Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cuarenta y cuatro #2
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Cuarenta y cuatro #2

—Ni se te ocurra volver a dirigirle la palabra. Ahora lárgate de aquí.

Aquella orden pareció acabar con la última gota de autocontrol que le quedaba a Zack.

Desenvainó un cuchillo a toda prisa, cuya hoja refulgió bajo la tenue luz de la estancia.

Aiden ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de que se lo clavase en el pecho, cortando piel y músculo con su filo. Contuvo el aliento con brusquedad y se tambaleó hacia atrás, llevándose una mano a la herida.

Una mancha roja se extendió por la tela de su camiseta, empapándola demasiado rápido.

Solté un grito horrorizado antes de poder evitarlo.

Zack volvió a lanzarse a por Aiden, enarbolando el cuchillo en alto, pero entonces Rook alargó rápidamente una mano hacia mí, y me apartó de ellos antes de que el arma pudiera rozarme siquiera.

La hoja de metal cayó con fuerza al suelo, y no me alcanzó por los pelos.

El corazón me latía acelerado mientras me retorcía bajo el agarre férreo de mi hermano, porque quería defenderme, pero Rook no cedió.

No pude apartar la mirada de Aiden. Él tenía los ojos bien abiertos y el cuerpo rígido por la tensión.

Un par de guardias que habían estado escondidos entre las sombras se abalanzaron sobre él, tirando de sus extremidades en varias direcciones.

Le inmovilizaron los brazos, atándoselos sin miramientos a la silla, mientras él luchaba por seguir defendiéndome y por liberarse.

Un destello de movimiento me llamó la atención, justo cuando un guardia le asestó un golpe en la nuca con un objeto contundente, antes de que pudiera fijarme siquiera en lo que llevaba.

A regañadientes, dejé que Rook me arrastrara hacia la salida, lejos de allí, lejos de Aiden, y a cada paso que dábamos por aquel oscuro pasillo una sensación ardiente fue despertando lentamente en mi pecho.

Se me aceleró el corazón, se me revolvió el estómago con una mezcla de frustración y miedo, y tuve que tragar con fuerza para contener el grito que me subió por la garganta.

A mis espaldas, pude oír el chirrido metálico del cuchillo de Zack al deslizarse por el suelo, justo antes de que soltara un montón de maldiciones, recordándome que no nos quedaba otra opción más que seguir huyendo.

—Es a ti a quien quieren. Tenemos que sacarte de aquí.

—Rook —dije, tratando de resistir el impulso de luchar contra su agarre.

—Tenemos que irnos. Te prometo que volveré a por él en cuanto te haya sacado de aquí. Cuando trazamos este plan de rescate, Aiden y yo ya habíamos previsto que algo así podía pasar.

—Solo pienso seguirte si me prometes que volveremos los dos a rescatarlo.

Avanzamos rápidamente por una serie de pasillos en penumbra.

Cada vez que doblábamos una esquina, Rook echaba un vistazo atrás para asegurarse de que nadie nos estuviera siguiendo.

Me tropecé una vez, pero mi hermano me atrapó al momento, tirando de mí hacia delante.

Oí una serie de voces a lo lejos, detrás de nosotros, que no paraban de discutir a gritos, y fue entonces cuando me di cuenta de que Aiden seguía atrapado en aquella estancia, luchando por liberarse y sangrando sin cesar, pero no había nada que pudiéramos hacer por él.

La cabeza no paraba de darme vueltas, y no podía dejar de temblar.

Toda mi vida había sido una enorme mentira.

Zack. Mi pasado. Mi familia. Rook...

—Rook, espera —grité, tirando de él para obligarlo a detenerse—. Tengo que contarte algo.

—¿Ahora? ¿No puede esperar?

—Podemos seguir corriendo, pero necesito que me escuches.

Rook abrió otra puerta, echó un vistazo al otro lado y después volvió a cerrarla.

—Por aquí no hay salida, probemos otra puerta.

El corazón me latía acelerado, y sabía que tenía que contárselo cuanto antes.

Tenía que soltárselo sin más. Era una mierda, pero merecía saberlo.

De repente, comprendí por qué Aiden había querido mantener lo nuestro en secreto.

Comprendí lo que se sentía al saber que toda tu vida podría venirse abajo con una sencilla frase.

—Rook, no somos hermanos. Al menos, no biológicamente. Esos hombres me han contado qué era lo que hacían en realidad nuestros padres y por qué colaboraron con la Orden. Fue por mí. Lo hicieron para protegerme, porque me adoptaron de forma ilegal.

Rook se frenó de golpe y se quedó helado en medio del pasillo, dándome la espalda.

—Lo siento —añadí, bajando la voz—. No tenía ni idea.

Rook soltó lentamente un suspiro y echó la cabeza hacia atrás, como si estuviera tratando de asimilar el peso de aquella nueva realidad. Apretó los dientes con fuerza, pero no dijo nada, al menos, no durante un buen rato.

Se me revolvió el estómago. Tal vez aquello lo cambiaba todo. Quizá él...

Pero entonces soltó una carcajada incrédula y seca.

—¿Eso es lo que te han contado?

—Sí.

—¿Y por qué narices iba a creerlos?

—Porque justo por eso estamos ahora metidos en este lío.

Estuve indagando durante semanas en el pasado de nuestros padres, tratando de averiguar por qué quisieron colaborar con la Orden.

Pero nunca encontré ninguna explicación lógica.

Nuestros padres no eran... como nosotros, ellos no dirigían un negocio ilegal y todo eso —dije, y me obligué a esbozar una sonrisa triste—.

Ellos no estaban metidos en este mundo, y el hombre que me secuestró me explicó cómo acabaron enredados en todo esto.

Nuestros padres querían otro hijo, pero después de tenerte a ti fueron incapaces de concebir de nuevo.

La Orden accedió a ayudarlos a cambio de que trabajasen para ellos y después...

—Respiré profundamente, odiando cada palabra que salía de entre mis labios—.

Después les hicieron prometer que, cuando tuviera la edad suficiente, yo también les pertenecería.

Rook dejó caer la cabeza y me fijé en cómo le temblaron los hombros. Debería haberlo imaginado, pero aun así me tomó por sorpresa ver que se estaba riendo.

—¿Te parece gracioso?

—¿Que piensen que vas a estar a su «servicio» solo porque sí?

Sí, me parece graciosísimo en realidad. Yo he tenido que luchar con uñas y dientes durante todos estos años para que nos ayudaras e, incluso así, de vez en cuando tengo que recurrir al soborno para que nos eches una mano.

¿Y esta secta cree que puede llegar y decirte qué es lo que tienes que hacer, así sin más?

¿Y que tú vas a obedecer sin rechistar? Por favor, me encantaría verlos intentarlo.

—Rook, esto no tiene gracia. Creen que les debo algo.

—¿Y tú crees que les debes algo?

—No, ni de broma.

—Entonces, ¿cuál es el problema? No pueden arrebatarnos nada.

Y los dos sabemos que no vas a colaborar con ellos.

A ver, lo mejor será que no les digamos que pensamos matarlos a todos y que no vamos a ayudarlos hasta que rescatemos a Aiden, pero yo no veo cuál es el problema, Evie.

En cuanto nos aseguremos de que Aiden está bien, nos encargaremos de ellos. Igual que siempre nos ocupamos de todo.

Me frené en seco.

—Pero te acabo de decir que en realidad no somos hermanos, Rook, y tengo la sensación de que estás obviando intencionadamente esa parte.

—Porque sí que eres mi hermana, y me importa una mierda lo que esos tíos te hayan contado —dijo, sin siquiera tener que pensarlo antes, porque, para él, aquella era la única verdad.

—No. No lo soy. No compartimos la misma sangre.

Rook se detuvo de golpe y se volvió a mirarme, con el ceño fruncido y claramente enfadado.

—Es que eso me da igual. Eres mi familia. Y no me importa cómo llegaras a ser mi hermana.

—¿En serio no entiendes cuál es el problema? No deberías haberme salvado, Rook. Podrías haber ayudado a tus padres esa noche, pero me salvaste a mí. Tu familia está muerta por mi culpa y, durante todo este tiempo, ni siquiera hemos sido hermanos de verdad.

Tenía la sensación de que me faltaba el aire, de que las paredes de aquel pasillo se estaban cerrando rápidamente a mi alrededor, como si el universo entero se hubiera vuelto en mi contra.

Rook y yo no éramos hermanos.

Yo no era quien creía ser.

Los recuerdos me sobrecogieron como un alud: mi madre, cepillándome el pelo; mi padre, llamándome «peque»; Rook, pasándome un brazo por los hombros en el instituto y diciéndole a un capullo cualquiera: «Ni se te ocurra mirar a mi hermana».

Su hermana.

Y todo había sido una enorme mentira.

Me tambaleé, y tuve que aferrarme al marco de la puerta para no caerme.

—No me importa —repitió, como si no estuviéramos hablando del hecho de que en realidad no había nada que nos uniera.

—Sí, claro que importa. No me estás escuchando. No soy tu hermana.

—¡Para! —gritó, entre harto y cansado—. Claro que eres mi hermana.

En todos los aspectos que importan, lo eres.

E, incluso aunque hubiese descubierto esto hace diez años, habría hecho exactamente lo mismo.

Porque eres mi hermana, Evie. Eres mi familia.

Y siempre lo serás. Nuestros padres siempre quisieron que nos viésemos así.

Hice lo correcto al salvarte esa noche, y estoy seguro de que ellos estarían de acuerdo conmigo.

Lo único que nuestros padres me inculcaron fue que debía protegerte pasara lo que pasase, mantenerte cerca, asegurarme de que estuvieras a salvo.

Desde el mismo día en que te trajeron a casa, me dijeron que yo era tu hermano mayor.

¿En serio crees que una sola frase es capaz de borrar veintidós años a tu lado?

Por aquel entonces no tenía ni idea de por qué siempre me repetían lo mismo, pero supongo que ahora ya tenemos la respuesta.

Claro que habría estado bien que me hubiesen advertido también de que, algún día, alguien iba a venir a buscarte y a cobrarse la deuda que ellos habían aceptado.

Las lágrimas me resbalaron por la cara, pero no me molesté en secarlas, porque la sangre que me cubría las manos me hizo pensármelo dos veces.

—Pero tu familia... —dije, con voz ahogada.