Acosada (Hermanos Blackwood) 14 VANE
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La observo alejarse, el vaivén de sus caderas como un péndulo marcando los instantes que faltan para que sea mía de nuevo.

Cree que escapó de mí. Se equivoca.

El teléfono me vibra: otra actualización de mi investigador privado. Es cierto que el primer año después de que se marchara tuve que seguirla con un presupuesto ajustado, revisando sus redes sociales. Pero en cuanto Xavier accedió a nuestro fideicomiso, tuve toda su vida en la palma de mi mano. Sé en qué apartamentos ha vivido, qué trabajos ha tenido, a qué hombres ha tocado. Tengo archivos. Fotos. Datos. Un santuario digital de su existencia, accesible solo para mí.

Paso las fotos recientes: Lia entrando en su nuevo apartamento, Lia en la galería, Lia comprando café. Momentos tan mundanos, pero los devoro todos.

La universidad fue la primera prueba de mi compromiso con mis objetivos. Cuando aquel estudiante de periodismo empezó a ponerse serio con ella en segundo, bastó una noche hackeando su teléfono, unas cuantas fotos falsas de su polla enviadas al responsable de admisiones de Columbia, y su carrera académica se desmoronó. Lia lloró durante una semana. La observé desde una cafetería al otro lado de la calle.

Luego vino el banquero de inversiones, tres años después. Un cabrón guapo que creyó que podía construir una vida con ella. Una escort contratada, una habitación de hotel con cámaras ocultas y pruebas de su infidelidad filtradas con cuidado resolvieron ese problema.

Pero entonces Lia cambió de estrategia. Se acabaron las relaciones: solo The Red Room.

Se me tensa la mandíbula al recordar el día en que descubrí su membresía en ese club sexual exclusivo. El refugio más seguro y privado para que la élite de Manhattan explorase sus deseos más oscuros. A pesar de mis recursos y conexiones, no logré penetrar su seguridad. No pude ver lo que hacía dentro de esas paredes. No pude controlar quién la tocaba.

Llevo cinco años sin conseguir acceder a lo que sucede detrás de esas puertas. Cinco años sabiendo que Lia se entrega a desconocidos mientras yo permanezco a oscuras. Aprieto los puños hasta que los nudillos se me ponen blancos.

Pero ahora está en casa. De vuelta en Ravenwood, donde debe estar. De vuelta donde puedo tocarla. Verla. Tenerla.

El club sexual fue su último acto de rebeldía. Su última ilusión de libertad.

Tuve que comprar la maldita galería. Eso fue lo que hizo falta para traerla de vuelta a Ravenwood. La compra en sí fue fácil —el dinero ya no es un obstáculo para nosotros—, pero conseguir que Elliot la contratara sin despertar sospechas requirió delicadeza.

—Tiene un currículum impresionante —había dicho Elliot durante nuestra reunión, desplegando el portafolio de Lia sobre mi escritorio—. Experiencia en gestión de galerías en Manhattan, conexiones con artistas emergentes, gusto excepcional. ¿Por qué la quieres a ella en concreto?

Me limité a sonreír. —Hazle una oferta que no pueda rechazar.

El salario que le ofrecimos era obsceno: tres veces lo que ganaba en Nueva York. Nunca sospechó que yo era el titiritero que movía los hilos para traerla a casa.

Ahora, con la Cacería a solo tres semanas, todo está saliendo según lo previsto. La he visto evolucionar de aquella chica obstinada y brillante que se negaba a admitir que me deseaba a la mujer segura y sofisticada que cree haber construido una vida fuera de mi alcance.

No tiene ni idea de que he estado dirigiendo su camino todo este tiempo, eliminando obstáculos y creando oportunidades que acabarían trayéndola de vuelta a mí.

Como segundo al mando del imperio Blackwood, me he ganado mi reputación a base de sangre y brutalidad. Ya no soy el chico con el que se acostó después del baile de graduación. Aquel chico tenía potencial, pero aún estaba buscando su lugar. Aquel chico la dejó marcharse.

El hombre en el que me he convertido toma lo que quiere.

Y quiero a Lia Morgan.

En tres semanas, durante la Cacería, descubrirá la verdad: que cada elección que creyó suya fue en realidad mía. Cada camino que tomó la trajo de vuelta a mí. La libertad que tanto ha valorado siempre ha sido una ilusión.

Se acabó observar desde las sombras. Se acabó acosarla desde lejos.

El teléfono me vibra en el bolsillo mientras me alejo de donde Lia se marchó furiosa. Miro la pantalla: Xavier.

—¿Qué? —contesto con voz más áspera de lo que pretendía, la mente aún puesta en Lia.

—Te necesitamos en el almacén del lado este —dice Xavier en tono cortante y profesional—. El equipo del carnaval está haciendo una entrega. Necesito a alguien que supervise el traspaso.

Me paso la mano por el pelo, echando un último vistazo hacia donde desapareció Lia. —¿No puede encargarse otro?

—Knox ya va de camino, pero quiero que estemos dos. —Hace una pausa y añade—: ¿Algún problema?

—No. Ningún problema. —Conozco ese tono. Xavier no pregunta; ordena. Y en la jerarquía Blackwood, su palabra es ley—. Voy para allá.

—Bien. —La línea se corta.

Guardo el teléfono y me dirijo hacia donde aparqué la moto, con la cabeza aún puesta en Lia. Pero necesito despejarme, y un paseo por la ciudad podría ayudar.

El equipo del carnaval lleva casi una semana en la ciudad, preparándose para su espectáculo anual de verano. Tyson y su gente han sido aliados útiles durante años: su capacidad para moverse entre ciudades sin levantar sospechas los convierte en socios ideales para ciertos aspectos de nuestro negocio. Además, montan unas fiestas de puta madre.

Llego a mi Kawasaki Ninja, con la carrocería verde reluciendo bajo el sol de la tarde. Paso la mano por el chasis elegante y siento la familiar descarga de anticipación que me produce conducir. Paso la pierna por encima, me acomodo en el asiento y me pongo el casco verde a juego.

El motor ruge bajo mí, una extensión mecánica de mi propia energía contenida. Me abro paso entre el tráfico del centro, en dirección al este, hacia el distrito industrial donde está nuestro almacén. La mente me oscila entre negocios y placer: entre el traspaso que me espera y la mujer que acaba de dejarme plantado en la acera.

Entro en el aparcamiento del almacén y aparco la Ninja junto a la Aprilia de Knox. La enorme puerta de acero está entreabierta; se oyen voces y risas que se escapan hacia el aire de la tarde. Los negocios con el equipo del carnaval nunca son solo negocios: son una especie de reunión.

—Mira quién aparece por aquí —grita Knox mientras me agacho para pasar bajo la puerta. Mi hermano menor está recostado contra una pila de cajas, haciendo girar una navaja mariposa entre los dedos—. Pensé que no ibas a venir.

—¿Y perderme toda la diversión? —Me quito el casco y echo un vistazo alrededor. Knox, Tyson, Remy, Nash y Colt están reunidos en torno a varias cajas grandes: el montaje de siempre.

Tyson da un paso adelante y me tiende la mano. —Vane. Me alegro de verte. —A pesar de dirigir un carnaval ambulante como tapadera, Tyson desprende una autoridad inconfundible. El apretón de manos es firme; nuestras miradas se cruzan con respeto mutuo.

—¿Cómo va el negocio? —pregunto.

—En auge —dice Tyson con una sonrisa—. Es increíble cuánta gente paga veinte pavos por ver a Nash colgado boca abajo en mallas.

Nash le hace una peineta sin levantar la vista del móvil.

—La gente paga por ver arte en movimiento, imbécil.

—Hablando de arte en movimiento —digo—, pongámonos en marcha. Tengo cosas que hacer.

Knox arroja una bolsa de lona sobre una de las cajas con un golpe seco.

—Está todo. Contado dos veces.

Vuelve a hacer girar la navaja; el acero destella bajo los fluorescentes del almacén.

Tyson abre la cremallera de la bolsa para inspeccionar el contenido. Repasa con la mirada los fajos de billetes bien apilados y asiente, satisfecho.

Veo a Colt deslizar discretamente la mano hacia la parte baja de la espalda de Nash mientras están juntos. Es un gesto sutil, protector e íntimo. Nash se inclina ligeramente hacia él.

—¿Todo bien? —le pregunto a Tyson.

Cierra la cremallera de la bolsa.

—Todo bien. Nash, Colt, traed los paquetes de la furgoneta, ¿queréis?

Nash asiente y se dirige hacia la puerta. Colt lo sigue de cerca.

Oigo el rugido de un motor fuera y, momentos después, Jenson llega en una de nuestras furgonetas sin distintivos. Nuestro leal maestro de espías lleva años con nosotros; no es mucho mayor que Xavier, pero sí el doble de cauteloso. Tres de nuestros hombres bajan con él, todos con el uniforme estándar de los Blackwood.

—Justo a tiempo —digo, consultando el reloj—. Acabemos con esto.

Tyson asiente hacia Nash y Colt.

—Vosotros dos conocéis el procedimiento.

Las puertas traseras de su furgoneta se abren de golpe. Dentro, apiladas en filas ordenadas, hay lo que parecen cajas de equipo: la cobertura perfecta para mover producto entre ciudades. Colt sube primero y desaparece en las sombras del interior.

—¡Ahí va! —la voz de Colt resuena desde dentro al lanzar el primer ladrillo.

Nash lo atrapa con facilidad. Sus movimientos son fluidos: pivota y lo lanza hacia Jenson, que espera junto a nuestra furgoneta.

—Buen brazo —comenta Jenson mientras atrapa el paquete y se lo pasa a uno de nuestros hombres para que lo cargue.

Establecen un ritmo: ladrillo tras ladrillo vuela por el aire. De Colt a Nash, de Nash a Jenson, de Jenson a nuestros hombres. Es eficiente, casi hermoso en su coordinación. Veinte kilos que se mueven como si pasaran un balón.

Greg, uno de nuestros reclutas más nuevos, trota hacia la furgoneta del carnaval y se sube junto a Colt.

—Dejad que eche una mano —dice, y se coloca para acelerar la cadena.

Mientras trabajan, me apoyo en una pila de cajas junto a Knox, Tyson y Remy.

—He oído que tenéis bastante público este año —le digo a Tyson.

Se encoge de hombros.

—El verano siempre es bueno para el negocio. Los críos sin cole, las familias en busca de entretenimiento.

—La cobertura perfecta —añade Remy.

Knox sonríe.

—Ya sabes lo que dicen: únete al circo, ve mundo, trapichea con coca.

—Nadie dice eso —replico mientras veo los ladrillos pasar de mano en mano.

—Deberían —responde Knox—. Es un eslogan pegadizo.

Tyson se ríe.

—Lo pondré en los carteles el año que viene.

—Quería preguntarte —digo mientras veo cómo avanza la transferencia de droga—. ¿Qué tal lleva Sofia la vida del carnaval? ¿Sigue empeñada en redecorar tu caravana con esas importaciones italianas de lujo?

El rostro de Tyson se suaviza al mencionar a su mujer.

—Está bien. Embarazada otra vez, de hecho. Sale de cuentas en noviembre.

—Joder, tío.

Le doy una palmada en el hombro.

—Enhorabuena. El número dos, ¿no?

—Sí —dice con una sonrisa orgullosa—. Anthony ya tiene dieciocho meses.

Knox silba.

—Joder, no has perdido el tiempo.

—¿Y Tilly? —le pregunto a Phoenix, que aparece de detrás de una pila de cajas con el portátil bajo el brazo—. ¿Sigue aguantando tus mierdas de ermitaño tecnológico?

Phoenix me hace una peineta, pero no puede ocultar la sonrisa.

—Está desarrollando un juego nuevo. Algo de realidad virtual que tiene revolucionada a la escena indie.

—¿Y Eden y Luna? —pregunto señalando a Remy con la cabeza.

—Eden está genial, y Luna crece que da gusto —responde Remy, tan escueto como siempre pese al orgullo en la mirada.

Nash grita desde la fila:

—Flora también está embarazada otra vez. Nos enteramos la semana pasada, y Lucas solo tiene cinco meses.

—Joder —se ríe Knox—, ¿hay algo en el agua del carnaval? Sois como una fábrica de bebés ambulante.

—Mejor que tu triste culo —replica Colt al lanzar el último ladrillo—. ¿Cuándo vais a sentar la cabeza los Blackwood? No os hacéis más jóvenes.

Me río con los demás, aunque forzadamente, pero mi mente vuelve de inmediato a Lia. No saben que llevo quince jodidos años trabajando exactamente en eso. La galería es solo el principio. Tres semanas hasta la Cacería, y entonces ella entenderá que nunca hubo escapatoria de lo que empezó aquella noche después del baile de graduación.

—El último —anuncia Jenson mientras asegura las puertas de la furgoneta.

La opresión familiar regresa a mi pecho cuando pienso en Lia, completamente ajena a que yo orquesté su regreso. A que cada pieza de arte que exhiba en la inauguración pasará primero por mi aprobación.

Miro el reloj. Es hora de volver a asuntos más importantes.