Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cuarenta y siete
97%

Cuarenta y siete

Evie

Me acerqué con la moto a la puerta del Maverick Moto, con el motor todavía ronroneando bajo mi cuerpo. Una hora conduciendo no había bastado para aclararme las ideas tanto como esperaba.

Pero lo que realmente había pretendido era que la Arpía de Hielo y yo empezáramos a llevarnos un poco mejor.

Habían pasado dos semanas desde que mi vida tal y como la conocía se hiciera añicos ante mis propios ojos, desde que todo el mundo había descubierto que Aiden y yo estábamos juntos, desde que Zack nos había traicionado, desde que yo me había enterado de que era adoptada...

Habían sido demasiadas cosas a la vez, y todavía me entraban ganas de llorar de vez en cuando.

De alguna manera, estaba llorando la muerte de la Evie que había sido, aunque siguiera siendo la misma.

Rook me había ayudado bastante, aunque nunca había dejado de lanzarnos miraditas fulminantes a Aiden y a mí siempre que nos veía juntos, o de soltarle alguna clase de pulla a Aiden por haber ido a saco a por su hermana, diciendo que yo siempre había estado fuera de su alcance.

Era como si, para Rook, nada hubiera cambiado, y sabía que tenía que seguir su ejemplo. Daba igual quiénes hubieran sido mis padres biológicos. Mis padres, mis padres de verdad , habían muerto para protegerme, y me negaba a traicionarlos cuestionándome si alguna vez había sido realmente su hija.

Pero eso no impedía que esa clase de pensamientos descabellados me atormentaran, que me intentasen convencer de que en realidad nunca había sido suya.

Bajé el caballete de la moto de una patada y dejé el casco colgado del manillar antes de adentrarme en el taller.

El olor a aceite de motor y cuero me golpeó de lleno en cuanto entré en el garaje, y ese olor familiar logró apaciguar algo que me inquietaba por dentro.

Oí unas cuantas risas y pude ver que estaban todos reunidos alrededor del sofá, junto a la ventana que daba a mi despacho, antes de captar de reojo un destello de movimiento entre las sombras.

Aiden.

Supe que era él antes incluso de darme la vuelta. Pude sentir su calidez en mi espalda, la forma en que se me erizó la piel al percatarme de su presencia, esa atracción que siempre había existido entre nosotros.

Y entonces sus manos se posaron sobre mi cuerpo.

En un momento, estaba caminando sin más hacia el sofá, y al siguiente Aiden me había rodeado la cintura con los brazos y me estaba alzando en volandas sin esfuerzo. Solté un pequeño gritito ahogado de sorpresa, pero, antes de que pudiera decir nada, sus labios se posaron sobre los míos.

El beso fue brusco, intenso, posesivo. Su boca sabía a menta y a sal, y a que no había dejado de pensar en mí desde que me había ido. Cuando me mordió el labio inferior antes de deslizar su lengua sobre él, enredé los dedos en su cabello, tirando de los mechones con fuerza.

Alguien soltó un sonoro gruñido frustrado.

—Venga ya, hombre.

Ni siquiera me molesté en tratar de adivinar quién había dicho eso, porque entonces Aiden intensificó aún más el beso, como si quisiera demostrarle a todo el mundo que era suya, pero sí que tuve una corazonada de quién podría haberlo soltado.

—¿Han terminado ya? —preguntó Mason en un murmullo, como si se sintiera personalmente ofendido.

Harper suspiró.

—Lo dudo. Aiden se ha pasado toda la mañana dando vueltas por el taller esperando a que ella volviese.

Aiden sonrió contra mis labios.

—De repente, estas pequeñas muestras de afecto les resultan de lo más ofensivas; claro que, cuando son ellos los involucrados, les da absolutamente igual.

Rook soltó un gemido profundamente asqueado.

—¿Pequeñas?

Me aparté de Aiden lo suficiente para dedicarle una sonrisa. Jamás lo admitiría, pero me gustaba que no hubiera dejado de comportarse en ningún momento como mi sobreprotector hermano mayor.

—¿Aún no te has acostumbrado? —le pregunté.

—¿A que mi hermana y mi mejor amigo estén juntos? —Frunció el ceño y se hundió un poco más en el sofá, arrastrando a Regan consigo—. Créeme, Evie, jamás me acostumbraré a eso.

Solté una carcajada, todavía pegada a Aiden, mientras él me volvía a dejar lentamente en el suelo.

Y no se me pasó por alto la forma en que tardó un buen rato en apartar las manos de mi cintura, como si todavía no estuviera listo para dejarme ir.

Hero se recostó en el sofá y cogió uno de los dónuts de la caja que tenía al lado. Harper también alargó una mano hacia allí, para coger uno para ella, pero Hero se echó hacia delante para impedírselo.

—Atrás, pequeño demonio —le soltó, apartando la caja de su alcance—. No pienso compartirlos.

Harper se inclinó entonces hacia él, sonriendo de oreja a oreja.

—¿No querrás decir «Jinx»? Más te vale tener cuidado, o podrías atragantarte con el siguiente bocado.

Hero se detuvo de golpe, con el dónut a tan solo unos centímetros de sus labios, antes de dejar caer la mano a un lado.

—¿En serio me acabas de echar una maldición para que me atragante y muera con el siguiente bocado?

—Sí —respondió ella, inclinándose hacia él y dándole un buen mordisco al dónut que todavía tenía en la mano—. Y ahora acabo de salvarte la vida. No hay de qué.

Aiden me atrajo hacia su pecho, obligándome a desviar la atención del grupo y centrarme solo en él.

—¿Qué tal te ha ido el paseo? —me preguntó.

—Bien. He conseguido atravesar la ciudad sin caerme ni que se me cale la moto, así que yo diría que ha sido todo un éxito.

Su pecho se sacudió a mi espalda con una suave carcajada.

—Entonces yo diría que ha sido un paseo muy bueno. ¿Sabes? Podríamos haber ido a dar una vuelta juntos.

—Es que necesitaba un momento a solas.

Aiden me dio un beso en la coronilla, abrazándome más fuerte contra su pecho.

—Lo sé, ángel. Y lo estás haciendo genial. Todo.

Solté un suspiro lento y pesado, cerrando los dedos alrededor de la tela de su camiseta.

—¿Y por qué tengo la sensación de que no es así?

Aiden me abrazó con más fuerza.

—Creo que es porque no te ves como yo lo hago.

Parpadeé, volviéndome entre sus brazos para poder mirarlo a los ojos, sorprendida por la inamovible certeza que se había apoderado de su tono de voz.

Aiden me recorrió la mandíbula con uno de sus nudillos, en una caricia lenta y deliberada.

—Has tenido que soportar un golpe tras otro y, aun así, no te has rendido. Sigues luchando. —Me acarició la comisura de los labios con el pulgar—. Eso es lo que te hace tan increíble.

Tragué saliva y solté una suave carcajada con un nudo en la garganta, negando con la cabeza.

—Eso me parece un tanto difícil de creer cuando todos a mi alrededor piensan que soy una psicópata.

Aiden me dio un suave apretón en la cintura, con una sonrisa lenta y deliberada.

—Yo soy el único que te llama psicópata, así que eso no cuenta.

—¿Ah, no? ¿Y por qué no cuenta? —le pregunté, enarcando una ceja.

Entonces se inclinó hacia mí, y su aliento cálido se deslizó por mi cuello.

—Porque cuando yo te llamo así, lo digo como un cumplido por lo inteligente y valiente que eres. —Me mordió la oreja con suavidad, provocándome un escalofrío que me bajó por la columna—. Y también como un pequeño recordatorio de lo loca que te vuelves siempre que te montas en mi moto.

Contuve el aliento, mientras su sonrisa se ensanchaba. Menudo cabrón arrogante estaba hecho.

Aunque tampoco se equivocaba.

Puse los ojos en blanco, pero, antes de que pudiera responder, Hero soltó una arcada exagerada desde el otro lado de la estancia.

—¿Estamos todos de acuerdo en que Aiden y Evie necesitan darse un respiro? ¿Cuánto ha pasado desde que ha vuelto Evie? ¿Cinco minutos? Y, de alguna manera, la cosa no hace más que empeorar a cada segundo que pasa.

Harper le dedicó una sonrisa, mostrándole todos los dientes, antes de darle un buen mordisco al dónut que le había robado.

—Lo que pasa es que les tienes envidia porque tú también quieres que alguien te ponga un apodo cariñoso.

Hero soltó una carcajada burlona.

—Por favor. Como a alguien se le ocurra ponerme un apodo cariñoso, me mudo de la ciudad.

—Tomo nota —respondió Harper, ampliando la sonrisa.

Aiden suspiró contra mi piel, como si le estuviera costando un mundo contenerse para no cargarme al hombro y salir de allí echando leches.

La tensión entre nosotros ya era una constante, siempre latente bajo la superficie, tirando del uno hacia el otro, pero él no parecía tener ninguna prisa en ese momento. Ninguno de los dos la teníamos.

Creo que ambos estábamos disfrutando de cada segundo de esta nueva vida.

Yo todavía seguía tratando de asimilar que podía tener esto, que Aiden era mío.

Aquella noción se asentó en mi pecho, cálida y firme, despertando algo en mi interior que no me había permitido sentir en mucho tiempo.

Aiden pareció darse cuenta de ello y deslizó lentamente una mano por mi espalda.

—¿Te apetece salir luego a dar un paseo?

Solté el aire que había estado conteniendo poco a poco, dejando que la calidez de su contacto me anclase al presente.

—Sí, claro que quiero.

—¿Sí, quieres? ¿Ya estás otra vez insinuando que deberíamos casarnos? Vaya, Evie, eres un poco impaciente. Me encanta.

Resoplé con fuerza.

—Eres de lo que no hay.

—¿De lo que no hay? —Enarcó una ceja, y le brillaron los ojos de diversión—. Tan solo estoy aquí, delante de ti, suplicándote que me dejes ser tuyo para siempre.

Me retorcí entre sus brazos, con mis labios a tan solo unos centímetros de los suyos, pero, antes de que pudiera discutírselo, el rugido de un motor me interrumpió.

Me giré justo a tiempo para ver a Mason revolucionar de nuevo su moto y el ruido retumbaba en las paredes del taller.

Regan soltó un gemido frustrado.

—Deberías tener un poco más de cuidado, porque si no la dueña de la librería de enfrente vendrá a darte una buena paliza.

—Nightfall Books —gruñó Mason en voz baja—. ¿A quién narices se le ocurre abrir una maldita librería frente a un taller de motos? ¿Y luego es culpa mía que hagamos ruido?

—Creo que el propietario del edificio la estafó, pero, sea como sea, le prometimos que intentaríamos bajar el volumen —dijo Regan.

—No —replicó Mason—. Tú se lo prometiste.

Yo no le prometí absolutamente nada. —Sacó la moto del taller, giró el acelerador y dejó que el motor rugiese de nuevo con fuerza antes de salir disparado hacia la carretera.

Se quedó justo en medio de la calle y se puso a hacer trompos sobre la calzada.

El humo y el olor a goma quemada impregnaron el ambiente, y su motor no dejó de rugir en ningún momento.

La vi en cuanto salió al pequeño porche que había justo frente a la entrada de su tienda, con las manos en las caderas.

El aliento cálido de Aiden me acarició la oreja, al mismo tiempo que me susurraba al oído, con un deje ronco, oscuro y peligroso en la voz.

—Larguémonos de aquí.

Se me aceleró el pulso y me aferré a la tela de su camiseta.

—¿Por qué? ¿Te da miedo que Mason pueda meternos en algún lío?

Aiden bajó los labios hacia mi mandíbula y después siguió descendiendo, provocándome, trazando un camino ardiente sobre mi cuello.

—No. Es que te quiero toda para mí.

Un escalofrío me recorrió la espalda, y el corazón comenzó a latirme acelerado por un motivo completamente distinto.

Me acurruqué entre sus brazos hasta que nuestros alientos se entremezclaron.

—¿Y a dónde quieres llevarme?

—A alguna parte donde nadie nos encuentre. —Afianzó su agarre alrededor de mi cintura, y una chispa de deseo iluminó sus ojos.

Me dio un vuelco al corazón y una oleada cálida comenzó a acumularse entre mis piernas en cuanto me acerqué a él.

—¿Ah, sí? —murmuré mientras bajaba los dedos lentamente por su pecho y notaba que se le entrecortaba la respiración—. ¿Y si yo ya me hago una idea?

Me dedicó una sonrisa mortífera.

—Pues entonces me aseguraré de que sea inolvidable.

Me rodeó la muñeca y tiró de mí hacia mi moto, antes de acercarse de nuevo y bajar un poco más la voz para volverme loca una vez más.

—Así que, dime, ¿vienes conmigo o voy a tener que echarte al hombro?

Solté una suave carcajada, sin aliento, mientras cogía mi casco.

—¿En serio tienes que preguntarlo?

Me quedé allí de pie, con las manos en las caderas, hasta que por fin se dio cuenta de lo que estaba queriendo decir. Aiden soltó un gruñido, se agachó y me levantó en brazos, antes de echarme sobre su hombro, mientras yo no podía dejar de reírme.

Se encaminó hacia su moto y, tan solo un par de zancadas después, me dejó con cuidado en el suelo. Luego se subió y yo me apresuré a montarme detrás de él, y lo abracé con fuerza mientras daba marcha atrás para salir del taller.

Ya no tenía por qué seguir buscando algo así. Ni por qué seguir luchando por ello. Porque ese amor era solo nuestro.

Aiden era mío y yo era suya.