12 VANE
—Esa va allí —indico, señalando hacia la esquina más alejada del almacén mientras el equipo del carnaval descarga las cajas del camión. El olor a serrín y aceite de maquinaria flota en el aire, mezclándose con el tufo a sudor de los trabajadores que se afanan bajo la cruda luz fluorescente.
El móvil me vibra en el bolsillo. Elliot. Por fin.
—Tengo que coger esto —le digo a Colt, que asiente y sigue supervisando la descarga.
Salgo al aire fresco de la noche y la puerta metálica del almacén se cierra de golpe a mi espalda.
—¿Y bien? —me salto las cortesías.
—Aceptó los términos —dice Elliot con voz nítida y profesional—. Aunque tuve que triplicarle el salario para cerrar el trato.
Me apoyo contra la pared de ladrillo mientras una sonrisa me cruza la cara.
—Te dije que no había problema. Lo que hiciera falta.
Quince años. Quince jodidos años llevo siguiendo sus movimientos, viendo cómo su carrera se desarrollaba desde la distancia. En cuanto supe que se había establecido en la escena artística de Nueva York, supe exactamente cómo traerla de vuelta. La galería era solo el principio, la excusa perfecta para atraerla a casa.
—¿Y el ático? —pregunto, aunque ya sé la respuesta. Nadie podría resistirse a esas vistas, y menos al precio que le dije a Elliot que ofreciera.
—Sí, lo aceptó casi sin pensarlo. Parecía bastante impresionada, la verdad.
Me río entre dientes.
—Por supuesto que lo estaba.
No sabe que vivirá en mi edificio. En mi ático. Uno que puedo ver desde mi propio ático en el edificio de al lado. El que llevo manteniendo vacío, esperando el momento adecuado. Todo está planeado hasta el último detalle.
—Buen trabajo, Elliot. La bonificación de siempre estará en tu cuenta mañana.
—Siempre es un placer hacer negocios con los Blackwood —responde.
Cuelgo y me guardo el móvil, saboreando el momento.
Lia Morgan vuelve a casa. A Ravenwood. A mí.
Quince años es mucho jodido tiempo, pero hay cosas que merecen la espera.
—¿De qué coño te ríes? —pregunta Knox, mirándome mientras dirige a dos trabajadores que descargan cajas del camión—. Parece que acabaras de ganar la lotería o de que te hicieran la mejor mamada de tu vida.
Niego con la cabeza, sin borrar la sonrisa.
—Quizás las dos cosas.
—Y una mierda. Suéltalo.
—Solo buenas noticias —digo mientras me acerco a revisar el manifiesto—. Nada que te incumba, hermanito.
Knox resopla.
—Todo en este jodido pueblo me incumbe. Somos Blackwood.
—Ya, bueno, esto es personal.
Mi hermano me observa un momento y entonces cae en la cuenta.
—Espera. ¿Esto va de la tía que se largó a Nueva York?
—Se llama Lia —espeto, más a la defensiva de lo que pretendía.
Knox levanta las manos.
—Uy, he tocado hueso. Joder, Vane. Han pasado, ¿qué?, ¿quince años? Eso es mucha dedicación para guardar rencor, o lo que coño sea esto.
Lo ignoro y echo un vistazo al almacén.
—¿Esto es todo? ¿Dónde está el segundo envío?
—Llega mañana —responde Knox, dejando el tema por fin—. Por cierto, ¿no te parece raro que estemos solos? ¿Sin Xavier respirándonos en la nuca, sin Landon tomando jodidas notas en el móvil?
Asiento; ya se me había ocurrido lo mismo.
—Esos cabrones todavía no confían en nosotros para gestionar un simple envío.
—¿A que sí? —Knox se ríe—. Como si no lleváramos haciendo esta mierda desde críos.
—Seguro que Xavier tiene cámaras en algún sitio —murmuro mientras repaso con la mirada las esquinas del techo.
—O Landon tiene a alguien que le informa. Ya sabes cómo funciona.
Miro la hora en el móvil.
—Acabemos con esto. Tengo planes para esta noche.
—¿Qué tipo de planes? —pregunta Knox arqueando las cejas con curiosidad sin disimular—. ¿Una cita? ¿O más de tu rollo misterioso?
Me paso la mano por el pelo, pensando en cuánto contarle.
—Solo unas cosas que tengo que revisar en una de mis propiedades. Asegurarme de que todo esté listo.
—¿Listo para qué?
—No es asunto tuyo —respondo, pero sin acritud.
Knox se ríe y me da una palmada en el hombro.
—Lo que tú digas, tío. Solo asegúrate de estar en la reunión mañana. Xavier se cabreará si llegamos tarde.
Asiento, con la cabeza ya puesta en el ático. En el equipo que instalé la semana pasada. En las cámaras cuidadosamente ocultas en el salón, el dormitorio y el baño. En los micrófonos de alta calidad que captarán cada palabra, cada suspiro, cada sonido que haga.
—¿Hemos terminado? —pregunto mientras echo un último vistazo al almacén.
—Sí, todo bien. Lo que queda es solo inventario. —Knox me hace un gesto de despedida—. Anda, ve a ocuparte de tu mierda de propiedades.
No hace falta que me lo digan dos veces. En cuestión de minutos estoy fuera, el aire fresco de la noche me golpea la cara mientras monto en mi Kawasaki. El motor cobra vida con un rugido mientras me pongo el casco, y siento esa familiar descarga de adrenalina al salir del aparcamiento del almacén.
La carretera se extiende ante mí y acelero más de lo que debería, zigzagueando entre el escaso tráfico que hay a esta hora. Mi mente va aún más rápido que la moto, imaginando a Lia recorriendo ese ático, sin sospechar que estaré observando cada uno de sus movimientos.
Quince años. Quince jodidos años esperando, planeando, construyendo mi imperio junto a mis hermanos mientras la vigilaba desde lejos. Y ahora vuelve, directa a la red que llevo tejiendo todo este tiempo.
El viaje de treinta minutos pasa en un borrón de farolas y carreteras vacías. Cuando por fin entro en el garaje subterráneo del edificio de lujo, la anticipación me recorre como una descarga eléctrica.
Subo en el ascensor privado hasta el ático, tarjeta de acceso en mano. Es hora de asegurarme de que todo esté perfecto para la llegada de Lia.
El ático está en silencio mientras lo recorro, revisando metódicamente cada instalación. Todas las cámaras están ocultas en las lámparas, los detectores de humo y las rejillas de ventilación. Saco el móvil y abro la aplicación de seguridad que mandé diseñar a medida. Una por una, las imágenes van apareciendo en la pantalla: salón, cocina, pasillo, baño, dormitorio. Vistas perfectas desde todos los ángulos.
Pulso en la imagen del dormitorio. La cama extragrande domina el encuadre, con sus sábanas blancas e inmaculadas que casi brillan bajo la iluminación empotrada. Amplío la imagen y ajusto ligeramente el ángulo para ver mejor.
—Perfecto —murmuro, mientras la satisfacción me invade.
A continuación, pruebo el audio. Recorro cada habitación hablando en voz baja y después vuelvo al móvil para comprobar la grabación. Cristalino. Cada susurro, cada respiración suya será solo para mis oídos.
Imaginar a Lia aquí, sin saber que la observo, es lo más satisfactorio que he pensado jamás.
Voy al dormitorio y paso la mano por las sábanas caras que elegí personalmente. Algodón egipcio, un número de hilos ridículamente alto. Solo lo mejor para mi Lia. La imagino tumbada aquí, con el pelo oscuro esparcido sobre las almohadas, la piel rozando estas sábanas.
Se me pone dura al instante solo de pensarlo.
Me bajo la cremallera de los vaqueros y me tumbo en su cama. Me agarro la polla. Cierro los ojos e imagino a Lia aquí, su cuerpo bajo el mío otra vez, como aquella noche después del baile de graduación. Cómo había temblado, los sonidos que había hecho. Cómo se había entregado a mí por completo.
—Joder —gruño mientras me acaricio más rápido.
En mi mente, ya está aquí. Desnuda. Mía. Se acabó huir. Se acabó esconderse de lo que hay entre nosotros.
Me acaricio la polla despacio al principio, disfrutando de la tensión que se acumula. La mano sube y baja mientras los recuerdos de Lia me inundan la mente: cómo su coño se apretó a mi alrededor cuando le quité la virginidad, cómo se le pusieron los ojos en blanco cuando se corrió.
—Eso es, Lia —gruño en la habitación vacía mientras acelero el ritmo—. Siempre has sido mía.
El líquido preseminal me gotea de la punta y me sirve de lubricante perfecto mientras giro la muñeca en cada movimiento ascendente. Cierro los ojos e imagino a Lia debajo de mí en esta misma cama, con las piernas abiertas de par en par, suplicándome que se la meta.
—¿Crees que puedes huir de mí? —La voz me resuena contra las paredes mientras la mano se mueve más rápido—. Quince años y todavía recuerdo lo apretado que está tu coñito.
La respiración se me vuelve irregular, los músculos se me tensan mientras busco correrme. Me imagino inmovilizándole las muñecas por encima de la cabeza, viéndola forcejear contra mi agarre antes de entregarse por completo.
—Voy a llenarte otra vez —gruño mientras las caderas embisten contra el puño—. Marcarte. Hacerte mía. Que admitas que me perteneces.
La presión se acumula en la base de la columna, los huevos se me tensan. Estoy a punto, la mano moviéndose frenética mientras imagino la cara de Lia cuando se corre, esa mezcla perfecta de placer y entrega.
—Joder —gruño al sentir que el orgasmo se acerca—. Tómalo, Lia. Toma todo lo que te doy.
Se me arquea la espalda, despegándose del colchón mientras exploto; gruesos chorros de semen me salpican la mano y el estómago. Me ordeño hasta la última gota, el cuerpo sacudiéndose con los espasmos.
Cuando se me despeja la cabeza, miro el estropicio que he montado y sonrío. Me levanto de la cama y voy al baño. Abro el grifo para lavarme las manos y limpiarme.
Mientras me seco, me veo en el espejo. Todavía tengo los ojos oscurecidos por el deseo, el cuerpo vibrando con una satisfacción que se siente incompleta.
—La próxima vez que esté en este apartamento —le prometo a mi reflejo—, estaré follándome a Lia en este colchón en vez de solo imaginármelo.
Me quedo mirando mi reflejo mientras la satisfacción se desvanece, sustituida por esa hambre familiar que nunca ha desaparecido del todo. Quince años: la mayoría habría pasado página y olvidado un polvo del instituto. Pero Lia nunca fue una conquista más.
Paso la mano por la encimera de mármol y la imagino aquí de pie, sin saber que mis ojos la observan en cada movimiento.
Hemos construido un imperio mientras ella no estaba. El niño de acogida que conoció murió hace mucho, sustituido por un hombre que es dueño de la mitad de este jodido pueblo. Ahora, cuando la tome, no será en un colchón individual en un piso de mierda. Será rodeado de lujo, de todo lo que el dinero puede comprar.
Podría tener a cualquier mujer de Ravenwood chasqueando los dedos, pero he pasado quince años esperando a la única que importa. La que es mía desde el momento en que la vi por primera vez en aquella clase de química.
Echo un último vistazo al ático y repaso mentalmente cada cámara, cada micrófono. Todo está listo. Perfecto.
Cojo las llaves y me dirijo a la puerta con una sonrisa que se me extiende por la cara. Lia cree que vuelve a casa para dirigir la galería de Elliot, para construir su carrera a su manera. No tiene ni puta idea de que viene directa hacia mí.
Y esta vez, no la dejaré escapar.