Acosada (Hermanos Blackwood) 10 VANE
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Recorro con la mirada la multitud de togas azules, buscándola. Tres putas semanas de silencio. Tres semanas en las que se esconde en los baños cuando me ve venir, cambia de compañero de laboratorio sin decir palabra e ignora cada mensaje y llamada.

—¿A quién buscas? —Knox tira de mi toga; su pequeño rostro me mira con ojos curiosos. Tiene el pelo de punta a pesar de los intentos de Xavier por domarlo esta mañana.

—A nadie, colega. —Le revuelvo el pelo y se lo dejo peor—. Solo intento encontrar mi fila.

—Estás mintiendo —dice Knox con la honestidad brutal que solo un niño de ocho años puede permitirse—. Estás buscando a esa chica del pelo bonito. La de tu foto.

Noto que me sube el calor a la cara. Landon resopla a mi lado, con su cuerpo desgarbado de quince años incómodo en el traje que Xavier le obligó a ponerse.

—Cállate, enano —le murmuro a Knox.

—Portaos bien —advierte Xavier mientras se ajusta la corbata. A sus veinte años, con su camisa planchada y sus zapatos relucientes, se parece más a nuestro padre que a nuestro hermano. Siempre el tutor perfecto—. Hoy es importante.

—Solo es el instituto —digo sin dejar de recorrer la multitud con la mirada.

—Es más de lo que pensábamos que lograrías —responde Xavier en voz baja para que solo yo lo oiga—. Así que deja de fruncir el ceño e intenta que parezca que te importa.

El móvil me vibra en el bolsillo. Casi se me cae al sacarlo, esperando que sea ella, pero es solo un mensaje grupal de unos compañeros sobre la fiesta de después.

—Está allí —dice Landon en voz baja, señalando con la cabeza hacia el otro lado del gimnasio.

Sigo su mirada, y ahí está: Lia, rodeada de sus amigas, riéndose como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo. Como si no me hubiera mandado un mensaje pidiéndome que no volviera a contactarla después de la mejor noche de mi vida.

—¿Esa es ella? —pregunta Xavier.

—Déjalo estar —le advierto.

—Me gusta su pelo —interviene Knox—. Es bonito como ella.

Me invade una oleada de posesividad. —Sí, bueno, ella no quiere saber nada de mí, así que da igual.

El director pide a los estudiantes que se pongan en fila.

El director suelta el rollo de siempre sobre «futuros brillantes» y «los líderes del mañana» mientras yo estoy sentado dos filas detrás de Lia, mirándole la nuca. No se ha girado ni una vez. Ni siquiera cuando Davis Thompson tropezó al subir las escaleras y casi se estampó delante del superintendente.

Cuando dicen su nombre, la veo cruzar el escenario con una postura perfecta y esa sonrisa segura que siempre lleva en público. Varias personas la vitorean; sus padres, más fuerte que nadie.

—Vane Blackwood —anuncia el director minutos después.

Cruzo el escenario, recojo el diploma y busco su rostro entre los graduados. De repente está muy interesada en el programa que tiene en las manos. El rechazo me quema en el pecho.

Cuando termina la ceremonia y los birretes llenan el aire, me abro paso entre la multitud hacia ella. Me ve venir y le susurra algo a Megan, que inmediatamente la arrastra hacia un grupo de padres.

—¡Lia! —la llamo. Finge no oírme por encima del ruido.

La sigo fuera, donde las familias se hacen fotos. Xavier me agarra del brazo.

—Vamos a hacernos las fotos —dice con firmeza.

—En un minuto.

—Ahora, Vane.

Me lo quito de encima y veo a Lia cerca de la fuente. Está con sus padres, pero no para de mirar a todos lados, buscando rutas de escape por si me acerco. Cuando me ve venir, prácticamente arrastra a sus padres hacia el coche.

—Enhorabuena, Vane —me llama su padre, claramente confundido por el comportamiento de su hija. Fuerzo una sonrisa y le devuelvo el saludo.

Antes de que pueda alcanzarla, ya se está metiendo en el asiento trasero del todoterreno de sus padres. Nuestros ojos se encuentran a través de la ventanilla durante solo un segundo, lo suficiente para ver algo parecido al pánico cruzarle el rostro antes de que aparte la mirada.

El coche sale del aparcamiento, y yo me quedo ahí como un idiota, diploma en mano, viéndola marcharse.

—¿Vienes? —Knox tira de mi toga.

—Sí —murmuro, con la mandíbula apretada—. Ya voy.

Xavier me pasa el brazo por los hombros mientras volvemos hacia la multitud. —¿Esa es la chica que te ha estado ignorando?

Knox vuelve a tirar de mi toga. —¿Por qué no quiere hablar contigo? ¿Hiciste algo malo?

—Métete en tus asuntos, enano —digo, pero sin brusquedad.

Landon sonríe con suficiencia. —Probablemente dijo algo estúpido. Siempre lo hace.

—Mira quién fue a hablar —le respondo—. Recuérdame otra vez a quién casi expulsan del instituto por insultar al profesor.

—Eso fue diferente...

—Basta —interrumpe Xavier—. Se supone que esto es una celebración. Al menos intentemos fingir que funcionamos como familia durante un día.

Posamos para las fotos mientras Xavier se asegura de que Knox se quede quieto el tiempo suficiente para la cámara. Cumplo con el trámite, pero mi mente sigue en Lia.

Cuando terminamos, veo a Anders y a otros chicos del equipo de debate cerca de la mesa de refrescos.

—Enhorabuena, tío —dice Anders, dándome una palmada en la espalda—. ¿Vas a la fiesta esta noche?

—Sí, probablemente —respondo mientras vuelvo a recorrer la multitud con la mirada.

—¿Buscas a Lia? —pregunta James—. Se largó bastante rápido.

—No, solo estoy... —me detengo—. Sí, la verdad. ¿Por qué se habría ido tan rápido?

James niega con la cabeza, pero entonces aparece Megan a su lado. Entrecierra los ojos al verme.

—¿Qué quieres, Blackwood? —pregunta fríamente.

—¿Dónde está Lia?

Megan se cruza de brazos.

—¿Y a ti qué te importa?

—Solo dime dónde está.

Me observa un momento y suspira.

—Tuvo que irse antes. Coge el Greyhound a Nueva York para los cursos de verano en Columbia.

Se me encoge el estómago.

—¿Cursos de verano? Nunca me dijo nada de...

—Lleva meses apuntada —dice Megan.

—¿Cuándo sale el autobús? —pregunto mientras retrocedo.

—Hace cinco minutos.

Me quedo paralizado.

—¿Qué?

—Era el de las doce y cuarto. Así que sí, hace unos cinco minutos.

Sin pensarlo, me doy la vuelta y echo a correr hacia Xavier, que está hablando con unos padres.

—Necesito tus llaves —suelto, interrumpiendo la conversación.

—¿Qué? No, no vamos a...

Le agarro del brazo.

—Por favor. La estación de autobuses. Es importante.

Algo en mi expresión debe convencerle, porque suspira y rebusca en el bolsillo.

—Que no me lo rayes.

Ya estoy corriendo antes de que las llaves me caigan del todo en la mano. La estación está a solo diez minutos. Puede que haya tráfico. Puede que el autobús se haya retrasado.

Salgo derrapando del aparcamiento mientras Xavier me grita algo a mis espaldas. El velocímetro sube a medida que zigzagueo entre el tráfico y me salto un semáforo en ámbar.

Pero cuando freno en seco en el aparcamiento de la estación y entro corriendo, me encuentro con una dársena vacía. El autobús de las doce y cuarto a Nueva York ha salido puntual.

Se ha ido. Sin decir nada. Sin siquiera despedirse.