Cuarenta y cinco #2
—No te voy a mentir —murmuré, mientras la observaba trabajar—. Eso ha sido lo más sexi que he visto en mi vida.
Evie puso los ojos en blanco.
—Estás a punto de desmayarte, ¿y lo que más te importa es decirme lo sexi que te parezco?
—Aún soy capaz de valorar los pequeños placeres de la vida.
—Estás delirando. Puede que tengas una conmoción cerebral.
—Como si hiciera falta una conmoción cerebral para apreciar lo perfecta que eres.
Entonces abrió los ojos como platos y se levantó de un salto, pero fue demasiado tarde. Esta vez, algo me golpeó con fuerza el costado de la cabeza y todo se volvió negro.
Cuando abrí los ojos, me encontré el rostro de Rook frente a mí, dándome una bofetada y gritándome algo que no alcancé a comprender.
Le devolví la bofetada.
—Joder, no eres el Emberson que esperaba —gruñí, porque el dolor que me recorría el hombro me dificultaba el hablar.
—¿Perdón? —soltó Rook, ofendido—. Lleváis un día saliendo públicamente y ¿ya me dices que no soy el Emberson que esperabas?
Se me escapó una carcajada que acabó transformándose en tos cuando una punzada de dolor me atravesó el pecho.
—No eres exactamente el Emberson con el que esperaba encontrarme cuando me despertara y, desde luego, no me apetece una mierda que seas tú quien me bese.
—Esa oferta nunca estuvo sobre la mesa. ¿Puedes levantarte?
Parpadeé, tratando de volver a enfocar la vista. Evie estaba luchando con Zack al otro lado de la sala, y este tenía la misma mueca asqueada de antes dibujada en la cara, pero yo aún estaba demasiado aturdido como para entender lo que estaban diciendo.
—Sí —respondí, apretando los dientes—. Evie.
—Ya, lo he intentado, pero ella me pidió que me asegurase de que no estabas muerto.
Evie se volvió a observarnos de reojo, apartando la mirada de Zack durante tan solo un segundo, pero él aprovechó esa ventaja para abalanzarse sobre ella y empujarla hacia atrás. Ella se cayó al suelo con fuerza y su cuchillo salió rodando.
Rook gritó algo mientras trataba de cortar las cuerdas con las que me habían atado las manos, porque Evie tan solo había tenido tiempo de quitarme las que me apresaban los pies.
En cuanto acabó, se puso en pie y me dejó solo para que recobrase del todo el conocimiento, ahora que podía mover las manos de nuevo.
El guardia al que Rook había disparado se había vuelto a levantar, y le pasó un brazo alrededor del cuello antes de que yo pudiera advertirle.
Evie se enfrentó de nuevo a Zack, incorporándose sobre los codos, mientras él se le acercaba lentamente.
No estaba seguro de si iba a poder incorporarme sin desmayarme de nuevo, pero lo que estaba claro era que iba a intentarlo.
Me lancé hacia ellos, interponiéndome entre Evie y Zack. Estaba harto de que él intentara acercarse a ella.
—Deberías haberte quedado sentado —gruñó Zack, lanzándome un puñetazo que apenas logré esquivar a tiempo—. Esto es entre ella y yo.
—¿Ah, sí? No deberías habernos traicionado.
Le di un rodillazo en el estómago, con tanta fuerza que incluso llegué a oír que algo crujía con el golpe.
Zack soltó un grito ahogado, se tambaleó hacia atrás y se llevó una mano a las costillas.
Apenas tuvo tiempo para recuperarse antes de que lo agarrara por el cuello de la camiseta y le estampase la cabeza contra la pared.
Todo mi cuerpo aulló de dolor, protestando por el gesto, pero lo ignoré.
El repugnante ruido sordo que produjo el hueso al estrellarse contra la pared de hormigón despertó en mí una oscura satisfacción.
Aun así, Zack no se rindió. Gruñó desesperado.
Alzó el cuchillo en el aire, trazando un arco feroz.
Lo esquivé en el último momento, pero no lo suficientemente rápido, porque la hoja se deslizó ligeramente sobre mis costillas, abriéndome la piel.
Con cada golpe que le asestaba me iba olvidando cada vez más de mi dolor, y tan solo pude recordar lo mucho que Zack deseaba quedarse a Evie para sí mismo.
Le agarré de la muñeca y se la retorcí hasta que oí que le crujía el hueso, hasta que su grito de dolor rasgó el aire. Se le cayó el cuchillo con un estrépito. Pero no iba a permitir que se zafara de mi agarre. Quería que sufriese.
Le asesté un puñetazo en la mandíbula. Y luego otro. Y después una tercera vez, con mucha más fuerza, con más ganas. Hasta que le partí el labio, hasta que su piel quedó totalmente cubierta de sangre, hasta que sus gemidos se convirtieron en jadeos, en resoplidos, en silencio.
Pero aún no había acabado con él.
Lo agarré del cuello de la camiseta, levantando su rostro ensangrentado hacia el mío, y lo estampé contra el suelo. Su cabeza rebotó sobre el hormigón, con un ruido húmedo y desagradable.
Me agaché para acercarme un poco más a él, respirando con dificultad. Y observé el destello aterrado que le surcó la mirada.
—Querías quedarte a Evie —le dije en un susurro, cerrando los dedos alrededor de su cuello—. Pero sabías muy bien que jamás permitiría que eso pasara.
Zack intentó decir algo, aunque tan solo le salió un gemido húmedo de entre los labios.
Sonreí. Y entonces agarré su cuchillo y lo deslicé de un lado a otro de su cuello, asegurándome de que nunca más pudiera volver a levantarse.