2 VANE
El bajo retumba en la casa de Jordan y hace vibrar el vaso de plástico en mi mano. Ni siquiera quería venir a esta estúpida fiesta, pero Xavier insistió en que hiciéramos acto de presencia. Algo sobre mantener conexiones sociales o la mierda que suelta últimamente.
Recorro con la mirada la abarrotada sala de estar, fingiendo que no busco a nadie en particular. Entonces la veo: Lia Morgan, apoyada contra la pared, riéndose de algo que dijo su amiga Zoe.
Lleva una blusa azul oscuro que le hace brillar la piel. El pelo le cae en ondas sueltas sobre los hombros en lugar de la coleta apretada que lleva en el instituto. Esta versión de Lia —relajada, sonriente— es rara, y me pillo mirándola más tiempo del que debería.
—Sácale una foto, durará más —murmura Xavier.
—Vete a la mierda.
Aparto la mirada.
—Solo me sorprende ver a la Señorita Perfección en una fiesta. Pensaba que estaría en casa ordenando sus libros de texto por orden alfabético o algo así.
Xavier me lanza esa mirada cómplice que odio.
—Claro. Por eso llevas buscándola desde que entramos.
—No llevo...
—Ahórratelo.
Me da una palmada en el hombro.
—Voy a por otra copa.
Apuro la cerveza de un trago y aplasto el vaso en el puño. Me da igual lo que haga Lia Morgan. Me da igual que haya respondido a todas las preguntas en Química Avanzada hoy mientras me miraba como si fuera algo pegado a la suela de su zapato. Me da igual que sea la única tía en este instituto que no me tiene miedo ni intenta tirárseme.
Nuestras miradas se cruzan al otro lado de la habitación, y por una fracción de segundo, algo pasa entre nosotros antes de que su expresión se endurezca en esa mirada familiar de desdén.
Debería alejarme. En cambio, me veo caminando hacia ella, atraído por la misma fuerza magnética contra la que llevo luchando desde primero.
—No esperaba verte aquí, Morgan —digo mientras me apoyo en la pared junto a ella—. ¿No tienes problemas de cálculo que resolver esta noche?
Pone los ojos en blanco, pero capto cómo se le curva ligeramente la comisura de la boca.
—Blackwood. Siempre tan encantador.
Su amiga Zoe me lanza una mirada antes de murmurar algo sobre ir al baño.
—Alguien tiene que compensar toda esa perfección que aportas a la sala.
Me inclino hacia ella e inspiro su aroma: algo floral.
—Aunque tengo que reconocer que estás muy guapa cuando no levantas la mano para corregir a todo el mundo.
—Tienes un don para los cumplidos envenenados —dice Lia mientras bebe de su vaso.
La música late a nuestro alrededor, pero de alguna manera ella crea una burbuja donde solo importa su voz.
—Tengo muchos talentos —digo con una sonrisa de suficiencia mientras la veo poner los ojos en blanco otra vez—. La mayoría te resultarían bastante chocantes.
—Dudo que a estas alturas algo de ti pueda sorprenderme.
Algo destella en su expresión: no el desprecio habitual, sino algo más suave.
Me inclino más.
—¿Eso es un desafío, Morgan?
—Es una observación.
No retrocede como esperaba.
—Te esfuerzas mucho en ser el chico malo al que todos temen.
—Y tú te esfuerzas igual en ser perfecta.
Hago un gesto hacia ella con el vaso vacío.
—Todos tenemos un papel que interpretar.
—¿Eso es lo que crees que hago? ¿Interpretar un papel?
Sus ojos ámbar se clavan en los míos, seria de repente.
—¿No lo hacemos todos?
Las palabras salen más sinceras de lo que pretendía.
Me estudia un momento.
—Quizás. Pero algunos no tenemos elección.
—Todo el mundo puede elegir —digo, pero las palabras me saben amargas.
Vaya elección tuvimos después de que mamá muriera al traer a Knox al mundo. Papá ya no estaba: accidente de moto dos meses antes. El apellido Blackwood significaba algo entonces. Ahora solo somos cuatro hermanos luchando por seguir juntos en un sistema que quiere separarnos.
Lia me estudia con esos ojos penetrantes, como si intentara calcular el vértice de una ecuación cuadrática.
—¿Por eso actúas como si no te importara nada? ¿Porque que te importe duele demasiado?
Suelto una risa hueca y cortante.
—Joder, Morgan. Guárdate el psicoanálisis para las solicitudes de la universidad.
Aparto la mirada, incómodo con la facilidad con la que traspasa la armadura que llevo años construyendo. Hay verdades que no deberían diseccionarse en medio de una fiesta abarrotada.
Su expresión se suaviza.
—Tu hermano tiene ocho años, ¿no?
—Buena memoria.
Me sorprende que se acordara de ese detalle de nuestra conversación en el laboratorio.
—Un pequeño terror. Pero listo como él solo.
—Será cosa de familia —dice, y al instante parece arrepentirse del cumplido.
Esbozo una sonrisa, pero me sale forzada.
—El encanto y la inteligencia Blackwood. Lo único que nos dejaron nuestros padres que los parientes lejanos no pudieron quitarnos.
—¿Qué quieres decir?
No debería estar contándole esto. Pero algo en la música, las luces tenues, la forma en que me mira —no con lástima, sino con auténtica curiosidad— me suelta la lengua.
—Mi padre tenía dinero. Mi madre también. Negocio familiar. Pero está todo bloqueado en fideicomisos hasta que cumplamos veintiuno.
Le doy un trago al vaso vacío, olvidando que no queda nada.
—Mientras tanto, el querido tío Richard y la tía Helen encantados de quedarse con todo lo demás mientras nos dejaban tirados en casas de acogida.
—Qué horror —dice, y odio lo sincera que suena.
—Es lo que hay.
Me encojo de hombros, incómodo con su compasión.
—Xavier tiene veinte. En un año recibe su parte. Entonces las cosas cambiarán.
—¿Y hasta entonces?
Hasta entonces, sobrevivimos a duras penas. Hasta entonces, Xavier se mata a trabajar. Hasta entonces, Landon finge no oír a Knox llorando por las noches, preguntando por unos padres que nunca conoció. A Landon nunca se le dio bien el llanto. Por suerte, yo me las apaño mejor con Knox; al fin y al cabo, no estoy completamente pirado.
Cierro la boca de golpe, cayendo en la cuenta de que le he estado soltando mis miserias a Lia Morgan, precisamente a ella. Primero en química, ahora en esta estúpida fiesta. ¿Qué demonios me pasa?
Me mira con esos ojos ámbar que ven demasiado, y no lo soporto. Tengo que cortar esto de raíz antes de contarle algo de lo que me arrepienta de verdad.
—Bailemos —suelto de golpe, señalando con la cabeza la masa de cuerpos que se mueve en el centro de la sala.
Arquea las cejas.
—Ni de coña.
—¿Por qué no? ¿Te da miedo no poder seguirme el ritmo en la pista también?
—Puedo seguirte el ritmo donde sea, Blackwood —alza la barbilla con ese gesto desafiante que siempre me oprime el pecho—. Es que no quiero bailar contigo.
—Mentira —me acerco un paso, lo bastante para ver las motas doradas en sus ojos—. Tienes miedo.
—¿De ti? —suelta una risa forzada—. Por favor.
—No de mí —me inclino y bajo la voz—. De esto —señalo el espacio entre los dos—. Sea lo que sea.
Cruza los brazos, pero le tiemblan ligeramente los dedos.
—No hay ningún «esto». Solo eres un imbécil y yo te aguanto.
—¿Eso es lo que haces? ¿Aguantarme? —le aparto un mechón de pelo detrás de la oreja y la oigo contener el aliento—. Porque esto parece otra cosa muy distinta.
—No —retrocede un paso, pero no antes de que vea cómo se le encienden las mejillas.
—¿No qué, Morgan? ¿Que no me dé cuenta de cómo me miras cuando crees que no te veo? ¿Que no te recuerde que podrías haber cambiado de compañero de laboratorio hace semanas y no lo hiciste?
—Estás delirando —pero su voz no suena muy convencida.
—¿Ah, sí? —vuelvo a acercarme, acorralándola contra la pared. Sin tocarla, pero lo bastante cerca para sentir el calor que desprende su cuerpo—. Dime que me vaya ahora mismo y me iré.
Se le entrecorta la respiración mientras me mira con los labios entreabiertos. La música retumba a nuestro alrededor, pero solo oigo la sangre latiéndome en los oídos, solo veo cómo se le oscurecen los ojos al bajar la mirada hacia mi boca.
—Yo... —empieza, pero se calla.
Su vacilación es toda la respuesta que necesito. La agarro de la muñeca y tiro de ella entre la multitud, ignorando las miradas atónitas de sus amigas. La música atronadora ahoga sus protestas mientras me abro paso entre cuerpos sudorosos hacia el pasillo.
—Vane, ¿qué estás...?
Encuentro un dormitorio vacío y la meto de un tirón, cerrando la puerta de una patada. La música queda reducida a un golpeteo lejano, sustituido por el sonido de nuestra respiración.
—Esto es lo que quieres —digo, acorralándola contra la pared—. Deja de fingir.
Antes de que pueda replicar, estrello mis labios contra los suyos, con una mano en su cintura y la otra apoyada en la pared junto a su cabeza. Durante una fracción de segundo, su cuerpo cede contra el mío y siento una oleada de triunfo.
Entonces me pone las manos en el pecho y me empuja hacia atrás.
—¿Qué coño? —se limpia la boca con el dorso de la mano, los ojos encendidos de rabia—. No puedes arrastrarme aquí sin más y...
—No actúes como si no te hubiera gustado —me sale la voz más dura de lo que pretendía—. Sentí cómo me devolvías el beso.
—¡Durante medio segundo antes de darme cuenta de lo que estaba pasando! —sus mejillas se tiñen de un rojo carmesí—. No puedes manosear a la gente porque te apetezca, Blackwood.
El rechazo me quema por dentro como ácido. Nadie le dice que no a un Blackwood, ni a Xavier, ni a mí.
—Entonces, ¿qué eres, una calientapollas? —escupo, acercándome de nuevo—. Todas esas miradas en clase de química, toda esa tensión... ¿solo te pone que te presten atención?
—Supéralo —intenta pasar junto a mí hacia la puerta—. Esto fue un error.
Le bloqueo el paso mientras la ira me recorre las venas.
—No vas a largarte así como así.
—Mírame bien —me sostiene la mirada sin inmutarse—. Y si vuelves a tocarme sin permiso, te arrepentirás.
Algo oscuro se retuerce dentro de mí, una sensación familiar cuando no me salgo con la mía. Un legado Blackwood de desear, tomar, poseer.
Retrocedo y bajo el brazo para dejarla pasar. La furia me late por dentro, pero obligo a mi rostro a mostrar indiferencia.
—Bien —hago un gesto desdeñoso hacia la puerta—. Huye, Morgan.
Entrecierra los ojos, escrutando mi rostro en busca de la trampa que sospecha. Chica lista. Pero no la encontrará, todavía no.
—Esto no es huir —dice con la mano en el pomo—. Esto es poner límites.
Suelto una carcajada tan cortante que la hace estremecerse.
—Llámalo como quieras si eso te ayuda a dormir.
Vacila, y casi puedo ver cómo le dan vueltas los engranajes detrás de esos ojos ámbar. Parte de ella quiere quedarse, pelear, demostrar que no tiene miedo. Se me ha metido en la cabeza tanto como yo a ella.
—¿Sabes cuál es tu problema? —dice con la barbilla alzada—. Que crees que todos deberían caer rendidos a tus pies solo porque a ti te da la gana.
—Solo los que merecen la pena.
Se le encienden las mejillas y sé que he dado en el clavo. Bien. Que se lleve eso consigo.
—Adiós, Vane.
No respondo mientras se escabulle y cierra la puerta tras ella. La habitación parece más vacía sin su fuego. Espero, contando respiraciones hasta asegurarme de que se ha ido, y entonces estrello el puño contra la pared.
El dolor me centra, me despeja la cabeza. Esto no ha terminado, ni de lejos. Lia Morgan se ha ido esta noche, pero volverá. Siempre vuelven. Solo que la próxima vez me aseguraré de que me suplique atención.
Solo tengo que cambiar de táctica. Está claro que el enfoque directo no funcionará con ella. Tiene que creer que es idea suya, que es su elección. Y en cuanto se lo crea, en cuanto baje la guardia...
Se dará cuenta de que los Blackwood siempre conseguimos lo que queremos. Y yo la quiero a ella.