Acosada (Hermanos Blackwood)
© inepub.com
1 LIA
HACE QUINCE AÑOS…
Dejo caer el libro de texto sobre el escritorio de un golpe, sin siquiera intentar ocultar mi irritación cuando Vane Blackwood entra en Química Avanzada como si fuera el dueño del lugar. Diez minutos tarde. Otra vez.
—Qué amable por unirse a nosotros, señor Blackwood —dice el señor Peterson, apenas levantando la vista de la ecuación que está escribiendo.
Vane sonríe con suficiencia, esa media sonrisa irritante que hace suspirar a las chicas y que a mí me da ganas de borrársela de la cara. Se desliza en el asiento junto al mío, el único vacío en el laboratorio.
—Buenos días, Morgan —susurra, inclinándose más de lo necesario—. ¿Me echaste de menos?
—Como a una amigdalitis. —Me aparto y me concentro en mis apuntes.
El señor Peterson nos empareja para el experimento y me planteo las probabilidades de envenenar accidentalmente a mi compañero de laboratorio. Vane alcanza el vaso de precipitados al mismo tiempo que yo y sus dedos rozan los míos. Retiro la mano como si me hubiera quemado.
—¿Algún problema? —Sus ojos verdes se clavan en los míos, desafiantes.
—Solo me pregunto cómo alguien que no se digna a llegar a clase a tiempo va a aportar algo útil cuando se ha perdido toda la explicación de la tarea. —Mido el hidróxido de sodio y me niego a mirarlo.
—Saqué la nota más alta en el parcial. —Se apoya en la mesa del laboratorio, con los brazos cruzados—. ¿Y tú qué excusa tienes para quedar segunda?
Me arden las mejillas. Un punto. Me ganó por un punto y nunca me lo ha dejado olvidar.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo al experimento; añado con cuidado la base a nuestra solución. Un punto. No debería molestarme tanto, pero con Vane todo me saca de quicio.
—Al menos podrías fingir que te importa tu educación —murmuro mientras observo cómo el líquido cambia de color—. Algunos no tenemos el lujo de ir tirando solo con talento natural.
Algo cambia en su expresión: una tensión alrededor de los ojos que nunca le había visto antes.
—No sabes nada de mí. —Le baja la voz, perdiendo ese tono arrogante tan característico.
—Sé lo suficiente.
Se ríe, pero suena hueco.
—Solo sabes lo que te dejo ver.
Me detengo con la pipeta suspendida sobre el vaso de precipitados. Hay algo en su tono que me hace mirarlo, mirarlo de verdad. Tiene ojeras y la cara más delgada de lo que recuerdo.
—¿Todo bien en casa? —La pregunta se me escapa antes de poder evitarlo.
A Vane se le tensa la mandíbula.
—Espectacular. Xavier está haciendo turnos dobles en el taller, Landon es un puto psicópata y Knox prendió fuego a la cocina anoche al intentar hacer la cena. —Sacude la cabeza—. Pero bueno, al menos ya no estamos en una casa de acogida donde nos maltrataban.
La naturalidad con que suelta esta información me deja muda. Sabía que los hermanos Blackwood habían pasado por varias casas de acogida desde que murieron sus padres. Lo que no sabía es que Xavier mantiene a sus hermanos con solo veinte años.
—No lo sabía.
—¿Por qué ibas a saberlo? —Mide el siguiente reactivo—. No es que vaya pregonándolo por ahí.
—¿Por eso llegas siempre tarde? ¿Por llevar a tus hermanos al colegio?
A Vane se le tensa la mandíbula.
—Alguien tiene que asegurarse de que lleguen.
Lo observo trabajar y de repente veo más allá de la fachada arrogante, veo la responsabilidad que pesa sobre sus hombros. No excusa su comportamiento, pero explica mucho más de lo que esperaba.
Abro la boca para decir algo —no estoy segura de qué—, pero el rostro de Vane ya se ha transformado; ese breve destello de vulnerabilidad ha desaparecido sin dejar rastro.
—No te me pongas blanda ahora, Morgan. —Su sonrisa de suficiencia regresa; los muros, reconstruidos más altos que antes—. No necesito tu lástima.
—Créeme, lástima es lo último que siento por ti. —Me concentro en valorar nuestra solución y me niego a reconocer el nudo que tengo en el pecho. Es más fácil así, volver a lo que conocemos.
Vane se inclina sobre mi hombro; su aliento cálido me roza el cuello.
—Estás echando demasiado. El indicador está a punto de virar.
Me aparto de él bruscamente.
—Sé lo que hago.
—Ya lo veo. —Observa cómo la solución se vuelve de un rosa brillante, pasándose del punto de equivalencia—. Trabajo perfecto, como siempre, segunda.
—La diferencia entre nosotros es que yo estoy aquí para aprender, no solo para incomodar a todo el mundo —le espeto, odiando lo fácil que me saca de quicio—. A algunos de verdad nos importa nuestro futuro.
—Y algunos tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos que las clases aburridas de Peterson. —Me quita el matraz de la mano y nuestros dedos vuelven a rozarse. Esta vez no me aparto lo bastante rápido y algo eléctrico me recorre el brazo.
Vane se da cuenta —por supuesto que se da cuenta— y sus labios se curvan en algo más oscuro que su habitual sonrisa de suficiencia.
—¿En qué estás pensando ahora mismo?
—Solo me pregunto si la arrogancia es contagiosa. —Me doy la vuelta con la esperanza de que no vea el rubor que me sube por el cuello—. Odiaría pillar tu cepa particular.
Se ríe, una risa grave y lo bastante genuina como para que varias cabezas se vuelvan hacia nosotros.
—No podrías ser arrogante ni aunque quisieras. Estás demasiado ocupada siendo perfecta.
—No soy perfecta. —Las palabras me salen más a la defensiva de lo que pretendía.
—¿No? —Vane se inclina de nuevo, lo bastante cerca como para que pueda olerle la colonia, algo amaderado que no, definitivamente no acelera mi pulso—. Pues lo disimulas muy bien.
Sus ojos bajan a mis labios un segundo antes de volver al experimento, y me deja desconcertada y furiosa conmigo misma.
Suena el timbre y nunca he recogido mis cosas tan rápido. Necesito alejarme de Vane y del extraño efecto que tiene sobre mí, especialmente ahora que sé cosas que preferiría no saber. Conocer su situación familiar hace más difícil odiarlo, y necesito ese odio. Me da fuerzas.
Salgo disparada por el pasillo y casi paso de largo a mis amigos.
—Tierra llamando a Lia —dice Megan, apoyada en las taquillas. Lleva el pelo rizado recogido en un moño despeinado que, no sé cómo, le queda elegante sin esfuerzo—. Parece que estés planeando un asesinato.
—Eso hago —murmuro mientras me uno a ella y al resto del grupo. James y Zoe ya están enfrascados hablando del examen de cálculo, y Dani está pegada al móvil.
—Déjame adivinar —dice Dani, alzando la mirada—. ¿Vane Blackwood?
—¡Es insufrible! Tendrías que haberlo visto hoy, llegando tarde con esos aires de superioridad como si fuera el mejor regalo del mundo para la química, y encima va y critica mi técnica de laboratorio.
James se ajusta las gafas.
—Bueno, siendo justos, el tío es un genio.
—No me ayudas —siseo.
—Hablando del rey de Roma —murmura Dani, dándome un codazo.
Me giro y veo a Vane pasar con unos tíos del equipo de baloncesto. Afloja el paso al verme, y al instante aparece esa sonrisa exasperante.
—¿Ya le estás contando a tu club de fans lo de nuestra clase de química? —me suelta—. Tranquila, no les diré que casi haces explotar el laboratorio.
—Yo no... —empiezo, pero ya se aleja riéndose con sus amigos.
—¿Por qué dejas que te afecte tanto? —pregunta Megan mientras vamos hacia la salida—. ¿Vamos a por café en la hora libre? Necesito cafeína antes de español.
—Sí, porfa —acepta Zoe—. Le mando un mensaje a Jordan para que nos vea allí.
—No dejo que me afecte —insisto mientras las sigo hacia el aire fresco del otoño—. Es que es tan...
—¿Bueno? —sugiere Dani, sonriendo cuando la fulmino con la mirada—. ¿Qué pasa? Puedes odiar a alguien y reconocer que está bueno. Se llama tener ojos en la cara.
—Se llama tener un gusto pésimo —replico mientras cruzamos hacia Beans, nuestra cafetería favorita.
—El pésimo gusto es cosa de James —dice Megan, esquivando el manotazo flojo de James.
—Mi gusto para elegir amigos, por lo visto —replica, pero sonríe.
La cola en Beans llega casi hasta la puerta, pero pillamos nuestro reservado de siempre en la esquina mientras Megan y James van a pedir.
—A ver —Dani se sienta a mi lado y baja la voz—, del uno al diez, ¿cuántas ganas tienes de estrangular a Vane hoy?
—Quince —digo mientras saco los apuntes de cálculo—. Y antes de que vuelvas con la teoría de la tensión sexual...
—¡Si no he dicho nada! —Dani levanta las manos haciéndose la inocente, pero su sonrisita lo dice todo.
Zoe se ríe mientras se sienta frente a nosotras.
—Se te pone la cara roja cada vez que mencionan su nombre. Es adorable.
—Se llama rabia —la corrijo, notando cómo ese calor delator me sube por el cuello—. Rabia pura.
—Ya, ya —la mirada cómplice de Dani me da ganas de meterme debajo de la mesa.
James y Megan vuelven con una bandeja de bebidas, salvándome de más interrogatorio.
—Un café con leche de vainilla para la señorita que definitivamente no está pensando en los bíceps de Vane Blackwood —anuncia Megan, pasándome la bebida.
Casi me atraganto.
—Yo no estaba...
—Tus palabras exactas cuando lo vimos en el gimnasio la semana pasada fueron: Debería ser ilegal rellenar así una camiseta —me recuerda James, ajustándose las gafas con una sonrisa.
—Eso fue... Lo que quería decir es que estaba distrayendo a la población femenina de sus entrenamientos —rodeo la taza con las manos, concentrándome en el calor y no en el recuerdo de los brazos de Vane.
—Claro —dice Zoe mientras remueve su chai—. Igual que odias su estúpida sonrisita y su estúpida mandíbula perfecta.
Suelto un gemido y dejo caer la cabeza sobre el libro.
—¿Podemos hablar de cualquier otra cosa, por favor?
La verdad es que Vane Blackwood es objetivamente atractivo. No estoy ciega. Pero reconocerlo es como cederle terreno en nuestra rivalidad, como darle un poder que no merece. Es más fácil centrarme en lo mucho que odio su arrogancia, su desprecio olímpico por las normas y esa forma exasperante que tiene de hacerme sentir que siempre voy un paso por detrás.
—Vale —cede Megan—. Pero por mucho que lo niegues, te parece guapo.
—Puedo pensar que alguien es atractivo y a la vez que es el equivalente humano de un corte de papel —murmuro contra la taza.
—Ya basta de hablar de Vane, tengo una pregunta sobre el examen de cálculo —dice Zoe, cambiando de tema para mi alivio—. ¿Alguien entendió esa fórmula rara de integración de la que hablaba Kendall ayer?
Me agarro al salvavidas, agradecida por cualquier tema que no sea Vane Blackwood.
—¿Te refieres a la integración por partes?
Mientras James se lanza a una explicación que, no sé cómo, es más complicada y menos útil que el libro de texto, intento concentrarme en mi café con leche. La vainilla cálida y dulce suele calmarme, pero hoy mis pensamientos no paran de volver a la clase de química. A esas ojeras de Vane. A ese comentario suyo de pasada sobre que él y Xavier cuidan de sus hermanos pequeños.
Sacudo la cabeza. Basta. Me niego a compadecerlo. Hay mucha gente con vidas difíciles que no va por ahí comportándose como imbéciles engreídos.
—Tierra llamando a Lia, otra vez —Megan me pasa la mano por delante de la cara—. Estamos hablando de la fiesta de Jordan este finde. ¿Vas a venir o qué?
—Perdona —murmuro—. Sí, seguramente. Depende de cuántos deberes nos pongan.
Dani pone los ojos en blanco.
—Cómo no.
—Algunas nos preocupamos por nuestro futuro —digo, y hago una mueca al darme cuenta de que acabo de repetir exactamente lo que le dije a Vane antes.
—El futuro puede esperar una noche —dice Zoe—. Es nuestro último año. Se supone que tenemos que divertirnos un poco antes de que las solicitudes universitarias nos devoren el alma.
Asiento, fingiendo considerar la fiesta mientras mi mente vuelve obstinadamente a Vane. Lo imagino en casa, asegurándose de que Knox no queme la casa, comprobando los deberes de Landon. No encaja con la imagen que me he formado de él a lo largo de los años.
—¿Habéis terminado ese ensayo de inglés? —pregunto, intentando desesperadamente desviar mis propios pensamientos—. No estoy segura de mi conclusión.
James se queja.
—No me lo recuerdes. He reescrito el mío tres veces.
Bien. Esto es territorio seguro. El instituto, las tareas, cosas típicas de amigos. Nada de ojos verdes que parecen leerme el pensamiento, ni de esa extraña sensación eléctrica cuando nuestras manos se rozaron.
Doy un buen trago a mi café con leche y me quemo la lengua. Quizás el dolor físico anule el cortocircuito que está sufriendo mi cerebro hoy.