Acosada (Hermanos Blackwood) 4 VANE
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Estoy tumbado en mi cama deshecha, pasando el Instagram de Lia Morgan. Los muelles crujen cuando me giro para ponerme más cómodo boca arriba, con los ojos pegados a la pantalla. El ventilador del techo gira perezoso sobre mi cabeza, apenas moviendo el aire caliente de mi cuarto diminuto. Xavier paga el alquiler y el sitio es una mierda, pero aun así es mejor que los hogares de acogida entre los que fuimos dando tumbos.

Su última publicación es de hace tres días: Lia en la biblioteca del instituto, con el pelo recogido, esas gafas que se pone cuando está muy concentrada apoyadas en la nariz. Nada especial para nadie más, pero mi cuerpo responde igual. Siempre lo hace cuando se trata de ella.

Voy pasando sus fotos más antiguas y me detengo en una del verano pasado. Lia en bikini en el lago, la piel dorada bajo el sol. Mi mano se cuela bajo la cinturilla del chándal y agarra mi polla, ya dura.

—Joder, perfecta —murmuro mientras me acaricio y hago zoom en su sonrisa, en sus curvas. Cómo mira a la cámara... es como si me desafiara a desearla.

Y la deseo. Desde primer año, cuando me destrozó en el club de debate con los ojos brillándole de triunfo. Las chicas inteligentes siempre me han puesto, pero Lia... ella es otra cosa.

Abro nuestro hilo de mensajes. Vacío salvo por el mensaje que le envié después del instituto. Todavía no ha contestado. Típico de Lia, seguro que está dándole mil vueltas a cada palabra que podría responderme.

La mano se me mueve más rápido mientras pienso en su cara cuando la acorralé hoy, en ese rubor que le subió por las mejillas. En cómo se le cortó la respiración cuando me acerqué. Ella también me desea, aunque no lo admita.

Escribo con una mano, el pulgar deslizándose por la pantalla:

¿Te he dejado sin palabras, Morgan? Apuesto a que podría dejarte muda del todo con mi lengua entre tus muslos.

Le doy a enviar antes de pensármelo dos veces y se me escapa un gemido cuando el mensaje se entrega. La idea de que lo lea, quizá esta noche en su cama, quizá mojándose al pensar en mí... me acerca al borde.

El corazón me golpea las costillas cuando veo aparecer los dos ticks azules. Confirmación de lectura. Lo está leyendo ahora mismo.

—Joder —gimo, imaginándome la cara de Lia al ver mi mensaje crudo en su pantalla.

Estoy tan duro por ti ahora mismo. He estado pensando en ti todo el día. ¿Quieres ver lo que me haces?

El mensaje aparece como leído de inmediato. Está ahí, viendo la conversación desarrollarse en tiempo real. Mi cuerpo vibra de anticipación, esperando que aparezcan esos tres puntos, que me escriba algo, lo que sea. Pero pasa un minuto. Luego otro.

El silencio solo me pone más duro. Me la imagino perfectamente: nerviosa, quizá mordiéndose ese labio inferior carnoso, sin saber qué responder pero incapaz de apartar la mirada.

No me ha dicho que no. Y Lia Morgan siempre dice exactamente lo que piensa.

—Eso me parecía —murmuro mientras inclino el móvil sobre el chándal. Me lo bajo, me agarro en la base y me aseguro de capturar la punta, donde ya estoy goteando. El flash de la cámara ilumina un instante la habitación a oscuras.

Reviso la foto: bastante explícita para hacerla retorcerse, bastante clara para que no quede duda de lo grande que la tengo. Perfecta.

Le doy a enviar sin dudarlo y veo cómo la imagen se carga, se entrega y luego... esos dos ticks azules otra vez.

Lo ha visto. Ya no hay vuelta atrás.

El móvil me vibra en la mano y la pantalla se ilumina con su respuesta.

¿Qué demonios, Vane?

Sonrío y paso el pulgar sobre sus palabras. No está lo bastante indignada para ignorarme. No me manda a la mierda. Solo esas cuatro palabras: suficientes para saber que está nerviosa, pero no para hacerme parar.

Sin dudarlo, pulso el botón de videollamada. El corazón me late con fuerza mientras suena una, dos, tres veces. Va a rechazarla. Tiene que hacerlo. Pero entonces...

La llamada se conecta.

La cara de Lia llena la pantalla, las mejillas sonrojadas, las pupilas dilatadas. Está recostada contra las almohadas, el pelo extendido a su alrededor como un halo oscuro. Joder, está preciosa.

—¿Estás loco? —sisea en voz baja—. Podría hacer una captura de esta conversación y denunciarte.

Me río, una risa profunda que me nace del pecho, e inclino la cámara para mostrar la cara mientras sigo moviendo la mano despacio sobre la polla, fuera de plano.

—Pero no lo harás —digo, viendo cómo le baja la mirada hacia donde se mueve mi brazo—. Y no habrías contestado si no estuvieras aunque sea un poco excitada. ¿Quién coge una videollamada del tío que acaba de mandarle una foto de la polla mientras sigue tocándose y pensando en comerle el coño?

Lia toma aire bruscamente, los labios entreabiertos. No responde, no cuelga. Solo me mira con esos ojos ámbar muy abiertos.

—¿Quieres ver lo que me haces, Lia? ¿Quieres verme pajearme para ti?

Sigue sin hablar, pero tras un momento de vacilación, asiente casi imperceptiblemente.

—Buena chica —murmuro mientras bajo la cámara.

El gemido que se le escapa al oír esas dos palabras me atraviesa como una descarga eléctrica.

Alargo la mano hasta la mesita de noche y cojo el soporte del móvil que uso para ver vídeos. Lo coloco a los pies de la cama y posiciono el móvil para capturar mi cuerpo entero estirado en el colchón.

—Mucho mejor —digo mientras me acomodo—. Ahora puedo usar las dos manos.

Me acaricio despacio, mirando la cara de Lia en la pantalla. Sus ojos siguen el movimiento de mi mano, la respiración cada vez más agitada.

—Tócate para mí, nena —digo—. No tienes que enseñármelo, pero quiero saber que te estás frotando ese coñito virgen mientras me miras.

Sus ojos se clavan en los míos, entornándose.

—¿Cómo sabes que soy virgen?

Me río sin perder el ritmo.

—Venga ya. Lo sabe todo el mundo. La perfecta Lia Morgan, demasiado ocupada con el club de debate y las clases avanzadas para dejar que algún chaval torpe del instituto se le meta entre los muslos.

Ella entorna aún más los ojos y abre la boca para discutir, pero justo entonces giro la muñeca y la oleada de placer es intensa. Un gemido me brota de la garganta, profundo y descontrolado, mientras el presemen perla en la punta de mi polla.

Las palabras de Lia mueren en sus labios. Su mirada vuelve de inmediato a mi polla, las pupilas dilatándose mientras observa la humedad brillar en la tenue luz de mi habitación.

—Joder, Lia —gruño—. No tienes ni idea de cuántas veces me he pajeado pensando en ti. En clase, viéndote morder ese lápiz cuando te concentras. En el laboratorio, cuando te inclinas sobre la mesa y te veo el escote.

Se le acelera la respiración, las mejillas enrojeciéndole aún más.

—Tan jodidamente sexy —continúo, masturbándome más rápido—. Esos labios. Ese culo. Cómo me miras cuando estás cabreada... me dan ganas de inclinarte sobre el escritorio más cercano y follarte hasta quitarte esa actitud.

Se remueve en la cama, y sé que está apretando los muslos, luchando contra el deseo que se acumula entre ellos.

—¿Ya te estás tocando? —pregunto—. Apuesto a que estás muy mojada por mí.

El silencio llena el aire, roto solo por nuestra respiración agitada.

—¿Lo estás? —insisto cuando no responde de inmediato—. Dime la verdad, Lia.

Se muerde el labio inferior, duda un momento y asiente.

—Sí —susurra, y deja escapar un gemido suave que hace que la polla me palpite dolorosamente en la mano.

Joder.

No esperaba que lo admitiera tan fácilmente. La perfecta Lia Morgan, tocándose mientras me ve hacerme una paja. La sensación de poder me recorre el cuerpo.

—¿Cómo de mojada estás? —pregunto con la voz ronca de deseo—. Dímelo.

Se remueve en la cama, la mano libre moviéndose fuera del encuadre.

—Mucho —admite, la voz apenas audible—. Muy mojada.

El ritmo me falla cuando una ola de lujuria me invade. Ralentizo los movimientos para no correrme demasiado pronto.

—Métete los dedos en ese coñito —ordeno, observándole el rostro en busca de cualquier señal de resistencia—. Luego levántalos a la cámara. Quiero ver lo mojada que estás por mí.

Hay un momento en que creo que me va a mandar a la mierda —ese destello de desafío que ya espero de ella—, pero entonces se le oscurecen los ojos. Se mueve, el brazo moviéndose con determinación, y un jadeo le escapa de los labios.

Cuando levanta la mano a la cámara, dos dedos brillando a la luz de la lámpara de noche, casi me corro ahí mismo. Su excitación le cubre los dedos, goteando hacia la palma. La polla me da un tirón al verlo.

—Joder, hostia puta —gruño, apretándome fuerte para no correrme—. Ahora sé buena chica y chúpatelos.

Le brillan los ojos —ahí está ese desafío—, pero luego se lleva los dedos a la boca. Los labios se le separan, envolviéndose alrededor de los dedos húmedos, y gime mientras se saborea. No me aparta la mirada mientras los saca lentamente, ya limpios.

—Eso es —la alabo—. Ahora frótate el clítoris para mí. Imagina que es mi lengua en vez de tus dedos. Piensa en lo bien que te voy a hacer sentir, lamiéndote hasta que te corras en mi cara.

Lia gime de nuevo, música para mis oídos. Se le entrecorta la respiración, el pecho subiéndole y bajándole rápidamente, diciéndome que está cerca. Cómo se le cierran los ojos, cómo se le separan los labios con cada respiración... es advertencia suficiente.

—Eso es —la animo—. Muéstrame lo bien que se siente. Imagina mi polla dentro de ti en vez de tus dedos. Abriéndote, llenándote por completo.

Echa la cabeza hacia atrás contra las almohadas, exponiendo la línea larga y elegante de su garganta. Quiero marcarla, reclamarla, dejarle cardenales que todos verían mañana.

—Apuesto a que estás jodidamente apretada —continúo, moviendo la mano más rápido—. Coño virgen apretándose a mi alrededor mientras te follo por primera vez. ¿Te gustaría, Lia? ¿Quieres que sea el primero?

Se le escapa un gemido, seguido de un «Sí» estrangulado que hace que se me tensen los huevos.

—Córrete para mí —ordeno—. Ahora, Lia. Déjame verte desmoronarte.

Como si mis palabras tuvieran poder físico sobre ella, Lia grita, la espalda arqueándosele fuera de la cama. Está jodidamente hermosa así, todo ese control que normalmente lleva como armadura, destrozado. El rostro se le transforma de placer, los labios separados, las mejillas sonrojadas de un rosa intenso. Esos ojos ámbar, normalmente tan agudos y calculadores, nublados de éxtasis. Incluso a través de la pantalla del móvil, es lo más hermoso que he visto en mi vida.

Yo mismo estoy justo al borde, la presión acumulándose en la base de la columna, pero me obligo a aguantar.

—Abre los ojos —gruño—. Mírame. Quiero que me veas correrme por ti.

Abre los ojos de golpe, fijándolos en mi polla con una intensidad que casi me deshace.

—No apartes la mirada —advierto, acariciándome más rápido—. Esto es todo para ti, Lia. Cada jodida gota.

El orgasmo me atraviesa como un rayo y gruño su nombre mientras gruesos chorros de semen me salpican el abdomen desnudo. No rompo el contacto visual, queriendo ver cada reacción en su rostro mientras me ve correrme pensando en ella.

Le observo el rostro mientras bajo del subidón, el pecho agitado, el sudor perlándome la frente. Los coletazos del placer me recorren mientras me paso los dedos por el estropicio del estómago y los levanto a la cámara.

—Ojalá estuvieras aquí para lamerlo todo como una buena chica —digo—. Apuesto a que esa boquita se sentiría increíble envuelta alrededor de mi polla.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros un momento. Luego veo la transformación en su rostro: el deseo nublándosele en los ojos, los labios apretándose en una línea fina. El rubor de las mejillas se intensifica, pero no de excitación esta vez. La vergüenza le invade los rasgos cuando la realidad vuelve de golpe.

Sin una palabra, su pantalla se vuelve negra. Llamada terminada.

—Mierda —murmuro mientras cojo una camiseta para limpiarme. No me sorprende que haya huido, pero lo brusco aún duele.

Tiro la camiseta hacia el cesto de ropa sucia desbordante y cojo el móvil para escribir un mensaje antes de que pueda fingir que esto nunca ha pasado.

Buen intento. Ya no puedes esconderte. Vamos al baile de graduación en dos semanas, y después voy a cumplir mi promesa de probar ese coñito dulce. Puede que te incline en la parte de atrás de mi coche con el vestido subido hasta la cintura y te meta la polla también.

Le doy a enviar y veo cómo se entrega el mensaje. El aviso de lectura aparece casi al instante. Está mirando el móvil, seguramente flipando por lo que acaba de pasar entre nosotros.

Espero a que aparezcan esos tres puntos, a que me mande a la mierda o amenace con bloquearme. Pero nada. La pantalla sigue igual: mi mensaje ahí, leído pero sin respuesta.

Sonrío para mis adentros y dejo caer el móvil en la cama. Su silencio me lo dice todo. Puede que Lia Morgan tenga sus dudas, pero si no estuviera interesada, me habría mandado a paseo de inmediato.

Dos semanas hasta el baile de graduación. Dos semanas para asegurarme de que no pueda pensar en otra cosa que no sea yo.