Acosada (Hermanos Blackwood) 3 LIA
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Ha pasado una semana desde que Vane Blackwood me plantó un beso a la fuerza, y todavía no consigo quitarme ese recuerdo de la cabeza. He revivido ese momento en el dormitorio una y otra vez: la presión de su mano en mi cintura, el calor de su aliento contra mi piel, ese instante en el que yo...

No. No voy a pensar en eso.

He sido meticulosa evitándolo. Cambiar de compañero de laboratorio no era opción a mitad del semestre, pero he perfeccionado el arte de trabajar a su lado sin siquiera reconocer su existencia. Llego a clase justo cuando suena el timbre y me voy en cuanto nos dejan salir. Nada de cafés. Nada de sesiones de estudio en la biblioteca. Nada que me ponga en su órbita más tiempo del estrictamente necesario.

Mientras guardo el portátil después del club de debate, compruebo la hora. Perfecto: lo bastante tarde como para que los pasillos estén vacíos. La mayoría de los estudiantes se marcharon hace una hora.

Me echo la mochila al hombro y salgo al pasillo, con las luces fluorescentes zumbando sobre mi cabeza. Mis pasos resuenan mientras me dirijo a la salida.

—¿Huyendo otra vez, Morgan?

Me quedo paralizada al oír su voz. Vane está apoyado contra la pared en el cruce de pasillos, con los brazos cruzados sobre el pecho. Está injustamente guapo con una simple camiseta negra y vaqueros, el pelo cayéndole sobre la frente.

—¿Qué haces aquí? —agarro la correa de la mochila con más fuerza.

—Esperándote —se aparta de la pared y acorta la distancia entre nosotros—. Me has estado evitando.

—He estado ocupada.

—Mentira —sus ojos se clavan en los míos—. Sales corriendo de química prácticamente todos los días.

Doy un paso atrás.

—¿Qué quieres, Vane?

—Quiero saber por qué actúas como si tuviera la peste.

—¿Hablas en serio? —suelto una risa seca—. Me arrastraste a un dormitorio y me besaste sin mi permiso. Y luego te enfadaste porque no caí rendida a tus pies.

Se pasa una mano por el pelo, visiblemente frustrado.

—Estás exagerando.

—Y tú deliras si crees que te debo mi tiempo o mi atención.

—Somos compañeros de laboratorio.

—No somos amigos —replico—. Así que ¿por qué tendría que verte fuera de clase?

Vane da otro paso hacia mí, lo bastante cerca como para que capte el aroma de su colonia amaderada, que no tiene ningún derecho a acelerarme el pulso.

—¿Estás segura de eso, Morgan? Porque, seamos amigos o no, he visto cómo me miras en clase.

—¿Con desprecio?

—Con interés —su voz baja de tono—. Cuando crees que no me doy cuenta.

El calor me sube por el cuello.

—Tu ego es verdaderamente astronómico.

—No es ego si es verdad —se inclina más, y me niego a retroceder a pesar de que todos mis instintos me gritan que me aleje—. Tienes curiosidad. Por mí. Por lo que habría pasado si no nos hubieras frenado aquella noche.

—Tengo curiosidad por muchas cosas. La física nuclear. Las criaturas de las profundidades marinas. El impacto cultural de los realities —levanto la barbilla—. Tú no estás en la lista.

Su risa es grave y genuina, y me pilla desprevenida.

—Dios, eres única.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Lo era.

Nuestras miradas se cruzan, y durante un momento, ninguno de los dos habla. El pasillo parece demasiado pequeño, demasiado cálido. Noto las motas doradas en sus ojos verdes, la sombra de barba en su mandíbula. Mi mirada baja brevemente a sus labios antes de poder evitarlo.

—Lo estás haciendo ahora mismo —murmura.

—¿El qué?

—Mirarme como si quisieras abofetearme y besarme a la vez.

Retrocedo. Necesito aire que no huela a él.

—Estás confundiendo el asco con el deseo.

—¿Ah, sí? —extiende la mano y me aparta un mechón de pelo de la cara antes de que pueda reaccionar—. Porque no creo ser el único que siente esto... sea lo que sea.

Doy otro paso atrás, intentando recuperar algo de control sobre la situación.

—¿Hemos terminado? Tengo cosas que hacer.

—En realidad —dice Vane, que cambia de postura y se mete las manos en los bolsillos—, quería preguntarte algo.

Levanto una ceja, a la espera.

—El baile de graduación —lo dice como si fuera obvio—. ¿Vas a ir?

La pregunta me pilla desprevenida.

—¿Qué?

—El baile de graduación —repite, con la mirada fija en la mía—. Te quiero de mi brazo.

Suelto una risa de sorpresa.

—¿Hablas en serio? ¿Después de todo lo que acabo de decir, crees que iría al baile contigo?

—¿Por qué no? —su confianza es exasperante—. Haríamos buena pareja.

—¿Ese es tu argumento? ¿Que haríamos buena pareja? —pongo los ojos en blanco, ignorando el cosquilleo en el estómago—. Vaya. Qué convincente.

—Sabes que hay algo más —su voz se suaviza—. Venga, Lia. Una noche. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

Arrugo la nariz, fingiendo asco aunque en el fondo lo estoy considerando.

—Lo pensaré.

—¿En serio? —parece genuinamente sorprendido.

—He dicho que me lo pensaré. Eso no es un sí.

Me dispongo a pasar junto a él, pero su mano sale disparada y me agarra de la muñeca. Antes de que pueda protestar, su otra mano se mete en el bolsillo de mi chaqueta.

—¿Qué estás...? —empiezo, pero ya ha sacado mi teléfono.

—¿Código de desbloqueo? —exige mientras lo sostiene fuera de mi alcance.

—Ni hablar.

—Vale. —Se encoge de hombros y empieza a teclear combinaciones. Para mi horror, la pantalla se desbloquea a su tercer intento.

—¿Cómo has...?

—0422. Tu cumpleaños. No es precisamente Fort Knox. —Sus dedos se mueven rápidamente por la pantalla—. Ya está. Ya tienes mi número en tus contactos.

Antes de que pueda arrebatarle el teléfono, pulsa llamar en su propio contacto. Un segundo después, suena un tono desde su bolsillo.

—Y ahora yo tengo el tuyo. —Me devuelve el teléfono con una sonrisa triunfante—. Ya te llamaré.

—No pienso contestar a tus mensajes, ¿lo sabes, verdad? —le grito mientras se aleja, aunque sueno más segura de lo que me siento.

Vane se da la vuelta y sigue andando de espaldas.

—Ya lo veremos.

Pongo los ojos en blanco y me dirijo hacia la salida. Una vez que atravieso las puertas dobles y salgo al aire fresco de la tarde, por fin suelto el aliento que llevaba conteniendo. Aprieto los dedos alrededor del teléfono, que parece pesar cien kilos.

Bajo la vista a la pantalla, donde ahora aparece su información de contacto. Vane Blackwood con un emoji de corazón verde que ha debido de añadir él. Será descarado.

—Bórralo —me digo en voz baja, con el pulgar suspendido sobre su nombre—. Bórralo y ya está.

Pero no lo hago. Lo que hago es meter el teléfono en lo más profundo del bolsillo y echar a andar hacia el aparcamiento.

La verdad me arde en el pecho, una verdad que no estoy preparada para admitir ni siquiera ante mí misma. Por mucho que Vane me exaspere, por mucho que quiera odiarlo por aquel beso forzado en la fiesta, hay algo magnético en él. Su manera de mirarme, como si viera partes de mí que nadie más percibe. Su manera de desafiarme cuando todos los demás se limitan a darme la razón.

Nuestros intercambios solían ser pura rivalidad académica, comentarios mordaces sobre las notas de los exámenes. Ahora hay una química eléctrica que chisporrotea en el aire entre nosotros cuando estamos cerca. No puedo evitar fijarme en sus labios cuando discute conmigo, o en cómo mueve las manos cuando explica algo en clase.

Odio darme cuenta de estas cosas. Odio que una parte de mí se pregunte qué habría pasado si no lo hubiera apartado aquella noche.

El teléfono me vibra en el bolsillo. Lo saco y el corazón me da un vuelco a pesar de mí misma.

Hoy estás guapa. Pero apuesto a que estarás mejor la noche del baile con tu vestido en el suelo de mi habitación.

Las mejillas me arden mientras leo el mensaje y una extraña sensación de hormigueo me recorre la piel. El corazón me martillea contra las costillas. Bloqueo el teléfono a toda prisa y lo meto de nuevo en el bolsillo sin responder. El mensaje se queda ahí mientras acelero el paso hacia el aparcamiento.

Para cuando llego al coche, todavía me tiemblan las manos. Forcejeo con las llaves y se me caen una vez antes de conseguir abrir la puerta. Durante todo el trayecto a casa, soy muy consciente del teléfono, que parece quemarme un agujero en el bolsillo, pero me niego a mirarlo de nuevo.

Veinte minutos después, aparco en la entrada de casa, una casa modesta de dos plantas con los parterres que mi madre cuida con esmero bordeando el camino hasta la puerta. La luz del porche está encendida y me da la bienvenida. Respiro hondo antes de entrar, con la esperanza de que el rubor se me haya ido de las mejillas.

—¡Ahí está! —grita papá desde la cocina cuando entro por la puerta principal. El olor a ajo y salsa de tomate llena la casa—. Justo a tiempo para cenar.

Dejo la mochila junto a las escaleras y me dirijo a la cocina, donde papá está de pie junto a los fogones, cuchara de madera en mano. Todavía lleva la camisa de vestir del trabajo, con las mangas remangadas hasta los codos, la corbata abandonada hace rato.

—¿Qué tal el club de debate, cariño? —pregunta mamá mientras levanta la vista de la ensalada que está preparando. Su sonrisa es cálida, genuina.

—Bien. Lo de siempre —digo mientras alargo la mano hacia un tomate cherry de la tabla de cortar.

Mamá me aparta la mano con suavidad.

—Lávate las manos primero, salvaje.

—Perdón —me río, y la tensión de antes empieza a desvanecerse de los hombros. Me lavo las manos como me han indicado y luego me meto el tomate cherry en la boca.

Papá me rodea con un brazo y me da un achuchón rápido.

—¿Pones la mesa? La cena está casi lista.

Mientras cojo los platos del armario, el peso del teléfono parece más ligero. Aquí, en la calidez de nuestra cocina con la charla fácil de mis padres, el mundo de Vane Blackwood queda muy lejos.