Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cuarenta y seis
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Cuarenta y seis

Evie

Aiden sonrió al verme en cuanto salió de la habitación del hospital.

Mi corazón se saltó un latido, porque todavía no me había acostumbrado a que todos supieran lo nuestro.

Se acercó a mí en tan solo tres zancadas, antes de pasarme un brazo alrededor del cuello y atraerme hacia él para darme un beso.

—¿No me has traído flores? —preguntó.

—Solo has estado en el hospital unas horas. No te has ganado esas flores.

—Pero me apuñalaron por salvarte.

Le pasé un brazo alrededor de la cintura, guiándolo hacia la salida.

—Por algún motivo, tengo la sensación de que piensas que eso debería impresionarme, pero siento ser yo quien te diga que no eres el primero al que han apuñalado por mí.

—Lo sé —se quejó, apoyándose un poco más en mí—. Tengo mucha competencia. Pero ¿soy el primero al que han apuñalado por ti y que no has sido tú quien lo ha apuñalado?

Me lo pensé un momento.

—No, creo que no, pero aun así agradezco el esfuerzo. Y que me hayas salvado. Eso también te lo agradezco. Además, ¿cómo es posible que nos conozcamos desde hace tanto tiempo y que no te haya apuñalado ni una sola vez?

—Porque yo soy el maldito ángel de esta relación.

Salimos al exterior, donde había dejado aparcado mi coche, justo frente a la entrada.

—¿Tu coche? ¿Dónde está mi moto?

—¿En casa? Mason se encargó de llevarla de vuelta por ti. ¿Acaso pensabas que ibas a salir del hospital y que ibas a poder volver a casa conduciendo?

—No —respondió con una sonrisa mientras se acercaba a la puerta del copiloto—. Pensaba que ibas a conducirla tú, obviamente.

—Claro, porque, si ya me caigo cuando voy yo sola en mi moto, seguro que iba a poder llevar la tuya perfectamente, y encima contigo de paquete, con tu metro noventa y cinco a cuestas, tiene todo el sentido del mundo.

Aiden soltó una carcajada, y me dio la mano mientras arrancaba el coche y salía del aparcamiento. El silencio se apoderó del ambiente y, aunque normalmente me resultaba reconfortante, en ese momento había una conversación que todavía teníamos pendiente.

—Me fui antes de saber cómo quedaron las cosas entre Rook y tú.

—Al final lo acabamos arreglando. Estábamos a punto de liarnos a puñetazos cuando nos dimos cuenta de que había pasado mucho tiempo desde que te habías ido y de que todavía no habías vuelto.

—Estupendo, entonces cuando lleguemos a casa vamos a meternos de lleno en otra pelea.

—Está todo bien. Está todo arreglado, de verdad y, si no, te prometo que me aseguraré de que sea así.

—¿Estás seguro? ¿Y si acabas perdiéndolo todo por mi culpa? Antes he tenido mi momento para enfrentarme a esa realidad y he podido sentir de primera mano el miedo que has debido de estar sintiendo tú todo este tiempo. Siento mucho haberte obligado a arriesgarlo todo por mí.

Aiden dejó caer la cabeza contra el reposacabezas, con una sonrisa en la cara.

—Que me chantajearas para que saliese contigo es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Puede que sea una persona horrible en muchos sentidos, Evie, pero, de no haber sido por ti, jamás habría cruzado esa línea contigo.

Sobre todo porque no sabía si tú sentías lo mismo o no.

No sé si alguna vez habría sido capaz de dar el paso si tú no me hubieras obligado a saltar al vacío.

Quería esto. Te quería a ti. Así que puedes chantajearme para que haga lo que tú quieras, Psycho.

Porque al final resulta que todo acaba beneficiándome a mí también.

No dije nada, dejé que el silencio se extendiera entre nosotros.

No estaba enfadada. Sabía que, en cuanto a lo que había ocurrido, las cosas no eran blancas o negras, que Aiden siempre nos sería leal, tanto a Rook como a mí, y que justamente por ello llevaba semanas sintiéndose dividido entre hacer lo que le dictaba el corazón y lo que creía correcto.

Me aferré al volante un poco más fuerte, sintiendo la mirada de Aiden clavada en mi rostro, aunque yo mantuve la vista clavada en la carretera.

No había dejado de mirarme en todo el trayecto, y sabía que tenía que decir algo.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté, y la voz me salió un poco más suave de lo que pretendía.

Aiden suspiró con fuerza y se revolvió ligeramente en su asiento.

—Sí. Solo estaba pensando.

—Qué peligro.

Soltó una risita ahogada, pero no me lo discutió. Me volví a mirarlo de reojo, y me fijé en cómo apretaba la mandíbula antes de volver a hablar.

—Supongo que debería haberlo sabido, ¿no?

—¿El qué? —le pregunté, aparcando el coche junto a la casa. Aiden no hizo amago de querer salir, simplemente me miró fijamente un rato más.

—Que siempre fuiste tú. —Su voz sonaba mucho más baja ahora—. Creo que nunca he encontrado a nadie que se te compare. Debería haber sido más sincero conmigo mismo y admitir que nunca habría nadie más para mí.

Se me formó un nudo en la garganta cuando alargó una mano hacia mí, deslizándola lentamente por mi brazo, hasta entrelazar nuestros dedos.

—Incluso cuando no paraba de repetirme que jamás podría haber algo entre nosotros. Incluso cuando intenté apartarte de mí. Joder, incluso entonces lo sabía.

Sentí que me ardían los ojos, pero parpadeé para contener las lágrimas y esbocé una sonrisa forzada.

—Así que lo sabías, ¿eh? Y, aun así, no me lo pusiste fácil.

—Pues claro que no te lo puse fácil. ¿Es que no sabes cómo eres? —me preguntó, volviéndose por completo hacia mí.

Solté un gritito ahogado, fingiendo estar de lo más ofendida.

—¿Perdón?

Aiden sonrió y alargó la otra mano hacia la mía. Entrelazó nuestros dedos, lenta y deliberadamente, como si no pretendiera soltarme nunca.

—Me vuelves loco, Psycho —murmuró, acariciándome la cara interna de la muñeca con el pulgar—. Y, a la vez, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Antes solo esperaba que algún día fueras mía, pero no creía que tuviese ni una sola posibilidad de hacer ese sueño realidad.

Se me formó un nudo tenso y opresivo en la garganta.

Abrí la boca para decir algo, pero no me salió nada.

Así que me limité a aferrarme a él.

Cerré los dedos con más fuerza alrededor de los suyos, como si tal vez, si me agarraba a él con el suficiente empeño, no pudiera escaparse jamás. Como si esto fuera, por fin, algo que nunca podría perder.

Aiden suspiró lentamente, dándole la vuelta a mi mano. Sus dedos callosos trazaban patrones ásperos y perezosos sobre mi palma.

—¿Aiden? —le pregunté, en apenas un susurro.

Entonces sus dedos se detuvieron sobre mi piel, y nuestras miradas se encontraron. Por primera vez en mi vida, Aiden parecía nervioso.

Se llevó mi mano a los labios, dándome un beso suave y cuidadoso sobre mi dedo anular vacío.

Se me detuvo el corazón.

Contuve el aliento.

—Toda mía —dijo con una sonrisa, con voz ronca y burlona, pero con un tono mucho más profundo—. Para siempre.

Una sobrecogedora oleada de calma me recorrió entera al oírle decir aquello.

Por un segundo, pude imaginarme ese futuro; destellos de algo con lo que nunca me había atrevido a soñar.

Aiden esperándome en el altar.

Ataviado con algo distinto a su característica chaqueta de cuero, con un traje negro y elegante, pero igual de letal.

El brillo que le iluminaría la mirada cuando me viera caminar hacia él.

Una promesa susurrada contra mis labios.

Solté un suspiro tembloroso mientras sacudía la cabeza.

—Eres de lo peor...

Su sonrisa se ensanchó.

—Y, sin embargo, sigues aquí.

Puse los ojos en blanco, desabrochándome el cinturón.

—Esto no significa que diga que sí, aún no, así que ni lo pienses.

Aiden se rio.

—Ese «aún» es lo mejor que he oído en mi vida.

Todo esto era mío para siempre.

Me incliné hacia él y nuestros labios se encontraron, al mismo tiempo que Aiden me atraía hacia su cuerpo. Soltó un siseo de dolor, pero después tan solo intensificó un poco más el beso.

—Buena suerte averiguando cuánto te va a tocar esperar.

—Da la casualidad de que últimamente he descubierto varias formas de hacerte ceder. Puede que incluso pruebe con eso del chantaje. Así que, por ahora, creo que no me va a hacer falta la suerte.

Y, por primera vez en mi vida, supe a ciencia cierta que no era yo quien llevaba las riendas. Tuve la sensación de que Aiden ya había decidido cómo transcurriría el resto de nuestra historia.

Y supe que iba a disfrutar de cada segundo de ella.