclamen a las presas durante un año.
Paso el dedo por la jerga legal.
Tras la captura, el cazador mantiene derechos exclusivos sobre la presa capturada durante la duración de La Cacería y puede, a su discreción, extender dicha reclamación por un período que no exceda los doce meses posteriores a la conclusión del evento.
Me recorre un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura. Doce meses. Un año entero perteneciendo a otra persona. A Vane, si me atrapa primero.
Doblo el contrato y lo guardo en el cajón. Cuando lo firmé, me convencí de que buscaba la emoción: el subidón de ser cazada, deseada, perseguida. Pero en el fondo, sabía perfectamente a lo que me estaba apuntando.
Las palabras de Vane resuenan en mi cabeza.
Ningún otro hombre te tocará durante la Cacería.
El tono posesivo de su voz, el fuego en sus ojos... He despertado en él un hambre peligrosa al firmar este contrato. ¿Y lo más perturbador? En el fondo, quiero que me atrape. Quiero saber qué se sentiría siendo suya durante un año... quizás más.
Cierro los ojos, tratando de apartar el pensamiento que lleva quince años acechando en los rincones de mi mente. La verdad que nunca me he admitido del todo: siempre he deseado a Vane. No solo por una noche, no solo por la conexión física que aún persigue mis sueños, sino por algo real. Algo duradero.
En aquel entonces, tenía todo mi futuro trazado. Columbia. Una carrera artística. El camino por el que mis padres se habían sacrificado tanto para ayudarme a conseguir. La idea de tirarlo todo por la borda por un chico del barrio equivocado no solo era aterradora: era impensable.
Mis padres me habrían apoyado. Eso es lo que lo hace peor. No les habría entusiasmado que dejara la universidad por Vane, pero con el tiempo lo habrían aceptado. Mamá y papá siempre han sido mis mayores defensores, siempre anteponiendo mi felicidad. Habrían encontrado la manera de aceptar mi decisión.
Y precisamente por eso no podía permitir que sucediera. No soportaba la idea de decepcionarlos después de todo lo que habían hecho por mí. Tenían tantas esperanzas, tantos sueños, todos centrados en que yo tuviera las oportunidades que ellos nunca tuvieron.
Ahora disfrutan de la vida en ese pequeño apartamento frente a la playa en Florida. Papá por fin se dedica a su afición por la fotografía, y mamá se ha apuntado a un club de lectura y a una asociación de jardinería. Me llaman todos los domingos, con voces rebosantes de la alegría de la prejubilación, siempre preguntando cuándo iré a verlos. Merecen esta felicidad, esta paz... la confirmación de que su hija salió adelante, para que por fin puedan centrarse en ellos mismos.
¿Qué pensarían si supieran que estoy a punto de participar en una cacería donde podría entregarme voluntariamente al chico —ahora hombre— que nunca llegaron a conocer de verdad? ¿Al mismo del que huí hace tantos años?
Paso los dedos sobre el contrato otra vez. La verdad es que no firmé esto por la emoción ni por la experiencia. Lo firmé porque llevo toda la vida huyendo de lo único que siempre he deseado, pero que tenía demasiado miedo de aceptar.