6 VANE
Me ajusto la corbata por quinta vez, mirando la puerta principal de los Morgan como si fuera la entrada a una prisión. El corazón me martillea contra las costillas mientras una sensación extraña me recorre las venas: nerviosismo. Vane Blackwood no se pone nervioso, ni durante los exámenes, ni en las peleas, nunca.
Pero ¿conocer a los padres de Lia? Eso es otra historia.
Las figuras de autoridad y yo no nos llevamos bien. Profesores, directores, policías, trabajadores sociales: ven un problema, no una persona. Y los padres son los peores. Esa mierda de «¿Cuáles son tus intenciones con mi hija?» normalmente me da ganas de sonreír con sorna o de soltar un puñetazo.
Respiro hondo y toco el timbre antes de poder convencerme de lo contrario.
La puerta se abre y una mujer con los ojos de Lia me sonríe.
—¡Tú debes de ser Vane! Pasa, pasa.
Entro con los hombros tensos, buscando amenazas por costumbre.
—¡Cariño, tu cita está aquí! —grita hacia las escaleras antes de volverse hacia mí—. Soy Diana, la madre de Lia. Está terminando de arreglarse.
Un hombre alto aparece desde lo que parece ser el salón, y me preparo. Me tiende la mano y dudo antes de estrechársela.
—Vane, encantado de conocerte. Soy Robert —dice el padre de Lia con un apretón firme pero amistoso. Sin miradas asesinas, sin tácticas de intimidación. Solo un apretón de manos normal.
Carraspeo.
—Encantado de conocerlos, señor y señora Morgan.
—Por favor, llámanos Robert y Diana —dice su madre, quitándole importancia a la formalidad con un gesto—. En realidad, hemos oído muy poco sobre ti. Lia es muy reservada con su vida en el instituto.
Eso explica la cálida bienvenida. Si supieran la mitad de la mierda que ha pasado entre nosotros, me estarían apuntando con una escopeta en lugar de sonreírme.
—¿Puedo ofrecerte algo de beber mientras esperas? ¿Agua? ¿Refresco? —pregunta Diana.
—Agua estaría genial, gracias —digo, sorprendido por su hospitalidad.
Robert señala hacia el salón.
—Ven, siéntate. Tengo entendido que estás en Química Avanzada con Lia, ¿verdad?
Lo sigo, fijándome en las fotos familiares que cubren las paredes del pasillo. Lia a distintas edades, siempre con esa sonrisa que me vuelve loco.
—Sí, señor. Somos compañeros de laboratorio.
—Eso es estupendo. A Lia siempre le ha apasionado la ciencia, pero su verdadera pasión son las artes.
La conversación fluye más fácilmente de lo que esperaba. Sin interrogatorio sobre mis intenciones, sin amenazas veladas. Solo preguntas normales sobre el instituto y planes de futuro.
Diana vuelve con el agua.
—El ramillete para Lia es precioso —comenta, señalando la caja transparente que llevo en la mano.
—Gracias. La florista me ayudó a elegir algo que combinara con su vestido.
—Muy considerado —dice con una sonrisa sincera.
Me relajo un poco, hundiéndome en su cómodo sofá. Esta gente no es nada de lo que esperaba. Son... amables. Normales.
Mi conversación con los padres de Lia se interrumpe por el sonido de unos pasos suaves en la escalera. Me giro y el vaso de agua casi se me escapa de la mano.
Joder.
Lia baja la escalera con un vestido verde oscuro que se ciñe a cada curva antes de abrirse a la altura de las rodillas. El color hace que sus ojos ámbar brillen como oro a la luz del fuego. Su pelo negro cae sobre un hombro en ondas sueltas, y lleva un maquillaje que realza sus rasgos en lugar de ocultarlos: sutil, excepto por esos labios, pintados de un rojo intenso que me deja la boca seca.
—Estás... —empiezo, pero las palabras me fallan. He visto a Lia enfadada, nerviosa, concentrada en un experimento de laboratorio, incluso desmoronándose en mi pantalla, pero nunca la he visto así. Radiante.
Llega al último escalón con una sonrisa tímida en la comisura de los labios.
—Tú también estás muy guapo, Blackwood.
Llevo un traje negro sencillo con una corbata verde que combina con su vestido. Dejo el vaso de agua y me acerco a ella, de pronto consciente de que sus padres nos observan.
—Esto es para ti —digo, abriendo la caja transparente que contiene un ramillete de rosas blancas con cintas verde oscuro. Mis manos están firmes mientras se lo deslizo en la muñeca, pero mi pulso no. Su piel está cálida bajo mis dedos.
—Es precioso —susurra, y por un momento solo existimos nosotros.
Diana rompe el hechizo.
—¡Dejad que os haga una foto!
Posamos para lo que parece una docena de fotos antes de que por fin enlace mi brazo con el de Lia.
—¿Lista? —pregunto.
—Sí, estoy lista —responde, con un matiz en la voz que no logro identificar del todo: anticipación, quizá. O aprensión.
—Que lo paséis muy bien —dice Robert mientras nos dirigimos a la puerta.
—No os preocupéis por llegar demasiado tarde —añade Diana con una sonrisa.
En mi coche, el silencio se instala entre nosotros como una presencia física. Arranco el motor y le lanzo miradas furtivas mientras me alejo de la acera. La tensión es tan densa que podría cortarse.
Por fin, en un semáforo en rojo, me vuelvo hacia ella.
—Estás impresionante, Lia. Lo digo en serio.
—Gracias —dice en voz baja, alisándose el vestido sobre los muslos. Sin réplica sarcástica, sin poner los ojos en blanco. Solo una simple aceptación que me descoloca más que cualquier respuesta mordaz.
El semáforo se pone en verde y me concentro en conducir, lanzándole miradas furtivas cuando puedo. El silencio entre nosotros no es exactamente cómodo, pero tampoco hostil. Está cargado, como el aire antes de una tormenta.
Cuando entramos en el aparcamiento del instituto, los graves de la música retumban contra las ventanillas de mi coche. Grupos de estudiantes vestidos de gala se arremolinan en la entrada, riendo y haciéndose fotos. Apago el motor y me vuelvo hacia Lia.
—¿Lista para esto? —pregunto, viendo cómo juguetea con el ramillete.
Me mira a los ojos con un destello de incertidumbre en el rostro.
—¿Y tú?
Le tomo la mano y le acaricio los nudillos con el pulgar. —Te lo pedí yo, ¿recuerdas? Sé perfectamente lo que hago.
La tensión crepita entre nosotros mientras bajo del coche y rodeo para abrirle la puerta. Cuando se levanta, las luces del aparcamiento hacen brillar su vestido, y tengo que contenerme para no quedarme embobado.
Le ofrezco el brazo. Duda solo un segundo antes de entrelazar su mano. El calor de su cuerpo pegado al mío me acelera el pulso.
Al acercarnos a la entrada, la gente empieza a volverse. Estallan los susurros. Un novato casi tropieza con el vestido de su pareja al vernos.
—¿Esa es Lia Morgan con Vane Blackwood?
—No puede ser...
—¿No lo odiaba?
—¡Pensaba que iban a matarse en Química la semana pasada!
Guío a Lia a través de las puertas decoradas hacia el gimnasio transformado, con la mano en la parte baja de su espalda. La música retumba mientras las conversaciones se interrumpen y las miradas se vuelven hacia nosotros. Es como Moisés abriendo el Mar Rojo: la gente literalmente se aparta para dejarnos pasar.
—Todo el mundo nos mira —murmura Lia, apenas moviendo los labios.
—Que miren —digo, apretándola más por la cintura—. Solo están flipando porque los dos rivales entran juntos.
El DJ pone una canción más lenta y las luces se atenúan sobre la pista. Momento perfecto.
—Baila conmigo —digo, más como una orden que como una pregunta. Le tiendo la mano y veo cómo abre ligeramente los ojos.
Duda, mirando hacia el borde del gimnasio. Sigo su mirada hasta donde están sus amigos, junto al ponche: Megan, Zoe, Dani y James.
Megan cruza la mirada con Lia y sonríe, levantando el pulgar con entusiasmo. Los demás la imitan, incluso James, aunque a regañadientes.
A Lia se le escapa una sonrisa. —Parece que tengo su bendición —dice, volviéndose hacia mí.
—Como si la necesitaras —respondo, aún con la mano extendida.
—Vale —acepta, colocando su mano en la mía—. Un baile, Blackwood.
La guío al centro de la pista, consciente de las miradas curiosas que nos siguen. Mi mano se desliza hasta su cintura y la atraigo más cerca de lo estrictamente necesario. Su cuerpo se tensa antes de relajarse poco a poco contra el mío.
—Nunca te había visto nerviosa —murmuro mientras empezamos a movernos—. Es adorable.
—No estoy nerviosa —protesta, aunque me clava los dedos en el hombro—. Solo estoy... procesando lo surrealista de bailar con mi némesis en el baile de graduación.
Me río. —¿Némesis? ¿Así llamas a alguien con quien te has corrido?
Se sonroja de una forma preciosa. —Cállate —susurra, mirando alrededor para asegurarse de que nadie lo ha oído.
—Oblígame —la desafío, atrayéndola hasta que nuestros cuerpos quedan pegados.
No se aparta. En cambio, sus ojos ámbar se clavan en los míos, una batalla silenciosa de voluntades mientras nos balanceamos al ritmo de la música. Su vestido parece líquido bajo mi palma, y el aroma de su perfume —algo floral con un toque especial— me inunda los sentidos.
—Bailas mejor de lo que esperaba —admite después de un momento.
—Estoy lleno de sorpresas.
La canción termina y la siguiente es más rápida, pero la mantengo cerca, sin querer romper este momento. Cuando sus caderas empiezan a moverse contra las mías al ritmo, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no sacarla de aquí ahora mismo.
—¿Ya te estás divirtiendo? —pregunto.
Sonríe, no con su sonrisa habitual y cautelosa, sino con una sonrisa de verdad. —Sorprendentemente, sí.
Bailamos tres canciones más y su cuerpo se va relajando con cada una. Cuando se ríe de algo que digo y echa la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto la delicada línea de su garganta, tengo que apretar la mandíbula para no besarla allí mismo en la pista.
Más tarde, nos unimos a sus amigos en su mesa. Hasta ellos parecen aceptarme, aunque James sigue mirándome como si fuera a robarle la cartera. Chico listo.
—¿Quieres algo de beber? —le pregunto a Lia. Necesito un momento para recomponerme.
—Sí, por favor —dice, y me aprieta la mano suavemente.
Junto al ponche, respiro hondo. Mi mente no para de adelantarse, de imaginar qué pasará cuando termine el baile, cuando estemos a solas.
Quiero ser el primero. Solo pensar en tomar su virginidad, en ser el único que la haya tenido, me recorre el cuerpo como una oleada de calor. Quiero marcarla como mía de todas las formas posibles.
Cuando vuelvo con las bebidas, está riéndose con Megan de algo. Nuestras miradas se cruzan mientras me acerco, y la sonrisa que me dedica es como un puñetazo en el estómago. Mía. Debería ser mía.
Le doy el vaso y nuestros dedos se rozan. —¿Quieres que nos vayamos después de esto? —pregunto en voz baja.
—¿Para ir adónde? —pregunta, pero sus ojos dicen que ya lo sabe.
—A cualquier parte. A todas partes. —Me acerco más, con los labios casi rozándole la oreja—. Solo quiero tenerte para mí.
Le veo el pulso latir en la garganta mientras lo considera. Toda la noche he estado imaginando quitarle ese vestido, tumbarla, ser el primero en reclamarla.
Da un sorbo al ponche sin apartar los ojos de los míos por encima del borde del vaso de plástico. Espero resistencia, un desafío, quizá incluso un no rotundo. Esa es nuestra dinámica: tira y afloja, un constante vaivén.
En cambio, deja el vaso y dice: —Vale.
Esa única palabra me pilla desprevenido. Parpadeo, sin saber si la he oído bien.
—¿Vale? —repito.
—Sí. —Se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja, y ese rubor que me encanta se extiende por sus mejillas—. Salgamos de aquí.
El corazón se me acelera aún más, la sangre me baja tan rápido que me mareo. No estaba preparado para que aceptara tan fácilmente. Pensaba que tendría que convencerla, ir desgastando sus defensas con más baile, más caricias, más promesas susurradas.
—¿Ahora? —pregunto, solo por asegurarme.
Se ríe bajito.
—Antes de que cambie de opinión, Blackwood.
No hace falta que me lo diga dos veces. Le tomo la mano y entrelazo mis dedos con los suyos. La calidez de su palma contra la mía es diferente ahora: una promesa en lugar de un desafío.
—Deja que le diga a Megan que nos vamos —dice.
Asiento, observando cómo se inclina hacia su amiga. Las cejas de Megan se arquean de golpe y le lanza a Lia una mirada entre preocupada y emocionada. Lia dice algo que hace reír a Megan, y entonces Megan me mira con renovado interés.
Cuando Lia vuelve a mi lado, le rodeo la cintura con el brazo.
—¿Lista?
—Lista —confirma, y hay algo en su voz: una certeza que iguala el calor de sus ojos.
Mientras caminamos hacia la salida, no puedo dejar de pensar en lo que está a punto de pasar. Esta noche es la noche. Después de toda la tensión, las peleas, las provocaciones virtuales, por fin voy a tenerla. No a través de una pantalla, no en mi imaginación. De verdad.
Voy a ser el primero. Voy a hacerla mía centímetro a centímetro, como nadie lo ha hecho jamás.