Acosada (Hermanos Blackwood) 5 LIA
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La cafetería bulle con la emoción previa al baile de graduación, un ruido que me martillea la cabeza. Remuevo la ensalada en el plato sin ganas, apenas prestando atención mientras Megan detalla su plan épico para convencer a sus padres de que le amplíen el toque de queda mañana por la noche.

—Les dije que el after es en casa de James y que sus padres estarán allí —dice, apartándose la melena rubia del hombro—. No tienen por qué saber que en realidad están en Cabo.

—Llevo un vestido tan ceñido que apenas puedo respirar —se queja Zoe—, pero merece la pena. Tyler va a alucinar.

Dani me da un codazo.

—Tierra llamando a Lia. Llevas toda la semana rarísima.

Me incorporo y fuerzo una sonrisa.

—Es solo el estrés de los finales.

—¿Los finales? ¿A quién le importan los finales cuando el baile es mañana? —Megan se inclina sobre la mesa—. Y hablando de eso, todavía no nos has dicho con quién vas. Por favor, dime que no vas sola.

Se me retuerce el estómago. Han pasado dos semanas desde aquella videollamada con Vane. Dos semanas ignorando sus mensajes, esquivando su mirada en Química y evitando justo esta conversación con mis amigas. Abro la boca, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

—Seguro que va con algún universitario buenorro —dice James, rescatándome sin saberlo—. Le da vergüenza contárnoslo a nosotros, simples mortales.

—Ya, claro —logro decir, pero mi risa suena hueca hasta para mí.

Al otro lado de la cafetería, lo siento antes de verlo. Vane entra con su chulería de siempre, con varios tíos del equipo de baloncesto detrás. Sus ojos buscan los míos al instante, como si tuviera un radar interno sintonizado conmigo. La comisura de su boca se curva en esa sonrisa burlona que me dan ganas de abofetearlo y besarlo a partes iguales.

—En serio, ¿con quién vas? —insiste Zoe—. Tenemos que coordinar las fotos de grupo.

Aparto la mirada de Vane.

—Yo... es que...

—No me digas que todavía estás decidiendo entre ofertas —bromea Dani—. El baile es literalmente mañana.

El móvil me vibra en el bolsillo. Ya sé quién es sin mirar.

—Ya lo resolveré —murmuro—. Es que aún no me he decidido.

El móvil vuelve a vibrar, más insistente esta vez. Lo saco del bolsillo por debajo de la mesa y lo inclino para que mis amigas no puedan verlo.

Estás jodidamente preciosa hoy. Esa blusa azul te resalta el color de los ojos. Llevo dos semanas viéndote fingir que no existo.

El calor me sube por el cuello. Miro al otro lado de la cafetería y ahí está, con los ojos clavados en mí, móvil en mano. A diferencia de mí, él no se molesta en disimular. La intensidad de su mirada me revuelve el estómago.

Sigo esperando tu respuesta a mi invitación al baile.

Trago saliva, con los dedos suspendidos sobre el teclado. Tiene razón: no he comprado vestido. Llevo semanas en el limbo, diciéndome que quizás ni vaya, mientras en secreto imagino qué se sentiría al entrar con su mano en la parte baja de mi espalda.

—¿Quién te escribe? —Zoe intenta ver mi pantalla.

Aparto el móvil.

—Nadie importante.

Sé que viste el vídeo que te mandé anoche. ¿Te gustó lo que viste?

Las mejillas me arden aún más. El vídeo de anoche: Vane en su habitación, sin camiseta, contándome con todo detalle lo que piensa hacerme después del baile. Lo había visto una y otra vez mientras me tocaba, y cada vez me odiaba por ello.

—Estás colorada —señala Dani con una sonrisa—. Desde luego que no es nadie.

Levanto la vista de nuevo. Vane arquea una ceja, retándome. Su seguridad es exasperante. Y lo peor: está justificada. Porque, a pesar de todo, a pesar de saber que no debería, mi cuerpo responde a él como si estuviera programado.

Di que sí, Lia. Una palabra. Eso es todo lo que hace falta.

Me quedo mirando el móvil, con el corazón golpeándome las costillas. Los dedos me flotan sobre el teclado mientras una guerra se libra dentro de mí. El orgullo me dice que lo ignore. Algo más, algo que no quiero nombrar, me dice que diga que sí.

Vale. Sí. Si así te callas.

Le doy a enviar antes de poder arrepentirme, aunque me arrepiento al instante. Al otro lado de la cafetería, veo cómo la cara de Vane se transforma en una sonrisa genuina, no su mueca burlona de siempre, sino algo que le ilumina todo el rostro. Parece casi... feliz. Es preocupante.

—Vale, en serio, ¿qué te pasa? —exige Megan, agitando la mano delante de mi cara—. Estás rarísima.

Respiro hondo. Total, se van a enterar mañana.

—Voy al baile con Vane Blackwood.

La reacción es inmediata. Zoe se atraganta con el refresco light. A James se le suben las cejas hasta el nacimiento del pelo. Dani suelta un silbido.

—¿Vane? ¿El tío del que llevas quejándote todo el año? —la voz de Megan sube una octava—. ¿El imbécil arrogante que se cree el regalo de Dios al instituto?

—El mismo —murmuro.

—¡Lo sabía! —Dani aplaude—. Lo predije totalmente en septiembre. Vosotros dos tenéis química desde, bueno, Química.

—Oh, por favor —pongo los ojos en blanco—. No es eso.

—¿No es qué? ¿Que no lleváis obsesionados el uno con el otro? —bromea James—. Todo el mundo lo ve. La forma en que discutís es básicamente un calentamiento.

—¿Cuándo pasó esto? —Zoe se inclina hacia delante, ávida de detalles—. ¿Por qué no nos lo dijiste?

—Porque no hay nada que contar —insisto, aunque mi teléfono vibra con otro mensaje de Vane—. Me lo pidió, dije que sí. Fin de la historia.

—¿Fin de la historia? Chica, esto es solo el principio —dice Megan con otro silbido—. Vane Blackwood. Joder.

Mi teléfono vibra de nuevo en mi mano. Echo un vistazo y aparto la pantalla de los ojos curiosos de mis amigas.

Es otro mensaje de Vane.

Se me corta la respiración cuando lo abro. Es una foto en primer plano de su boca, con los labios ligeramente separados y la lengua visible. El pie de foto dice:

No puedo esperar a que te sientes en mi cara.

El calor recorre mi cuerpo y se acumula en la parte baja de mi estómago. Dejo caer el teléfono boca abajo sobre la mesa, con el corazón martilleándome en el pecho. De repente, la cafetería me resulta demasiado calurosa.

—¿Qué te dijo? —Megan intenta coger mi teléfono—. Parece que vas a arder.

—Nada —digo demasiado rápido, guardando el teléfono en el bolsillo—. Solo está confirmando detalles para mañana.

Me atrevo a echar un vistazo al otro lado de la cafetería. Vane me está mirando con una ceja levantada, como preguntándome si he recibido su mensaje. Cuando nuestros ojos se encuentran, se lame lentamente el labio inferior, dejando el mensaje muy claro incluso desde el otro lado de la sala.

—Mientes fatal —dice Dani, siguiendo mi mirada—. Dios mío, ¿estáis sexteando ahora mismo? ¿En medio del almuerzo?

—¡No! —mi voz sale demasiado aguda—. Por supuesto que no.

James resopla.

—Tu cara dice lo contrario.

Recojo mis cosas, desesperada por escapar antes de que puedan interrogarme más.

—Tengo que ir a... estudiar. Para el examen de Cálculo.

—El examen de Cálculo fue ayer —señala Zoe con una sonrisa.

—Cierto. Quería decir... tengo que ir a comprar un vestido. Para el baile. Mañana —me levanto tan bruscamente que casi tiro la botella de agua—. Os veo luego, chicos.

Mientras me apresuro hacia la salida, siento los ojos de Vane clavados en mí, quemándome la espalda. El teléfono vibra de nuevo en mi bolsillo, pero no me atrevo a mirarlo hasta que esté a solas.