15 LIA
Lanzo el teléfono sobre la cama y me quedo mirando el techo de mi apartamento. Una energía inquieta me recorre el cuerpo. Ha pasado una semana desde mi encuentro con Vane y me he volcado en los preparativos de la galería para no pensar en él. Pero las noches son lo peor. Es entonces cuando mi cuerpo me traiciona, cuando afloran recuerdos de lo que dejé atrás en Nueva York.
No solo la emoción del mundo del arte. Echo de menos The Red Room.
Durante cinco años, ese exclusivo club BDSM fue mi santuario. Un lugar donde podía ceder el control de una manera que nunca me permití en ningún otro sitio, salvo la noche del baile de graduación. Mis Doms allí, sobre todo Charles y Everett, sabían exactamente cómo llevarme al límite sin dejar de protegerme.
Me doy la vuelta y cojo el teléfono de nuevo para releer el correo que recibí esta mañana.
Señorita Morgan, hemos recibido su solicitud de membresía en Purgatory. Le rogamos que asista a una entrevista esta noche a las 21:00. El portero la estará esperando.
Purgatory. El club sexual más exclusivo de Ravenwood. Ahora que he vuelto, fue lo primero que investigué cuando las noches se hicieron interminables y mis dedos vagaban bajo las sábanas sin encontrar alivio.
Lo que no descubrí en mi investigación, lo que averigüé solo después de enviar la solicitud, fue quién era el dueño.
Los hermanos Blackwood.
Se me encoge el estómago solo de pensar en encontrarme con Vane allí. Por lo visto, el club tiene dos secciones: la planta principal, que funciona como cualquier club nocturno de lujo, y un área separada que es un club BDSM de alta gama.
¿Merece la pena el riesgo? Parte de mí quiere cancelar. Pero otra parte, la que lleva noches en vela con los dedos moviéndose desesperadamente entre los muslos sin lograr apenas nada, sabe que lo necesito. Necesito la liberación que solo consigo cuando cedo el control a otra persona.
Podría buscar otro club en una ciudad cercana. Conducir una o dos horas en busca de satisfacción. Pero algo de Purgatory me atrae, a pesar del peligro de cruzarme con Vane de nuevo. O quizás precisamente por eso.
Miro la hora. Dos horas hasta la entrevista. Tiempo suficiente para prepararme para lo que sea, o quien sea, que me espere allí.
Me quedo bajo el chorro caliente de la ducha y dejo que el agua resbale por mi cuerpo mientras pienso en la velada que me espera. El vapor llena el baño mientras me lavo el pelo a fondo y me masajeo el cuero cabelludo con un champú caro que huele a jazmín.
La cuchilla se desliza primero por las piernas, luego por las axilas y finalmente por la delicada zona entre los muslos. Siempre he preferido estar completamente depilada ahí, una preferencia que empezó hace años en Nueva York, cuando me aventuré por primera vez en The Red Room. Nada debe interponerse entre la piel y la sensación.
Al salir de la ducha, me seco dándome toquecitos y me aplico loción perfumada. Me tomo mi tiempo para hidratar cada centímetro de piel. Los dedos se me demoran en la suave curva de la cara interna de los muslos, y me sorprendo pensando si las manos de otra persona me tocarán ahí esta noche.
—Concéntrate, Lia —me murmuro mientras me dirijo al tocador.
Me maquillo con esmero: delineador dramático estilo cat-eye, rímel que hace que las pestañas parezcan imposiblemente largas y pintalabios rojo intenso que convierte mi boca en un pecado a punto de cometerse. Me dejo el pelo suelto, con las ondas oscuras más allá de los hombros.
Del armario, saco un vestido que no me he puesto desde Nueva York. Negro, ceñido, con un escote que baja lo suficiente para resultar provocativo sin parecer desesperado. El bajo llega a medio muslo y la espalda cae en un escote profundo que deja al descubierto casi toda la espalda. Me calzo unos stilettos negros que hacen que las piernas parezcan interminables y me pongo un sencillo collar dorado.
Sin ropa interior. Otra costumbre de mi época en The Red Room.
Me echo un último vistazo, cojo un bolsito de mano con lo esencial y abro la aplicación de Uber en el móvil. El coche llega en seis minutos.
Durante el trayecto, miro por la ventanilla las luces de Ravenwood que van quedando atrás. El corazón me late cada vez más rápido a medida que nos acercamos al destino. El conductor para frente al club.
—Purgatory —anuncia, y me mira por el retrovisor.
Le doy las gracias, salgo del coche y me acerco a la imponente entrada de Purgatory. Los tacones repiquetean contra el pavimento. El edificio es discreto desde fuera: sin letreros llamativos, solo una elegante puerta negra con un portero fornido montando guardia. Está claro que es un sitio que solo encuentras si sabes lo que buscas.
Los ojos del portero me recorren despacio y captan cada detalle, desde los stilettos hasta el pelo cuidadosamente peinado. Su expresión se mantiene profesionalmente neutra, pero reconozco esa mirada evaluadora de mis años en Nueva York. Está decidiendo si encajo aquí.
—Soy Lia Morgan —digo con serena confianza—. Tengo una entrevista a las nueve.
Asiente una vez, sin molestarse en consultar ninguna lista.
—Sígame, señorita Morgan.
En lugar de abrir la entrada principal, desde donde llega el débil retumbar de la música, señala una discreta puerta lateral en la que no me había fijado. La mantiene abierta y entro. Me encuentro en un pasillo en penumbra decorado en ricos tonos burdeos. El aire huele levemente a colonia cara, con un trasfondo de humo de puro.
—Oficina a la izquierda —indica el portero—. La están esperando.
Asiento en señal de agradecimiento y echo a andar por el pasillo. La confianza me flaquea con cada paso. La puerta de la oficina es de madera oscura y maciza, sin ninguna marca. Respiro hondo, me aliso el vestido y giro el pomo.
Al entrar, me quedo paralizada. El aire escapa de mis pulmones de golpe.
Vane Blackwood está sentado tras un gran escritorio, perfectamente cómodo en un traje caro, con los dedos entrelazados frente a él. Sus ojos verdes se clavan en los míos y sus labios se curvan en una sonrisa engreída que me hace arder la piel.
—Hola, flor silvestre —dice, con la voz más grave de lo que recuerdo—. Estaba deseando que llegara tu entrevista.
Por un momento, me planteo darme la vuelta y salir corriendo. El instinto de lucha o huida me grita que escape, que me aleje lo más posible de Vane Blackwood. Pero me niego a darle la satisfacción de verme retroceder. He pasado quince años convirtiéndome en alguien más fuerte que la chica que huyó.
Entro del todo en la oficina y cierro la puerta tras de mí con gesto deliberado. Con movimientos pausados, cruzo los brazos sobre el pecho.
—Me gustaría que me entrevistara otra persona —digo, orgullosa de lo firme que me sale la voz a pesar del torbellino de emociones que bulle en mi interior.
Vane se recuesta en la silla y su sonrisa se ensancha, dejando ver unos dientes blancos perfectamente alineados.
—¿Te da miedo que descubra todos tus sucios secretitos, flor silvestre?
—No me llames así —espeto—. Lo que me preocupa es tu sesgo, que salta a la vista. Dudo que puedas ser objetivo.
Se pone de pie y me sorprende lo imponente que resulta ahora. Vane ha echado cuerpo: sus anchos hombros tensan la camisa de vestir a medida, y deja al descubierto sus fuertes antebrazos tatuados mientras se remanga.
—¿Crees que no puedo ser profesional? —su voz se vuelve más grave—. ¿O te asusta contarme exactamente qué te gusta? —rodea el escritorio—. ¿Te preocupa que descubra que todavía no me has olvidado?
—Estás delirando —replico—. He tenido quince años de experiencias de las que no sabes nada.
—Entonces demuéstralo —se acerca más, lo suficiente para que pueda oler su colonia amaderada—. Dime exactamente qué buscas en Purgatory.
Su proximidad es abrumadora. Donde antes tenía un solo tatuaje, ahora está claro que lo cubre la tinta: diseños que asoman bajo el cuello de la camisa, trepan por su cuello e incluso decoran el dorso de sus manos. Una palabra en particular me llama la atención: Envy tatuada en sus nudillos.
—Estás invadiendo mi espacio —digo, pero no retrocedo.
No se mueve. —Responde a la pregunta. ¿Qué quieres de este club?
Su tono cambia, se vuelve autoritario de un modo que hace que un enjambre de mariposas alce el vuelo en mi estómago. Ya no está preguntando: está exigiendo. Y que Dios me ayude, está funcionando.
—Fui sumisa en The Red Room de Nueva York —digo, alzando la barbilla—. Durante cinco años, entregué el control a Dominantes expertos que sabían exactamente lo que hacían.
La mandíbula de Vane se tensa de forma casi imperceptible, pero lo capto.
—Tuve varios habituales: Charles, que se especializaba en trabajo con cuerdas, y Everett, cuya especialidad era el juego sensorial. Iba unas cuantas veces por semana, a veces más cuando el estrés del trabajo lo exigía —esbozo una leve sonrisa—. Fue toda una educación.
Algo peligroso destella en los ojos de Vane: celos, crudos y sin filtro. Se le dilatan las fosas nasales al asimilar que otros me han tocado, me han controlado.
En un movimiento fluido, cierra la distancia entre nosotros y me rodea la cintura con la mano para atraerme contra él. El contacto repentino me recorre como una descarga eléctrica, un recordatorio no deseado de la química que siempre ha hervido a fuego lento entre nosotros.
—¿Así que por eso huiste a Nueva York? —su voz es grave, casi un gruñido—. ¿Para buscar un Dom cuando tenías uno aquí mismo, uno del que huiste?
La audacia de su afirmación me arranca una carcajada. Apoyo las palmas en su pecho y noto su calidez firme a través de la cara camisa.
—¿Tú? —niego con la cabeza—. No eres un Dom, Vane. Solo eres un chico al que le gusta el control.
Los músculos de su mandíbula saltan mientras aprieta los dientes. La mano en mi cintura se tensa y sus dedos se clavan en la tela de mi vestido. Sus penetrantes ojos verdes, que me han perseguido en sueños, se entrecierran peligrosamente.
—No tienes ni idea de lo que soy ahora —dice, y su voz desciende a un susurro peligroso que me eriza la piel.